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sábado, 10 de diciembre de 2016

Estados Unidos, el país más peligroso de la Tierra

Estados Unidos, el país más peligroso de la Tierra

Las elecciones que cambiaron todo y podrían ser el factor decisivo de la Historia

Durante décadas, Washington tuvo la costumbre de utilizar la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) para sabotear a gobiernos del pueblo, ejercidos por el pueblo y para el pueblo que no eran de su gusto y reemplazarlos con gobiernos sumisos [elija el tipo de su preferencia: junta militar, shah, autócrata, dictador...] en todo el planeta.

Hubo el tristemente célebre golpe de Estado organizado por la CIA y los ingleses que en 1953 derribó al gobierno democrático iraní de Mohammad Mosadegh y en su lugar colocó en el poder al Shah (y a su policía secreta, la SAVAK).

En 1954, hubo el golpe de Estado de la CIA contra el gobierno de Jacobo Arbenz que instaló a la dictadura militar de Carlos Castillo Armas; también en 1954, hubo la acción de la CIA para hacer que Ngo Dinh Diem se hiciera con el mando en Vietnam del Sur; en 1961, hubo la conspiración –CIA-belgas– para asesinar al primer ministro Patrice Lumumba –el primero de ese país–, que se concretó finalmente en la dictadura militar de Mobutu Sese Seko; en 1964, hubo el golpe de Estado realizado por los militares y respaldado por la CIA que derribó al presidente –elegido democráticamente– João Goulart y entregó el poder a una junta militar; y, por supuesto, en septiembre de 1973 (el primer 11-S), hubo el golpe de Estado militar, respaldado por Estados Unidos, que derrocó y asesinó al presidente de Chile, Salvador Allende. Bueno, el lector ya está haciéndose una idea...

De este modo, en su calidad de guía de lo que entonces se llamaba “el Mundo Libre”, Washington ha trabajado sin cesar y a su antojo.

A pesar de que esas operaciones eran llevadas a cabo en forma encubierta, cuando llegaban a conocerse, los estadounidenses, orgullosos de sus tradiciones democráticas, generalmente han permanecido imperturbables en relación con lo que en su nombre la CIA había hecho a las democracias (y a otros tipos de gobierno) más allá de sus fronteras.

Si Washington otorgaba repetidamente el poder a regímenes de un tipo que los estadounidenses hubiéramos considerado inaceptables para nosotros mismos, en el contexto de la Guerra Fría, no se trataba de algo que nos quitara el sueño.

Esas acciones han permanecido como mínimo encubiertas; esto sin duda muestra que no se trataba de algo que pueda pregonarse con orgullo a la luz del día.

Sin embargo, en los primeros años de este siglo surgió otro modo de pensar.

En la estela de los ataques del 11-S, la expresión “cambio de régimen” adquirió categoría de normalidad. Como un curso de acción posible, ya no había nada que debiera ocultarse.

En lugar de ello, la cuestión fue discutida abiertamente y llevada adelante a la luz plena de la atención mediática.

Washington ya no recurriría a una CIA que conspiraba en la oscuridad para deshacerse de algún gobierno aborrecido y poner en su lugar a otro más manejable.

En lugar de eso, en se calidad de “única superpotencia” del planeta Tierra, con unas fuerzas armadas presumiblemente más allá de toda comparación o desafío, la administración Bush reclamaría el derecho de desplazar sin rodeos, expeditiva y descaradamente a los gobiernos que ella despreciaba mediante el sencillo empleo de la fuerza militar.

Después, la administración Obama tomaría el mismo camino recurriendo a los lemas “intervención humanitaria” o “responsabilidad de proteger” (R2P, por sus “siglas” en inglés).

En este sentido, el cambio de regímenes y la R2P se convertirían en una abreviatura del derecho –de la derecha de Washington– de derrocar gobiernos a plena luz del día mediante misiles de crucero, drones y helicópteros Apache, por no hablar de las tropas, si eran necesarias (por supuesto, el Irak de Saddam Hussein sería el primer objeto de exposición; le seguiría en importancia la Libia de Muhammar Gaddafi).

Con esta historia y los resultados de las últimas elecciones en la mente, hace poco tiempo empecé a preguntarme si acaso, en 2016, el pueblo estadounidense había dejado a un lado a la CIA y empezado –como posibilidad– a hacer él mismo lo que la Agencia (y más recientemente las fuerzas armadas de Estados Unidos) había hecho a los demás?

En otras palabras, en la más extraña de las elecciones de nuestra vida, ¿puede ser que solo hayamos visto algo parecido a un golpe de Estado democrático en cámara lenta o alguna forma de cambio de régimen en el ámbito nacional?

Solo el tiempo lo dirá, pero he aquí un indicio de esa posibilidad: por primera vez, una parte de la seguridad nacional intervino directamente en las elecciones de Estados Unidos.

En este caso, no fue la CIA sino nuestro principal organismo de investigación en el entorno nacional: el FBI.

En su interior, como hoy lo sabemos, se ha despotricado y conspirado contra uno de los dos candidatos a la presidencia antes de que su director, James Comey, con franqueza –incluso, con descaro– entró en la disputa cuando faltaban 11 días para el desenlace.

Y lo hizo con un asunto que, aun en su momento, parecía al menos flojo –si no sencillamente falso– y se llevó por delante firmes tradiciones del FBI respecto de los periodos electorales.

Al hacerlo, es por cierto muy probable que esa intervención haya cambiado el curso del proceso eleccionario, un tópico en el resto del mundo pero un momento único en este país.

La administración de Donald Trump, que en estos momentos se está llenando de racistas, islamófobos, iranófobos y un surtido de colegas multimillonarios, ya tiene el aire de un gobierno en formación crecientemente militarizado y autocrático, que favorece a militaristas blancos y poco dados al humor, que no se toman las críticas a la ligera y reaccionan rápidamente ante un golpe.

Además, el 20 de enero, este equipo verá que tendrá en sus manos unas enormes potestades represivas de todo tipo, unas potestades que van desde la tortura hasta la vigilancia generalizada, unas potestades que han sido extraordinariamente institucionalizadas a partir de los años posteriores al 11-S en coincidencia con el surgimiento del estado de la seguridad nacional como el cuarto poder de gobierno, unas potestades que algunos de ellos están claramente impacientes por probar.

Retroceso e impulso hacia adelante: la historia de nuestro tiempo

Después de que Washington decidiera en 1979 encargar a la CIA el pertrechamiento, la financiación y el adiestramiento de los más extremistas y fundamentalistas musulmanes afganos (y otros) para que la Unión Soviética se enfrentara con una situación parecida a la sufrida por Estados Unidos en Vietnam, hicieron falta 22 años para que la inversión estadounidense en los radicales islámicos se hiciera notar en casa con toda su fuerza.

En la cuenta de las reacciones habría una instalación militar estadounidense en Arabia Saudí hecha saltar por los aires, dos embajadas de Estados Unidos atacadas con bomba y un destructor estadounidense gravemente averiado en el puerto de Aden.

Pero fueron las atentados del 11-S los que de verdad pusieron la reacción enemiga en el mapa de este país (y, muy apropiadamente, convirtió el libro de Chalmers Johnson* con ese título en un éxito editorial).

Esos ataques de al-Qaeda, cuyo costo estimado no pasó de los 400.000 dólares apuntaron a tres edificios paradigmáticos: el World Trade Center (la representación del poder económico de Estados Unidos), en Manhattan; el Pentágono (el poder militar), en Washington; y, presumiblemente, la Casa Blanca o el Capitolio (el poder político), hacia donde sin duda se dirigía el avión del vuelo 93 de United Airlines cuando se estrelló en un campo de Pennsylvania.

La intención de estos ataques, realizados por 19 secuestradores aéreos –saudíes en su mayor parte–, era asestar un golpe devastador a la autoestima estadounidense, y lo consiguieron.

En respuesta, la administración Bush lanzó la guerra global contra el terror (GWOT –por sus siglas en inglés–, uno de los peores acrónimos de la historia), conocida también por sus furibundos promotores como “la Guerra Prolongada” o la “Cuarta Guerra Mundial”. 

Considere el lector esta “guerra”, que incluyó en ella la invasión y ocupación de dos países –Afganistán e Irak– como una especie de “impulso hacia adelante”, o una segunda inversión –enorme y de largo plazo– de tiempo, dinero y vidas de extremistas islámicos, que no hizo otra cosa que consolidar más aún el fenómeno en nuestro mundo, ayudar a reclutar más militantes y a propagarlo en todo el planeta.

Para decirlo con otras palabras, la relativamente modesta inversión de 400.000 dólares de Osama bin Laden llevaría a que Washington literalmente se lanzara a derrochar billones de dólares en unas guerras e insurrecciones que no han hecho más que extenderse y a poner en su mira a organizaciones terroristas –cada vez más cambiantes– del Oriente Medio y África.

El resultado de años de acciones bélicas que han escapado a todo control y llevado al desastre a una vasta región ha acabado en lo que yo he llamado el “imperio del caos” y propiciado un tipo de reacciones enemigas en el ámbito nacional, reacciones que cambiarían y distorsionarían la naturaleza del gobierno y la sociedad de Estados Unidos.

Hoy en día, después de 37 años de la primera intervención en Afganistan y 15 años después de la segunda, en la estela de unas elecciones en este país, la reacción contraria respecto de la guerra contra el terror –sus mandos, su mentalidad, sus obsesiones, su ansiedad por militarizarlo todo– ha llegado a casa con mucha fuerza.

De hecho, acabamos de tener lo que algún día quizá sea visto como las primeras elecciones al estilo 11-S. Y, con ellas, vistas las enloquecidas propuestas de expulsar o registrar a los musulmanes, o a quienes se les parezcan.

La guerra literal contra el terror está amenazando con aposentarse también en casa con toda intensidad. Sabiendo lo que sabemos sobre los “resultados” en tierras distantes en los últimos 15 años, esto de ninguna manera puede ser una buena noticia (por ejemplo, según un informe muy reciente [de The Daily Beast] el temor a ser perseguidos está creciendo entre los musulmanes que trabajan en el Pentágono, la CIA, y el departamento de Seguridad Interior; con los sentimientos islamofóbicos que ya se hacen notar en la administración Trump que se esta formando, es posible concluir que esto no acabará bien).

¿El factor decisivo de la Historia?

El 12 de septiembre de 2001 era muy difícil tratar de adivinar qué consecuencias tendría en Estados Unidos y el mundo el impacto producido por los ataques del día anterior, por eso no tiene sentido perder el tiempo en especular adónde nos conducirán en los años venideros los acontecimientos del 8 de noviembre de 2016.

En el mejor de los tiempos, la predicción es un ejercicio arriesgado; generalmente, el futuro es un agujero negro.

Pero hay una cosa que parece ser probable en medio de las tinieblas: con los generales (y otros oficiales de alta graduación) que han conducido las fracasadas guerras de Estados Unidos estos últimos años dominando en la estructura de la seguridad nacional de una futura administración Trump, nuestro imperio del caos (incluyendo tal vez el cambio de régimen) ciertamente ha llegado a casa.

Es algo razonable ver el triunfo de Donald Trump y su fracción de derecha corporativista –o “populismo” multimillonario– y la marea de creciente racismo blanco que ha acompañado a este racismo como un impacto estilo 11-S en el mundo de la política, aunque acabe siendo una versión en cámara lenta del acontecimiento que propició su aparición.

Al igual que con el 11-S, una historia –larga y cargada de reacciones hostiles– precedió a la victoria de Donald Trump del 8 de noviembre.

Esa historia incluye la institucionalización de la guerra permanente como una forma de vida en Washington, el crecimiento de un poder autónomo y la preeminencia del estado de la seguridad nacional; todo esto acompañado del desarrollo y la legalización de los poderes más opresivos del Estado, entre ellos la invasiva vigilancia de todos los tipos imaginables, el regreso, desde los campos de batalla más remotos, de la tecnología y la mentalidad de la guerra permanente y la capacidad de asesinar a quienquiera que la Casa Blanca elija matar (incluso a ciudadanos estadounidenses).

Además, en relación con las reacciones contrarias, en el ámbito nacional sería necesario incluir el resultado del fallo de 2010 llamado “Citizens Unites” (Ciudadanos unidos) del Tribunal Supremo, que permitió liberar pasmosas sumas de dinero corporativo y del 1 por ciento que está en la cúspide de una sociedad cada vez más desigual para llenar las arcas de un sistema político (sin el cual habría sido impensable la existencia de una presidencia y un gabinete de multimillonarios).

Tal como escribí a principios de octubre, “...una parte significativa de la clase trabajadora blanca siente como si –sea económicamente, sea psicológicamente– tuviera la espalda contra el muro y ya no quedara un sitio adónde ir.

Es evidente que en estas circunstancias, muchos de esos votantes han decidido que están preparados para lanzarse literalmente contra la Casa Blanca; están dispuestos a aprovechar el derrumbe del tejado, incluso aunque éste les caiga encima.”.

Entonces, tomemos la elección de Donald Trump como el triunfo del terrorista suicida –en este caso, el trabajador blanco– enviado al Despacho Oval para que, como dicen todos ahora muy educadamente, “sacudir las cosas”.

En un momento que, en tantos sentidos, está lleno de extremismo y en el que los yihadistas del estado de seguridad nacional están claramente dispuestos a todo, es posible quizás que las elecciones de 2016 acaben siendo el equivalente en cámara lenta a un golpe de Estado en Estados Unidos.

Donald Trump, como otros populistas de derecha antes que él, tiene un temperamento con tendencia no solo a la demagogia (como lo demostró en la campaña presidencial), sino también al autoritarismo en su versión estadounidense, sobre todo desde que en los últimos años –en términos de pérdida de derechos y de reforzamiento de los poderes del Estado– este país ya se ha movido hacia la autocracia, aunque esta realidad sea poco percibida.

Fuera cual fuera la forma en que los acontecimientos del 8 de noviembre hayan sido presentados a los estadounidenses, hay una cosa que cada día es más cierta acerca del país que gobernará Donald Trump.

Olvidemos a Valdimir Putin y su destartalado petro-estado: en este momento, el país más peligroso del planeta es el nuestro.

Conducido por un hombre que –aparte de la forma de manipular a los medios (en lo que es un genio innato)– sabe bien poco y, al menos en parte, por los frustrados generales provenientes de la guerra estadounidense contra el terror, es probable que Estados Unidos sea un país más extremo, beligerante, irracional, obsesivo; un país que cuenta con unas fuerzas armadas poderosamente pertrechadas, financiadas en un nivel cada vez mayor –al que ningún otro país puede siquiera acercarse– y con pasmosos poderes para intervenir, interferir y reprimir.

No es un cuadro muy atractivo.

Aun así, es apenas una introducción a lo que indudablemente debería ser considerado lo más importante del Estados Unidos de Donald Trump: con todo lo que sabemos de la historia golpista de la CIA y la tradición de cambios de régimen por la fuerza de las armas, ¿podría también Estados Unidos hacer pedazos un planeta?

Si, en lo más alto de lo que ya es el segundo país emisor de gases de efecto invernadero del mundo, Trump lleva adelante las futuras políticas energéticas que prometió durante la campaña electoral –desfinanciar las ciencias relacionadas con el clima, denunciar o ignorar los acuerdos contra el cambio climático, quitarle importancia al desarrollo de energías alternativas, dar luz verde a los oleoductos y al fracking, alentar aún más otras formas de extracción de combustibles fósiles y repensar completamente a Estados Unidos para convertirlo en la Arabia Saudí de América del Norte–, estará efectivamente iniciando una acción de cambio de régimen contra el planeta Tierra.

Todo lo demás que pueda hacer la administración Trump, incluso introducirnos en un periodo de autocracia estadounidense, formaría parte inherente de la historia de la humanidad.

Los despotismos vienen y van.

Los déspotas surgen y mueren.

Las rebeliones estallan y fracasan. Las democracias un día funcionan y un día dejan de funcionar.

La vida continúa. Sin embargo, el cambio climático no tiene nada que ver con todo eso. Puede formar parte de la historia del universo, pero no de la historia humana.

En cambio, puede ser un factor decisivo en la Historia. Lo que nos haga la administración Trump en los venideros años puede dar lugar a un periodo muy negro pero será algo pasajero, al menos en comparación con la posible desestabilización total de la vida sobre la Tierra y de la historia tal como las hemos conocido en los últimos miles de años.

Esto, por supuesto, eclipsa al 11-S. En última instancia, el triunfo electoral del 8-N podría llegar a ser el impacto de una vida, de cualquier vida, durante muchísimos años.

Este es el peligro que está ante nosotros desde ese día; no nos equivoquemos, puede ser devastador.

* El título (en inglés) del libro de Ch. Johnson es Blowback: The Costs and Consequences of American Empire, que podría traducirse como “Retroceso: el costo y las consecuencias del Imperio estadounidense”. (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. 

Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com.

Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.


Rusia, el último gran estado plurinacional europeo

EFE/Yuri Kochetkov

Rusia, el último gran estado plurinacional europeo

Existe una diferencia entre como Rusia es vista por el mundo y como se ve a sí misma. 
En parte por la propia política exterior de Moscú, caracterizada por la retórica nacionalista del Kremlin y una política exterior agresiva que ha recurrido al factor de lo ruso en un intento de mantener su esfera de influencia en el espacio postsoviético y de conservar fuera de este la imagen de superpotencia heredera de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS); cubriendo de paso sus deficiencias internas y desviando la opinión pública hacia otros asuntos alejados de las diversas problemáticas internas.
Así resulta lógico que desde fuera se suela pensar en Rusia como un estado nación, eslavo y homogéneo, donde pequeñas minorías viven oprimidas ante el feroz nacionalismo estatal. 
Sin embargo Rusia tiene una visión muy diferente sobre su propia idiosincrasia interna. Rusia sí se autoconsidera como un estado nación, pero a la par plurinacional, siendo a la vez el heredero del Imperio Ruso, y por tanto último vestigio de los estados plurinacionales modernos que dominaron Europa central y oriental. Un estado nación contemporáneo que bebe del nacionalismo decimonónico.
Esta aparente contradicción entre dos conceptos considerados fuera de la Federación Rusa como antagónicos es la piedra angular de la articulación del estado ruso. 
Y es que en ruso el concepto de ruso  tiene dos connotaciones diferentes que no se repiten en el resto de idiomas. Por una parte está lo Russkii (Русский), o ruso étnico, y por otro lo Rossiyane (Россияне), o relativo a Rusia.

Ciudadanía, nacionalidad y política exterior

En Europa Occidental y las regiones europeizadas del resto del mundo, formadas por los países creados bajo el concepto de estados nación, se suele dar por hecho una correspondencia entre el Estado y el pueblo que lo habita, así todos los ciudadanos de Francia deben de ser franceses, y todos los de Argentina, argentinos. 
Sin embargo esta correlación no puede aplicarse a la totalidad del mundo, ni tan siquiera a la totalidad de Europa.
Existe en Rusia una diferencia entre el concepto de ciudadanía y nacionalidad, donde no son sinónimos, y donde no todos los ciudadanos poseen la misma nacionalidad. Esta queda fijada por nacimiento, y su adjudicación depende de la decisión parental de inscribir a sus hijos con una u otra nacionalidad, compartiendo el 80% de la población la nacionalidad rusa étnica, o Russkii, mientras que el otro 20% se reparten otras 193 nacionalidades diferentes.
Otra cuestión es el tema de la ciudadanía, ya que todos los rusos poseen la misma ciudadaníaRossiyane, independientemente de su nacionalidad, siendo esta la que otorga deberes y derechos a los habitantes, y careciendo la inscripción en uno u otro grupo étnico de cualquier valor legal o político fuera de lo meramente identitario y cultural.
Así Rusia se plantea como el estado nación de los Rossiyanes, no de los Russkiis, es decir, como el estado nacional de todos aquellos pueblos que han abrazado algunos elementos de la cultura Russkii, como la lengua, pero que no lo son necesariamente, ofreciendo a la vez a las demás naciones no Russkiis un estado plurinacional con autonomía para los pueblos que lo integran. 
En este contexto se acaba reconociendo que la mayoría rusa étnica tienen la razón de estado por ser la nacionalidad con la cultura e historia que cohesiona el país.
Por ello cuando los líderes políticos rusos hablan de los ciudadanos rusos, no se refieren a la poblaciónRusskii, sino Rossiyane, un concepto mucho más amplio, ambiguo, y sin connotaciones necesariamente étnicas. Esto es aplicable cuando las autoridades rusas hablan de su deber de proteger a los ciudadanos rusos en el extranjero, que necesariamente no implica que posean la etnia rusa, sino que hayan abrazado su cultura.

En las repúblicas exsoviéticas, al igual que en Rusia, existe una diferencia entre las comunidades de etnia rusa, y aquellas que han adaptado parte de su cultura, como la lengua. Fuente: locusinsight
En las repúblicas exsoviéticas, al igual que en Rusia, existe una diferencia entre las comunidades de etnia rusa, y aquellas que han adaptado parte de su cultura, como la lengua. Fuente: locusinsight

Teniendo en cuenta la gran superficie que ocuparon el Imperio Ruso y la URSS, y su larga duración conjunta, sumado a las migraciones internas, o la articulación de la URSS bajo el paradigma Rossiyane, el hecho de que un pueblo haya abrazado la cultura rusa es de lo más común en las repúblicas exsoviéticas. 
Y esto explica gran parte de la política exterior rusa, como sus intervenciones en Georgia, la posible adhesión de Osetia del Sur, el reparto de pasaportes a ciudadanos de las exrepúblicas soviéticas, o los conflictos de Ucrania, no siendo la población Russkii mayoritaria en ninguna de las intervenciones exteriores, con la única excepción de la anexión de Crimea.
Esta agresiva política exterior se fundamenta precisamente en la idea del estado nación Rossiyane, vista desde fuera como un nuevo expansionismo Russkii, pero desde la propia Rusia como un irredentismoRossiyane.

La compleja organización del Estado

La dimensión espacial del estado y la gran diversidad social y cultural con múltiples grupos étnicos, algunos muy concentrados en el espacio, se traduce en una compleja organización estatal. Rusia se organiza como un estado federal, con 85 sujetos federales –incluyendo a Crimea y Sebastopol–, todos formalmente iguales, y con la misma representación en el Consejo de la Federación pero que en la práctica tienen diferencias considerables para responder a la diversidad geográfica, étnica y cultural del país. Hay regiones u óblasts, territorios o krais, distritos autónomos u orkugs, repúblicas y ciudades federales.
Los óblasts o regiones, y los krais o territorios, suman 55 de los 85 sujetos federales,  concentrándose en las zonas de amplia mayoría Russkii, en la parte europea del país y el eje del Transiberiano. Las diferencias de nomenclatura son históricas, pero ambas tienen  las mismas competencias limitadas.
Las ciudades federales (Moscú, San Petersburgo y Sebastopol), son regiones urbanas formadas por múltiples municipios, los cuales se unen para formar una ciudad.
El conjunto de estas tres figuras de competencias limitadas suma 58 de los 85 sujetos federales, que suponen poco más del 77% del territorio ruso, en el cuales se concentra el 91% de la población con nacionalidad Russkii
Entre ellos solamente cuatro óblasts y la ciudad de Sebastopol no alcanzan el 80% de población de nacionalidad Russkii, la media nacional.
Las repúblicas son el segundo sujeto más común, representando un cuarto del total. Se trata de subestados nación, con sus propias constituciones, y la potestad de establecer lenguas estatales diferentes al ruso. Originalmente se crearon en aquellas regiones donde había una mayoría no Russkii, aunque las migraciones internas y externas han alterado la composición étnica de muchas de ellas, no siendo ya la nacionalidad titular de la república necesariamente la mayoritaria.
Los distritos autónomos, u orkugs, son una figura intermedia entre las repúblicas y los óblasts, que aunque son sujetos federales iguales al resto siguen formalmente siendo parte de otro óblast, con la excepción de Chukotka. 
Suponen un reconocimiento de autonomía a una o dos nacionalidades, en regiones escasamente pobladas, por lo que continúan dependiendo parcialmente de otra región. Sus funciones difusas y escasa población han hecho que hayan ido desapareciendo, esfumándose la autonomía de múltiples naciones. 
Los que han sobrevivido lo han hecho gracias a grandes reservas de hidrocarburos en sus territorios, lo cual les ha permitido mantener su autonomía, pero que ha atraído numerosa población de otras nacionalidades, suponiendo las nacionalidades titulares una minoría en los cuatro orkugs, con mínimos en Janti-Mansi donde los dos pueblos que dan nombre a la región sólo suponen el 1,3% de la población.
El Óblast Autónomo Hebreo es una anomalía. 
Pese a ser un sujeto federal étnico, la nacionalidad titular nunca fue la mayoritaria. Fue planteado con la idea de que todas las naciones tuviesen una autonomía dentro del socialismo, incluyendo a los hebreos que se encontraban dispersos por el territorio, como una patria socialista para el pueblo judío y para luchar ideológicamente contra el sionismo que empezaba a tomar importancia. 
Se creó en una región remota de Siberia, en la frontera con China, con la intención de aumentar la población del territorio y controlar las fronteras, pero lejos de las regiones europeas donde se concentraba la propia población hebrea. 
El resultado fue que sólo tras la II Guerra Mundial la población hebrea de la región llegase a suponer un tercio del total, pero la persecución de Stalin y la creación del Estado de Israel, sumado a la migración de población Russkii a la zona, han supuesto que la región sólo posea un 1,2% de población hebrea y más de un 92% de población étnicamente rusa.
Las regiones étnicas o autónomas ocupan únicamente un 22% del estado, concentrando a casi el 60% de las minorías. Así, mientras que para los Russkiis la población que reside en las regiones autónomas es una minoría, para los demás grupos la población fuera de las regiones autónomas es muy importante.
Russia

La nación de las 200 nacionalidades

Para comprender esta complejidad territorial es necesario remontarse al siglo XIII, cuando un gran estado eslavo llamado Rus de Kiev, que abarcaba la actual Bielorrusia, y gran parte de Ucrania y Rusia occidental, se descompuso ante la presión de la llegada de las hordas mongolas de Gengis Kan y las luchas internas. 
El Imperio Mongol y su sucesor occidental, la Horda de Oro, cambiaron el panorama étnico, lingüístico y religioso en los límites de la antigua Rus de Kiev, con la consolidación y asentamiento de las tribus nómadas turcas y la llegada de tribus mongolas, a la vez que penetraban nuevas religiones como el budismo y el islam.
No será hasta el siglo XV cuando el Principado de Moscovia logre librarse del vasallaje turco-mongol, y empiece a imponerse sobre los demás principados Russkiis. Este estado es el germen de la actual Rusia, y núcleo de la cultura Russkii, en lo que los rusos denominan Rusia Central, una región con su centro en Moscú, de superficie algo mayor que Francia y con una población étnicamente rusa de más del 90% en todos los óblasts.
Hacia el norte, Rusia se topó con un territorio escasamente poblado, aunque con multitud de pueblos como ingrios, carelios o samis, pero con salida al mar, lo que propició el auge de importantes ciudades portuarias como Arcángel, y la llegada de numerosa población Russkii desde el sur, que se incrementó aún más con el traslado de la capital a territorio ingrio, a San Petersburgo. 
Solo la República de Carelia tiene proporciones inferiores al 85% de población Russkii, sin embargo incluso esta supera el 80%, ya que la mayor parte de la población carelia, un subgrupo finés, emigró a Finlandia durante la Guerra de Invierno.
En dirección sur la expansión siguió una dinámica similar, escasamente poblado por tribus nómadas, pero con tierras muy fértiles y salida al Mar Negro se produjo una intensa colonización siguiendo el cauce de los ríos Don y Volga. 
Especialmente importante fue la población ucraniana, que acabó siendo asimilada por la Russkii.  Las regiones del Don rondan el 90% de población Russkii, pero esta desciende al 80% al aproximarse al Cáucaso, y hasta suponer tan solo dos tercios en el delta del Volga.
Hacia el este, en Siberia, se encuentra la el otro gran eje de población Russkii. Este está constituido por un conjunto de regiones con entorno a un 90% de población Russkii siguiendo el eje del Transiberiano. 
Hacia el norte y el sur la proporción de rusos étnicos desciende rápidamente, y sólo las regiones de las llanuras suroccidentales y las costas del pacífico mantienen proporciones superiores al 80%.
De este modo la población Russkii se concentra en dos lugares, en Rusia Central y sus zonas de expansión norte y sur, y en el eje del Transiberiano. 
Así se configuran cinco áreas donde la Rusia eslava homogénea del imaginario pierde importancia ante la Rusia Plurinacional.
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A mediados del siglo XVI Iván IV “El Terrible”, inició una campaña contra los tártaros para acabar con los continuos ataques y saqueos de estos, que culminó en 1552 cuando logró vencerlos y anexionarse sus territorios. 
Se iniciaba así una nueva etapa, donde los eslavos dejaban de ser el grupo étnico dominante en todo el país, y el estado debía repartir su territorio entre las diferentes comunidades, que además se multiplicaban por la continua expansión territorial.
En la abrupta y fronteriza región del Cáucaso, Rusia alberga la región étnica más compleja de Europa con numerosos pueblos, lenguas y religiones, donde una sola república como Daguestán alberga más de 10 grupos étnicos y 30 lenguas diferentes. 
Étnicamente está lejos de la Rusia eslava: mongoles, túrquicos, iranios o circasianos son algunos de los grupos étnicos de la región. Religiosamente no es menos compleja, con comunidades musulmanas sunníes, cristianas ortodoxas, neopaganos y una región de dominio budista, muchas veces sin homogeneidad de culto dentro del mismo grupo étnico o lingüístico.
En la zona del Volga y el sur de los Urales se encuentran los pueblos a los que debió de enfrentarse Iván el Terrible, naciones túrquicas suníes como los tártaros y bakshires y ugrofinesas ortodoxas y animistascomo maris y mordovians. 
De esta región son las minorías étnicas más numerosas y extendidas por Rusia, ya que fueron las primeras en integrarse en la Rusia plurinacional, y participaron junto a losRusskiis en la colonización de los nuevos territorios.
A ambos lados de los Urales septentrionales se encuentran cuatro regiones étnicas, entre las cuales están las tres con mayor Producto Interior Bruto (PIB) per cápita del Estado, por lo que la poblaciónRusskii presenta porcentajes superiores al 50% y no deja de aumentar, relegando a las naciones ugrofinesas titulares de esos territorios en segundo plano.
En el sur de Siberia habitan pueblos túrquicos muy influenciados por los mongoles, y de religión budista tibetana y animista, como tuvanos, buriatios o altáis. En el extremo norte habitan los también túrquicos yakutios  y otros pueblos aislados como los esquimales de Siberia, o chukchis.

Las minorías y el nacionalismo Rossiyane

Exceptuando la zona norte de los Urales, la población Russkii no ha dejado de descender en las regiones autónomas y el conjunto del país desde la descomposición de la URSS. Y es que la demografía juega en su contra. 
La migración a otras regiones más prósperas, los conflictos interétnicos de los 90, y sobre todo la baja tasa de natalidad de la población Russkii frente a las altas tasas de otras nacionalidades no ha hecho más aumentar el peso relativo de las etnias minoritarias en la mayoría de las regiones autónomas, pero también el peso absoluto en el conjunto del país, y su importancia política. 
En regiones como la República de Tuvá los rusos étnicos han pasado de representar un tercio de la población en 1989 a un sexto en 2010; en Ingusetia han pasado de ser un cuarto de la población a menos del 1% y en Yakutia han descendido de la mitad a un tercio.

Las elecciones presidenciales de 2012 mostraron, no sin acusaciones de pucherazo electoral, un apoyo al líder nacionalista y conservador superior a la media en las regiones con importantes minorías étnicas. Fuente: Electoral Geography 2.0
Las elecciones presidenciales de 2012 mostraron, no sin acusaciones de pucherazo electoral, un apoyo al líder nacionalista y conservador superior a la media en las regiones con importantes minorías étnicas. Fuente: Electoral Geography 2.0

Aunque en los años 90 la violencia de las minorías se centrase contra la población Russkii, y se llegase a proclamar la independencia de Tartaristán y Chechenia, con dos guerras en la última de las regiones y creación de entramados terroristas. 
En la actualidad, las regiones autónomas y las nacionalidades minoritarias son los principales sustentos del nacionalismo ruso, y del voto a Rusia Unida, el partido conservador y nacionalista de Vladímir Putin. Y esto pese a que la política interna que ha promovido ha sido tendente a reducir la autonomía de las regiones, centralizar la administración, y a promover la lengua rusa en contra del resto de idiomas.
Empero, el nacionalismo que promueve el gobierno, el nacionalismo Rossiyane, está más próximo al concepto de hispanidad que al de los diferentes pueblos que la integran. Y es que Rusia no es Rusia, Rusia es la Federación Rossiyane
En palabras de Putin, “la gran misión de los rusos es unir la civilización. El idioma, la cultura, una cordialidad general, (…) deben unir a los armenios rusos, los azerbaiyanos rusos, los alemanes rusos, los tártaros rusos… Unirlos en un tipo de Estado donde no hay representantes de una etnia ajena. Tal tipo de identidad de la civilización se basa en la conservación de la cultura rusa dominante, que no solo pertenece a los rusos eslavos, sino también a todo el pueblo de Rusia, independientemente de su etnia.”



Acerca de Abel Gil  3 Articles
Segovia, 1990. Graduado en Geografía y Ordenación del Territorio por la UCM. Máster en Desarrollo Territorial Sostenible por la UAM y de Formación del Profesorado por la UCJC. Apasionado de los conflictos espaciales. Twitter: @abelgillobo

Wanderer of the Skies last message


The Galactic Federation through Wanderer of the Skies

26:10:2012


Greetings from the Federation:

Today we begin with a recitation of events which have led to this place, this time, this now.  We are here and have always been guiding you through these times. You have been expectant of things to come as you should. Time draws closer to the inevitable. There is much to do on your world and so little time to do it in.

The entire planet has been engulfed in a plasma field which has recently been activated and acts to keep in higher forms of vibrational energy while allowing darker, more heavy, and lower vibrations to leave unhindered. Once out, they cannot return. It is the beginning of the final phase of purification of your planet. One delay keeping this from occurring sooner was occasioned by your space station which was in an orbit too close to be unaffected by the operation of this field. An agreement has been reached to move this orbit so that the grid can be made operational without adverse affect to humans.

As this energy becomes activated, you will find less and less influence of the Illuminati over your everyday affairs. At first not detectable by your masses, eventually someone will “test the waters” with an act known to be against the ways of the Illuminati and, in doing so, will find no resistance which otherwise would have been expected. This will embolden more to further “push the envelope” until it becomes apparent that the Illuminati, who none could actually see or discern but who knew were ever present, are no longer there, or if they are, are not adverse to the actions taken. As this knowledge becomes more widespread, more and more advances for the good of all mankind will begin to take shape on your world. As that occurs, you will see an ever increasing avalanche of human created movements unimpeded towards that which you all desire--to thrive, to be free, to explore, and be told and find the truth.

It will be a gradual occurrence and yet not gradual at all for decades and millennium will be wiped away in a seeming instant as your people realize they can lead a free existence unimpeded by the control of those who seek to enslave you. As scientists create technologies for the benefit of all and as these things make it to the mainstream and are not “shelved” by those who do not want you to have them, as the financial institutions cater to the needs of the people and not corporations, as politicians create fair and representative laws for all, slowly, but surely, you will see this new world develop. 

Our hand in this has been almost invisible, but we have been there. We have set up the field to prevent negative energies from circulating around your planet. We have taken out various negative other worldly groups who had taken up camp in your world for selfish goals, we have prevented other races from coming here during the crucial time of the transfer of energy fields around and on your planet, and we have guided you through this process so that you have remained informed, in touch, motivated, and aware of what is transpiring on your world.

As these matters develop, and as the grip of the Illuminati becomes fainter and fainter, you will learn your true history and will gather strength from its message of hope for all of you. Indeed, you have begun to see it already as discoveries of long lost civilizations begin to emerge in your media. And as all of this dawns upon you as a people, and you become aware of the larger picture, both on your world and throughout the universe, we will come, with open arms, in love and respect for your journey. The process has already begun and we are overseeing so much more on your behalf.

What could be more joyous than a gathering of those who would see these things through to conclusion. And we say to you, look upward and we will be there with you, in love and mutual respect. Our mutual journey has given us much joy.

 Be at peace.

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