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19 de marzo de 2018

Una manera distinta de leer las noticias. Cuando la Realidad no se encuentra en los Medios



La avalancha de información política que recibimos cada día está orientada a mostrarnos realidades que señalan derroteros dirigidos a fijar puntos de vista y opiniones, así como a hacer dictámenes y veredictos sobre los distintos temas del acontecer nacional e internacional.

Otro tanto ocurre con lo relacionado a la publicidad y la propaganda comercial dispuesta y configurada para forjar gustos y crear intereses, encaminados a incrementar las ventas de una serie de productos no obligatoriamente necesarios para la vida cotidiana. 

La información política es algo parecido: los ciudadanos terminan consumiendo lo que el vendedor (en este caso, los medios de comunicación del establishment) desean que sea consumido. 

De esa manera dirigen la construcción de razonamientos y la aprobación de juicios acerca de temas que, incluso, resultan perjudiciales para el que los recibe y los transmite.

Esta es una manifestación de la lógica perversa del capital, para el que los ciudadanos son solo objetos de consumo, no sujetos de cambio de la sociedad que los oprime, lo cual se debe impedir a toda costa. Para ello, se utiliza lo que Carlos Fazio llama “instrumentos de colonización mental”.

Pero, en el mundo siguen ocurriendo hechos que influyen, condicionan y transforman la cotidianidad de los ciudadanos. 

Hoy, este proceso transcurre a tal velocidad que no tenemos capacidad de medir cuánto ascendiente tienen en nuestras vidas, aunque lo peor no es eso, sino la evolución de lo anormal, lo inusual, lo aberrante, lo brutal a estadios de normalidad y natural convivencia que casi pasan inadvertidos.

Sin embargo, podríamos leer las noticias desde diferentes ópticas, siempre y cuando uno tenga la imaginación necesaria… y algo de valor para hacerlo, si quiere desprenderse de la visión dominante y totalizante que nos vende verdades como si fuéramos ignorantes e iletrados.

En Colombia, donde su gobierno regurgita democracia cotidianamente, han intentado asesinar a un candidato presidencial, pero eso es tan normal en ese país que a nadie le importó. Ninguna autoridad se ha inmutado.

En el caso de que lamentablemente tal bochornoso hecho se hubiera concretado, solo habría constituido uno más en la larga lista de eventos de ese tipo que han ocurrido a la largo de la historia colombiana, donde la vida tiene poco valor a la luz de las más de 200 mil personas asesinadas y los 83 mil desaparecidos en los últimos 60 años. 

De ellos, 282 líderes sociales, 106 defensores de derechos humanos asesinados impunemente desde el año pasado, así como 47 combatientes desmovilizados de las Farc, desde que comenzó ese proceso.

En ese marco, en la “normal” Colombia, el jefe paramilitar John Jairo Velázquez, alias Popeye, opinó en público —a través de las redes sociales— a favor del asesinato de Gustavo Petro, quien curiosamente puntea en las encuestas de cara a los comicios presidenciales de ese país.

Unos días después, con la mayor naturalidad, el presidente de la máxima instancia electoral, en medio de los comicios para elegir en primarias a los candidatos de las alianzas que aspirarán a la más alta magistratura del país, ordenó que se sacaran fotocopias de las papeletas electorales, ante la carencia de las mismas en las mesas de votación. 

No cabe duda de que si Gabriel García Márquez estuviera vivo, tendría suficiente material para una nueva novela de ese gran Macondo que es su país de origen.

Todo esto puede ocurrir en Colombia, porque tiene el aval de la llamada comunidad internacional (es decir, Estados Unidos y Europa) para hacer cualquier desmán. 

Al Presidente, confeso de ordenar la invasión militar de un país vecino y autor intelectual de la creación y aplicación de la política de “falsos positivos”, consistente en asesinar ciudadanos para mostrarlos como combatientes guerrilleros a fin de argumentar a favor de la eficiencia de las fuerzas armadas en la lucha contra los insurgentes y, de esa manera, hacerse acreedor de mayores recursos financieros de Estados Unidos, se le recompensó con el Premio Nobel de la Paz.

Es la razón por la cual el Presidente de Estados Unidos ha dicho que ambos países tienen similares intereses y valores, lo que ha conducido a que las más altas autoridades militares y civiles estadounidenses hayan hecho de Bogotá su destino preferido en América Latina y el Caribe, incluyendo al propio Trump, quien ha anunciado viaje para abril.

Por su parte, en Chile, con total normalidad se ha producido el cambio de un gobierno de la derecha anti pinochetista a otro de la derecha pinochetista. Solo en eso radica la diferencia.

Cuando menciono que tal traspaso del poder se ha dado en un marco de normalidad, no lo digo porque mi aspiración haya sido que el mismo se produjera en un ámbito de violencia. 

Todo lo contrario, solo que uno podría suponer que, ante el retorno del pinochetismo al poder, se produciría un estremecimiento de la sociedad.

Nada de ello ocurrió, lo cual es normal cuando no existen diferencias de fondo entre ambas administraciones. 

Finalmente, uno tiene que entender que ambos gobiernos son neoliberales, compiten por su lealtad y sumisión a Estados Unidos, protegen a los criminales de la dictadura y reprimen las justas demandas de estudiantes, trabajadores y mapuches.

Bachelet pasará a la posteridad como el mayor fraude de la historia de Chile y la mayor traidora en transitar por la Presidencia de la república, superando a González Videla y a Pinochet.
Su traición comienza por haber mancillado la memoria de su propio padre, asesinado por la dictadura. Quedará para siempre como el peor esperpento que haya pasado jamás por La Moneda.

Ojo, en política, traidor no necesariamente es quien hace algo contra el pueblo, sino quien dice defenderlo y hacer todo lo contrario.

Se fue Bachelet, se fue Heraldo. 

El estercolero de la historia los espera junto a su amigo el corrupto General de Carabineros, Bruno Villalobos, a quien protegieron hasta el último momento, mientras que a Piñera le bastaron solo unas horas de gobierno para mandarlo a su casa.

Hablando de la toma de posesión de Piñera, pareciera que la era de los grandes eventos al que asistían decenas de jefes de Estado ha quedado en el olvido.

Si al fraude que impuso a Juan Orlando Hernández en la Presidencia de Honduras no asistió ninguno de sus colegas, el de Chile no fue menos sombrío: además de los ilegales mandatarios de Honduras y Brasil, solo estuvieron presentes, Macri, hijo de p…, la p… que te parió, según la frase de la canción más escuchada en los eventos públicos recientes de Argentina; también Kuczynski, quien fue a intercambiar experiencias de cómo se libera y se protege a un dictador asesino, a fin de sostenerse en el poder.

Así mismo, Enrique Peña Nieto acudió para conocer los hábitos del Chile dictatorial en materia de desapariciones forzadas, sin que posteriormente los culpables sean juzgados ni condenados. 

Él sabe que el fin de su mandato se acerca y los familiares de los 42 estudiantes de Ayotzinapa, además de la mayoría del pueblo mexicano, claman por verdad y justicia.

Además, estuvo presente en el evento el controversial Presidente ecuatoriano, quien sostuvo una “importante” reunión con Bachelet, cuyo contenido pareció no interesarle a nadie.

El más aplaudido entre todos los jefes de Estado presentes fue Evo Morales, quien aprovechó la ocasión para dar a conocer un mensaje de futuro del pueblo boliviano al pueblo chileno, dando un furibundo golpe con puño de seda al racismo y la xenofobia que la oligarquía chilena interesadamente ha inoculado para mantenerse en el poder y maximizar sus riquezas.

Hay que recordar que uno de los mayores detentores modernos de la riqueza producida por los territorios bolivianos usurpados en la guerra imperialista que enfrentó a ese país con Chile es el yerno de Pinochet, quien utilizó esa riqueza para comprar indiscriminadamente a políticos de todas las corrientes de ese país, con la “vista gorda” necesaria de los gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría, incluyendo a la “izquierdista” Bachelet y su gobierno.

En fin: siguen pasando cosas, ocurren eventos y acontecimientos a los que los medios les dan una mirada condicionante, dirigida a ocultar la podredumbre del sistema capitalista, mientras esconden tras de sí procesos que inexorablemente avanzan en otra dirección y que anuncian que no todo está perdido, como nos quieren hacer suponer.

SERGIO RODRÍGUEZ GELFENSTEIN
Fuente: INSURGENTE


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