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viernes, 17 de marzo de 2017
La creciente oleada de militarismo estadounidense en el siglo XXI
17-03-2017
Desde Clinton y Bush hasta Obama y Trump
La creciente oleada de militarismo estadounidense en el siglo XXI
James Petras
Rebelión
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo
Introducción
El militarismo de Estados Unidos ha crecido exponencialmente a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XXI, amparado tanto por los presidentes demócratas como por los republicanos. La histeria con la que los medios de comunicación de masas se han hecho eco del aumento del gasto militar del presidente Trump ignora deliberadamente la enorme expansión que tuvo el militarismo, en todas sus facetas, bajo la presidencia de Obama y de sus dos predecesores, Bill Clinton y George Bush hijo.
En este artículo procederemos a comparar y analizar el ininterrumpido aumento que ha experimentado el militarismo en los últimos diecisiete años. Luego demostraremos que el militarismo es un rasgo estructural esencial mediante el cual el imperialismo estadounidense se inserta en el sistema internacional.
Militarismo
Los enormes incrementos en el gasto militar han sido una constante con independencia de quién fuera el presidente de EE.UU. y de la retórica utilizada en campaña sobre el recorte del gasto militar para dedicar más recursos a la economía interna.
Bill Clinton incrementó el presupuesto bélico de 302.000 millones de dólares (m$) en 2000 a 313.000 m$ en 2001. Bajo el presidente Bush hijo, el gasto militar se disparó de 357.000m$ en 2002 a 465.000 m$ en 2004 y a 621.000m$ en 2008. Bajo el presidente Obama (el “candidato de la paz”), el gasto militar siguió creciendo de 669.000m$ en 2009 a 711.000m$ en 2011 para luego “aparentemente” descender a 596.000m$ en 2017. En la actualidad, el recién instalado presidente Trump ha solicitado un incremento hasta los 650.000m$ para 2018.
Es necesario clarificar algunas cosas: el presupuesto militar de Obama en 2017 no incluía el coste de diversos departamentos del gobierno “relacionados con la Defensa”, entre ellos el aumento de 25.000m$ para el programa de armas nucleares del departamento de energía. El gasto militar total de Obama para 2017 ascendió a 623.000m$, es decir, 30.000m$ menos que la propuesta de Trump. Además, el presupuesto asignado por Obama a las Operaciones de Contingencia en el Exterior (OCO, por sus siglas en inglés), que no se incluye en las propuestas presupuestarias anuales, se disparó durante su mandato. Esta partida se destina a pagar las guerras de EE.UU. en Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Libia y muchos otros países. La realidad es que, en sus ocho años de presidencia, Obama superó en más de 816.000m$ el gasto militar de George Bush hijo.
El aumento del gasto militar propuesto por Trump está en consonancia con la trayectoria del presidente demócrata, al contrario de lo que afirman los medios de comunicación de masas. Claramente, tanto demócratas como republicanos han aumentado tremendamente su dependencia del ejército como fuerza impulsora del poder mundial. El presupuesto bélico de Obama incluyó 7.500m$ para “operaciones contra el ISIS” (un aumento del 50%) y 8.000m$ para la ciberguerra y el (contra)terrorismo, pero el mayor incremento fue el destinado a aviones de combate indetectables por radar, submarinos nucleares y portaaviones, claramente destinados a enfrentamientos con Rusia, China e Irán. Las tres cuartas partes del presupuesto fueron destinadas a la Armada y la Fuerza Aérea.
Bajo la presidencia de Obama, la escalada de armamento no tuvo como objetivo el combate contra “grupos terroristas” sino contra China y Rusia. Washington tiene la determinación de llevar a la bancarrota a Rusia, con el fin de retornar al vasallaje de la época anterior a Putin. La feroz campaña de la CIA (Obama) y del Partido Republicano contra Trump se fundamenta en su apertura hacia Rusia. La clave para alcanzar la dominación unipolar que EE.UU. lleva décadas intentando lograr depende ahora de que pueda despojar a Trump de su poder y de su gabinete, los cuales se considera que socavan, parcial o totalmente, la estructura del imperialismo estadounidense basado en la potencia militar que han intentado lograr las previas cuatro administraciones.
Aparentemente, el incremento del gasto militar de Trump responde a que quiere convertirlo en una “baza de negociación” de su plan para expandir las oportunidades económicas estadounidenses, llegando a acuerdos con Rusia y renegociando el comercio con China, Asia Oriental (Singapur, Taiwán y Corea del Sur) y Alemania, países acreedores de la mayor parte del déficit comercial anual de Estados Unidos, cifrado en cientos de miles de millones de dólares.
Los repetidos contratiempos de Trump, la presión constante ejercida sobre los cargos que ha nombrado y los estragos que han causado en todas las facetas de su persona y de su vida personal los medios de comunicación de masas, a pesar del ascenso histórico del mercado de valores, indican la existencia de una profunda división en el seno de la oligarquía estadounidense sobre el manejo del poder y sobre “quién gobierna”. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial no habíamos presenciado unas divisiones tan fundamentales en torno a la política exterior. Las anteriores discusiones partidistas han quedado desfasadas. La prensa financiera (el Finantial Times y el Wall Street Journal) está descaradamente alineada con los militaristas, mientras que los agentes financieros de Wall Street respaldan los programas internos favorecedores del empresariado y la apertura conciliatoria con Rusia y China. La mayor parte de la maquinaria de propaganda, es decir, los llamados laboratorios de ideas o think tanks, con sus establos de académicos, “expertos”, editorialistas e ideólogos liberales y neoconservadores, promueven una agresión militar contra Rusia. Mientras tanto, los medios de comunicación populistas, los seguidores de base de Trump, los empresarios nacionales y las cámaras de comercio del país presionan para conseguir rebajas fiscales domésticas y medidas proteccionistas.
El ejército está a favor de Trump y de su concepto de guerras regionales que logren beneficios económicos. Por el contrario, la CIA, la Armada y las Fuerzas Aéreas, que se beneficiaron enormemente con los presupuestos bélicos asimétricos de Obama, buscan una política de confrontaciones militares globales con China y Rusia y múltiples guerras contra sus aliados, como Irán, sin considerar la devastación que provocarían tales políticas en la economía interna.
El concepto de imperialismo de Donald Trump se basa en la exportación de productos y la captura de los mercados, al tiempo que atrae el capital de las corporaciones multinacionales de regreso a Estados Unidos para que reinviertan sus beneficios (actualmente cifrados en más de un billón de dólares que se quedan en el extranjero) en el mercado interno. El nuevo presidente se opone a las alianzas económicas y militares que han incrementado el déficit comercial estadounidense, en contraste con las anteriores administraciones de militaristas que aceptaron gigantescos déficits comerciales y un gasto desproporcionado en intervenciones militares, bases en el exterior y sanciones contra Rusia y sus aliados.
El objetivo de Trump de obligar a que Europa Occidental contribuya económicamente con una mayor cuota de los gastos de la OTAN (reduciendo así la dependencia europea de los gastos militares estadounidenses) cuenta con el rechazo de ambos partidos políticos. Cada uno de los pequeños pasos acometidos por Trump para mejorar las relaciones con Rusia ha levantado la ira de los imperialistas militaristas que controlan las direcciones de demócratas y republicanos.
El imperialismo militarista ha ofrecido unas pocas concesiones tácticas a los aliados de Rusia: los acuerdos inestables con Irán y el Líbano y los endebles acuerdos de paz en Ucrania. Al mismo tiempo, Washington está ampliando sus bases militares desde las regiones nórdicas-bálticas hasta Asia. Y amenaza con apoyar golpes militares en Brasil, Venezuela y Ucrania.
La finalidad estratégica de estas acciones belicosas es rodear y destruir a Rusia como potencial contrapeso independiente a la supremacía global estadounidense.
Las políticas iniciales de Trump tienen como objetivo convertir Estados Unidos en una “fortaleza”: el aumento del presupuesto militar, el reforzamiento del poder policial y militar a lo largo de la frontera mexicana y en los estados del Golfo ricos en petróleo. La agenda de Trump pretende reforzar el poder del ejército en Asia y otros lugares con el fin de mejorar la posición económica de Estados Unidos de cara a una negociación bilateral con el objetivo de aumentar los mercados para la exportación.
Conclusión
Estados Unidos está presenciando una confrontación letal entre dos imperialismos muy polarizados.
El militarismo, la forma asentada del imperialismo estadounidense, está profundamente arraigado dentro del aparato permanente del Estado. En este se incluyen los 17 organismos de inteligencia, los departamentos de propaganda, la Armada y las Fuerzas Aéreas, así como el sector de alta tecnología y las élites económicas capitalistas que se han beneficiado de las importaciones extranjeras y de la mano de obra cualificada barata a expensas de los trabajadores estadounidenses. Su historial está repleto de guerras desastrosas, pérdida de mercados, reducción de los salarios, deterioro del nivel de vida y traslado de empleos bien remunerados al extranjero. En el mejor de los casos, lo único que han conseguido es asegurarse la lealtad de unos pocos regímenes vasallos débiles, pagando un precio enorme.
La pretensión del régimen de Trump de diseñar una alternativa imperialista se basa en una estrategia más sutil: utilizar el poder militar para mejorar el mercado laboral interno y conseguir el respaldo de las masas para realizar intervenciones económicas en el extranjero.
Ante todo, Trump es consciente de que no es posible aislar a Rusia de sus mercados europeos ni derrotarla mediante sanciones. Esto le ha llevado a proponer la negociación de un acuerdo global que permita tratos comerciales a gran escala, lo que favorecería a los bancos estadounidenses, así como a los sectores del petróleo, la agricultura y la alta industria.
En segundo lugar, Trump es partidario del “imperialismo social”, gracias al cual los mercados de exportación basada en la industria local, mano de obra y bancos estadounidenses producirían un aumento de los salarios y de los beneficios para las empresas y los trabajadores de este país. El imperialismo de EE.UU. no dependería de invasiones militares costosas y destinadas al fracaso, sino de “invasiones” del extranjero a cargo de las industrias y bancos estadounidenses que luego retornarían sus beneficios a EE.UU. para poder invertir e impulsar el mercado de valores ya estimulado por sus planes anunciados de desregulación y recortes fiscales.
La transición del presidente Trump hacia este nuevo paradigma imperial se enfrenta a un adversario formidable que hasta el momento ha conseguido bloquear su agenda y que amenaza con derribar su régimen.
Trump no ha sido capaz, desde el principio, de consolidar el poder del Estado, un error que ha socavado su administración. Aunque la victoria electoral le situó en la Oficina de la Presidencia, su régimen es solo un aspecto del poder del Estado, vulnerable a la erosión y destitución inmediata por parte de las ramas coercitiva y legislativa, determinadas a provocar su defunción política. Las otras ramas del gobierno están llenas de remanentes del régimen de Obama y de los anteriores y completamente comprometidas con el militarismo.
En tercer lugar, Trump no ha conseguido movilizar a sus partidarios entre las élites y a su masa de seguidores en torno a unos medios de comunicación alternativos. Sus “tuits de primera hora de la mañana” son un contrapeso muy débil al ataque concentrado de los medios de comunicación sobre su forma de gobierno.
En cuarto lugar, aunque Trump ha logrado algunos apoyos internacionales tras sus encuentros con gobernantes de Japón e Inglaterra, dio marcha atrás a sus negociaciones con Rusia, fundamentales para socavar a sus adversarios imperiales.
En quinto lugar, Trump no ha conseguido conectar sus políticas de inmigración con un programa eficaz para relanzar el empleo interno ni sacar a la luz y capitalizar las draconianas políticas antiinmigración puestas en marcha por la administración Obama, mediante las cuales se encarceló y se expulsó del país a millones de personas.
En sexto lugar, Trump ha fracasado a la hora de comunicar el vínculo entre sus programas económicos favorecedores del mercado y el gasto militar y su relación con un paradigma totalmente diferente.
Como consecuencia de todo ello, el éxito del ataque militarista liberal-neoconservador al nuevo presidente ha puesto en retirada su estrategia central. Trump se encuentra sometido a un asedio que lo pone a la defensiva. Aunque consiga sobrevivir a este ataque concentrado, su concepción original de “reconstruir” la política imperial y la política interna de EE.UU. está destruida y los pedazos de esta mezclarán lo peor de ambos mundos: Sin la expansión de los mercados exteriores para los productos estadounidenses y un programa de empleo interno que logre el éxito, las perspectivas de que Donald Trump vuelva a las guerras en el extranjero y abra paso a la caída del mercado no dejan de aumentar.
El presente artículo puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se nombre a su autor, traductor y a Rebelión como fuente del mismo.
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Los nuevos fascistas del siglo XXI
16-03-2017
Los nuevos fascistas del siglo XXI
Toni Ramos
Rebelión
El nuevo fascismo es una confluencia entre la evolución del capitalismo y la propia ideología fascista del siglo pasado, adaptándose y ajustándose al racismo inherente al actual sistema y a las crisis que han golpeado el mundo a comienzos del siglo XXI, desde el 11 de septiembre de 2001, pasando por la crisis económica y social de 2008, hasta la crisis de los refugiados de 2015.
A excepción de grupos claramente neonazis como Amanecer Dorado en Grecia, Jobbik en Hungría y Svoboda y Sector Derecho en Ucrania, por ahora los nuevos fascistas no han usado la violencia ni han apostado claramente por el totalitarismo. Se nos han presentado disfrazados de demócratas, apelando a la libertad de expresión para legitimar su discurso, sustituyendo el antisemitismo por la islamofobia y hablando de incompatibilidad de culturas, etnias y religiones en lugar de supremacía racial biológica. Se desmarcan del fascismo clásico de Hitler, Mussolini y Franco, que tenía debilidad por los golpes de estado como herramienta revolucionaria y salvadora para instaurar el orden totalitario, y participan del espectro político-electoral como un partido más, haciendo uso de los mismos derechos que cualquier otro a expresar sus ideales y a participar de la Democracia y del Estado de Derecho.
El fascismo clásico del siglo pasado creció en Europa, entre otras razones, por la inacción de los grupos poblacionales que en un principio no estaban siendo oprimidos. En la Europa actual ocurre algo parecido. Poniendo como ejemplo Francia, el Front National no se ha topado con una oposición lo suficientemente unitaria y contundente como para no continuar con su crecimiento. Lejos de esto, los nuevos fascistas han encontrado el incondicional apoyo de los grandes partidos, que en un principio rehusaron criticarlos abierta y categóricamente con la excusa de no darles publicidad, se evitaba por todos los medios mencionar al Front National, hacían como si no existiera, y cuando se veían obligados a hablar de ellos lo describían cono partido “nacional-populista”. Con ello propiciaron, sin quererlo, que la extrema derecha se fortaleciera en un espacio político desocupado.
Más tarde, al permitirles participar del entramado político-electoral, comprobaron que los intentos por invisibilizar al FN no dieron el resultado que pretendían. Al contrario, fueron modificando su discurso a la medida que les convenía, diciendo de sí mismos que no eran ni de izquierdas ni de derechas -como lo hacía el fascismo clásico- y ganando simpatías entre la clase trabajadora al presentarse como oposición a la Unión Europea y a las personas migrantes -sobre todo musulmanas-, a quienes culpaban de quitarles el trabajo y las ayudas sociales a los franceses. De esta forma el FN y otros pseudo-partidos de extrema derecha consiguieron sacar rentabilidad a la inacción de la clase política europea. Entonces fue cuando los grandes partidos de toda Europa no dudaron en sumarse al discurso racista y xenófobo e intentaron compartir espacio con la extrema derecha, con el doble objetivo de sumar votos y restárselos al rival.
Pero las malas noticias con respecto al nuevo fascismo no terminan aquí. Ahora tenemos que tener muy en cuenta la llegada de un racista, machista, xenófobo, homófobo y demás istas y ófobos a la Casa Blanca. Si el neofascismo europeo estaba viendo cómo se legitimaba su discurso por ser asumido en cierta medida por la derecha no tan extrema y por la no tan derecha, mucho más legitimado está ahora que el país más poderoso del mundo tiene como presidente a un multimillonario de ideas fascistoides. Ya dijo Marine Le Pen que ella quiere una Francia como la USA de Trump.
Hay elecciones en Holanda y a finales de abril las habrá en Francia. Según las encuestas, los partidos de Wilders y Le Pen serán los más votados en sus respectivos países. En el caso de Holanda, se pronostica que Wilders no formaría gobierno porque nadie pactaría con él. En el caso francés, los pronósticos dicen que haría falta una segunda vuelta donde Le Pen sería derrotada por su oponente, ya sea Macron o Fillon. Pero en ambos países gran número de partidos políticos incluyen en sus discursos referencias que se pueden tachar de xenófobas y/o islamófobas.
Esto es así hasta el punto que el Colegio de Abogados de Holanda ha emitido un informe público en el que se llama la atención a cinco de los partidos que se presentan a las elecciones por incluir en sus programas propuestas ilegales que vulneran los derechos y libertades de las y los holandeses. Este informe dice literalmente que “si el que debe proteger nuestro Estado Democrático de Derecho está preparado para debilitarlo, constituye él mismo una amenaza para las libertades que sustentan nuestra sociedad”. En otras palabras, lo que parece ser democracia no es para nada democrático.
Hay quien dice que Donald Trump, Marine Le Pen y Geert Wilders son ultras pero no son fascistas y hay quien dice que son postfascistas. Yo los describo como los nuevos fascistas del siglo XXI para diferenciarlos del fascismo de entre-guerras y del neofascismo. Lo que está claro, lo que creo que no tiene discusión, es que no son demócratas, y que con ellos todas y todos corremos peligro. Que no exista una oposición contundente y unitaria a ellos, llamarles “nacional-populistas” o adoptar parte de su discurso xenófobo es hacerles un favor, es legitimar lo ilegítimo, es democratizar lo anti democrático. Es, en definitiva, una seria amenaza para los derechos y libertades de todas las personas, todas, incluso de aquellas que piensan que todo esto no va con ellas.
Ahora, con Trump en la cima del mundo dando apoyo a la extrema derecha europea, ¿alguien se atrevería a pronosticar cómo sería una Francia gobernada por Le Pen y una Holanda gobernada por Wilders? Y si eso fuera así, ¿alguien se atrevería a pronosticar la reacción del electorado en Noruega, Dinamarca, Reino Unido, Alemania, Hungría…? Y finalmente ¿alguien se atrevería a pronosticar cómo sería Europa? Yo lo he intentado y el pronóstico da mucho miedo.
Toni Ramos - Alternatiba
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
La humanidad amenazada por guerras altamente destructivas
16-03-2017
Leonardo Boff
Barómetro Internacional
Nosotros en Brasil conocemos una gran violencia social, con un número de asesinatos de los más altos del mundo. No gozamos de paz pues hay mucha rabia, odio, discriminación y perversa desigualdad social. Sin embargo estamos al margen de los grandes conflictos bélicos que se están llevando a cabo en 40 sitios del mundo, algunos verdaderamente amenazadores para el futuro de la especie humana. Estamos en plena nueva guerra fría entre USA, China y Rusia.
Se ha reiniciado una nueva carrera armamentística, sea en Rusia, sea en Estados Unidos con Trump, para producir armas nucleares todavía más potentes, como si las ya existentes no pudiesen destruir toda la vida del planeta.
Lo más grave es que la potencia hegemónica, Estados Unidos, se ha transformado en un estado terrorista, haciendo una guerra despiadada a todo tipo de terrorismo, exteriormente invadiendo países de Oriente Medio e interiormente cazando inmigrantes ilegales y deteniendo a sospechosos sin respetar los derechos fundamentales, como consecuencia del “Acto patriótico” impuesto por Bush Jr que suspendió el habeas corpus, acto no abolido por Obama, como había prometido.
Francisco, el obispo de Roma, al volver de Polonia dijo en el avión el 12 de julio de 2016: «hay guerra de intereses, hay guerra por dinero, hay guerra por recursos naturales, hay guerra por el dominio de los pueblos: esta es la guerra. Alguien podría pensar: está hablando de guerra de religiones. No. Todas las religiones quieren la paz. Las guerras las quieren otros. Capito?» Es una crítica directa al actual orden mundial, de acumulación ilimitada que implica una guerra contra la Tierra y la explotación de los pueblos más débiles. Todos hablan de libertad, pero sin justicia social mundial. Irónicamente se podría decir: es la libertad de las zorras libres en un gallinero de gallinas libres.
Comentaristas de la situación mundial poco mencionados en nuestra prensa hablan del peligro real de una guerra nuclear ya sea entre Rusia y Estados Unidos o entre China y Estados Unidos.
Trump, al decir del intelectual francés Bernard-Henri Lévy (O Globo 5/3/216) «es una catástrofe para Estados Unidos y para el mundo. Y también una amenaza». De Putin, en el mismo periódico, afirma: «es una amenaza explícita. Sabemos que quiere desestabilizar a Europa, acentuar la crisis de las democracias, y que apoya y financia a todos los partidos de extrema derecha. Sabemos también que en todos los lugares en que se traba una batalla entre la barbarie y la civilización, como en Siria y en Ucrania, está del lado equivocado. Ahí está una verdadera y gran amenaza».
Según Moniz Sodré en su grandioso libro El desorden mundial, Putin quiere vengarse de la humillación que Occidente y Estados Unidos infligieron a su país al final de la guerra fría. Alimenta pretensiones claramente expansionistas, no en el sentido de recuperar la antigua URSS sino los límites de la Rusia histórica. El riesgo de una confrontación nuclear con Occidente no está excluido.
Estamos perdiendo la conciencia de los llamamientos de los grandes nombres del siglo pasado, como el de Bertrand Russel y Albert Einstein del 10 de julio de 1955 y unos días después, el 15 de julio de 1955, secundado por 18 premios Nobel, entre los cuales Otto Hahn y Werner Heisenberg, afirmando: «vemos con horror que este tipo de ciencia atómica ha puesto en las manos de la humanidad el instrumento de su propia destrucción». Lo mismo afirmaron varios premios Nobel durante la Rio-92.
Si en aquel momento la situación se presentaba grave, hoy es dramático. Pues además de las armas nucleares, hay disponibles armas químicas y biológicas que también pueden diezmar la especie humana.
Algunos analistas de los conflictos mundiales suponen que el próximo paso del terrorismo ya no sería con bombas y hombres-bomba sino con armas químicas y biológicas, algunas tomadas de la reserva bélica dejada por Gadafi.
En la raíz de este sistema de violencia está el paradigma occidental de voluntad de potencia, es decir, una forma de organizar la sociedad y la relación con la naturaleza basada en la fuerza, la violencia y el sometimiento. Ese paradigma privilegia la competencia a costa de la solidaridad. En vez de hacer de los ciudadanos socios, los hace rivales.
A ese paradigma del puño cerrado se impone la mano extendida como una alianza para salvaguardar la vida; ante el poder-dominación debe prevalecer el cuidado, que pertenece a la esencia del ser humano y de todo lo viviente. O damos este paso o presenciaremos escenarios dramáticos, fruto de la irracionalidad y de la prepotencia de los jefes de Estado y de sus halcones.
Fuente: http://www.barometrointernacional.com.ve/2017/03/14/la-humanidad-amenazada-guerras-altamente-destructivas/
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America latina
La impunidad en el ADN
17-03-2017
La impunidad en el ADN
Luis Casado
Corría el año 1963. Mi admirado profesor de Física don Pedro Quijada me hizo saber que quería hablar conmigo. Fue derecho al grano: “Como sabes, dijo, fundé el Liceo Vespertino, sin existencia legal, para que quienes no terminaron la enseñanza secundaria puedan finalizarla y pasar el Bachillerato que abre las puertas a la enseñanza superior.” ¿Y ahí?, pregunté. “Todos, personal de administración y profesores son voluntarios ad-honorem, precisó. Me falta un profesor de Física. Ahí es donde entras tú: eres mi mejor alumno, y quiero pedirte que hagas clases de Física por las tardes”.
Así me transformé, a los 14 años, en profesor de Física de alumnos que más que doblaban mi edad. Las clases tenían lugar en el Liceo Neandro Schilling, en el que yo mismo cursaba 4º año de Humanidades. Era un establecimiento público, laico y gratuito como se usaba cuando Chile era un país pobre, y el “chico” Castillo, rector del Liceo, había tenido la generosidad de prestar gratuitamente las salas de clases.
El año 1964 llegó a la presidencia Eduardo Frei Montalva. El ministerio de Educación, ni corto ni perezoso, le dio existencia legal al Liceo Vespertino y nombró un rector democratacristiano. A don Pedro Quijada, –radical, masón y bombero–, que durante años hizo funcionar el Liceo sin recibir un peso, le ofrecieron hacer clases. Me acuerdo de las palabras con las que rehusó la afrenta. En el gimnasio del Liceo, donde inauguraron el nuevo establecimiento legal, dijo textualmente: “Yo no he pedido nada, y no quiero nada. Cuando un barco se hunde, se hunde con su capitán”. Dicho lo cual dio vuelta los talones para nunca más volver.
Lo que te cuento regresó a mis meninges en razón de una Lira Popular que me envió Jorge, en la que recuerda a Alejandro Bello. El ‘teniente Bello’, pilotando un avión Sánchez-Besa, fue el protagonista de una improbable hazaña: desaparecer para siempre.
Jorge, –le dije–, por alguna razón las FFAA celebran y conmemoran puras derrotas. Del Desastre de Rancagua a la Batalla Naval de Iquique, pasando por el Desastre de Uspallata, el hundimiento del Angamos y la tragedia de Antuco, para no evocar la vergüenza del vapor Itata.
Jorge agregó el naufragio del vapor Cazador, ocurrido el 30 de enero de 1856 en Punta Carranza, cerca de Constitución. En un país cuya historia está repleta de desgracias –lo que tiene el mérito de abundar los días de celebraciones militares– el hundimiento del Cazador es considerado como la mayor tragedia en tiempos de paz que haya afectado conjuntamente al Ejército y a la Armada de Chile. No seamos tímidos: sigue siendo el mayor naufragio jamás ocurrido en América Latina.
El Cazador era una nave de la Armada destinada al transporte de carga. Construida el año 1848 en Francia, –año de revoluciones en Europa–, fue adquirido por el gobierno chileno poco antes de otra revolución, –la de 1851 que buscó derrocar a Manuel Montt y derogar la Constitución de 1833–, para trasladar tropas entre diferentes puertos del país: los gobiernos autoritarios nunca son lo suficientemente precavidos. El Cazador desplazaba 250 toneladas y alcanzaba la muy moderada velocidad de 9 nudos. Su tripulación de 65 marineros estaba al mando del capitán Ramón Cabieses.
El 26 de enero de 1856 la nave llegó a Talcahuano con el propósito de trasladar la 6ª compañía del Segundo de Línea a Valparaíso. Dicha compañía había pasado cinco años al sur de Concepción “pacificando” los restos de tropas fieles al general José María de la Cruz, quien había acusado a Manuel Montt de fraude electoral y desconocido su elección, temeroso de la pérdida de poder que ella significaría para su clan, la familia Vial.
El 30 de enero el vapor se hizo a la mar a las 11.30 hrs., rumbo a Valparaíso. Aparte la 6ª compañía y sus familias, había embarcado pertrechos militares, cañones y caballos. Tan distinguido pasaje fue incrementado con algunos funcionarios públicos y sus familias. Se estima que al zarpar el Cazador llevaba unos 420 pasajeros además de la tripulación: 94 soldados, 168 mujeres, 146 niños y 12 civiles. Posteriormente se estableció que el barco llevaba un número indeterminado de polizontes. El rigor militar ya era en esa época lo que es hoy en día…
Según la bitácora, el vapor zarpó con viento sur y mar llana. A las 13:00 hrs. el capitán ordenó poner media máquina y con ayuda de las velas llevó la velocidad a 9 nudos. Navegó entonces a seis millas de la costa, hasta que a las 20:00 hrs. encalló en los roqueríos de Punta Carranza.
El capitán Cabieses ordenó poner marcha atrás: la ciencia de los viejos lobos de mar no tiene límites. La maniobra partió el barco por la mitad, en el sentido longitudinal o eslora si me la quieres jugar marinera. Fue el instante en el que se escuchó la célebre frase “Sálvese quien pueda, los hombres y las botellas primero”. Sólo 4 botes salvavidas –con capacidad para 50 personas cada uno– pudieron ser echados al mar, y dos de ellos se estrellaron en los roqueríos cercanos. Los otros dos botes se alejaron a mar abierto, y pudieron llegar a tierra al mediodía del día siguiente.
El desastre contó con solo 23 sobrevivientes, entre ellos… el capitán Cabieses, parte de su tripulación y dos militares. Eso de “Cuando el barco se hunde, se hunde con su capitán” son cosas de Emilio Salgari, cuentos de viejos marineros alcohólicos o reacciones de maestros dignos.
En los días siguientes el mar arrojó a la costa los cuerpos de las víctimas, en lotes de 12 a 15 cadáveres: madres sosteniendo aun entre sus brazos a sus hijos y parejas abrazadas entre sí.
El parte oficial –ahora dicen el “reporte”– del capitán Cabieses deja constancia que murieron ahogados 166 mujeres, 86 soldados de la 6ª compañía, 4 oficiales del Segundo de Línea, 42 tripulantes y 9 pasajeros, totalizando 307 víctimas, pero omitió mencionar a los niños y polizontes cuyo número superaba los 150.
Como era de esperar, la opinión pública condenó el comportamiento del capitán Cabieses, aun cuando en esa época de ensueño no habían encuestas de opinión. La justicia militar (agrégale el adjetivo calificativo “militar” a una palabra y esta pierde toda significación…) ordenó un Consejo de Guerra en Valparaíso en contra del capitán que, como Moisés, fue salvado de las aguas.
¿Adivinas lo que viene? El Consejo de Guerra absolvió de toda culpa al capitán Cabieses, y lo reincorporó a la Armada de Chile.
Precavidamente, lo destinaron a realizar levantamientos hidrográficos en aguas situadas al sur del archipiélago de las Guaitecas.
El 20 de febrero de 2004, el municipio de Chanco (de donde no viene el queso) instaló un monolito con una placa conmemorativa en la playa Santos del Mar, en homenaje a quienes naufragaron en sus costas ese aciago día del mes de enero de 1856. Se ve que el culto de las “animitas” no se limita a las carreteras.
Desde entonces han pasado algo más de 160 años y la justicia ha hecho enormes progresos. En los días de la presente modernidad, cuando alguien es culpable de un delito o mejor aun, de un crimen contra la sociedad, le condenan a penas de libertad. Lo de reincorporarle a las filas o a los negocios, y eventualmente darle una medallita, es una opción.
Como te decía en el título de la presenta parida, en el campo de flores bordado la impunidad está en el ADN.
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Analizando detalles del Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea
16-03-2017
Federico Larsen
Nodal
En poco menos de diez días, la Argentina comenzará a enfrentar una serie de compromisos internacionales que representan cabalmente la intención del gobierno Macri de “volver al mundo”. Entre el 20 y el 24 marzo, en Buenos Aires, se realizará la XXVII ronda de negociaciones birregionales Unión Europea-Mercosur de cara a la celebración de un Tratado de Libre Comercio entre las partes. Entre el 5 y el 7 de abril, el World Economic Forum que se celebra todos los años en Davos tendrá su primera cita latinoamericana, justamente en Buenos Aires. En el cierre del mismo, el día 7, está previsto el primer encuentro entre presidentes de la Alianza del Pacífico y el Mercosur, en pos de profundizar la integración comercial entre los dos bloques. En diciembre, del 11 al 14, Buenos Aires será también sede de la Conferencia Ministerial Bianual de la Organización Mundial del Comercio. Y mientras tanto el gobierno argentino ya empezó los preparativos de cara a su semestre en la presidencia del G20, que tendrá su cumbre en Buenos Aires o Mar del Plata en la segunda parte de 2018.
Todos compromisos vinculados a una agenda marcada por la fe en el libre comercio, el multilateralismo y la apertura a los flujos financieros, la marca que el gobierno Macri quiere imprimir a la imagen de la Argentina en el mundo. Sin embargo, el mundo parece estar perdiendo su enamoramiento por los encantos librecambistas, y en varias regiones los intentos de acuerdo en ese sentido fracasaron por la oposición de sus poblaciones. Nos concentraremos aquí en la negociación que se llevará a cabo entre la UE y el Mercosur, y como ésta se puede analizar a partir de las contradicciones que el libre comercio ha demostrado en todo el mundo.
Los TLC de la UE en América Latina
El interés de la UE hacia América Latina no es nada nuevo. Frente al estancamiento de las negociaciones multilaterales en el marco de la OMC, Europa decidió reforzar sus acuerdos bilaterales con diferentes países, comenzando por México, con quien firmó en 2002 el Acuerdo Global que sirvió de modelo para la firma del mismo tipo de Acuerdo Preferencial con Chile en 2003. Si bien se estén negociando aún ciertas modernizaciones, se podrían tomar ambos ejemplos como los inicios de una larga serie de Tratados modernos de Libre Comercio entre América Latina y la Unión Europea. En 2006 la UE comenzó las negociaciones con la Comunidad Andina de Naciones (CAN), alegando su respeto por la búsqueda de integración en la región. Sin embargo, ante la negativa de Bolivia, Ecuador y Venezuela, de aceptar los términos del TLC, la UE logró convencer a Colombia y Perú de que adhirieran al acuerdo en 2013 signando en parte el estancamiento definitivo del proceso de integración andino. Ecuador, en un inentendible vuelco argumentativo pidió ser incluido nuevamente en el acuerdo en 2014, y firmó su puesta en marcha en noviembre de 2016. Este es, hasta hoy, el caso en el cual las implicancias de la firma de un TLC con la UE aparecen más evidentes, ya que buena parte de las clausulas impuestas al Ecuador contradicen su constitución de 2008 y su política de Estado camino hacia el Buen Vivir. El acuerdo obliga a armonizar algunos estándares fitosanitarios al régimen europeo, a certificar y registrar las semillas o conceder derechos de obtentor sobre plantas a productores europeos como si fuesen locales. Todos requisitos imposibles de cumplir para los campesinos e indígenas ecuatorianos.
Y allí está el tema central de los TLC que se están proponiendo y firmando en la última década. Basados en la necesidad de generar las condiciones necesarias para que capitales e inversores puedan actuar sin discriminación en ambos territorios, este tipo de acuerdo obliga a modificar leyes y reglamentaciones, generan adaptaciones obligatorias a tratados internacionales indeseables y favorecen principalmente a empresas transnacionales por sobre la acción de los Estados. El acuerdo que se está negociando entre la UE y el Mercosur no es excepción.
Ganadores y perdedores
La Comisión Europea (CE) encargó en 2009 un informe de evaluación del impacto que un acuerdo UE-Mercosur podría generar en ambos bloques. De la lectura del documento, elaborado por la Universidad de Manchester junto con firmas privadas europeas y latinoamericanas, se deduce en primera instancia que los beneficios se concentrarían principalmente en el sector agrícola del Mercosur, siempre y cuando haya una adecuación legislativa y acompañamiento de los Estados. Para la UE los beneficios se concentrarían el el sector manufacturero, y el mismo estudio advierte que “la disminución de la producción agrícola y alimentaria reducirá el empleo en dichos sectores”, e insta a la Unión a generar “programas de apoyo adecuados u otras medidas políticas” que mitiguen el impacto de la apertura comercial.
En el plano medioambiental, el informe alerta a los países del Mercosur acerca de “un riesgo de aumento de la contaminación del agua, requiriendo una normativa más estricta” y “un efecto potencial negativo sobre la biodiversidad, agravado por el desarrollo de la demanda de biocombustibles en Europa”.
El estudio concluye que un acuerdo entre las partes traería mayores beneficios económicos a largo plazo para los países latinoamericanos pero también mayores costos. No es difícil deducir que si los efectos del acuerdo generarán “beneficios económicos estáticos del orden del 0,5% del PIB en Argentina, 1,5% en Brasil, 2,1% en Uruguay, y quizá hasta del 10% del PIB en Paraguay”, y al mismo tiempo “pérdidas potenciales de empleo en diversos componentes del sector manufacturero y un deterioro en el nivel de las normas laborales en ciertas partes del sector agrícola”, su puesta en marcha acrecentaría la ya altísima desigualdad social en los países del Cono Sur.
Las negociaciones están estancadas justamente en los sectores de la producción que se verán afectados por el ingreso irrestricto de competidores. La UE, por la presión de Francia y otros países del Este, quiere excluir o reducir al sector agrícola del acuerdo (es decir el 70% de las exportaciones del Mercosur hacia Europa) y sobre eso insisten los medios. Pero hay otros aspectos que deberían acaparar la atención del público sudamericano, y de los cuales muy poco se sabe.
Mucho comercio, pero muy poco libre
Las negociaciones entre UE y Mercosur se llevan adelante desde 1995, cuando ambos bloques firmaron el Acuerdo Marco de Cooperación que dio vida al Foro Birregional de Negociaciones que ya ha llegado a su XXVII encuentro. Pese a las idas y vueltas en estos más de 20 años, la reunión de marzo en Buenos Aires cuenta ya con una serie de temas acordados, según el reporte elaborado por las delegaciones en octubre pasado en Bruselas, a excepción de las ofertas de acceso a los mercados. La Unión Europea presentó allí tres propuestas de acuerdo sobre el rol de las PyMES, las empresas estatales y las patentes. En todas se sigue el libreto de los TLC de nueva generación: preparar el terreno para inversiones extranjeras, eliminar todos los obstáculos para futuras decisiones de los inversores y proteger sus derechos aún cuando se deban modificar leyes de un Estado soberano.
En el capítulo dedicado a los servicios públicos, por ejemplo, la UE propone establecer parámetros basados en el Acuerdo sobre Contratación Pública (ACP) firmado en el marco de la OMC, del cual ninguno de los países del Mercosur es miembro. Sólo Argentina participa del Comité de Contratación del ACP como observador. Es decir, con la firma del TLC se abriría la posibilidad para que empresas europeas participen de la construcción de carreteras, aeropuertos, líneas ferroviarias y puertos, en las mismas condiciones que sus pares locales y bajo reglas que los países de la región han rechazado en otros foros internacionales. Y que para las empresas europeas ya son más que conocidas. Algo muy parecido sucede con las propuestas en torno a derechos de propiedad intelectual. La UE fija sus parámetros en función de acuerdos internacionales a los que los países del Mercosur no han querido adherir, como el Tratado de Singapur sobre marcas o el Tratado de la OMPI sobre Derecho de Autor (WCT) o el Tratado de la OMPI sobre Interpretación o Ejecución y Fonogramas (WPPT). Estos últimos han sido creados para garantizar el cumplimiento de los estándares de EEUU en materia de propiedad intelectual, un requerimiento al cual los países periféricos siempre se han resistido y han sido inclusive sancionados unilateralmente (en el Mercosur, Brasil en 1985, 1987 y 1993 y Argentina en 1988).
Pero una de las propuestas más llamativas tiene que ver con el pedido de adhesión a los estándares marcados por el acta de 1991 de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV91), al que los gobiernos del Mercosur se resisten. Se trata de un convenio que regula el derecho exclusivo de una persona o empresa de poder multiplicar una variedad vegetal registrada y protegida por él. Lo que equivale a impedir que pequeños productores campesinos e indígenas puedan cultivar determinadas variedades de plantas registradas sin pagar una patente a su obtentor.
La solución europea para el neoliberalismo latinoamericano
Los documentos y propuestas discutidas en las negociaciones son, en su gran mayoría, secretos. A pesar de la importancia que recubren para millones de personas, los detalles de los TLC suelen darse a conocer sólo una vez acordados entre negociadores. Sin embargo, los documentos públicos pueden darnos indicios del contenido de las charlas. En octubre pasado, las partes acordaron revisar el capítulo dedicado a los mecanismos de arbitraje y solución de controversias “a la luz de los TLC firmados más recientemente”.
Los últimos TLC en los que la UE tomó parte fueron el fracasado Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones entre la Unión Europea y Estados Unidos (TTIP) y el Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA) sellado entre la UE y Canadá. En ambos, el tema de cómo dirimir las controversias surgidas entre una empresa inversora y el estado receptor fue central. Las instancias existentes hasta ahora, como la corte de arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional, el Sistema de Solución de Diferencias de la OMC, el Centro Internacional para el Arreglo de Diferencias sobre Inversiones (CIADI) del Banco Mundial han demostrado su clara intención de privilegiar siempre la inversión privada por sobre los derechos soberanos de los gobiernos. Bolivia, Venezuela y Ecuador ya abandonaron el CIADI, por ejemplo, por manifiesta parcialidad en contra de sus gobiernos. En 2014, la Comisión Europea llegó a organizar una consulta pública de la que participaron 150.000 personas para saber si los europeos estaban de acuerdo con la inclusión de este tipo de arbitrajes en las negociaciones del TTIP. El 97% votó que no. Un rápido análisis de los TLC en el mundo nos muestran que existen 1600 tribunales de resolución de diferencias ligados a unos pocos estudios jurídicos internacionales a los que también suelen recurrir las grandes transnacionales. En un intento por transparentar el sistema, la UE generó una nueva propuesta de arbitraje, un Comité Comercial que incluyó en el texto del CETA negociado con Canadá y que prevé la intervención de un tribunal ad hoc constituido por 15 miembros (5 europeos, 5 canadienses y 5 internacionales). Pero, al fin y al cabo, los recursos de apelación también terminarían en manos del CIADI. Así, en las últimas cumbres internacionales, la UE presentó su propuesta de generar un Tribunal Multilateral de Inversiones, que ya recibió el apoyo del gobierno argentino y forma parte de las negociaciones por actualizar los TLC con Chile y México. Ese puede ser el modelo que se discuta en Buenos Aires, sin que se ponga en cuestión el espíritu general de protección de la inversión extranjera.
Es decir, más allá de las cuotas de apertura comercial, queda claro que la negociación entre Mercosur y Unión Europea mantiene las características de los acuerdos neoliberales de nueva generación: un ordenamiento jurídico global e inflexible, jerarquizado frente a derechos sociales e individuales locales y blandos; legislaciones nacionales desreguladas y actos soberanos cancelados por acuerdos comerciales en función de la “seguridad jurídica”; una integración subordinada y desequilibrada al mercado global, y la aceptación de la nueva división mundial del trabajo.
Si se revisan los compromisos que los gobiernos de los países del Mercosur están asumiendo a nivel internacional en el último año, se podrá ver que la tendencia general es a asumir a este tipo de orden global. Macri, Temer, Cartes, e inclusive Tabaré Vázquez, han tomado la vía que los aleja de la protección de los derechos sociales y soberanos de sus países -caricaturizados por la derecha en el caos venezolano- para encarar la ancha avenida neoliberal, la única posible ahora frente al auge de gobiernos “populistas” y “proteccionistas” como el de Trump. Será el nivel de conflictividad social, como en la América Latina de principios de los 2000 o la Europa de 2015/2016, el que podrá definir si estos proyectos prosperan o deberán reformularse.
Fuente: http://www.nodal.am/2017/03/mercosur-2017-analizando-detalles-del-tlc-la-ue-federico-larsen/
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