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martes, 29 de noviembre de 2016

La Guerra Secreta, ¿CONSPIRACION?

Resultado de imagen de Chemtrails:La Guerra Secreta - Documental

Chemtrails:La Guerra Secreta- Documental

Antonio y Rosario Marciano administradores del sitio web italiano TANKER ENEMY produjeron el documental: "Chemtrails: La Guerra Secreta". 

Este documental HD es la primera película profesional italiana sobre la geoingeniería clandestina también conocida como chemtrails. 

Durante años este tema ha sido negado y denigrado como leyenda urbana. Este documental analiza, con un enfoque científico y riguroso las características principales de este problema. 

La manipulación del clima es sólo un aspecto colateral del fenómeno.(Subtitulado por Melvecs | La Verdad Nos Espera).

Donald Trump va dir que consideraria un estàndard d'or

TrumpGold

Donald Trump va dir que consideraria un estàndard d'or


La marihuana amb finalitats mèdiques? El president electe de Donald J. Trump és per a ell. Ajudar a les persones quan vénen als EUA demanant ajuda? "Absolutament", diu, amb un advertiment: "La gent ha d'entrar al país legalment." L'home pastes, admet haver "mai ha estat el meu." 
Pel que fa a portar de tornada al patró or, l'ordre economia mundial fins a la Segona Guerra Mundial, el president electe Trump creu que serà difícil, però és de ment oberta.
"Portar de tornada al patró or seria molt difícil de fer, però noi seria meravellós", va dir. "Ens agradaria tenir una norma sobre la qual basar el nostre diners."
En les últimes dècades, un subconjunt cada vegada més bulliciós de preppers, els inversors i els teòrics de la conspiració identificada or com un refugi segur contra la inestabilitat econòmica mundial. Van citar impressió de diners de les polítiques, la llaminadura de la guerra i temor general com a raó de la cobertura. Ara, la raó per comprar or podria ser totalment diferent: el president electe es baixa cap avall amb el metall groc.
Per exemple, en SNL, el Sr Trump va afirmar queels tweets d'una tassa de vàter d'or. De fet, IRL, Sr. Trump porta un estil de vida d'or. 
Després de Trump va anunciar la seva candidatura a president, el comediant Stephen Colbert va fer broma de "incrustacions de luxe, xapat en or, diamant" campanya de Trump.
Trump té 24k Súper Premium Vodka Bé. Ell accepta el lloguer pagat en lingots d'or dels grans jugadors en la indústria de l'or al detall. Un 24 quirats d'or d'encàrrec temàtiques de la motocicleta podria fer la seva aparició en breu a la caravana presidencial. A més, potser, el seu helicòpter Trump xapat en or posseeix. Potser ho farà de vacances a la seva mansió de 40,000 peus quadrats, o el Trump Tower Penthouse, així les que estan adornats en or. L'àtic compta amb un estil Lluís XIV apartament de Manhattan, compta amb terres de marbre, parets i columnes, frescos al sostre, querubins d'ales; i llums d'aranya de diamants. Ell també té un jet privat amb la gola d'or de 24 quirats. Ell també té una afinitat per l'or tenyida de vidre. Al juliol, parlava com a aspirant a la presidència d'unaetapa d'or . Per tant, és en or.
Si afegim a la idea que el president electe Trump és una cosa d'un Goldbug (encara que ell s'informa va fer declaracions en sentit contrari), juntament amb les relacions comercials reportades pel Sr. Trump amb un "comprador i el venedor d'or", el  New York Times  va informar el 1983 sobre com Trump va guanyar una quantitat imprecisa de la riquesa:
Després que el Govern va legalitzar la propietat privada d'or l'1 de gener de 1975, [Sr. Trump] va entrar en joc i va comprar en gran mesura. a continuació, l'unça es venia a 185 $. "Hem venut en el rang de $ 780, $ 790. Ens vam fer molt bé. És més fàcil que el negoci de la construcció. ", Va dir.
 

Fins i tot Trump Tower materials de màrqueting insinuat cap als multimilionaris amor de extravagància: Una presentació de diapositives de promoció de la Torre Trump diu que és "l'última visió d'una vida elegant vist a través d'un ull d'or."

Putin, negocia el final de la Unión Europea



Trump planea nacionalizar los emporios mediáticos, según Fulford/ Steven Seagal, embajador de Trump ante Putin, negocia el final de la Unión Europea
Esta semana el informe Fulford viene cargado de información, por lo que merece la pena prestarle atención.
 De todo lo que cuenta (y es mucho) me quedo con los rumores sobre las decisiones que tomará Trump, entre las cuales está intervenir los grandes emporios mediáticos en virtud de la libertad de información e incluso retirarles la licencia por contribuir a la violencia, una medida que ya hizo Chávez. También es interesante los rumores que sitúan a dos militares al frente de los ministerios de defensa y asuntos exteriores, al margen de confirmar la información de Sorcha Faal en cuanto a que la nueva ministra de educación es la jefa del ejército de mercenarios ex Blackwater. Asímismo, 2 millones de veteranos de guerra, moteros y ejércitos privados defenderán a Trump en el día de su investidura frente a las huestes de George Soros.
 Fulford dice que en diciembre o enero -en base a diversas fuentes- aparecerá el nuevo dólar con una devaluación del 50%, mientras que el internacional permanecerá al mismo valor [llevo leyendo esta noticia desde el 2002, así que tómese “con pinzas”].
Comenta que el consejo de ulemas islámico va a cambiar su ley sobre la posesión de oro (hasta ahora, sólo válida para joyas) para metir a 1,3 millones de musulmanes adquirir ondas y lingotes, lo que hará dispararse su precio.
 Vuelve a decir que el gobierno actual nipón está a punto de caer, y que el oro de la nación se encuentra debajo del palacio real.
 La derrota del Estado Islámico está cercana puesto que Egipto también se suma a la guerra en Siria y afirma que el actor Steven Seagal (que obtuvo la nacionalidad rusa) se ha convertido en “embajador de Trump frente a Rusia” y está ya operando para derrotar a las élites de Ucrania, Arabia Saudita y la Unión Europea. En concreto, y tras abandonar Estados Unidos la protección del occidente europeo, Rusia asumirá ese papel.
 Fulford afirma que los 44 fuegos desencadenados la semana pasada en los estados de Kentucky, Georgia, Tennesse y Carolina del Norte se debieron a ataques contra bases intraterrenas de los cabalistas, así como una nave espacial que fue derribada sobre el cielo de Fukushima. (Fulford lleva semanas diciendo que los cabalistas están tratando de escapar del planeta).
 Por último, el cronista canadiense afirma que Bill Clinton ha sido ingresado en un hospital de la CIA de una insuficiencia cardíaca y le dan unos meses de vida. Por su parte, los intentos de Hillary de dar la vuelta al resultado de las elecciones comprando al partido verde no van a tener resultados.

https://youtu.be/xn2iFz6AGNM

Crisis de la economía mundial, caos sistémico y la elección de Donald Trump



La elección de Donald Trump no es un momento aislado de la coyuntura internacional. Debemos comprenderla como parte de un conjunto de transformaciones que se vinculan con el vaciamiento del centrismo liberal en la economía mundial, en particular en sus centros atlantistas, como Europa Occidental y Estados Unidos, pero también en Sudamérica, cuya principal expresión fue hasta aquí el golpe de Estado en Brasil contra el Partido de los Trabajadores. Para entender la causa del agotamiento del centrismo liberal, es necesario recurrir a las tendencias de larga duración que están presentes de forma específica en la escena contemporánea.

En nuestro libro Globalización, dependencia y neoliberalismo en América Latina (2011) afirmamos que la coyuntura mundial contemporánea debería ser entendida por la combinación de tres movimientos de larga duración: a) la revolución científico-técnica que, desde los años 1970, impone la crisis del capitalismo como modo de producción, al convertir el conocimiento y, por lo tanto, el aumento del valor de la fuerza de trabajo, en el elemento más dinámico e importante de las fuerzas productivas. b) La crisis de hegemonía de los Estados Unidos que, frente a la fuerte ofensiva de los trabajadores sobre las tasas de ganancia y la reducción de los diferenciales de productividad en relación con Europa y Japón a finales de los años 1960, opta por la estrategia de financierización utilizando su poder sobre la moneda mundial para crear valor ficticio y reducir las presiones del trabajo sobre la acumulación y sobre la competitividad intercapitalista por la apropiación del excedente. c) La fase expansiva de un ciclo de Kondratiev, que se inicia en 1994 y debe agotarse en esta década, impulsada, por un lado, por la proyección y la integración de China en la economía mundial y, por el otro, por la recuperación de la tasa de ganancia en los países centrales después de la imposición de una profunda derrota a la clase trabajadora a partir de la combinación entre financierización y cambios radicales en la base tecnológica y en los patrones organizacionales de las empresas y de las políticas estatales.

Si bien el neoliberalismo más puro en los años 1980, impulsado principalmente por las fuerzas conservadoras y neoconservadoras, expresadas en la tríada Reagan, Thatcher y Kohl, fue clave para romper la resistencia sindical de los trabajadores industriales, por otro lado, el protagonismo extremo que dio al rentismo, a la reforma tributaria regresiva y a los gastos militares, generó enormes desequilibrios macroeconómicos cuya principal expresión fue la eclosión de déficits públicos y de la deuda pública en los países del G-7, sumados a enormes déficits comerciales en Estados Unidos, principal articulador de este proceso.

La transferencia acelerada de competitividad internacional hacia el Este asiático, las presiones financieras del déficit público sobre el welfare y la derrota contundente del proletariado fordista abrieron el espacio para desplazar el eje del capitalismo atlantista y centrarlo en la tasa de ganancia por medio de un nuevo ciclo de Kondratiev. Este desplazamiento cíclico en la tasa de ganancia exigió el surgimiento de nuevas fuerzas políticas que se organizaron alrededor de la reformulación del proyecto social-demócrata con el fin de atender las exigencias del capitalismo en la etapa de la globalización que, Anthony Giddens intentó sintetizar relanzando el concepto de "tercera vía".

Sin embargo, esta "nueva tercera vía" no rompió ni revirtió la financierización, atenuando solamente sus tendencias más agudas, ya que el período cíclico de expansión de larga duración que se inició no ha solucionado la tendencia al declive de los centros atlantistas en la economía mundial sino que la ha profundizado. Aumentó las presiones competitivas, aceleró los límites de la financierización y exigió paralelamente la organización de una base tecnológica dinámica como instrumento de contención del declive, lo que no impidió la deslocalización productiva de los centros atlantistas hacia otras regiones, en particular, a China. Esa nueva tercera vía buscó combinar la financierización y el establecimiento de un período de crecimiento económico que no fuera muy significativo al punto de reestablecer el pleno empleo, pero que fuera suficiente para aumentar la recaudación estatal y ampliar gastos sociales para focalizar las políticas en el combate a la extrema pobreza y la exclusión de los segmentos sociales más vulnerables. En general, pese a las variaciones nacionales, se constituyó un patrón de políticas públicas que situó las tasas de interés por debajo de las tasas de crecimiento del PIB, redujo la expansión de los gastos militares, atenuó los efectos más regresivos de las reformas tributarias neoliberales, pero no impidió la ampliación de la desigualdad, aunque esta haya sido matizada por el aumento del crecimiento económico. Esta combinación ha frustrado, con el pasar de los años, la base popular de la socialdemocracia, conduciendo en múltiples ocasiones a derrotas electorales significativas, donde y cuando la combinación entre crecimiento económico, reducción de la pobreza y aumento de la desigualdad fuera menos exitosa.

Tal patrón de políticas públicas ultrapasó los centros atlantistas inscribiéndose en las regiones bajo su hegemonía ideológica, en particular en los países dependientes más poderosos y estratégicamente articulados con la economía mundial. La ascensión de los demócratas con Bill Clinton entre 1993-2000 y Barack Obama entre 2009-16, de los laboristas británicos con Tony Blair y Gordon Brown entre 1997-2010, de los socialdemócratas y verdes alemanes con Gerhard Schroder entre 1997-2005, de los socialistas franceses con Lionel Jospin entre 1997-2002 y François Hollande entre 2012-2017, del PSOE con Zapatero entre 2004-2011, y del PT con Lula y Dilma entre 2003-2016 es fiel expresión de la emergencia de un centrismo de izquierda que busca realizar una combinación entre rentismo, estrategias de desarrollo productivo y clase trabajadora, con distintos resultados en función del lugar que ocupa en el sistema mundial y de los diversos contextos nacionales. Amenazada con la emergencia de una centroizquierda neoliberal que le retiraba la gestión de grandes centros de la economía mundial, la derecha neoliberal, incapaz de ofrecer alternativas a la expansión de la desigualdad que frecuentemente se articuló con el aumento de la pobreza, modificó su agenda: priorizó el combate al terror y al enemigo externo/interno, la guerra y la contención de la inmigración ilegal.

La imposición de esta ofensiva ideológica en el gobierno de George W. Bush y su articulación con el complejo industrial militar llevó a su incorporación parcial por la izquierda centrista durante el gobierno de Obama. Este tomó como referencia el nuevo nivel de gastos militares heredado del gobierno republicano — que más que duplicó el presupuesto de defensa, incrementándolo de US$ 311 billones a 644 billones y del 2,9% al 4,2% del PIB, entre 2000-08 — realizando en ellos pequeños cortes, sin alterar significativamente sus valores absolutos, pero reduciéndolos progresivamente al 3,3% del PIB en 2015, después de alcanzar la máxima del 4,7% del PIB en 2010.

Por otro lado, Obama rompió records de deportación masiva de inmigrantes, con un promedio de deportaciones aproximado de 400 mil personas por año, cifra superior en 41% a la del gobierno de George W. Bush que, no obstante, elevó la deportación anual de 180.000 a 360 mil personas, número que viene aumentando constantemente desde 1982, cuando fueron 15 mil los deportados.

La crisis económica de 2008-2010 y el agotamiento del ciclo de boom de los commodities de 2004-2011 en la periferia dependiente, incidieron fuertemente sobre la capacidad de la centroizquierda neoliberal en viabilizar la coalición que proponía. En los centros de la economía mundial, la estatización de la deuda privada por medio de programas de compra de títulos podridos, el aumento de los gastos militares y la recesión impidieron que el crecimiento económico siguiera amortiguando los efectos sociales disruptivos de la desigualdad que volvió a crecer de forma acelerada. En países periféricos, como Brasil, los efectos negativos del ciclo de los commodities disminuyeron el crecimiento económico, redujeron la recaudación pública, ampliaron la percepción de la desigualdad, condujeron a grandes explosiones sociales y a presiones del gran capital para redistribuir recursos al rentismo e interrumpir la trayectoria rumbo al pleno empleo.

La incapacidad de restablecer tasas de crecimiento económico típicas de las fases expansivas del Kondratiev impone un fuerte obstáculo para el centrismo de izquierda, que parece entrar en declive acelerado por la incapacidad de conciliar el interés de diversos grupos sociales, como rentistas, grandes oligopolios, pequeños y medianos industriales y trabajadores. Todo apunta a que la fase expansiva del Kondratiev en curso ya se agotó en los Estados Unidos y en Europa Occidental desde la crisis de 2008, y en la economía mundial deberá agotarse aún en esta década con la desaceleración en curso en China.

La crisis del centrismo afecta particularmente a la izquierda neoliberal, en función del agotamiento del crecimiento económico acelerado que vuelve nítida su incapacidad de cumplir con las promesas de inclusión de la clase trabajadora en los procesos de globalización. Sin embargo, afecta también al bipartidismo propiciando el surgimiento de corrientes más radicales, sea en el interior de los partidos tradicionales o fuera de ellos. Desde 1999 a 2014, el bipartidismo de centroizquierda y centroderecha redujo su participación en el parlamento europeo de 66% a 54,8%. El vaciamiento político del centrismo neoliberal se evidencia en un conjunto de eventos como: la victoria del Brexit contra la orientación del entonces primer ministro del Partido Conservador, David Cameron, y la del Partido Laborista, fortaleciendo el Partido de la Independencia del Reino Unido, de extrema derecha; la emergencia de dos candidaturas en los Estados Unidos, de Donald Trump y Bernie Sanders, que desafiaron el establishment de los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente; el crecimiento del Frente Nacional en Francia en la elecciones presidenciales de 2012, en las elecciones europeas de 2014 y en las elecciones regionales de 2015; la caída del PP y PSOE en las votaciones en España, del 72% al 55%, entre 2011 y 2016, abriendo espacio para el surgimiento de Podemos a la izquierda y de Ciudadanos, a la derecha; la caída drástica de la votación del PASOK y de la Nueva Democracia en Grecia, desde 2012, dando lugar al protagonismo del Syriza, a la izquierda, en 2015, y a la ascensión del Amanecer Dorado, de extrema derecha; o la drástica pérdida de popularidad de Dilma Rousseff del PT, en Brasil, en el primer semestre de 2015, que antecedió al golpe de Estado de 2016 que la depuso del mandato presidencial.

La crisis de los centrismos de izquierda que gestionaron la onda larga expansiva iniciada en 1994 lleva a dos tipos de desdoblamientos: de un lado, a la presión de los movimientos sociales para que las izquierdas rompan sus compromisos con el rentismo, el capital financiero y el neoliberalismo, dando prioridad al combate de la desigualdad y la profundización de la democracia, vinculándolos a distintos proyectos de desarrollo que promuevan la articulación entre la soberanía nacional y la cooperación internacional. Del otro lado, a la reacción de la derecha a los movimientos sociales contra la desigualdad que se vienen acumulando en baja intensidad durante la larga onda expansiva y que ahora amenazan cambiar su ritmo. Frente a esta posibilidad, la derecha echa mano de otra agenda donde pone la escasez como una realidad inexorable, y reivindica la desigualdad y el proteccionismo para mantener privilegios contra las presiones competitivas de la globalización oriundas del comercio y de la migración. Se trata de preservar los polos de riqueza y poder contra el declive, interpretado como producto de presiones competitivas de los excluidos del mundo por la redistribución del excedente: inmigrantes oriundos de la periferia, minorías étnicas, trabajadores, Estados o grupos que realizan políticas anti-imperiales y Estados que desplazan el eje del poder económico mundial. De esta manera, la derecha elabora un proyecto populista y neofascista que, al mismo tiempo que la exime de ser la causante de la desigualdad, le adjudica la responsabilidad del declive del hombre europeo, blanco, heteronormativo a un presunto "enemigo externo/interno". Claro que se pueden hacer algunos ajustes y modificaciones puntuales a ese proyecto cultural, pero sin modificar su esencia anti-multiculturalista. Se trata de establecer un proteccionismo con base en la capas medias en contra de aspectos de la economía mundial, como la presión competitiva proveniente del comercio y la deslocalización de la producción, preservándose, sin embargo, la desreglamentación financiera por la cual los países centrales del eje atlantista de poder capturan parte del capital circulante del mundo mediante la sobrevaloración de sus monedas.
Tal proyecto neofascista se establece en función de condiciones nacionales específicas: en el caso brasileño, país dependiente y periférico, la subordinación al imperialismo neoliberal de los centros atlantistas restringe cualquier perspectiva proteccionista, pero este se funda en la articulación de la identidad nacional con un moralismo abstracto que asocia austeridad y rentismo y va en contra de los programas sociales, las izquierdas y los movimientos sociales, vistos como amenaza a su hegemonía y dominación. La precaria base cultural de masas conservadora vincula este proyecto a un Estado de cuarto poder que judicializa la política, sometiendo su control a un conjunto de intereses que articula las grandes corporaciones mediáticas, el Parlamento y el Poder Judicial para expurgar adversarios y criminalizar a los movimientos sociales eliminando simultáneamente la competencia política.
En el caso de los Estados Unidos, la elección de Donald Trump es el resultado de la fuerte decepción de las clases medias con los demócratas y de la intensa movilización del electorado conservador para votar, en contraste con aquellos segmentos donde Hillary venció. Así, según encuestas de la CNN, mientras Hillary ganó con amplio margen entre el 36% más pobre, por 52% a 41%, Trump triunfó entre el 31% siguiente que reúne a las clases media baja y media, con 50% y 46% respectivamente, y con un margen más estrecho en el 36% de los más ricos. Los demócratas perdieron alrededor de 7 millones de votos en relación con las elecciones de 2008 y casi 4 millones de votos en relación con las elecciones de 2012.

Fue el abandono de las políticas de desarrollo económico en favor del saneamiento del capital ficticio y de la expansión del complejo industrial militar, lo que llevó a priorizar las políticas focalizadas y direccionadas al combate de la extrema pobreza en detrimento de aquellas direccionadas hacia la clase trabajadora y el mercado interno. Por otro lado, todo el esfuerzo de movilización manejado por Trump en relación al electorado conservador no le dio la victoria en el voto popular y le rindió el mismo nivel de votos que obtuvo en su momento el candidato republicano, Mitt Rommey, en las elecciones presidenciales de 2012 y menos de 1 millón de votos que lo logrado por George W. Bush en 2004. Quien votó por Trump fue el electorado blanco, masculino, conservador, protestante, católico o cristiano, de mediana edad o más, con nivel de escolaridad inferior a la licenciatura, fuertemente contrario al Obamacare y preocupado por la pérdida de empleos vía migración o competencia comercial.

No obstante, el gobierno Trump poco puede ofrecer para enfrentar el declive estadounidense y, con su programa de derecha que mezcla neoliberalismo y proteccionismo, deberá profundizarlo. Si sigue los patrones republicanos, Trump debe reducir los impuestos para los ricos, elevar drásticamente los gastos militares y las tasas de interés para atraer el capital circulante, poniendo fin a las políticas de tasas de intereses reales negativas con las cuales Obama intentó recuperar el crecimiento económico en Estados Unidos. Las primeras designaciones que hizo apuntan en esta dirección. Expuesto al sistema liberal de poder competitivo, a las presiones de los grandes engranajes partidarios, Trump debe desgastarse, perder autonomía y popularidad. Mientras tanto, como antídoto, puede generar un "ambiente de excepcionalidad" que lo ponga en condiciones de reivindicar, para sí mismo, el liderazgo para conducir la unidad de la nación.

Para que ello sea posible, es necesario que ocurra una combinación de factores: la identificación de enemigos externos/internos y una situación de gran conmoción popular, que provoque sensación de miedo y vulnerabilidad, como el incendio del Reichstag o el ataque al Pentágono y a las Torres Gemelas. Para los primeros, en su campaña presidencial, Trump ya identificó al islamismo militante, a los inmigrantes musulmanes y a los mexicanos, el multiculturalismo y, por supuesto, a China. El evento de conmoción podrá ser construido por el fuerte aparato de inteligencia que tiene a su disposición y por el apoyo de que dispone en el Congreso de mayoría republicana y en la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

La elección de Trump puede implicar un nuevo nivel de reorganización de la derecha radical en el mundo. Sin embargo, si se cumple esta condición, se profundizará el caos sistémico e impulsará la reorganización de la izquierda mundial con ejes cada vez menos comprometidos con el centrismo y el neoliberalismo.

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Crisis de la economía mundial, caos sistémico y la elección de Donald Trump



La elección de Donald Trump no es un momento aislado de la coyuntura internacional. Debemos comprenderla como parte de un conjunto de transformaciones que se vinculan con el vaciamiento del centrismo liberal en la economía mundial, en particular en sus centros atlantistas, como Europa Occidental y Estados Unidos, pero también en Sudamérica, cuya principal expresión fue hasta aquí el golpe de Estado en Brasil contra el Partido de los Trabajadores. Para entender la causa del agotamiento del centrismo liberal, es necesario recurrir a las tendencias de larga duración que están presentes de forma específica en la escena contemporánea.

En nuestro libro Globalización, dependencia y neoliberalismo en América Latina (2011) afirmamos que la coyuntura mundial contemporánea debería ser entendida por la combinación de tres movimientos de larga duración: a) la revolución científico-técnica que, desde los años 1970, impone la crisis del capitalismo como modo de producción, al convertir el conocimiento y, por lo tanto, el aumento del valor de la fuerza de trabajo, en el elemento más dinámico e importante de las fuerzas productivas. b) La crisis de hegemonía de los Estados Unidos que, frente a la fuerte ofensiva de los trabajadores sobre las tasas de ganancia y la reducción de los diferenciales de productividad en relación con Europa y Japón a finales de los años 1960, opta por la estrategia de financierización utilizando su poder sobre la moneda mundial para crear valor ficticio y reducir las presiones del trabajo sobre la acumulación y sobre la competitividad intercapitalista por la apropiación del excedente. c) La fase expansiva de un ciclo de Kondratiev, que se inicia en 1994 y debe agotarse en esta década, impulsada, por un lado, por la proyección y la integración de China en la economía mundial y, por el otro, por la recuperación de la tasa de ganancia en los países centrales después de la imposición de una profunda derrota a la clase trabajadora a partir de la combinación entre financierización y cambios radicales en la base tecnológica y en los patrones organizacionales de las empresas y de las políticas estatales.

Si bien el neoliberalismo más puro en los años 1980, impulsado principalmente por las fuerzas conservadoras y neoconservadoras, expresadas en la tríada Reagan, Thatcher y Kohl, fue clave para romper la resistencia sindical de los trabajadores industriales, por otro lado, el protagonismo extremo que dio al rentismo, a la reforma tributaria regresiva y a los gastos militares, generó enormes desequilibrios macroeconómicos cuya principal expresión fue la eclosión de déficits públicos y de la deuda pública en los países del G-7, sumados a enormes déficits comerciales en Estados Unidos, principal articulador de este proceso.

La transferencia acelerada de competitividad internacional hacia el Este asiático, las presiones financieras del déficit público sobre el welfare y la derrota contundente del proletariado fordista abrieron el espacio para desplazar el eje del capitalismo atlantista y centrarlo en la tasa de ganancia por medio de un nuevo ciclo de Kondratiev. Este desplazamiento cíclico en la tasa de ganancia exigió el surgimiento de nuevas fuerzas políticas que se organizaron alrededor de la reformulación del proyecto social-demócrata con el fin de atender las exigencias del capitalismo en la etapa de la globalización que, Anthony Giddens intentó sintetizar relanzando el concepto de "tercera vía".

Sin embargo, esta "nueva tercera vía" no rompió ni revirtió la financierización, atenuando solamente sus tendencias más agudas, ya que el período cíclico de expansión de larga duración que se inició no ha solucionado la tendencia al declive de los centros atlantistas en la economía mundial sino que la ha profundizado. Aumentó las presiones competitivas, aceleró los límites de la financierización y exigió paralelamente la organización de una base tecnológica dinámica como instrumento de contención del declive, lo que no impidió la deslocalización productiva de los centros atlantistas hacia otras regiones, en particular, a China. Esa nueva tercera vía buscó combinar la financierización y el establecimiento de un período de crecimiento económico que no fuera muy significativo al punto de reestablecer el pleno empleo, pero que fuera suficiente para aumentar la recaudación estatal y ampliar gastos sociales para focalizar las políticas en el combate a la extrema pobreza y la exclusión de los segmentos sociales más vulnerables. En general, pese a las variaciones nacionales, se constituyó un patrón de políticas públicas que situó las tasas de interés por debajo de las tasas de crecimiento del PIB, redujo la expansión de los gastos militares, atenuó los efectos más regresivos de las reformas tributarias neoliberales, pero no impidió la ampliación de la desigualdad, aunque esta haya sido matizada por el aumento del crecimiento económico. Esta combinación ha frustrado, con el pasar de los años, la base popular de la socialdemocracia, conduciendo en múltiples ocasiones a derrotas electorales significativas, donde y cuando la combinación entre crecimiento económico, reducción de la pobreza y aumento de la desigualdad fuera menos exitosa.

Tal patrón de políticas públicas ultrapasó los centros atlantistas inscribiéndose en las regiones bajo su hegemonía ideológica, en particular en los países dependientes más poderosos y estratégicamente articulados con la economía mundial. La ascensión de los demócratas con Bill Clinton entre 1993-2000 y Barack Obama entre 2009-16, de los laboristas británicos con Tony Blair y Gordon Brown entre 1997-2010, de los socialdemócratas y verdes alemanes con Gerhard Schroder entre 1997-2005, de los socialistas franceses con Lionel Jospin entre 1997-2002 y François Hollande entre 2012-2017, del PSOE con Zapatero entre 2004-2011, y del PT con Lula y Dilma entre 2003-2016 es fiel expresión de la emergencia de un centrismo de izquierda que busca realizar una combinación entre rentismo, estrategias de desarrollo productivo y clase trabajadora, con distintos resultados en función del lugar que ocupa en el sistema mundial y de los diversos contextos nacionales. Amenazada con la emergencia de una centroizquierda neoliberal que le retiraba la gestión de grandes centros de la economía mundial, la derecha neoliberal, incapaz de ofrecer alternativas a la expansión de la desigualdad que frecuentemente se articuló con el aumento de la pobreza, modificó su agenda: priorizó el combate al terror y al enemigo externo/interno, la guerra y la contención de la inmigración ilegal.

La imposición de esta ofensiva ideológica en el gobierno de George W. Bush y su articulación con el complejo industrial militar llevó a su incorporación parcial por la izquierda centrista durante el gobierno de Obama. Este tomó como referencia el nuevo nivel de gastos militares heredado del gobierno republicano — que más que duplicó el presupuesto de defensa, incrementándolo de US$ 311 billones a 644 billones y del 2,9% al 4,2% del PIB, entre 2000-08 — realizando en ellos pequeños cortes, sin alterar significativamente sus valores absolutos, pero reduciéndolos progresivamente al 3,3% del PIB en 2015, después de alcanzar la máxima del 4,7% del PIB en 2010.

Por otro lado, Obama rompió records de deportación masiva de inmigrantes, con un promedio de deportaciones aproximado de 400 mil personas por año, cifra superior en 41% a la del gobierno de George W. Bush que, no obstante, elevó la deportación anual de 180.000 a 360 mil personas, número que viene aumentando constantemente desde 1982, cuando fueron 15 mil los deportados.

La crisis económica de 2008-2010 y el agotamiento del ciclo de boom de los commodities de 2004-2011 en la periferia dependiente, incidieron fuertemente sobre la capacidad de la centroizquierda neoliberal en viabilizar la coalición que proponía. En los centros de la economía mundial, la estatización de la deuda privada por medio de programas de compra de títulos podridos, el aumento de los gastos militares y la recesión impidieron que el crecimiento económico siguiera amortiguando los efectos sociales disruptivos de la desigualdad que volvió a crecer de forma acelerada. En países periféricos, como Brasil, los efectos negativos del ciclo de los commodities disminuyeron el crecimiento económico, redujeron la recaudación pública, ampliaron la percepción de la desigualdad, condujeron a grandes explosiones sociales y a presiones del gran capital para redistribuir recursos al rentismo e interrumpir la trayectoria rumbo al pleno empleo.

La incapacidad de restablecer tasas de crecimiento económico típicas de las fases expansivas del Kondratiev impone un fuerte obstáculo para el centrismo de izquierda, que parece entrar en declive acelerado por la incapacidad de conciliar el interés de diversos grupos sociales, como rentistas, grandes oligopolios, pequeños y medianos industriales y trabajadores. Todo apunta a que la fase expansiva del Kondratiev en curso ya se agotó en los Estados Unidos y en Europa Occidental desde la crisis de 2008, y en la economía mundial deberá agotarse aún en esta década con la desaceleración en curso en China.

La crisis del centrismo afecta particularmente a la izquierda neoliberal, en función del agotamiento del crecimiento económico acelerado que vuelve nítida su incapacidad de cumplir con las promesas de inclusión de la clase trabajadora en los procesos de globalización. Sin embargo, afecta también al bipartidismo propiciando el surgimiento de corrientes más radicales, sea en el interior de los partidos tradicionales o fuera de ellos. Desde 1999 a 2014, el bipartidismo de centroizquierda y centroderecha redujo su participación en el parlamento europeo de 66% a 54,8%. El vaciamiento político del centrismo neoliberal se evidencia en un conjunto de eventos como: la victoria del Brexit contra la orientación del entonces primer ministro del Partido Conservador, David Cameron, y la del Partido Laborista, fortaleciendo el Partido de la Independencia del Reino Unido, de extrema derecha; la emergencia de dos candidaturas en los Estados Unidos, de Donald Trump y Bernie Sanders, que desafiaron el establishment de los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente; el crecimiento del Frente Nacional en Francia en la elecciones presidenciales de 2012, en las elecciones europeas de 2014 y en las elecciones regionales de 2015; la caída del PP y PSOE en las votaciones en España, del 72% al 55%, entre 2011 y 2016, abriendo espacio para el surgimiento de Podemos a la izquierda y de Ciudadanos, a la derecha; la caída drástica de la votación del PASOK y de la Nueva Democracia en Grecia, desde 2012, dando lugar al protagonismo del Syriza, a la izquierda, en 2015, y a la ascensión del Amanecer Dorado, de extrema derecha; o la drástica pérdida de popularidad de Dilma Rousseff del PT, en Brasil, en el primer semestre de 2015, que antecedió al golpe de Estado de 2016 que la depuso del mandato presidencial.

La crisis de los centrismos de izquierda que gestionaron la onda larga expansiva iniciada en 1994 lleva a dos tipos de desdoblamientos: de un lado, a la presión de los movimientos sociales para que las izquierdas rompan sus compromisos con el rentismo, el capital financiero y el neoliberalismo, dando prioridad al combate de la desigualdad y la profundización de la democracia, vinculándolos a distintos proyectos de desarrollo que promuevan la articulación entre la soberanía nacional y la cooperación internacional. Del otro lado, a la reacción de la derecha a los movimientos sociales contra la desigualdad que se vienen acumulando en baja intensidad durante la larga onda expansiva y que ahora amenazan cambiar su ritmo. Frente a esta posibilidad, la derecha echa mano de otra agenda donde pone la escasez como una realidad inexorable, y reivindica la desigualdad y el proteccionismo para mantener privilegios contra las presiones competitivas de la globalización oriundas del comercio y de la migración. Se trata de preservar los polos de riqueza y poder contra el declive, interpretado como producto de presiones competitivas de los excluidos del mundo por la redistribución del excedente: inmigrantes oriundos de la periferia, minorías étnicas, trabajadores, Estados o grupos que realizan políticas anti-imperiales y Estados que desplazan el eje del poder económico mundial. De esta manera, la derecha elabora un proyecto populista y neofascista que, al mismo tiempo que la exime de ser la causante de la desigualdad, le adjudica la responsabilidad del declive del hombre europeo, blanco, heteronormativo a un presunto "enemigo externo/interno". Claro que se pueden hacer algunos ajustes y modificaciones puntuales a ese proyecto cultural, pero sin modificar su esencia anti-multiculturalista. Se trata de establecer un proteccionismo con base en la capas medias en contra de aspectos de la economía mundial, como la presión competitiva proveniente del comercio y la deslocalización de la producción, preservándose, sin embargo, la desreglamentación financiera por la cual los países centrales del eje atlantista de poder capturan parte del capital circulante del mundo mediante la sobrevaloración de sus monedas.
Tal proyecto neofascista se establece en función de condiciones nacionales específicas: en el caso brasileño, país dependiente y periférico, la subordinación al imperialismo neoliberal de los centros atlantistas restringe cualquier perspectiva proteccionista, pero este se funda en la articulación de la identidad nacional con un moralismo abstracto que asocia austeridad y rentismo y va en contra de los programas sociales, las izquierdas y los movimientos sociales, vistos como amenaza a su hegemonía y dominación. La precaria base cultural de masas conservadora vincula este proyecto a un Estado de cuarto poder que judicializa la política, sometiendo su control a un conjunto de intereses que articula las grandes corporaciones mediáticas, el Parlamento y el Poder Judicial para expurgar adversarios y criminalizar a los movimientos sociales eliminando simultáneamente la competencia política.
En el caso de los Estados Unidos, la elección de Donald Trump es el resultado de la fuerte decepción de las clases medias con los demócratas y de la intensa movilización del electorado conservador para votar, en contraste con aquellos segmentos donde Hillary venció. Así, según encuestas de la CNN, mientras Hillary ganó con amplio margen entre el 36% más pobre, por 52% a 41%, Trump triunfó entre el 31% siguiente que reúne a las clases media baja y media, con 50% y 46% respectivamente, y con un margen más estrecho en el 36% de los más ricos. Los demócratas perdieron alrededor de 7 millones de votos en relación con las elecciones de 2008 y casi 4 millones de votos en relación con las elecciones de 2012.

Fue el abandono de las políticas de desarrollo económico en favor del saneamiento del capital ficticio y de la expansión del complejo industrial militar, lo que llevó a priorizar las políticas focalizadas y direccionadas al combate de la extrema pobreza en detrimento de aquellas direccionadas hacia la clase trabajadora y el mercado interno. Por otro lado, todo el esfuerzo de movilización manejado por Trump en relación al electorado conservador no le dio la victoria en el voto popular y le rindió el mismo nivel de votos que obtuvo en su momento el candidato republicano, Mitt Rommey, en las elecciones presidenciales de 2012 y menos de 1 millón de votos que lo logrado por George W. Bush en 2004. Quien votó por Trump fue el electorado blanco, masculino, conservador, protestante, católico o cristiano, de mediana edad o más, con nivel de escolaridad inferior a la licenciatura, fuertemente contrario al Obamacare y preocupado por la pérdida de empleos vía migración o competencia comercial.

No obstante, el gobierno Trump poco puede ofrecer para enfrentar el declive estadounidense y, con su programa de derecha que mezcla neoliberalismo y proteccionismo, deberá profundizarlo. Si sigue los patrones republicanos, Trump debe reducir los impuestos para los ricos, elevar drásticamente los gastos militares y las tasas de interés para atraer el capital circulante, poniendo fin a las políticas de tasas de intereses reales negativas con las cuales Obama intentó recuperar el crecimiento económico en Estados Unidos. Las primeras designaciones que hizo apuntan en esta dirección. Expuesto al sistema liberal de poder competitivo, a las presiones de los grandes engranajes partidarios, Trump debe desgastarse, perder autonomía y popularidad. Mientras tanto, como antídoto, puede generar un "ambiente de excepcionalidad" que lo ponga en condiciones de reivindicar, para sí mismo, el liderazgo para conducir la unidad de la nación.

Para que ello sea posible, es necesario que ocurra una combinación de factores: la identificación de enemigos externos/internos y una situación de gran conmoción popular, que provoque sensación de miedo y vulnerabilidad, como el incendio del Reichstag o el ataque al Pentágono y a las Torres Gemelas. Para los primeros, en su campaña presidencial, Trump ya identificó al islamismo militante, a los inmigrantes musulmanes y a los mexicanos, el multiculturalismo y, por supuesto, a China. El evento de conmoción podrá ser construido por el fuerte aparato de inteligencia que tiene a su disposición y por el apoyo de que dispone en el Congreso de mayoría republicana y en la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

La elección de Trump puede implicar un nuevo nivel de reorganización de la derecha radical en el mundo. Sin embargo, si se cumple esta condición, se profundizará el caos sistémico e impulsará la reorganización de la izquierda mundial con ejes cada vez menos comprometidos con el centrismo y el neoliberalismo. 

publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

populismos derechistas y globalización neoliberal


Trump, populismos derechistas y globalización neoliberal



En septiembre de este año escribí mi primer artículo [i] sobre el significado del ascenso populista de Trump a la vista de que sus opciones de victoria empezaban a ser reales, como desafortunadamente se terminaron confirmando. Aquel artículo estaba centrado fundamentalmente en el análisis histórico del populismo norteamericano con el objeto de evidenciar, primero que esta tradición política tenía una larga trayectoria en EE.UU. y, segundo, que a partir de la década de 1960 el populismo terminó vinculándose de manera definitiva al conservadurismo en aquel país.
Evidentemente quedaron sin analizar muchas aristas, que ahora después de la victoria presidencial de Trump cobran más interés y urgencia. Si en el artículo anterior el énfasis estaba puesto en las tendencias políticas internas de EE.UU. que podían explicar el auge del populismo xenófobo, en el actual queremos centrarnos en analizar este ascenso y victoria populista en la potencia dominante mundial como parte de unas tendencias mundiales más amplias a las que va a reforzar.
Así, el artículo se centrará en dos aristas diferentes pero relacionadas. La primera es la trayectoria de la globalización neoliberal y su relación con la victoria de Trump, La segunda es la coyuntura histórica de repliegue de los movimientos y fuerzas progresistas y de izquierda, que ha facilitado que los populismos de derechas terminen encauzando el malestar y las protestas de los amplios sectores sociales damnificados por la globalización.
La situación del proceso de globalización
La globalización neoliberal desplegada a partir los últimos decenios del siglo XX se ha basado en un proceso de desregulación de la economía que ha permitido una mayor libertad de circulación a nivel internacional de los principales actores económicos privados, como las empresas multinacionales que han extendido y articulado su producción en cadenas de carácter regional o mundial, y las corporaciones financieras que actúan en un mercado financiero global integrado.
Uno de los efectos más importante originados por la globalización ha sido el desplazamiento del centro económico mundial. A pesar del estancamiento persistente de Japón y de la ralentización reciente del crecimiento chino, no cabe duda de que el centro de gravedad de la economía mundial se ha desplazado definitivamente a la región de Asia-Pacífico. China e India son los principales beneficiarios, pero EE.UU. se encuentra en la posición geográfica privilegiada de aprovechar este nuevo centro sin tener que renunciar al comercio trasatlántico en declive. Si la economía china se endereza después de la crisis sufrida en 2015, los enormes mercados que representan el conjunto de China e India atraerán el grueso del crecimiento y el comercio mundial.
También es cierto que la globalización neoliberal ha sufrido con la gran recesión iniciada en 2008 un importante correctivo, la actividad comercial internacional se desplomó inicialmente y ha tardado tiempo en ir recuperándose.
En los últimos años se asiste un nuevo ensayo por reactivar la globalización neoliberal a través de la negociación de una nueva ronda de acuerdos comerciales por todo el mundo. Los principales de estos acuerdos comerciales en curso de negociación o aplicación son el TTIP, TPP, y TISA. Se trata de una nueva reactivación de los tratados de libre comercio (TLC) impulsados hace más de una década y que en América se saldaron con el fracaso del ALCA que promovió EE.UU. Sus objetivos son afianzar la hegemonía norteamericana frente a su principal competidor, China - pero también frente al resto de los BRIC (India, Rusia y Brasil), que no participan en los mismos - , y continuar las políticas neoliberales en dos sentidos, de un lado, profundizando en la mercantilización de un amplio sector de actividades económicas y sociales aún no comercializadas mediante un aumento de la desregulación y, de otro lado, reforzando el poder de las grandes corporaciones transnacionales frente a los Estados que verían mermada su autoridad al someter sus decisiones soberanas a tribunales internacionales que suponen una privatización de la justicia.
Si en los años 90 el neoliberalismo fue impulsado decisivamente a través de las políticas contenidas en el conocido como Consenso de Washington, puede que un papel similar se intente conseguir ahora a través de esta ofensiva para implantar estos ambiciosos TLC. Sin embargo las consecuencias del dominio neoliberal durante estas décadas pasadas no son desconocidas por nadie: un crecimiento económico más lento y desequilibrado, con unos mercados financieros mucho más inestables y generando crisis financieras continuas, y una agudización de la desigualdad y la pobreza. [ii] 
Otro dato que expresa el nuevo impulso de la globalización neoliberal es el de los procesos de fusiones y adquisiciones internacionales entre las grandes corporaciones que las lleva a un crecimiento en su ya gigantesco tamaño en algunas de ellas. Ralentizados en 2008, rápidamente recuperaron el ritmo y alcanzaron la cifra actual de 30.000 operaciones por año, el triple que en 1990. En este proceso, y después de que las grandes corporaciones asiáticas o europeas amenazarán la hegemonía de las estadounidenses, éstas se recuperaron durante la gran recesión y vuelven a ser las dominantes en este terreno, de las 25 principales corporaciones mundiales, 16 son norteamericanas.
Evidentemente, la globalización ha tenido unos claros beneficiarios. En primer lugar, y de manera destacada, las grandes corporaciones que se han extendido por todo el planeta y han aprovechado las condiciones de los nuevos países para incrementar sus beneficios, igualmente las grandes instituciones privadas financieras como la banca, fondos de inversión, compañías de seguros, etc. En segundo lugar, amplios sectores de los países desarrollados que han mantenido o incrementado su poder adquisitivo en rentas o salarios y se han beneficiado de productos más económicos originados por la globalización, no se trata solamente de la gran burguesía, también se incluyen profesiones liberales, empresarios medios, funcionarios o trabajadores cualificados. En tercer lugar, países que han conocido un proceso de industrialización originado en inversiones de capitales extranjeros y que les han sacado en diversos grados de su situación de atraso secular, se trata de los países emergentes, entre los cuales el caso de China ha sido el más espectacular. Evidentemente, el beneficio en estos países no se ha repartido igualmente por toda la población y se ha producido en ellos un crecimiento acompañado de fuertes desigualdades sociales.
Los países emergentes, especialmente los BRIC, se constituyeron en el motor del crecimiento mundial en los años inmediatamente anteriores a la gran recesión (2001-2007) con un 9% de crecimiento medio y hasta de 11% en China, y fueron los responsables de evitar que la gran recesión iniciada en 2008 alcanzase niveles de mayor gravedad. Mediante lo que algunos expertos denominaron como desacople de sus economías respecto al conjunto mundial consiguieron mantenerse hasta prácticamente el año pasado en la senda del crecimiento, tirando, así, del crecimiento del precio de las materias primas, de las inversiones y el comercio mundial. Entre esas economías emergentes no cabe duda que el principal motor lo representó China, seguida a distancia por la India, Rusia o Brasil.
Pero en el 2015 esta tendencia se rompió. China que había venido creciendo un promedio del 10,5% entre 2000 y 2007, y que la han llevado a ser una de las principales economías del mundo (13% del PIB mundial en 2014), ha pasado a cifras de crecimiento más bajas, el 6,8% en 2015 y el 6,3% previsto para 2016.
Los países emergentes se encuentran actualmente en una situación de reducción de su crecimiento e incluso de retroceso económico general, con la excepción de la India, que se ve agravado en el caso de los países volcados en la exportación de materias primas. Al hecho de la caída de su precio y su demanda en el mercado mundial hay que añadir el impacto por evaluar de la subida de los tipos de interés en EE.UU., de la retirada de los flujos de inversión extranjera del período anterior, o las presiones sobre sus monedas como consecuencia de la situación descrita.
Inicialmente China aprovechó sus reformas de carácter capitalista y su apertura a la economía mundial para alcanzar un gran crecimiento, partiendo de un nivel de desarrollo muy bajo, pero conforme alcanzaba un cierto nivel de desarrollo - desapareciendo con ello algunas de sus principales ventajas competitivas – y se ha sumergido más intensamente en el mercado mundial, ha sido penetrada extensamente por las relaciones capitalistas y se ha vuelto más vulnerable a las crisis del sistema, que se han terminado por trasmitir a su interior
El populismo
Los movimientos populistas son un fenómeno antiguo que, por ejemplo, conocieron un importante protagonismo en América Latina en diferentes momentos y que por ello han sido objeto de múltiples estudios, siendo uno de los más influyentes el de Ernesto Laclau. [iii] 
El populismo es para Laclau “un modo de construir lo político”, una “lógica política”, y también “una de las formas de constituir la propia unidad del grupo”, que puede contener elementos opuestos, de derechas o de izquierdas, lo que hace que la tierra de nadie que existe entre uno de derechas y otro de izquierdas haya sido cruzada muchas veces, y que “según las condiciones sociales y culturales” harán que prevalezcan unos u otros. Pero esta ambigüedad del populismo y su lenguaje proviene de la propia naturaleza de lo social, según Laclau, “El lenguaje de un discurso populista —ya sea de izquierda o de derecha— siempre va a ser impreciso y fluctuante: no por alguna falla cognitiva, sino porque intenta operar performativamente dentro de una realidad social que es en gran medida heterogénea y fluctuante.”
Tanto por la propia concepción que Laclau atribuye al populismo,” una lógica política”, como por los numerosos y contradictorios ejemplos históricos que emplea en su libro para intentar demostrar como su teoría populista es válida como herramienta de análisis para explicar la realidad, la sensación es que se está en presencia de una herramienta de ingeniería política, útil para ser empleada por actores muy diferentes y con objetivos incluso opuestos, tal como él mismo reconoce al señalar que tanto puede ser empleado por la izquierda como por la derecha, e incluso transformarse de una en otra en un momento dado. El propio Laclau lo expresa perfectamente, el populismo “es menos una familia política que una dimensión del registro discursivo y normativo adoptado por los actores políticos. Es, por lo tanto, una reserva al alcance de la mano disponible para una pluralidad de actores, de una manera más o menos sistemática”.
Otros autores [iv] han preferido emplear el término de neopopulismo para referirse a un tipo de fenómeno político aparecido en la década de 1990 en América Latina y cuyos mejores exponentes fueron Fujimori y Menem. Las características que le diferenciarían del populismo anterior, y que le hacen más pertinente para analizar la victoria de Trump, son las siguientes: 1) Llegaron al poder con el apoyo electoral de amplios sectores sociales situados entre los más pobres para llevar a cabo programas de tipo neoliberal 2) Frente a la actitud desconfiada respecto a los viejos populismos entre las clases medias y altas, el neopopulismo recibe un fuerte apoyo de éstas alcanzando una alianza electoral de facto entre los sectores más empobrecidos y los mejor situados de la sociedad 3) Ausencia de mediación institucional (sindicatos, organizaciones campesinas, etc.) que en el populismo mediaban entre el líder y la masa. 4) Finalmente, estos neopopulismos actuaron para promocionar el neoliberalismo (Fujimori, Menem, Salinas de Gortari).
Es importante tener en cuenta estas últimas experiencias porque el populismo (o neopopulismo) de Trump tiene muchas posibilidades de terminar pareciéndose a ellas y representar un nuevo impulso al neoliberalismo.
La victoria de Trump debe leerse en el contexto de una tendencia mundial de ascenso de movimientos populistas con caracteres derechistas y xenófobos que se viene expresando en Europa, EE.UU. y partes de América Latina o Asia, siendo en el viejo continente dónde tienen una trayectoria más antigua. Lo más importante a retener es que se trata de una tendencia en crecimiento que en pocos meses ha conseguido dos triunfos importantes, como han sido la victoria del brexit y la actual de Trump. Otras anteriores han sido objeto de menos atención internacional porque bien se trataban de países periféricos como Viktor Orban en Hungría, Rodrigo Duterte en Filipinas, Alberto Fujimori en Perú, Carlos Menem en Argentina o Berlusconi en Italia, bien eran victorias parciales que impedía a los populismos derechistas alcanzar posiciones de poder decisivas como el PVV de Geert Wilders en Holanda, el M5E en Italia, el FPÖ en Austria, etc. Igualmente, en otras ocasiones han fracasado en sus objetivos de alcanzar el poder, pero han mostrado su potencia y continúan siendo un peligro en espera de su oportunidad como fue el caso de Keiko Fujimori en Perú, o el Frente Nacional en Francia, que busca su oportunidad en las elecciones presidenciales francesas de mayo de 2017 alentado por las victorias tanto del brexit como de Trump.
A pesar de las diferencias existentes entre estos movimientos, existen algunos puntos en común entre ellos que les hace formar parte de una tendencia. En principio, la mayoría de ellos exhiben una fuerte demagogia xenófoba orientada contra la inmigración extrajera. En segundo lugar rechazan los procesos y consecuencias que se han derivado de la globalización neoliberal impulsada desde la década de 1970, apelando a un regreso al proteccionismo y al reforzamiento de lo nacional, que en Europa se traduce en un rechazo a la UE en los países miembros más antiguos (Gran Bretaña, Holanda, Francia) aunque no en los más recientes (Hungría), y en EE.UU. en las declaraciones de Trump contra los acuerdos comerciales internacionales y los procesos de deslocalización industrial.
En definitiva, lo que estos movimientos populistas derechistas están consiguiendo es encauzar el profundo malestar existente entre amplias capas populares contra los efectos de la globalización a través de discursos demagógicos que señalan las soluciones en el impedimento de entrada o expulsión de los inmigrantes y en el reforzamiento de los sentimientos nacionalistas. La fortaleza exhibida de estos populismos derechistas actualmente en Europa y EE.UU. frente a su menor potencia en otras regiones del mundo está relacionada claramente con los efectos de la globalización. Ambas regiones comparten una fuerte presión migratoria de sus áreas geográficas adyacentes mucho más pobres y, además asoladas por guerras, como en el caso de Europa, que es percibida por los estratos de trabajadores nacionales menos cualificados como una competencia por empleos cada vez más escasos y peor remunerados, y por unos recursos sociales públicos en retroceso, especialmente desde el desencadenamiento de la crisis económica actual y el recorte de los Estados de Bienestar.
Igualmente, ambas regiones han sufrido profundos procesos de deslocalización industrial mediante los cuales, industrias que antes proveían gran cantidad de empleos se han trasladado a países dónde una tributación, unos costes laborales y una protección laboral muy inferior han permitido un aumento de los beneficios de las compañías. Paralelamente, la propia industria nacional se ha resentido frente a una competencia muy fuerte proveniente de los productos manufacturados en esos países con menores costes laborales, originando bien el cierre de industrias, bien una presión por la reducción de costes laborales. Estos procesos han sido facilitados por la política de desregulaciones impulsadas por la globalización neoliberal.
Así los populismos (o neopopulismos) derechistas en EE.UU. y Europa están logrando sus éxitos políticos como consecuencia de unos discursos que han logrado la confluencia electoral de las capas beneficiadas por la globalización, que mayoritariamente votan a la derecha, con las perjudicadas, que se sienten atraídas por sus promesas demagógicas y xenófobas.
La victoria de Trump
Centrándonos en el caso de EE.UU. se puede constatar que, sobre el fondo de una tendencia internacional y con los antecedentes del populismo en dicho país, se terminaron enfrentando, tras la derrota de Bernie Sanders en las primarias demócratas, dos opciones que expresaban muy bien el dilema de la globalización neoliberal. Hillary Clinton expresaba la continuación de la globalización y el nuevo impulso en marcha con la firma o negociación de los nuevos tratados comerciales internacionales como el TTIP, el TTP o TISA, su imagen estaba claramente vinculada al stablishment estadounidense, a Wall Street. Una vez que derrotó a Bernie Sanders en las primarias, y confiada en una victoria fácil por los pronósticos de las encuestas y los apoyos de los grandes medios de comunicación, rechazó la posibilidad de hacer concesiones a la izquierda que había apoyado a Sanders para evitar el triunfo de Trump. Es posible que incluso si hubiesen percibido el peligro de la derrota, Hillary y el stablishment que la apoyaba hubiesen preferido la victoria de Trump, con el objeto de encauzarle después, antes que hacer concesiones a la izquierda pro Sanders.
Derrotado este último en las primarias demócratas, el discurso antiglobalización pasó a estar representado por la demagogia de Trump, que al fusionarle con el discurso xenófobo anti-inmigración adquiría un nuevo sentido y una nueva potencia. Ésta se expresó claramente en la victoria del magnate en las primarias republicanas, obtenida contra la oposición de la mayoría del aparato del partido republicano. Esa ya fue una clara señal de que el coctel discursivo demagógico de Trump tenía un peligroso tirón.
La victoria de Trump abre un escenario insólito dónde se pondrá a prueba las cuatro grandes líneas maestras de sus promesas electorales, la mejora de las condiciones de vida de sus apoyos electorales provenientes de la clase obrera blanca golpeada por los efectos de la globalización; las amenazas xenófobas relacionadas con la inmigración; los objetivos proteccionistas que pondrían en causa la trayectoria de la globalización neoliberal impulsada inicialmente por otra gran revolución conservadora en EE.UU., la de Ronald Reagan; y una nueva arquitectura de las relaciones internacionales con tendencia a un mayor aislacionismo y un nuevo enfoque sobre los aliados norteamericanos.
El primer tipo de promesas electorales puede ser llevado a cabo empleando tres líneas de actuación: un programa de inversiones en infraestructuras como el que ha prometido Trump, y que beneficiaría a sus negocios de construcción; una serie de políticas de promoción social orientadas a ese electorado en situación precaria que le ha apoyado – se pueden encontrar ejemplos en otras experiencias anteriores con programas redistributivos o clientelistas – y; especialmente, aplicando su política xenófoba anti-inmigración, al precio de exacerbar el conflicto intra-racial en EE.UU. que podría reforzar las posiciones más ultra conservadoras expresadas por Trump y garantizarle una base de masas para mantenerse en el poder.
Garantizado ese apoyo interior, Trump podría, como en los casos de los neopopulismos neoliberales citados de América Latina, proseguir las políticas neoliberales con modificaciones en la arquitectura de la globalización para intentar hacerla más favorable a los intereses de las corporaciones norteamericanas - por ejemplo, sustituyendo algunos de los grandes tratados comerciales existentes o en curso de negociación por acuerdos bilaterales dónde se impongan más nítidamente los intereses estadounidenses -, y proseguir una política exterior de mayor dureza siguiendo los ejemplos de otras dos administraciones republicanas anteriores, la de Reagan y la de Bush, con la diferencia de que si la primera se orientó contra la Unión Soviética y los movimientos revolucionarios de Centroamérica, y la segunda se centró sobretodo en Oriente Medio, ahora la de Trump se orientaría sobre China.
Polarización social, ofensiva conservadora y populismos derechistas
En las elecciones presidencial de EE.UU. se ha vuelto a repetir una situación que empieza a ser común en bastantes procesos electorales o consultas en las que se plantean decisiones trascendentales y los resultados arrojan una clara polarización de la sociedad en dos mitades con la victoria de una de las opciones por un mínimo de votos.
En mayo de 2016 en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Austria fueron ganadas por el candidato ecologista, apoyado por la mayoría de los partidos austriacos, frente al candidato ultraderechista del FPÖ, por una diferencia del 0,6%, la posterior impugnación de los resultados por este último partido debido a irregularidades en la votación han llevado a una repetición de las elecciones aplazadas hasta diciembre.
En el brexit los partidarios del abandono de la UE vencieron en el referéndum por el 51,9%.
En Perú en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebradas en junio de 2016 el candidato derechista Pedro Pablo Kuczynski apoyado por la mayoría de los partidos políticos derroto a la candidata populista derechista Keiko Fujumori por un 0,248% de diferencia.
En el referéndum celebrado en octubre de este año en Colombia sobre los acuerdo de paz alcanzados por el gobierno con las FARC, éste fue rechazado por 50,2% de los votos, obligando a una nueva ronda de negociaciones de resultados inciertos.
En febrero de 2016, Evo Morales convocó un referéndum para cambiar la constitución boliviana y permitirle una cuarta postulación a la presidencia, el resultado fue un rechazo a modificar la constitución por un 51,3% de votos.
En noviembre de 2015 en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales argentinas el candidato conservador Mauricio Macri ganó al peronista Scioli con el 51,4% de los votos.
Finalmente, y en relación con el tema de este artículo, Donald Trump fue derrotado en número de votos obtenidos, 47,3% frente al 47,8% de Hillary Clinton, aunque en el colegio electoral este resultado se tradujese en 306 votos para el magnate y 232 para la candidata demócrata.
Estos resultados ilustran la situación de sociedades claramente polarizadas en dos mitades frente a opciones antagónicas y afecta a las tres áreas mundiales, Europa, América Latina y EE.UU., en las que se están expresando más abiertamente un conflicto político-social de múltiples características. Otras manifestaciones del antagonismo y la polarización social y política han desbordado el nivel electoral propiamente dicho y, sin llegar a romper el marco constitucional, han llegado a burlar la democracia para conseguir sus objetivos, como es el caso del impeachment a Dilma Russeff, la actitud de Viktor Orban aplicando su política anti-inmigrantes a pesar de fracasar en el referéndum que convocó, la actitud de Trump poniendo en cuestión los resultados antes de las elecciones con objeto de desconocerles si hubiese resultado derrotado, o el caso de Venezuela dónde la impaciencia de la oposición por desalojar a Maduro la ha llevado a fraudes para conseguir el referéndum revocatorio.
Estas tensiones socio-políticas mundiales han tenido dos fases, la primera originada con el despliegue de la globalización neoliberal en la parte final del siglo XX dio lugar a las movilizaciones anti-neoliberales en América Latina que consiguieron llevar al poder a varios movimientos progresistas o de izquierdas. La segunda fase arrancó con la gran recesión iniciada en 2008 y sus consecuencias se han traducido en una fase de derrotas y repliegue para la izquierda, como ya he analizado en otros artículos [v] . En América Latina ha supuesto derrotas de varios gobiernos progresistas o de izquierdas como Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, con el avance de una derecha clásica aunque muy agresiva. En Europa los esfuerzos de la izquierda han sido derrotados (Syriza) o contenidos (Podemos) en tanto los populismos de extrema derecha han seguido avanzando. Y ahora, el populismo ultraconservador y xenófobo se ha instalado en el poder en EE.UU.
Notas:
[i] Jesús Sánchez Rodríguez, Trump, el nuevo intento de asalto al poder del populismo (xenófobo) en Estados Unidoshttp://miradacrtica.blogspot.com.es/[ii] Ver el informe de 2016 de Oxfam, Una economía al servicio del 1%https://oxfamintermon.s3.amazonaws.com/sites/default/files/documentos/files/economia-para-minoria-informe.pdf
[iii] Ernesto Laclau, La razón populista
[iv] Ver el artículo de Carlos M. Vilas, ¿Populismos reciclados o neoliberalismo a secas? El mito del “neopopulismo” latinoamericano, Rev. Venez. de Econ. y Ciencias Sociales, 2003, vol. 9, nº 3 (mayo-agosto), pp.13-36
[v] Jesús Sánchez Rodríguez, La derrota bolivariana en el contexto mundial y Europa: cambio de etapahttp://miradacrtica.blogspot.com.es/

Llaman tirano a quien enviaba médicos y maestros a países donde las democracias enviaban bombas y militares


Tienen razón los que dicen que en Cuba no se respetan los DDHH - GUANTÁNAMO es su mas claro ejemplo


Llaman tirano a quien enviaba médicos y maestros a países donde las democracias enviaban bombas y militares #HastaSiempreComandantepic.twitter.com/I7QwRnDmGw— Undebateenmicabeza (@AltoyClaro1) 28 de noviembre de 2016






Una gran náusea

by Resistencia Popular
Nov. 29, 2016

original

Darío Herchhoren
Desde el pasado viernes 25 de noviembre de 2016, he estado siguiendo los acontecimientos que se fueron produciendo con referencia a la lamentable muerte del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro.

Todas las noticias que se fueron desgranando en la prensa mundial expresaban desde una enorme adhesión al Comandante hasta un enorme respeto aunque crítico.

Pero es necesario referirse a los estertores de la gusanera de Miami, que comenzó a retorcerse en su pocilga festejando la muerte del gran Comandante. Era sencillamente nauseabundo oir el discurso de los "demócratas" desde el café Versalles de Miami, donde el alcalde de la ciudad reclamaba el "derecho" de celebrar la muerte del dictador al que llegó a comparar con Hitler.

Es necesario poner de relieve la gigantesca figura de Fidel, que convirtió a un país semicolonial en una nación.

Cuba fue una de las últimas colonias españolas junto con Filipinas y Puerto Rico en caer en manos del imperio yanqui, que comenzaba a convertirse en una presencia peligrosa para el mundo entero.

A diferencia de Puerto Rico;
Cuba logró una "independencia" puramente formal, ya que al dictado de los USA, tuvo que incorporar a su Constitución la llamada enmienda Platt, nombre del entonces Secretario de Estado de los USA, que establecía el "derecho" de los USA a intervenir en Cuba cuando considerase oportuno.



Las Víctimas de los Crímenes del Imperio y sus lacayos, silenciadas por los medios, no tienen quien las defienda


Semejante "legislación" no existía en ningún país del mundo, y esa circunstancia convertía a Cuba en una semicolonia, hasta el triunfo de la Revolución Cubana el uno de enero de 1959.

La Revolución Cuba, junto con la Rusa de 1917 y la China triunfante en 1949, son sin duda los tres acontecimiento más relevantes del siglo XX.

Nuestros inefables tertulianos vienen augurando la caída de la Revolución Cubana desde hace ya muchos, y vienen acertando como una escopeta de feria.
Ahora, a la muerte de Fidel, vuelven a agitar la bola de cristal, y erre que erre vuelven con sus funestos presagios de que está próxima una "transición" en Cuba.

Se habla de la falta de respeto a los derechos humanos en Cuba; y hay que decirles que tienen razón:
en Guantánamo, que es territorio cubano usurpado gracias a la enmienda Platt, no se respetan los derechos humanos.

Hay que decirles a los gusanos que en Cuba los niños van a la escuela, y que ninguno de ellos vive en la calle; que nadie muere por padecer enfermedades curables, que no hay comedores sociales; que el estado garantiza a todos vivienda, sanidad, educación, vestido y salario; que no hay parados.

Todo esto no lo tienen asegurado los ciudadanos de la Unión Europea, no lo tienen asegurado el millón y medio de familias norteamericanas que malviven con dos dólares al día.

En fin, sería interminable seguir sumando beneficios para los cubanos; pero sin duda hay algo que no podemos soslayar: Cuba, pobre, pequeña y asediada por el imperio y su criminal embargo, presta ayuda a 60 países en forma solidaria, a cambio de nada, a cambio sólo del reconocimiento humano.
Sólo cabe decir que la fiesta satánica que se lleva a cabo en la gusanera, muestra a las claras la estatura moral de quienes celebran la misma.

Por un mundo más sano, que se mueran los gusanos.
¡Viva Cuba!
¡Viva Fidel!
¡Viva la Revolución Cubana!
Movimiento Político de Resistencia

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