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29 de junio de 2017

Las Religiones del Mundo organizadas bajo 10 epígrafes 10. «Nuestra Religión» cristianismo

DURANTE la estadía de Jesús, Gonod y Ganid en Alejandría, el joven pasó buena parte de su tiempo y gastó no poco dinero de la fortuna de su padre recopilando las enseñanzas de las religiones del mundo sobre Dios y sus relaciones con el hombre mortal. Ganid empleó más de tres veintenas de traductores eruditos en la redacción de este resumen de las doctrinas religiosas del mundo relativas a las deidades. Debe aclararse que en este escrito todas estas enseñanzas que describen el monoteísmo provenían en gran medida, directa o indirectamente, de la predicación de los misioneros de Maquiventa Melquisedek, quienes partieron de su sede en Salem para divulgar la doctrina de un Dios único —el Altísimo— hasta los confines de la tierra.
Presentamos aquí un resumen del manuscrito de Ganid, que preparó en Alejandría y en Roma, y que fue preservado en la India por centenares de años después de su muerte. 


10. «Nuestra Religión» Cristianismo

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 Después de la ardua labor de recopilar las enseñanzas de las religiones del mundo sobre el Padre del Paraíso, Ganid se impuso la tarea de preparar lo que consideraba un resumen de su concepto de Dios como resultado de las enseñanzas de Jesús. Se había hecho este joven el hábito de denominar tales creencias como «nuestra religión». He aquí sus apuntes:
 «El Señor nuestro Dios es un solo Señor, y debes amarle con toda la mente y el corazón; mientras que haces todo lo que puedes por amar a sus hijos como te amas a ti mismo. Este Dios único es nuestro Padre celestial, en quien radican todas las cosas, y quien habita por medio de su espíritu, en toda alma humana sincera. Nosotros, los hijos de Dios, debemos aprender a confiar nuestra alma en su custodia como a un fiel Creador. Con nuestro Padre celestial todas las cosas son posibles. Puesto que él es el Creador, que ha hecho todas las cosas y todos los seres, no podría ser de otro modo. Aunque no podamos ver a Dios, podemos conocerlo. Y viviendo diariamente la voluntad del Padre celestial, podemos revelarlo a nuestros semejantes.
 «Las riquezas divinas del carácter de Dios deben ser infinitamente profundas y eternamente sabias. No podemos buscar a Dios por medio del conocimiento, pero podemos conocerle en nuestro corazón por medio de la experiencia personal. Aunque no podamos comprender su justicia, el ser más humilde en la tierra puede recibir su misericordia. El Padre llena el universo, pero también vive en nuestro corazón. La mente del hombre es humana, mortal; pero el espíritu del hombre es divino, inmortal. Dios no es tan sólo todopoderoso sino que también es omnisapiente. Si nuestros padres terrenales, aun con su tendencia al mal, saben cómo amar a sus hijos y dispensarles buenas dádivas, cuanto más sabrá el buen Padre celestial cómo amar sabiamente a sus hijos terrenales y otorgarles las bendiciones apropiadas.
«El Padre celestial no permitirá que uno solo de sus hijos perezca si ese hijo desea encontrar al Padre y verdaderamente anhela asemejarse a él. Nuestro Padre ama aun al malvado y es siempre bondadoso con el ingrato. Si tan sólo más seres humanos pudieran conocer la bondad de Dios, serían ciertamente conducidos al arrepentimiento por sus maldades y sabrían renunciar a todo pecado conocido. Todas las cosas buenas descienden del Padre de la luz, en quien no hay variabilidad ni sombra de cambio. El espíritu del Dios verdadero está en el corazón del hombre. El quiere que todos los hombres sean hermanos. Cuando los hombres comienzan a sentir en pos de Dios, he allí la prueba de que Dios los ha encontrado, y de que están en busca del conocimiento de Dios. Vivimos en Dios y Dios habita en nosotros.
 «Ya no me basta con creer que Dios es el Padre de todo mi pueblo; de ahora en adelante también creeré que él es mi Padre. Por siempre trataré de adorar a Dios con la ayuda del Espíritu de la Verdad, que me ayudará cuando yo conozca de veras a Dios. Pero primero voy a practicar la adoración de Dios aprendiendo a hacer la voluntad de Dios en la tierra; o sea que haré todo lo posible por tratar a cada uno de mis semejantes mortales tal como yo creo que a Dios le gustaría que yo lo tratase. Si vivimos así esta vida en la carne, muchas cosas podremos pedir a Dios, y él nos dispensará el deseo de nuestro corazón para que podamos estar mejor preparados para servir a nuestros semejantes. Y todo este amoroso servicio a los hijos de Dios aumenta nuestra capacidad de recibir y tener la experiencia de gozar los bienes del cielo, los grandes placeres del ministerio del espíritu del cielo.
 «Cada día daré gracias a Dios por sus dones inefables; le alabaré por sus obras maravillosas para con los hijos de los hombres. Para mi él es el Todopoderoso, el Creador, el Poder, y la Misericordia, pero por sobre todas las cosas, él es mi Padre espiritual, y como su hijo terrenal yo alguna vez saldré para verlo. Y mi tutor ha dicho que al buscarlo yo llegaré a ser semejante a él. Por la fe en Dios yo he alcanzado la paz con él. Esta nueva religión nuestra está llena de regocijo y genera una felicidad perdurable. Confío que seré fiel hasta la misma muerte y que con seguridad recibiré la corona de la vida eterna.
 «Estoy aprendiendo a comprobar todas las cosas y adherirme a lo que es bueno. Lo que quisiera yo que hicieran para conmigo los hombres, así haré yo para con mis semejantes. Por esta nueva fe, sé que el hombre puede llegar a ser el hijo de Dios, pero a veces me aterra detenerme a pensar que todos los hombres son mis hermanos, aunque debe ser verdad. No veo cómo puedo regocijarme en la paternidad de Dios si rechazo la fraternidad del hombre. El que invocare el nombre del Señor será salvado. Si eso es verdad, entonces todos los hombres deben ser mis hermanos.
 «De aquí en adelante haré mis actos de bondad en secreto; también oraré especialmente cuando me encuentre a solas. No juzgaré, para no caer en la injusticia para con mis semejantes. Voy a aprender a amar a mis enemigos; en verdad aún no domino completamente esta práctica de ser semejante a Dios. Aunque veo a Dios en estas otras religiones, lo encuentro en ‘nuestra religión’ más bello, amante, misericordioso, personal y positivo. Pero sobre todo, este Ser grande y glorioso es mi Padre espiritual; yo soy su hijo. Y no podré finalmente encontrarlo y eternamente servirle sino por medio de mi honesto deseo de asemejarme a él. Por fin tengo una religión con un Dios, un Dios maravilloso, y él es el Dios de la salvación eterna».

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