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jueves, 29 de diciembre de 2016

Desequilibrios territoriales: La singularidad escocesa

Escocia y el reino desunido

Vía Huffington Post

Escocia y el reino desunido




El Reino Unido es un mundo aparte del resto de Europa, pero dentro de él Escocia también lo es. 
La Historia, la religión o el Derecho han constituido una sociedad a medio camino entre Gran Bretaña y el continente donde el nacionalismo se explica más en clave ideológica que cultural.
Es 2011 en Sighthill, un barrio obrero a las afueras de Edimburgo, capital escocesa. 
Los escoceses aún no saben que tendrán que votar por su independencia del Reino Unido, que tendrán que hacer lo mismo para decidir su futuro en la Unión Europea ni que esas votaciones que aún no llegan ni a imaginar pondrán en duda su encaje en el Reino Unido. 
En el comedor está Mr. Dunbar, un antiguo obrero jubilado que con picaresca busca salir adelante en el país, en teoría, más próspero del Reino Unido. 
Ha llegado el momento de una pregunta incómoda: “¿Y usted qué opina de la independencia de Escocia?”.
Los ojos del anciano parecen entusiasmados por la cuestión; enseguida deja claro que él es independentista, y acto seguido se levanta y empieza a buscar en sus bolsillos para coger su cartera y lanzarla contra la mesa. 
Se sienta y selecciona de la cartera un par de billetes de cinco libras y me los da. 
Ambos billetes tienen el mismo valor, pero ni siquiera se parecen: diferentes colores, tamaños y composiciones. 
“Mira esto”, dice señalando al único en el que aparece la reina. Bank of England aparece escrito en grande en la parte superior; en el otro aparece un Bank of Scotland junto a una nota donde el banco se compromete a cambiar el billete —de facto,un cheque al portador— por cinco libras esterlinas.
Mr. Dunbar coge el billete inglés y empieza a exponer sus argumentos: “¡Este es el billete del Banco de Inglaterra, no el del Banco de Gran Bretaña! Este es el único billete oficial y no existe ningún banco del Reino Unido. 
Es el Banco de Inglaterra el que dirige la economía del Estado. Nosotros (los escoceses) no podemos pagar con nuestra moneda en Inglaterra o cambiarla en el extranjero, pero tenemos que aceptar la de los ingleses”.

La unión del Reino Unido

Que Mr. Dunbar insistiese tanto en diferenciar Escocia de Inglaterra no es extraño: tanto en español como en la mayoría de las lenguas se tiende a denominar —incorrectamente— Inglaterra al conjunto del Reino Unido cuando es solamente uno de los países que lo conforman. 
El poder económico y político de Inglaterra es tan grande dentro de la unión que se llega a confundir con el del conjunto del Reino Unido.
El origen de este suceso está vinculado al Acta de Unión de 1707. Aunque ya desde 1603 las Coronas de ambos reinos habían estado unidas, los dos reinos mantuvieron sus instituciones independientes. 
Cuando Jacobo VI de Escocia se convirtió por herencia en Jacobo I de Inglaterra, había habido reticencias a unificar los reinos, como era la intención de los reyes. 
La situación se tensó aún más en 1688, durante la Revolución Gloriosa, cuando la dinastía católica de origen escocés de los Estuardo fue depuesta por los ingleses y sustituida por una rama protestante de la familia que carecía de descendencia, lo que planteaba el problema de la sucesión. 
Escocia veía con temor la posibilidad de la llegada de una nueva dinastía protestante desde el continente a la vez que se metía en una desastrosa aventura colonial en Darién, en el actual Panamá.
El resultado fue que, al iniciar el siglo XVIII, Escocia se encontraba arruinada por sus fracasadas expediciones coloniales, mientras que Inglaterra miraba con recelo a su vecino del norte ante el temor de que apoyase la vuelta de los Estuardo —como acabó sucediendo—, que el cambio de dinastía provocase la separación de ambos reinos y un potencial enemigo dentro de la isla, o una nueva guerra civil como las que habían sacudido la isla durante todo el siglo anterior.
La solución que vieron los parlamentarios ingleses fue la de unir definitivamente ambos reinos en un solo Estado para asegurar que se mantuviese la misma dinastía protestante en toda Gran Bretaña, para lo cual ofrecieron a Escocia la posibilidad de saldar la deuda contraída durante su fracasado proyecto colonial y acceso a los mercados coloniales ingleses para revitalizar su economía.
Así, en 1707 se aprobaba el Acta de Unión con acuerdos entre los comisionados de los dos países, aunque sin el beneplácito de la sociedad escocesa. 
Los acuerdos confirmaron la nueva dinastía protestante de los Hannover y la creación de un único reino con un único parlamento en Londres. 
También confirmaban la imposición de la libra esterlina inglesa, la unidad de pesos y medidas del mercado común y la financiación de la deuda escocesa. 
Los escoceses lograron mantener su independencia en materia de religión, educación y un sistema legal diferenciado, elementos de gran importancia para definir la actual sociedad caledoniana.
Desde el Acta de Unión, la libra esterlina ha sido la moneda oficial en Escocia. Sin embargo, un vacío legal hace que no exista un billete de curso legal, lo que permite a los bancos privados escoceses imprimir su propio papel moneda. Fuente: Photobucket
El acta supuso de facto la imposición de las estructuras inglesas en toda Gran Bretaña. 
Para los ingleses, realmente no supuso una diferencia sustancial más allá de asegurarse la estabilidad en la isla; contrariamente, para los escoceses los cambios sí se hicieron notar. 
El Parlamento abandonó Edimburgo y se trasladó a la anterior sede del Parlamento inglés, en Westminster, cuyas estructura, funciones y división bicameral calcó, con una Cámara de los Lores y una Cámara de los Comunes que no habían tenido cabida en el sistema unicameral escocés.

La singularidad escocesa

Si hay algo que ha marcado las diferencias entre Escocia y el resto del Reino Unido, ha sido el Derecho. En 1707, Escocia logró mantener su independencia legal, un sistema único a nivel mundial, ajeno a los sistemas de Derecho común, de base anglosajona, que rigen el resto de Reino Unido. 
Aunque Escocia mantiene una base de Derecho anglosajón en materias como comercio, trabajo, seguridad, salud o fiscalidad, posee diferencias en otros sectores, como derecho a la propiedad, herencia, familia o Derecho civil, todos ellos de inspiración continental.
Después de siglos de tradición legal diferenciada, Escocia también ha desarrollado un sistema social y de valores diferente del que rige en el resto del Reino Unido, y si bien presenta obvias similitudes con este, se encuentra más próximo a los valores europeos. 
Así, mientras Inglaterra es la cuna del capitalismo y del liberalismo y sus principios legales y sociales defienden la libertad, el individualismo y la no intervención del Estado, en Escocia los valores son más próximos a los principios sociales de intervención estatal, equidad o redistribución de la riqueza.
Por ello, mientras otras regiones británicas han visto la legislación común de la Unión Europea como invasiva y contraria al principio de soberanía nacional, Escocia, con un sistema legal próximo al europeo, se ha integrado legal y socialmente mejor en el entramado comunitario y ha sido el gran apoyo europeísta dentro de Gran Bretaña.
Las islas británicas mantienen un sistema legal diferente del resto del continente europeo, mientras que Escocia ha desarrollado un sistema mixto entre el continente y las islas.
Estas diferencias de valores también se han mostrado en la política nacional.  
Escocia lleva siendo desde los años 50 un importante feudo de los laboristas y desde los 70 lo fue también de los liberales, todo ello a costa de los conservadores, con malos resultados históricos en Escocia pese a ganar en el resto del Reino Unido. 
Este escoramiento a la izquierdade la sociedad escocesa se vio tradicionalmente superado por el conservadurismo inglés, con la supeditación de los intereses sociales de la población escocesa a la mayoría inglesa, aunque hasta los 70 las diferencias de voto todavía se movían solo en el eje derecha-izquierda.
Por otra parte, el nacionalismo es un fenómeno reciente. Aunque desde la unión de los reinos siempre hubo sentimientos contrarios a Inglaterra y el Reino Unido, estos no tuvieron representación política hasta 1970. 
Ambos fenómenos están estrechamente relacionados y tomaron importancia con las políticas neoliberales consecuencia de la crisis industrial de los años 70.

El nacionalismo y la socialdemocracia

El Partido Nacional Escocés (SNP por sus siglas en inglés) es el único partido nacionalista de Escocia que ha tenido —y tiene— una importante representación parlamentaria. 
Se trata de un partido de ideología socialdemócrata de inspiración continental, frente al Partido Laborista, de pensamiento inglés. 
A diferencia del resto de partidos independentistas del continente, ha participado muy modestamente en la defensa de elementos culturales regionales, como las lenguas. 
Los valores nacionales que defienden están vinculados con los principios sociales que han heredado del Derecho civil y no con los símbolos culturales, a los que se atiende de un modo secundario.
Si bien en la actualidad el SNP es considerado un partido socialdemócrata, en el momento de su fundación se autodeclaraba un partido centrista, aunque era considerado socialmente como de centroderecha, posición ideológica en la que también se situaba la mayoría del electorado escocés. 
La existencia de grandes partidos nacionales en ese estrato político lo relegó a una posición irrisoria en el contexto electoral y sin representación parlamentaria.
No empezó a tomar importancia política hasta los años 60 y los movimientos sociales y contraculturales surgidos por todo Occidente. Será en la década siguiente cuando, tras la crisis del petróleo e industrial, el Partido Conservador se desplome y deje hueco a los nacionalistas escoceses, que se nutrirán de sus votantes y, en menor medida, de votantes laboristas. 
La salida a esta crisis fue ejecutada por Margaret Thatcher, líder de los conservadores, al abrazar un nuevo principio económico de origen anglosajón, el neoliberalismo, lo que suponía romper la tradicional alianza que los conservadores británicos habían mantenido con las clases populares y vaciaba de contenido social al partido, que no ha dejado de perder votantes en Escocia.
Para ampliar: “Adiós a la Dama de Hierro”, Diego Telias en El Orden Mundial, 2013
En un principio, el SNP no supo reaccionar y perdió los votantes que había ganado ante el Partido Liberal, pero, a medida que se extendía el neoliberalismo, fue tomando un giro cada vez más a la izquierda, junto con el conjunto de la sociedad, y defendiendo los valores sociales e intervencionistas que los escoceses habían heredado del Derecho civil.
Será bajo otra crisis, la financiera de 2008, cuando el SNP tome una posición hegemónica en Escocia. Tras ella, el Gobierno del laborista Gordon Brown no supo dar una salida a la crisis y, al igual que los partidos socialistas del continente, aceptó las soluciones neoliberales, que iban contra los principios sociales.
El crecimiento del voto al SNP está vinculado a la reacción de los dos principales partidos británicos a las crisis económicas, con planteamientos del liberalismo inglés, y la defensa del SNP del estado del bienestar.
De este modo, el SNP logró un aumento espectacular en Escocia a costa de los laboristas defendiendo un elemento clave de la identidad escocesa: el Estado como un bien necesario, garante de los intereses generales y de la equidad social. Con ello lograron que los votantes vieran a su enemigo histórico, Inglaterra, como el defensor de los principios opuestos.
Mientras en el resto de Europa los diferentes partidos socialdemócratas entraban en crisis, el SNP ha logrado no solo sobrevivir, sino convertirse en un partido hegemónico mediante la defensa del Estado del bienestar, que han convertido en el porqué nacional, el cual, una vez en el Gobierno regional, ha podido ser financiado gracias a los ingresos petroleros del mar del Norte.

Desequilibrios territoriales

El nacionalismo escocés no responde solo a una serie de elementos ideológicos a la hora de entender las funciones que debe tener el Estado, sino también a una reacción contra las imposiciones de la política inglesa. Si bien Escocia representa un tercio de la superficie del Reino Unido, su economía tan solo supone un 9,2% del producto interior bruto (PIB) británico y su población apenas es un 8,3% de la total. Por su parte, Inglaterra sola ya cubre más de la mitad de la superficie del país, produce más del 80% del PIB y posee el 84% de la población.
La población de Inglaterra representa casi la totalidad de la población del Reino Unido; en estas condiciones, han podido imponer sus intereses y valores en la política británica. Las naciones minoritarias, como los escoceses, han reaccionado en busca de autonomía.
De este modo, la política ha respondido siempre a los intereses de Inglaterra, que controla la práctica totalidad de las cámaras parlamentarias y, con ellas, el conjunto del Estado. 
En la cámara alta, las peculiaridades del sistema británico otorgan representación a obispos anglicanos, lo que aumenta aún más la mayoría inglesa y el sistema de valores conservador en la cámara.
Escocia ha resultado ser el país más afectado del reino al ser el más alejado de los intereses y valores de la sociedad inglesa. Gales, bajo control inglés desde el siglo XIII, comparte la base religiosa y el sistema legal con Inglaterra, con un comportamiento electoral y social similar a esta. 
Por su parte, Irlanda del Norte, con un sistema jurídico inspirado en el inglés, ha tenido una situación más compleja, pero donde los intereses de los unionistas protestantes de permanecer unidos a Gran Bretaña han permitido aceptar las imposiciones inglesas aun con la sociedad católica en su contra.
No será hasta 1999, tras convertirse el SNP en el segundo partido de Escocia, cuando se celebre un referéndum en Escocia para que esta recupere su parlamento y una cierta soberanía, en un proceso conocido como Devolución
Este proceso supuso una descentralización del Reino Unido y la concesión de autonomía a Gales, Escocia, Irlanda del Norte y Londres, pero no a Inglaterra.
Aún lejos de conformar un Estado federal o de alcanzar la autonomía de las regiones de España, Reino Unido ha continuado siendo un Estado unitario, si bien Escocia ha obtenido competencias exclusivas en justicia, política interior, sanidad o educación. 
En 2014, ante el referéndum de independencia, el Gobierno de Londres ofreció a los escoceses una nueva transferencia de competencias, como la fiscalización o capacidad de recaudar impuestos, siempre que ganase en no, lo que finalmente sucedió.

Escocia no es Inglaterra

En realidad, la llamada Devolución supuso el reconocimiento tácito de que Reino Unido se corresponde con Inglaterra y que las demás naciones que integran el Estado son diferentes y tienen el derecho de autonomía para gestionar esas diferencias, en un modelo de autonomía asimétrica. 
Por ello, la política regional inglesa no se ha separado del Gobierno central y es decidida en el Parlamento de Westminster por los representantes de todo el Reino Unido aun cuando se trata de competencias transferidas a las demás regiones. 
La política regional inglesa depende de los demás países del reino, al contrario de lo que ha sucedido históricamente, lo que plantea la denominada cuestión inglesa.
La identidad escocesa se ha construido en oposición a la inglesa, pero no a la británica. Mientras los ingleses ven la identidad inglesa y británica como un mismo todo, los escoceses lo entienden como dos partes del mismo todo, donde además podría caber una identidad europea. 
Por ello, no es extraño que Mr. Dunbar zanjase nuestra conversación diciendo “Soy británico, pero lo que no seré nunca es inglés”.
Para ampliar: “El dilema de Alba”, En Portada (RTVE), 2013
By Abel Gilelordenmundial.com

El Collar de Perlas de China: Geopolítica en el Índico

El Collar de Perlas de China: Geopolítica en el Índico

El Collar de Perlas de China: geopolítica en el Índico


La fricción existente en el Mar de China es una anécdota en la expansión del Imperio del Medio por la región de Asia-Pacífico. 
Como segunda potencia económica del planeta, los roces que puedan tener desde Pekín con sus vecinos isleños no copan la política exterior, económica y de seguridad china. 
Mediáticamente parece que sí, que China sólo se expande cuando merodea con un par de barcos las islas Senkaku, pero lo cierto es que en el siglo XXI, la república popular ha realizado un asombroso despliegue hacia este y oeste que casi podríamos catalogar de ofensiva silenciosa. 
Hacia el este, un acercamiento político a todo el continente americano; hacia el oeste, la fortificación del Océano Índico. 
Ese océano en el que nunca pasa nada está siendo testigo de cómo China se posiciona militarmente en lo que se ha llamado el “collar de perlas”, ante el espanto de los países costeros y la inacción de los Estados Unidos.

De Hainan al Cuerno de África

En primer lugar vamos a analizar la política china de seguridad, de poder duro, hacia el oeste asiático. 
Como sabemos, la seguridad comercial y en especial energética de Pekín está sujeta a las dificultades geográficas del Sudeste Asiático, a la densidad del tráfico marítimo y a las inamistosas relaciones con muchos de los países del este y sudeste continental. 
Puesto que su flota mercante discurre habitualmente por aguas políticamente desfavorables, China ha emprendido una política de desviación de su tráfico hacia el Pacífico, que se complementaría con un futurible canal chino en Nicaragua
Mientras este proyecto a largo plazo se va concretando, el régimen comunista ha ido posicionándose a lo largo del litoral sud-asiático con bases militares que le permitan, en primer lugar, establecer puntos de control e influencia militar sobre los mares del Sudeste Asiático y el Océano Índico, ya lejos de las costas chinas, para proteger tanto el comercio como las cada vez mayores necesidades energéticas – petróleo en su mayoría – y de paso, obtener una posición privilegiada de cara al control naval de toda la zona del sudeste y sur asiático, lo que invariablemente redunda a largo plazo en un control político, económico y militar envidiable.
Estas bases han ido colocándose en los pocos países amigos que China posee en Asia, pero que son suficientes como para que hayan conseguido posicionarse desde la propia isla china de Hainan hasta el Mar Rojo, en una cadena – o Collar – de bases cuya función futura radicará en proyectar la influencia y el poder chino desde el Mar de China Meridional hasta el Cuerno de África. 
Así, como ejemplos de este Collar de Perlas, encontramos las bases, en su mayoría navales, del golfo de Bengala, en territorio birmano; la base en Bangladesh de Chittagong; Hambantota en Sri Lanka; en las Islas Maldivas; Gwadar en Pakistán; Yemen y finalizando el recorrido, Puerto Sudán.
Esta estrategia no es excesivamente reciente por parte de China; de hecho, en los primeros años del siglo XXI es cuando se empezó a desarrollar. 
En esos mismos años se le propuso al Secretario de Defensa de EEUU, Donald Rumsfeld, aplicar la misma estrategia que los chinos en el Índico para así tener controlado lo que China pretende preservar: sus flujos de petróleo desde Oriente Medio y África. Estados Unidos, consumido en Afganistán e Irak, no prestó demasiada atención a esta estrategia, algo que desde Pekín aprovecharon rápidamente.
Como también sabemos, los propios medios del ejército chino – o del Partido Comunista más bien – están encaminados en gran medida hacia esta estrategia de dominio naval regional. 
A día de hoy, y así parece que va a ser todavía por bastantes años más, tanto la Armada china como las fuerzas aéreas son manifiestamente inferiores en calidad a los ejércitos japoneses y en calidad y cantidad a los ejércitos norteamericanos. 
Ahora bien, a pesar de esta debilidad respecto con las fuerzas del Pacífico, las chinas son, en el Océano Índico, abrumadoramente superiores. 
Como mucho la India podría rivalizar, pero a día de hoy va bastante por detrás de los orientales en los temas navales, así como en presupuesto militar.
Qué decir tiene que del resto de países, de Filipinas a Irán, el Imperio del Medio posee una superioridad manifiesta, incluyendo armas nucleares – cuya efectividad radica en amenazar con su uso –. 
Para la finalidad de esta estrategia de despliegue regional chino, tanto la instalación de bases como el desarrollo de una armada potente y numerosa son dos cosas íntimamente relacionadas y que desde Pekín han conseguido coordinar de una manera bastante acertada.
ARTÍCULO RELACIONADO: Geopolítica en el Mar de China (Adrián Albiac y Fernando Arancón, Julio 2013)

Estados Unidos no quiere que le den por muerto

Por supuesto que ante esta situación, los Estados Unidos no se iba a quedar de brazos cruzados. 
Todavía mantienen el estatus de potencia global, pero han perdido demasiado tiempo y recursos en Oriente Medio como para perder aún más tiempo en no reaccionar ante el ascenso de nuevos poderes que le puedan disputar el trono. 
Afortunadamente para Washington, Estados Unidos ya contaba de cara a su reposicionamiento en el sudeste asiático y el Índico con relaciones políticas sólidas y bases plenamente operativas, algo que ha sido el talón de Aquiles de los chinos, tener que empezar de cero a la hora de desarrollar esta estrategia del “Collar de Perlas”.
Inicialmente, el collar estadounidense iba a ser lo que ahora es el chino, esto es colocar bases en la ruta de los petroleros hacia los puertos del gigante asiático para así tener un fácil y rápido acceso a esas rutas si por la razón que fuese hubiese que presionar al régimen de Pekín. 
La cuestión es que, como hemos dicho, la tardanza en el posicionamiento hizo que los chinos se colocasen antes, por lo que en este sentido, EEUU ha optado por usar las bases que ya tenía por Asia-Pacífico y Oriente Medio para construir su propio collar. 
La finalidad de esta maniobra es meramente preventiva y defensiva, y responde a las intenciones de despliegue de influencia norteamericanas en Asia-Pacífico como punto vertebral de la política exterior de los años venideros. 
La única intención aquí es no quedarse atrás del ritmo que Pekín lleve, puesto que esta zona no deja de ser el vecindario de los chinos. 
Así, como se puede observar en los mapas, el cerco estadounidense es más amplio que el chino, más “lineal”. 
De cierta manera se lo pueden permitir. Sus alianzas en la zona son más numerosas, así como su capacidad militar de despliegue y radio de acción es más amplio, más potente y de mayor calidad que el que pueda tener actualmente el chino.
Tampoco tiene más misterio que ser una nueva “doctrina de la contención”, solo que aplicada a China en vez de a la desaparecida URSS. 
No extenderse más al este por el Pacífico y no más al oeste de Pakistán, Afganistán y las repúblicas exsoviéticas de Asia Central
Para esta contención tardía de China, los recursos de Estados Unidos son numerosos: dos flotas enteras, la Vª y la VIIª en el Índico y el Pacífico Occidental respectivamente, y un buen número de bases totalmente operativas en varios países aliados.
Desde la base surcoreana de Incheon-Osan podemos comenzar un recorrido por toda la región saltando de base norteamericana en base norteamericana. 
Después de Osan, Okinawa, a poca distancia de las Senkaku; más apartado pero igualmente importante, la base de Guam; Darwin, en Australia; las Islas Cocos, en el Índico; Singapur; la isla de Diego García para pasar de ahí a las bases en Oriente Medio y Asia Central. Yibuti, en el cuerno de África, Yemen, Omán, Bahrein – base para la Quinta Flota –, Qatar, Kuwait, Pakistán con tres bases aéreas, Afganistán, Kirguizistán, Uzbekistán y Turkmenistán. En definitiva, un enorme cerco para que la influencia china no se desborde demasiado.
Este posicionamiento, aunque tardío, no es fatal para los intereses norteamericanos, puesto que hasta que China consiga tener los medios para intentar rebasar el muro estadounidense pasarán unos cuantos años, años que previsiblemente Estados Unidos utilizará para afianzar su posición en la región y establecer unas directrices de cara al previsible expansionismo chino. 
Ambos collares, sino y estadounidense, se basan en dos doctrinas de la contención, cada una con sus intenciones en base a sus capacidades. 
La primera, la china, de recursos navales limitados aunque en aumento, se centra en crear un corredor seguro para el comercio chino y sobre todo, el petróleo proveniente de Oriente Medio y África Central. 
En años próximos también acabará por usarse como contención del poder naval hindú, quizás pakistaní, y para controlar el desarrollo de las economías del sudeste asiático, en especial la tailandesa, la malaya y la indonesia, muy dependientes del mar a nivel económico. 
Por el otro lado, el collar estadounidense, más amplio y que no hay que entenderlo en una simple clave regional, sino que está formado por el alineamiento coyuntural de bases preexistentes que han ayudado durante décadas a Estados Unidos a mantener el dominio mundial.
By Fernando Arancónelordenmundial.com

Sudafrica un rompecabezs con una convivencia complicada

Sudáfrica, retrato de la disparidad

Mujeres zulúes haciendo un baile tradicional. Los zulúes son una de las principales etnias de Sudáfrica. Fuente: Visual Uprising

Sudáfrica, retrato de la disparidad


En este artículo desarrollamos el problema de la desigualdad en Sudáfrica. 
Desde que el país se convirtiera en la S que cerraba el grupo de potencias emergentes de los BRICS, ha entrado en la lupa de la inversión económica internacional y ha dado lugar a una relativamente mayor atención mediática. 
La compleja red de factores que marca la estructura socioeconómica del país llenaría varias tesis doctorales, pero en lo que nos ocupa haremos un pequeño acercamiento a la naturaleza y forma de sus disparidades.
Andile y Notombi viven en una gigantesca casa en un próspero barrio de Pretoria. De etnia zulú, ambos son diseñadores de bolsos de lujo. Su historia, aunque no es tan frecuente, no habría sido posible hace tan solo unas décadas. Se saben afortunados y se enorgullecen de que sus hijos vayan a poder ir a una buena escuela y a tener una vida mucho más sencilla y completa que la que ellos tuvieron durante su infancia. 
Hacerse a uno mismo en Sudáfrica no es tarea sencilla: las trabas socioeconómicas y culturales lo convierten en una carrera tanto de fondo como de obstáculos.
A casi 1.500 km de distancia, en un barrio suburbial de Ciudad del Cabo, la familia Labuschagne sobrevive en una situación muy diferente. Desde hace más de lo que recuerdan, viven en un barrio de chabolas. Varias familias comparten zonas comunales y, aunque no pasan hambre, sí que tienen dificultades para costearse una operación, un empaste o los libros del colegio. 
Viven al día y su trabajo nunca está asegurado. Si vivieran en Estados Unidos, serían llamados white trash (‘basura blanca’); en este país son afrikaners pobres. 
Aunque reconocen que el final del apartheid tiene que ver con su actual situación, no se atreverían a reivindicarlo abiertamente. 
Sí que creen que se ha dado la vuelta a la tortilla y que ser blanco ya no te convierte automáticamente en privilegiado: el ticket a la buena vida depende hoy de otros muchos factores.
Hay infinidad de documentales y reportajes que pretenden mostrar una Sudáfrica de igualdad de oportunidades en términos de raza. Utilizan para ello a familias negras ricas y a familias blancas pobres que relatan su experiencia y presentan un ideal meritocrático de movilidad social. 
Aunque no deja de ser cierto que la pobreza se ha saltado la barrera de la raza y que una parte de la población, antes inevitablemente excluida de la riqueza, se lleva ahora una parte de la tarta, basta con rascar un poco y emergen gruesas grietas en este idealizado retrato de la sociedad sudafricana.

Rompecabezas étnico

Fuente: Dance Works
Conviene empezar explicando que la sociedad sudafricana es profundamente heterogénea en cuanto a grupos étnicos y culturas y que la división blancos-negros es una simplificación extrema. 
En esta tierra conviven 58 grupos étnicos reconocidos; entre los blancos se encuentran los descendientes de holandeses y los de origen inglés, entre otros muchos; entre la población negra, los principales grupos son los zulús, xhosas, basothos, bapedis, vendas, tsuanas, tsongas, suazis y ndebeles. 
Junto con estos, encontramos un grupo de difícil traducción al español, los que llamaríamos ‘de color’, en inglés colored. 
Este grupo se compone de descendientes entre blancos y negros, aunque sus progenitores africanos solían pertenecer a la etnia joisán, considerada “menos negra” y, por ello, más apta para la procreación.
Sin profundizar en la cuestión, quizá sea necesario explicar que los conceptos de negritud y las escalas de diferenciación que se establecen son constructos sociales difícilmente defendibles, pero que siguen considerándose importantes en la representación y autopercepción de muchos de los grupos. 
Recordemos que la eugenesia y su discurso de pureza racial hizo estragos en la división social del apartheid, y que además el grupo de los colored se ha considerado a sí mismo algo superior al resto de etnias negras, algo que sigue resintiendo las relaciones entre este grupo y los demás.
Por último, encontramos un creciente porcentaje de población asiática o de origen asiático (2,5%). Estos, como los colored, no eran tan directamente discriminados como por ejemplo los zulús, pero tampoco eran considerados iguales a los blancos.
Como casi cualquier relación de poder social, el apartheid encontraba su representación territorial en los bantustanes, divisiones territoriales con cierta autonomía en las que convivían poblaciones relativamente homogéneas conforme a un reparto étnico-tribal del país. 
En los años 90, con la llegada al poder del Congreso Nacional Africano (CNA), se disolvieron estas tierras y se concedieron plenos derechos civiles a sus habitantes. 
Curiosamente, esta marginación de las comunidades negras dio lugar a un sentimiento de comunidad interna, por el que además se rechazaba a poblaciones de fuera.
La importancia de trazar un marco sobre las relaciones entre grupos étnicos reside en entender que la reconciliación en el país no era solo un apretón de manos entre un representante negro y otro blanco. Las fisuras entre etnias negras y entre estas y los colored aún siguen muy presentes. 
No olvidemos que una de las técnicas británicas, luego adoptadas por otros colonizadores, era aprovechar las divisiones tribales para controlar a las poblaciones autóctonas con el famoso “Divide y vencerás”. 
Es decir, son años de resquemor y desconfianza que, aunque unieron a sus integrantes a finales del siglo XX contra el enemigo común, el apartheid, siguen pesando en las relaciones intergrupales de hoy.
Por poner un ejemplo actual de la compleja relación entre grupos étnicos y cuotas de poder, cabe señalar que Jacob Zuma, actual presidente del país, ha comenzado una estrategia de asignación de puestos de poder a miembros de la etnia zulú, a la que él mismo pertenece. 
Zuma es uno de los casos que se presumen meritocráticos: de una infancia pobre al puesto más alto de poder, la presidencia del país.
Para ampliarInforme sobre las relaciones entre grupos étnicos tras elapartheid, South African Institute of Race Relations, 2015

Retrato de la desigualdad

Nelson Mandela es quizá una de las figuras más respetadas y admiradas en el mundo. Su lucha vitalicia por la igualdad y los derechos humanos lo llevó a pasar años en la cárcel, donde tuvo que sobrevivir a torturas y trabajos forzados. 
Durante su presidencia, considerada todo un símbolo de transición para Sudáfrica, su partido, el CNA, privilegió la paz y la convivencia a la redistribución y las comisiones de justicia. 
Pasar página, en ese momento, consistió en hacer algo de oídos sordos para avanzar en una complicada reconciliación, aunque esta se antojara aún más difícil, sin profundizar de verdad en las reparaciones y comisiones de verdad.
Para ampliar“El legado de la exclusión racial en Sudáfrica”, Fernando Rey en El Orden Mundial, 2016
El CNA no tenía, a pesar de los votos, el poder suficiente para echar un pulso a los poderes fácticos en manos de los blancos. 
La comunidad internacional, aunque felicitaba a Madiba por terminar con el apartheid y liderar la transición democrática, no iba a tolerar una verdadera ruptura con el régimen anterior basada en la redistribución de tierras y propiedades. 
Es más, durante la transición se acordó respetar los títulos de propiedad de la tierra de los blancos, aun si los orígenes de estos eran dudosos. 
A cambio, se prometió al electorado negro una reforma agrícola que facilitara el acceso a la tierra a la mayoría negra. Es importante resaltar que esta reforma nunca terminó de llegar.
Evolución de los diferentes grupos raciales del país demográficamente y según su ingreso promedio. Puede observarse un mayor acceso a los recursos de la población negra, pero el crecimiento promedio de ingresos sigue siendo limitado en proporción al de otras, como la asiática. Fuente: Pew Research
El reparto de la tierra quedó por tanto como la gran asignatura pendiente del régimen transicional sudafricano. 
Es un tema fácil de utilizar electoralmente y que afecta a muchas personas, ya que, aunque la economía sudafricana no está tan ligada como la de otros países africanos a la agricultura, una importante parte de la población —entre un 35 y un 40%— vive todavía en zonas rurales con una economía de subsistencia. 
Hubo voces dentro del CNA que demandaron la expropiación de tierras a la élite blanca para proceder a su reparto equitativo, como más tarde se haría en Zimbabue. 
El ala más conciliadora, con Mandela como cabeza más visible, optó por la promesa de una reforma sin expropiaciones directas a los colonos terratenientes. 
La no expropiación directa y la promesa de una reforma fueron puntos importantes en la negociación contra el apartheid que de hecho aparecen en la sección 25 de la Constitución sudafricana   (1996).
Aunque en la Constitución se opta por la no expropiación directa, se reconoce que debe indemnizarse —justicia reparadora— a aquellas poblaciones rurales que, como consecuencia de las políticas de discriminación racial, perdieron sus tierras durante el apartheid. 
Investigar todos los casos y demostrar a qué se debieron las expropiaciones se antoja sumamente difícil, especialmente si ponemos sobre la mesa el tiempo transcurrido y la escasez de herramientas jurídicas para la debida investigación de los hechos. 
Hasta el momento, la gran mayoría de afectados no ha recibido una compensación y los que la han recibido lo han hecho con reparaciones ridículas. 
Otra dimensión central a tener en cuenta es la del género: las mujeres no suelen aparecer en estos casos de reparación y su acceso actual a la tierra es mucho menor que el de los hombres.
Cuando Mandela llegó al poder, el 87% de la tierra estaba en manos de los blancos, que en ese momento suponían algo menos del 10% de la población total. 
El CNA, aconsejado por los expertos del Banco Mundial (BM), propuso medidas no drásticas de redistribución mediante la ampliación del acceso a compras de propiedad a largo plazo, para las que concedía recursos a las familias negras que quisieran comprar propiedades. 
Estas medidas no estuvieron a posteriori respaldadas por nuevos recursos ni políticas de formación o know-how, lo que precipitó su fracaso. En el 2010 solo se había logrado distribuir un 8% cuando en los planes iniciales elaborados junto con el BM se barajaba un reparto del 30% de las propiedades.
Muchos consideran hoy que esta fue una decisión desacertada, especialmente porque, con la llegada de un nuevo statu quo y la nueva alineación de fuerzas, hay pocos interesados en el poder en remover la cuestión de la propiedad de las tierras, aunque siguen siendo muchos los afectados. 
El nobel y economista Thomas Picketty hacía la recomendación al Gobierno sudafricano de emprender reformas en esta dirección para solventar mayores problemas. 
Dentro del campo, el desigual reparto aún despierta resquemores y, bien dirigido y organizado, podría hacer tambalear la estabilidad política.
Puede criticarse la decisión de Mandela, pero la comparativa con Zimbabue sirve para relativizar la cuestión. 
Las promesas de reparto de tierras que realizó el líder de este país, Mugabe, supusieron numerosas expropiaciones a partir del siglo XXI con la intención de repartirlas a posteriori de forma equitativa entre la población negra. 
La primera parte del plan, expropiar tierras a la élite blanca, se implementó, pero el siguiente paso, su reparto equitativo, se saltó para dar lugar a una adjudicación de tierras a dedo de forma caciquil. Puede decirse que se cambió el problema en forma, pero no en esencia.
Para ampliar“Zimbabue, un país para un solo hombre”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2016
Sudáfrica, como Zimbabue, tiene muchos problemas de corrupción y de falta de transparencia, lo que no quiere decir que el turbio reparto del segundo fuera necesariamente a repetirse en la experiencia sudafricana. 
No cabe duda de que es un mal referente que alienta en contra de una posible reforma de las propiedades agrícolas a manos del actual Gobierno.
Las aspiraciones de redistribución se llevaron a otros sectores durante el mandato de Mandela, que puso en marcha una serie de políticas de discriminación positiva que pretendían una redistribución en el sector secundario y terciario menos dramática que la que algunos grupos proponían. 
Entre estas está el Black Economic Empowerment (BEE), una medida que obliga a todas las empresas públicas a tener un 51% de negros en puestos directivos o con títulos de propiedad. 
Esta medida también se aplica para aquellas empresas que se presenten a concursos públicos y trabajan con el Estado, aunque no sean públicas.
El BEE ha derivado en la creación de una nueva élite negra manteniendo la exclusión de la mayoría. 

Fuente: Africa is a Country

El Black Economic Empowerment ha sido duramente criticado con los argumentos que frecuentemente se utilizan contra la discriminación positiva, a saber, que no es beneficioso para las empresas, porque se eligen candidatos por su color y no sus méritos; que estigmatiza a los negros como incapaces de hacerse por sí solos con puestos de importancia, etc. 
Lo cierto es que no ha dado todos los resultados que se esperaban; aún hace falta una redistribución más profunda e integral de los recursos que empiece además antes, como por ejemplo en la educación. Se ha logrado abrir la puerta para una nueva élite negra, pero no se han sentado las bases para una transformación hacia una sociedad más igualitaria.
Sudáfrica es uno de los países más desiguales del mundo. Algunos de los indicadores son aterradores: cerca del 65% de la riqueza está en manos de un 10% de la población. 
Y esto sin contar con la falta de transparencia con respecto a los títulos de propiedad y de riqueza, que hace que muchos analistas internacionales se quejen de las dificultades de analizar verdaderamente la distribución de recursos en el país. 
Como dijo Picketty durante una conferencia celebrada in situ, en muchos aspectos, Sudáfrica es más desigual hoy en día que lo era durante el apartheid. 
La afirmación misma hizo remover en sus asientos a los asistentes, que recordaron la dura convivencia durante los tiempos de la segregación racial, pero el economista francés se refería a la distribución de la riqueza; la cuestión del origen racial de su reparto es otra.

El desarrollo como hoja de ruta: ¿el sueño de Madiba?

La dimensión económica es sin duda importante, porque sobre ella recae una parte importante del peso de la reconciliación, y, aunque es innegable que la situación de la población negra y de color ha mejorado en el país, no es menos cierto que sigue siendo una tarea pendiente
Para empezar, antes toda la riqueza estaba en manos de la población blanca; hoy, entre el 5% de los más ricos, hay un 20% de no blancos, incluidos negros, asiáticos y de color. Estas cifras son un avance, pero hay más números con los que contrastar. 
Así, los blancos representan alrededor del 9% del total de población, un porcentaje considerablemente bajo, especialmente si se compara con la cantidad de poder económico que ostentan.
Estamos ante un país de contrastes que, a pesar de un sostenido crecimiento económico, aún no ha logrado traducirlo en verdadero desarrollo. 
Algunos indicadores, como el índice Gini, lo sitúan incluso por detrás de la India y de Brasil en términos de desigualdad. 
Comparte con estos dos países la denominación de BRICS y la consideración de potencia emergente, además de líder regional. 
Tiene con estos en común la lista de indicadores económicos desconcertantes que lo sitúan en un lugar puntero en algunos aspectos, pero que lo empujan a la cola en muchos otros.
Dentro de África, es de los países que más destacan en términos de PIB per cápita, posee recursos naturales y tiene además una importante industria. 
En algunos ámbitos, como el periodístico, dejaría muy atrás a muchos países europeos en cuanto a recursos invertidos y calidad. No obstante, es un país muy inseguro, donde el nivel de personas por debajo del umbral de la pobreza es del 31,3%  y enfermedades como el VIH siguen protagonizando su historia.
Una parte importante de los problemas que afectan hoy al país provienen sin duda de la desigualdad socioeconómica, que hunde su verdadero potencial. 
Y sí, la discriminación económica por raza ha encontrado algunas excepciones en los últimos años y algunas familias de origen africano han logrado romper su techo de cristal, pero es indudable que la pobreza en el país sigue discriminando entre razas y, sobre todo, sigue lastrando el desarrollo de su población. 
No debemos dejar que una serie de casos de éxito perturben nuestra visión: las divisiones de clase y étnicas siguen teniendo una influencia decisiva en las posibilidades de ascenso social de cualquier niño que nazca en la Sudáfrica de hoy, y con eso no soñaba Madiba en su celda.
By Inés Lucíaelordenmundial.com

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