domingo, 3 de mayo de 2026

Vendajes llenos de enigma

 Vendajes llenos de enigma

Los expertos ven justificaciones mentales en la nueva moda de exhibir protecciones en las muñecas de los futbolistas; algunos piensan peor

Lamine y su inseparable vendaje en la derecha
Lamine y su inseparable vendaje en la derecha. (AFP)

En las retransmisiones del fútbol, donde la cámara se detiene en el primer plano de un regate o en el gesto de un delantero antes de un disparo, hay un detalle que ya no pasa inadvertido: la muñeca vendada. No es un guante, ni un brazalete. Es un vendaje funcional, en una sola mano –la derecha de Lamine Yamal, la izquierda de Lewandowski, la diestra de Valverde–, que envuelve la articulación como un recordatorio blanco de que el cuerpo del futbolista moderno es, ante todo, un instrumento frágil y sofisticado.

Sin embargo, lo que comenzó como un recurso terapéutico se ha convertido en costumbre, en amuleto, en una forma de superstición y, para algunos, incluso en un signo de distinción. Los aficionados se preguntan si no estamos ante la última mutación estética de un juego que ya no se conforma con ser sólo juego.

Quien haya visto un partido reciente del Barcelona o del Real Madrid lo habrá comprobado. Siempre hay algún jugador que salta al campo con ese vendaje visible. No es exclusivo de un club ni de la liga española: en la Premier League se contaron 23 en una sola jornada. En un partido contra el West Ham, hasta cinco jugadores del Manchester City (Foden, Nunes, Ait-Nouri, Marmoush y Guéhi) llevaban una mano vendada. Giuliano Simeone lo ha convertido casi en seña de identidad atlética. Frenkie de Jong lo mantiene incluso en días de aparente calma. Lo portan como un escapulario: un amuleto que les recuerda que la suerte también se construye con tela y esparadrapo. La pregunta es obligada: ¿por qué una sola mano? ¿Por qué ahora, y por qué con tanta insistencia?


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La respuesta más honesta, la que surge de la consulta y del campo, debería ser médica antes que estética. El esguince de muñeca es una de las lesiones más frecuentes en el fútbol de élite, aunque rara vez ocupe portadas. No hay choques frontales como en el rugby; pero hay caídas constantes. Un delantero que salta para un balón aéreo, un defensa que se desliza para robar, un centrocampista que frena en seco tras un sprint: la mano se abre por instinto para amortiguar el impacto en el suelo. La articulación radiocarpiana sufre con frecuencia una hiperextensión. A veces se producen microtraumatismos repetidos con inflamaciones sutiles que no impiden jugar, pero que duelen cuando el futbolista gira el volante del coche o firma un autógrafo.

El vendaje neuromuscular o el 'taping' rígido servían para estabilizar la muñeca, reducen la amplitud de movimiento innecesaria y, sobre todo, proporcionan esa sensación de 'seguridad' que los fisioterapeutas repiten como un mantra. No cura la lesión, pero la contiene. Y en un deporte donde la diferencia entre jugar y no jugar se mide en márgenes muy estrechos, esa contención vale oro.

«Se utilizan en lesiones a las que no se da importancia al principio y las van dejando, hasta que se cronifican; eso justifica el vendaje»

Ricardo Rodríguez de Oya

Traumatólogo

El doctor Ricardo Rodríguez de Oya, traumatólogo en el Hospital Asepeyo Madrid, cree que «estos vendajes se deberían utilizar en lesiones a las que no se da importancia al principio. Como no les impiden jugar, las van dejando. El problema es que a veces se cronifican. Esa debería la justificación de un vendaje».

Lo que sucede es que los vendajes parecen haberse transformado en rutina. El futbolista se acostumbra a la sensación de la tela tirante antes de saltar al césped. Es como el ritual de las botas o el calcetín izquierdo primero: un gesto que precede al partido y que, al repetirse, genera confianza. Los psicólogos del deporte lo saben bien: el cuerpo recuerda. Y en un entorno donde la presión es constante –entrenamientos, viajes, focos–, cualquier gesto que devuelva control se convierte en aliado.

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La precaución se vuelve identidad

Para algunos, no deja de ser una forma de postureo. Lamine Yamal, que ya tuvo un pequeño problema en los dedos, no se limita al vendaje mínimo; lo extiende, lo hace visible, casi ornamental. Suma aura. Es el mismo mecanismo por el que un joven boxeador se tatúa los nudillos: la herida se vuelve adorno, la precaución se vuelve identidad.

Giuliano Simeone ha explicado siempre que su vendaje es un amuleto. «Una vez, desayunando con Luis Suárez le pregunté por qué jugaba con la mano vendada. Me dijo que un día se vendó la mano y metió tres goles, y ya no se sacó más la venda. Como yo estaba pasando una mala racha, pensé en probar y vendarme la muñeca porque no iba a perder nada, ¡metí dos goles y ganamos!».

Giuliano Simeone y su vendaje pugna con Brahim
Giuliano Simeone y su vendaje pugna con Brahim. (Ignacio Gil)

El doctor Juan Manuel Alonso, médico deportivo del Centro Aspetar, explica desde Doha que «en estos casos siempre caben dos análisis: pensar bien y pensar mal. En el primer caso, son vendajes para proteger muñecas doloridas por caídas o sobreesfuerzos de ejercicios con pesas. Si piensas mal, pues se pueden usar para ocultar algo (una medicación) o también podríamos estar ante manías o supersticiones».

«El ser humano necesita la superstición. Y su vehículo, que es el rito. A los deportistas les da fuerza y seguridad». Julieta Paris, psicóloga del deporte y antropóloga, explica para ABC que «el amuleto es un ancla a la seguridad. Puede ser un calcetín, una ropa interior o esos tics de un gran tenista español antes de realizar un saque. Y la verdad es que un vendaje es un amuleto muy funcional. Hacia fuera puede llegar a justificar un menor rendimiento del esperado porque se asume que debajo de él hay una lesión. Un amuleto es siempre un anclaje. Y las supersticiones aparecen en situaciones de tensión y alta exigencia».

«Si piensas bien se usan para proteger muñecas; si piensas mal se pueden usar para ocultar algo»

Juan Manuel Alonso

Médico deportivo

«He visto utilizar todo tipo de amuletos en LaLiga», recuerda un médico de Primera División que prefiere no ser citado. «Uno de ellos me llamó mucho la atención. Era como un adhesivo. Le preguntamos al futbolista qué función tenía y nos dijo que era 'un parche de energía'. Hay jugadores muy supersticiosos».

La realidad es que la superstición está muy presente en el fútbol. Se trata de un territorio irracional que el deportista nunca ha abandonado. Luis Suárez lo convirtió en leyenda. Otros lo copian sin saber muy bien por qué. «Me lo pongo y juego mejor», confiesan en privado algunos futbolistas. No hay estudios científicos que lo demuestren, pero sí hay decenas de testimonios. El vendaje se convierte en talismán. Como las manías de no tocar la copa antes de la final o pisar el campo primero con el pie derecho. El fútbol es un deporte de fe tanto como de física.

El incendio Mihic

El fenómeno de los vendajes no ha escapado a hipótesis más oscuras. El doctor Niko Mihic, actualmente jefe de los servicios médicos del Real Madrid dejó entrever que el vendaje oculta pinchazos, que facilita el acceso venoso para sustancias prohibidas, que esconde un 'tratamiento milagroso'. «Si quieres un acceso venoso fácil, es en las manos y en las muñecas», declaró el facultativo croata. Y la frase corrió como la pólvora.

Ha cambiado mucho el fútbol en el siglo XXI. Hace medio siglo, Cruyff jugaba con la muñeca desnuda y un tobillo maltrecho. Y en aquellos años se vio al verdadero precursor de las muñecas vendadas, Eugenio Leal, el futbolista del Atlético de Madrid y de la selección, que siempre lucía un vendaje grande en su mano derecha. Hoy, el cuerpo del futbolista es un laboratorio andante. La medicina deportiva ha avanzado tanto que ya no se espera a que duela: se previene, se protege, se refuerza. El vendaje es la versión visible de esa hiperprofesionalización. Pero también es, paradójicamente, un signo de vulnerabilidad. Jóvenes que cobran fortunas, viven en mansiones, viajan en jets privados… y, sin embargo, sus muñecas viven en la superstición. El fútbol no ha conseguido blindar el cuerpo humano ni la fragilidad de la mente.

«El ser humano necesita la superstición. Y su vehículo, que es el rito. A los deportistas les da fuerza y seguridad»

Julieta Paris

Psicóloga del deporte

En realidad el vendaje en una sola mano tiene algo de asimétrico, de imperfecto, humaniza al ídolo. No es el guante perfecto del portero. Es un parche, un remiendo, una confesión muda de que ni siquiera los multimillonarios escapan a la vulnerabilidad. Y en eso radica su encanto. En un deporte cada vez más aséptico, cada vez más regido por algoritmos y datos biomecánicos, el vendaje es lo artesanal que queda: una tira de tela que un fisioterapeuta coloca con cariño en el vestuario, un gesto manual en un mundo cibernético.

«En el contexto incierto de una competición deportiva», concluye Paris «las supersticiones reducen el caos, proporcionan orden mental y regulan las emociones. Crean una ilusión de control, de estar preparados. Y lo sorprendente es que el deportista suele estar preparado. Pero no lo siente».

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