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26 de septiembre de 2016

Conseguirán acabar con el planeta el trumpismo, el brexit y el excepcionalismo geopolítico?


¿Conseguirán acabar con el planeta el trumpismo, el brexit y el excepcionalismo geopolítico?

Michael T. Klare
TomDispatch.com


Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández


Introducción de Tom Engerhardt  
El hombre que podría llegar a ser presidente no deja de repetir que el cambio climático es un “complicado engaño que resulta muy caro" , incluso que se trata de un invento “chino” destinado a debilitar la economía estadounidense. Que no son más que “gilipolleces” y “pseudociencia” (en todo lo cual parece ser un experto). Ha dicho este tipo de cosas numerosas veces, siempre en tono burlón, siempre de forma desdeñosa. Sólo recientemente, en su discurso de Phoenix sobre la inmigración, al hablar de su amor hacia los mexicanos y de que esos cabrones van a tener que pagar el dichoso muro, se  expresó  de esta manera: “Sólo las elites de los medios que no tienen contacto con la realidad piensan que el mayor problema a que se enfrenta EEUU… no es el nuclear, no es el ISIS, no es Rusia, no es China, es el calentamiento global”. ¡Estúpidos! No tienen ni idea de nada. Ni siquiera saben que hay un aspecto fundamental, una única excepción a la posición ante el cambio climático del Donald: el golf.
Aunque el calentamiento del  planeta  a causa de los combustibles fósiles pudiera no ser más que una fantasía, aunque  salvar  la industria del carbón,  construir  oleoductos y revertir todo lo que Obama hizo en la Casa Blanca para promover sistemas energéticos alternativos estará en el orden del día, resulta que el cambio climático amenaza una sola cosa. Y esa cosa es algo crucial para la vida humana tal y como la conocemos: un juego de 18 hoyos en un campo de golf de la costa. Para evitar eso protección, obviamente bajo control. Esta es sin duda la causa de que el hombre que no tiene temor alguno respecto al ahogamiento de las comunidades costeras haya  solicitado  , a través de su compañía Trump International Golf Links & Hotel Ireland, un permiso para construir unas “obras en la costa para prevenir la erosión en su campo de golf junto al mar en el Condado Clare”, en base a… sí… el peligro de que aumenten los niveles del mar. Estamos hablando de “200.000 toneladas de roca distribuidos a los largo de tres kilómetros de playa”. Y si finalmente se le concede el permiso, el resultado será seguramente un “gran muro”, uno de sus “bellos muros” que no dejará que una sola gota de agua del mar emigre al suelo irlandés.
Una pequeña pista para Mr. Trump, en caso de que se convierta en presidente. Desde el Despacho Oval podría considerar conceder exenciones parecidas para la construcción de muros en zonas fundamentales de la costa de Florida que ya están experimentando un  grave aumento  en lo que se ha denominado “inundaciones en días soleados”. Esos muros protegerían propiedades costeras importantes como Mar-a-Lago, su mejor club privado en Palm Beach, porque de otro modo  se encontrará  en cuestión de tres décadas “bajo al menos un pie de agua durante 210 días al año debido a las inundaciones de las mareas”. Eso o ponerse a impulsar un deporte denominado golf acuático.
En cuanto al resto de nosotros para quienes esos muros, presuntamente, no van a construirse, siempre podremos volar al interior donde podríamos convertirnos… glup… en  refugiados climáticos  . (En ese caso, ya saben que, probablemente, Trump va a decir que es necesario que se nos haga una  investigación extrema  de antecedentes ). Y mientras esperan las inundaciones, les sugiero que tomen en consideración lo que el  valioso  experto en energía de TomDispatch, Michael Klare, tiene que decir sobre el aumento de versiones tipo Donald a nivel mundial y lo que eso significa para la salud de nuestro planeta. Tom.
 ***
En un año de calor  sin precedentes  en un planeta abrasado, con océanos que se  calientan  velozmente, casquetes polares que se  derriten  velozmente y niveles del mar que  aumentan  velozmente, la ratificación del acuerdo de la Cumbre del Clima de París en diciembre de 2015 –endosado ya por la mayoría de las naciones- debería ser de una obviedad total. Eso no les dice gran cosa sobre nuestro mundo. La geopolítica global y el posible vuelco hacia la derecha en muchos países (incluida una potencial elección de última hora en EEUU que podría colocar a un negador del clima en la Casa Blanca) implican malas noticias para el destino de la Tierra. Merece la pena explorar qué es lo que podríamos encontrarnos.
Los delegados presentes en esa cumbre del clima estuvieron en general de acuerdo respecto a la cientificidad del cambio climático y la necesidad de limitar el calentamiento global de 1,5 a 2,0 grados Celsius (o 2,6 a 3,5 grados Fahrenheit) antes de que se produzca una catástrofe planetaria. Sin embargo, no llegaron a un acuerdo en muchos otros aspectos. Algunos países claves están en conflicto abierto con otros Estados (Rusia con Ucrania, por ejemplo) o son profundamente hostiles entre sí (como ocurre entre la India y Pakistán o EEUU e Irán). En reconocimiento de esas tensiones y divisiones, los países reunidos redactaron un documento final que sustituía los compromisos vinculantes por la obligación de cada Estado signatario de adoptar un plan único, o “contribución determinada a nivel nacional” (NDC, por sus siglas en inglés), para detener las emisiones de gas de efecto invernadero que alteran el clima.
La consecuencia es que el destino del planeta depende de la muy cuestionable disposición de cada uno de esos países a cumplir esa obligación, sin que importe lo muy agrias o belicosas que puedan ser sus relaciones con otros signatarios. Lo que pasa es que esa parte del acuerdo se ha visto ya zarandeada por los vientos contrarios de la geopolítica y es probable que tenga que enfrentar cada vez mayores turbulencias en los próximos años.
Que la geopolítica jugará un papel decisivo a la hora de determinar el éxito o fracaso del Acuerdo de París se ha hecho más que evidente en el breve tiempo transcurrido desde su promulgación. Aunque se han hecho algunos progresos hacia su adopción formal –el acuerdo entrará en vigor sólo después de que al menos 55 países, que suman al menos el 55% de las emisiones de gases invernadero, lo hayan ratificado-, también se ha tropezado con inesperados obstáculos políticos, un indicio de las dificultades que están por llegar.
Por el lado positivo, en un impresionante golpe diplomático, el presidente Obama persuadió al presidente Xi Jinping de que firmara el acuerdo con él en un reciente encuentro del grupo G-20 de países industrializados en Hangzhou. Juntos, los dos países son responsables del impresionante 40% de las emisiones globales. “A pesar de nuestras diferencias en otras cuestiones”, señaló  Obama durante la ceremonia de firma, “confiamos en que nuestra disposición para trabajar juntos en esta cuestión inspire nuevas acciones más ambiciosas por todo el mundo”.
Brasil, el séptimo mayor emisor del planeta, lo  acaba de firmar  también, y una serie de países, incluidos Japón y Nueva Zelanda, han  anunciado  su intención de ratificar pronto el acuerdo. Se  espera  que muchos otros hagan lo mismo antes de la próxima cumbre importante del clima, organizada por la ONU en Marrakesh, Marruecos, el próximo noviembre.
Sin embargo, en el lado negativo, el sorprendente voto a favor del brexit en Gran Bretaña ha complicado la tarea de asegurar la aprobación del acuerdo por la Unión Europea, porque la solidaridad europea en la cuestión climática –un factor importante en el éxito de las negociaciones de París- no puede ya  asegurarse. “Existe un riesgo de que esto pueda echar por tierra el Acuerdo de París”, sugiere  Jonathan Grant, director de sostenibilidad en PricewaterhouseCoopers.
La campaña a favor del brexit estuvo  encabezada  por políticos que también eran críticos importantes de la ciencia del cambio climático y fuertes opositores a los esfuerzos para promover una transición de los combustibles a base de carbono a fuentes verdes de energía. Por ejemplo, el presidente de la campaña por la salida de la UE, el exministro de Economía Nigel Lawson, es también presidente de la  Global Warming Policy Foundation  , un think-tank dedicado a sabotear los esfuerzos del gobierno para acelerar la transición a la energía verde. Muchos otros defensores del brexit, incluidos los exministros conservadores John Redwood y Owen Paterson, eran también decididos negadores del cambio climático.
Al explicar los fuertes vínculos entre estos dos campos, los analistas señalaron en el Economist que ambos se oponen a acatar las normas y leyes internacionales: “A los brexiteers les desagradan las normativas de la UE y saben que cualquier acción eficaz para abordar el problema del cambio climático necesitará de algún tipo de cooperación global: impuestos sobre el carbono u objetivos vinculantes relacionados con los emisiones. Esto último sería una decisión de la UE y Gran Bretaña tendría aún menos que decir en cualquier acuerdo global que implique a unas 200 naciones que en un régimen de la UE que afecte a 28”.
Tengan en cuenta también que es probable que Angela Merkel y François Hollande, los dirigentes de las otras dos anclas de la UE, Alemania y Francia, que están siendo asediados por los partidos antiinmigrantes de derecha, se muestren igualmente hostiles a un acuerdo de este tipo. En lo que podría ser el elemento de conflicto de la historia, esta misma línea de pensamiento, la combinación del nacionalismo desenfrenado, la negación del cambio climático, la feroz hostilidad ante la inmigración y el apoyo inquebrantable a la producción interna de combustibles fósiles, anima también la campaña de Donald Trump a la presidencia estadounidense.
En su primer discurso importante sobre la energía, pronunciado en mayo, Trump –que ha dicho que el calentamiento global es un  engaño chino  - prometió “cancelar el acuerdo del clima de París” y eliminar las diversas medidas anunciadas por el presidente Obama para asegurar que EEUU cumpla con sus disposiciones. Haciéndose eco de los puntos de vista de sus homólogos del brexit,  se quejó  de que “este acuerdo da control a los burócratas extranjeros sobre cómo podemos utilizar la energía en nuestra tierra, en nuestro país. De ninguna de las maneras”. También prometió reavivar la construcción del oleoducto  Keystone XL  (que llevaría las arenas bituminosas canadienses de carbono pesado a las refinerías en la Costa del Golfo de EEUU), revertir cualquier actuación para frenar el cambio climático de la administración Obama y promover la industria del carbón. “Disposiciones para cerrar cientos de plantas eléctricas que utilizan carbón y bloquean la construcción de las nuevas… ¿no es una estupidez?”, dijo en torno de burla.
En Europa, los partidos ultranacionalista de derechas están auspiciando una oleada de islamofobia, sentimientos contra los inmigrantes y desagrado hacia la UE. Por ejemplo, en Francia, el expresidente Nicolas Sarkozy  anunció  su intención de postularse de nuevo al puesto, prometiendo controles incluso más estrictos sobre inmigrantes y musulmanes y un mayor enfoque en la “identidad” francesa. Y aún más a la derecha, la rabiosamente antimusulmana Marine Le Pen está también en la carrera al frente de su Partido del Frente Nacional. Otros candidatos afines han conseguido importantes avances en las elecciones nacionales en  Austria  y, más recientemente, en una elección estatal en  Alemania  que sorprendió al partido gobernante de Merkel. En cada uno de los casos, consiguieron reforzar sus posiciones rechazando los relativamente tímidos esfuerzos de la UE para reubicar a los refugiados de Siria y otros países asolados por la guerra. Aunque el cambio climático no es una cuestión definitoria en estos contextos como lo es en EEUU y Gran Bretaña, la creciente oposición a todo lo que vaya asociado con la UE y su sistema de normativas plantea una amenaza obvia a los futuros esfuerzos a nivel continental para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero.
En otros lugares del mundo, se están extendiendo hilos parecidos de pensamiento, planteando serias dudas respecto a la capacidad de los gobiernos para ratificar el Acuerdo de París o, lo que es más importante, para cumplir sus estipulaciones. Veamos, por ejemplo, el caso de la India.
El primer ministro Narendra Modi, del Partido nacionalista hindú Bharatiya Janata (BJP, por sus siglas en inglés) ha manifestado su apoyo al acuerdo de París y  prometido  llevar a cabo una inmensa expansión de la energía solar. Tampoco ha hecho ningún secreto de su determinación de promover el crecimiento económico a cualquier coste, incluyendo en gran medida un  aumento de la dependencia  de la electricidad alimentada por carbón. Eso implica una serie de problemas. Según la Energy Information Administration del Departamento de Energía de EEUU, es probable que la India  duplique  su consumo de carbón en los próximos 25 años, convirtiéndose en el segundo mayor consumidor de carbón del mundo después de China. Combinado con un aumento en el consumo del petróleo y gas natural, ese incremento en el uso del carbón triplicaría las emisiones de dióxido de carbono de la India en un momento en que se espera que la mayoría de los países (incluidos EEUU y China) experimenten un pico o disminución en las suyas.
El primer ministro Modi es muy consciente de que su devoción hacia el carbón ha generado resentimiento entre los medioambientalistas que en la India y otros lugares están tratando de reducir el crecimiento de las emisiones de carbono. Sin embargo,  insiste  en que la India, como país en desarrollo importante, debería disfrutar de un derecho especial a conseguir el crecimiento económico en la forma en que pueda, aunque esto signifique poner en peligro el medio ambiente. “El deseo de mejorar el destino de uno ha sido la principal fuerza impulsora del progreso humano”, afirmó su gobierno en su compromiso de reducción de emisiones en la cumbre del clima de París. “No se debe hacer sentir culpabilidad a las naciones que están ahora luchando para conseguir tal ‘derecho a crecer’ para sus grandes poblaciones a través de sus agendas de desarrollo cuando intentan cumplir esta aspiración legítima”.
Es igualmente probable que Rusia ponga sus necesidades económicas internas (y el deseo de seguir siendo una gran potencia a nivel militar y a otros niveles) por delante de sus obligaciones frente al cambio climático global. Aunque el presidente Vladimir Putin asistió a la cumbre de París y aseguró a las naciones allí reunidas que Rusia cumpliría con el acuerdo, también ha dejado claro como el agua que su país no tiene intención alguna de renunciar a su dependencia de las exportaciones de petróleo y gas natural para una gran parte de sus ingresos nacionales. Según la Energy Information Administration, el gobierno de Rusia  depende  de esas exportaciones para un asombroso 50% de sus rentas operativas, una porción que no se atreve a poner en peligro en un momento en que su economía –golpeada ya por las sanciones de EEUU y la UE- está en una recesión profunda. Para asegurar el flujo continuado de ingresos procedentes de los hidrocarbonos, Moscú ha  anunciado  planes por valor de miles de millones de dólares para desarrollar nuevos campos de gas y petróleo en Siberia y el Ártico, aunque esos esfuerzos vayan en contra de sus compromisos para reducir futuras emisiones de carbono.
 De la reforma y renovación a la rivalidad.
Tal excepcionalismo nacionalista podría convertirse en algo parecido a la norma si Donald Trump gana en noviembre u otras naciones se unen a quienes están ya ansiosos por poner las necesidades de agenda de crecimiento doméstica basada en los combustibles fósiles por delante de los compromisos con el cambio climático global. Con esto en mente, consideren la evaluación de las futuras tendencias energéticas que el gigante noruego de la energía  Statoil  hizo recientemente. En esa evaluación aparece un escenario escalofriante centrado únicamente en este tipo de futuro distópico.
El segundo mayor productor de gas natural en Europa después de Gazprom de Rusia, Statoil, publica anualmente Energy Perspectives, un informe que explora las posibles futuras tendencias de la energía. Ediciones anteriores incluían escenarios etiquetados como de “reforma” (predicados a partir de esfuerzos internacionales coordinados, aunque graduales, para cambiar de los combustibles de carbono a la tecnología de la energía verde) y “renovación” (postulando una transición más rápida). Sin embargo, la edición de 2016, añadió un  nuevo y sombrío giro  : “rivalidad”. Describe el futuro con un realismo pesimista en el que el enfrentamiento internacional y la competición geopolítica desalientan de una cooperación significativa en el campo del cambio climático.


 Según el documento  , la nueva sección está “impulsada” por los acontecimientos del mundo real, es decir, por “una serie de crisis políticas, proteccionismo al alza y una fragmentación general del sistema estatal, lo que da como resultado un mundo multipolar que se desarrolla en direcciones diferentes. En tal escenario, cada vez hay más desacuerdo respecto a las reglas del juego y una disminución de la capacidad para gestionar las crisis en los ámbitos político, económico y medioambiental”.
En ese futuro, Statoil sugiere que las principales potencias demostrarán que están más preocupadas por satisfacer sus propias necesidades energéticas y económicas que en favorecer esfuerzos colectivos que traten de ralentizar el ritmo del cambio climático. Para muchas de ellas, esto significará maximizar las opciones de combustibles más baratas y más accesibles de que dispongan, a menudo los suministros internos de combustibles fósiles. En tales circunstancias, sugiere el informe, el uso del carbón aumentaría, no se reduciría, y su porción en el consumo global energético se incrementaría realmente del 29% al 32%.
En un mundo así, olvídense de las “contribuciones determinadas a nivel nacional” acordadas en París y piensen en cambio en un planeta cuyo medio ambiente será cada vez menos ecológico para la vida según hoy la conocemos. En ese escenario de rivalidad, expone Statoil, “la cuestión del clima tiene una baja prioridad en la agenda reguladora. Aunque se atiendan los problemas de contaminación local, los acuerdos internacionales a gran escala sobre el clima no se verán favorecidos. Como consecuencia, las actuales NDC se están llevando a cabo sólo parcialmente. Las ambiciones financieras climáticas no se cumplen y la política de precios del carbono para estimular las reducciones eficientes de costes en los países y a través de las fronteras nacionales es limitada”.
Al proceder de una importante compañía de combustibles fósiles, esta visión de cómo los acontecimientos podrían desarrollarse en un planeta cada vez más conflictivo tiene una peculiar lectura al ser más afín a  Eaarth  –retrato distópico de Bill McKibben sobre un mundo arrasado por el cambio climático- que las visiones generadas por la industria común sobre el futuro de la salud y prosperidad mundial. Y aunque la “rivalidad” es sólo uno de los diversos escenarios que los escritores de Statoil consideraron, encontraron claramente que es desconcertantemente convincente. De ahí que en una sesión informativa sobre el estudio, el economista-jefe de la compañía Eirik Waerness  indicara  que la inminente salida de Gran Bretaña de la UE era exactamente el tipo de evento que se ajusta al modelo propuesto y que podría multiplicarse en el futuro. 
 Cambio climático en un mundo de excepcionalismo geopolítico
De hecho, el futuro ritmo del cambio climático vendrá determinado tanto por factores geopolíticos como por los desarrollos tecnológicos en el sector energético. Resulta aún evidente que se está  progresando enormemente  en la bajada especialmente del precio de las energías eólica y solar –mucho más de lo que unos cuantos analistas anticipaban hasta hace poco-, la voluntad política de convertir esos avances en un cambio global significativo metiendo en cintura las emisiones de carbono antes de que el planeta pueda transformarse de forma inalterable, como los autores de Statoil sugieren, está desmaterializándose ante nuestros ojos. Si así sucede, no se equivoquen: estaremos condenando a los futuros habitantes de la Tierra, a nuestros propios hijos y nietos al desastre absoluto.
Como indica el escasamente proclamado éxito del presidente Obama en Hangzhou, tal destino no está grabado en piedra. Si pudo persuadir al líder ferozmente nacionalista de un país preocupado por su futuro económico para que se uniera a él firmando el acuerdo del clima, son posibles más éxitos de ese tipo. No obstante, su capacidad para conseguir esos resultados disminuye cada semana y muy pocos líderes de su estatura y determinación parecen estar esperando tomar el relevo.
Para evitar la Eaarth (que tanto Bill McKibben como los autores de Statoil imaginan) y preservar un planeta acogedor en el que la humanidad crezca y prospere, los activistas del clima tendrán que dedicar al menos tanta energía y atención al ámbito político internacional como al sector tecnológico. En este punto, la elección de líderes verdes que impidan que los negadores (o ignorantes) del cambio climático ocupen puestos destacados y la oposición a los ultranacionalismos que fomentan los combustibles fósiles es la única vía realista para un planeta habitable.

Michael T. Klare es profesor de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y colaborador habitual de TomDispatch.com. Es autor de The Race for What's Left: The Global Scramble for the World's Last Resources (Metropolitan Books) y en edición de bolsillo (Picador). La versión documental de su libro Blood and Oil está disponible en  Media Education Foundation  . Contactos:  michaelklare.com.  En Twitter: @mklare1.
Fuente:  http://www.tomdispatch.com/blog/176186/ 

 Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma

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