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lunes, 14 de diciembre de 2015

Las huellas dactilares tienen sexo




Una nueva técnica química permite saber si la traza pertenece a un hombre o a una mujer
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De un laboratorio universitario de química ha salido una técnica que permite saber si la huella dactilar dejada por una persona sobre una superficie pertenece a un hombre o a una mujer. Algo que puede ayudar mucho a descartar sospechosos en el caso de investigaciones criminales y que supone un paso más en el aprovechamiento forense de este método de identificación que no cae en desuso, a pesar de que se utiliza desde hace más de un siglo.
La técnica se basa en datos bien conocidos sobre que el sudor femenino presenta unos niveles de aminoácidos que casi duplican los del sudor masculino, además de una distribución ligeramente distinta debida en su mayor parte a diferencias hormonales, informa la Universidad de Nueva York en Albany. Cuando alguien deja su huella también deja sus aminoácidos y la nueva técnica los extrae de forma sencilla transfiriéndolos a una lámina plástica que luego se calienta para que pasen a una solución (son solubles en agua) en la que se pueden medir.
Los investigadores en bioquímica forense, liderados por el checo Jan Halámek, han probado el método con huellas dejadas por tres mujeres en cinco superficies distintas, como un picaporte o un ordenador, y han obtenido un 99% de fiabilidad, explican en la revista Analytical Chemistry, donde publican los resultados.
“Uno de los objetivos más importantes de este proyecto fue avanzar en el análisis del contenido químico de la huella dactilar, en vez de basarse solamente en su imagen, que es como se han tratado hasta ahora”, señala Halámek. “No queremos competir con el análisis genético ni como las bases de datos utilizadas para identificación, sino que pretendemos encontrar las diferencias entre grupos demográficos y, sobre todo, aprovechar huellas dactilares que están deformadas o manchadas o que no se sabe a quién pertenecen”.

Pasar del laboratorio a la escena del crimen es el siguiente paso, que puede tardar más o menos, en función de los fondos disponibles y del interés existente por parte de las fuerzas del orden. “Saber si la huella pertenece a un hombre o a una mujer puede acotar las posibilidades en un grupo de sospechosos”, han declarado los investigadores a la revista Forensic Magazine. “Además, este tipo de análisis lo podría utilizar cualquier agente no entrenado, ya que queremos desarrollar un dispositivo tipo tira reactiva, que cambiaría de color al contactar con la huella digital, de forma similar a las pruebas de embarazo o los medidores de glucosa.
A pesar del auge de otros métodos de identificación, de las huellas digitales se sigue intentando continuamente sacar más información. Se avanza en su análisis para obtener datos sobre el posible contacto anterior del individuo con explosivos o drogas, y también una reciente investigación preliminar ha indicado que sería posible obtener datos sobre la etnia de la persona, algo que está en discusión.
También está en discusión la posibilidad de conocer el aspecto de una persona -obtener un retrato robot- a partir de su huella genética. Una empresa estadounidense llamada Parabon ya ha empezado a ofrecer este servicio y la policía lo ha empezado a utilizar. En un caso en Coral Gables (Florida) la policía ha hecho público un retrato robot poco detallado de un agresor sexual en serie que siempre mantiene su cara tapada, por lo que ninguna de sus víctimas le ha podido ver. De su ADN se deduce que tiene el pelo y los ojos oscuros, los pómulos salientes y la barbilla puntiaguda, y que su ascendencia es latina. Pocos datos (nada sobre su estatura o su edad, por ejemplo) para un retrato robot que cuesta 4.500 dólares y que, según los críticos, se basa en unos conocimientos que todavía no están maduros para su aplicación forense. Pero, mejor es eso que nada, parece pensar la policía, a pesar de que la técnica no vaya a servir luego en el juicio.


© Diario Público


Las nuevas fronteras de Europa



El orden mundial en el S.XXI  


Durante siglos, Europa ha sido el escenario de continuos enfrentamientos entre vecinos que han empujado los límites de unos y otros en diferentes direcciones. Hoy, a pesar de que la violencia en el Viejo Continente se ha reducido considerablemente, todavía sigue produciéndose este tradicional baile fronterizo en los pocos conflictos armados que aún permanecen abiertos en la región. Sin embargo, estos cambios puntuales en las lindes de los estados europeos, a diferencia del pasado, ya no son los únicos movimientos fronterizos que pueden verse en Europa. Actualmente, el proyecto supranacional nacido en el mismísimo corazón del continente, la Unión Europea, sigue construyéndose a lo largo y ancho del mapa político europeo y a su paso ha ido configurando también una nueva línea divisoria. A un lado de la misma ondean ya las banderas azules, mientras que al otro, el izado de este símbolo de unidad está más o menos próximo pese a que, por el momento, no se ha producido.
La expansión del club europeo
Las raíces históricas de la UE se remontan al periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. En este momento, con los efectos del cruento conflicto que había asolado el continente europeo aún presentes, emergió entre las élites de distintos países europeos una voluntad de evitar que semejante destrucción pudiera volver a ocurrir. Finalmente, este anhelo acabó tomando forma y en 1951 se produjo la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA).
En esta iniciativa seis países –Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo– que acababan de enfrentarse en el campo de batalla, se comprometieron a gestionar sus industrias pesadas de forma común para evitar que cualquiera de ellos pudiera iniciar un nuevo conflicto armado con sus vecinos, como ya había ocurrido en el pasado. Este primer paso hacia la paz duradera pronto probó su valía y, al poco tiempo, estas naciones decidieron ampliar su cooperación hacia otros sectores económicos y constituir, para ello, una Comunidad Económica Europea (CEE).
Este “mercado común” de seis miembros nacido en 1957, pese a su corta andadura, rápidamente empezó a atraer a nuevos adeptos. Así, en los primeros años de la década de 1970 tres nuevos estados –Irlanda, Reino Unido y Dinamarca– hicieron oficial su ingreso en la comunidad y esta incrementó su número de socios de los seis iniciales a nueve. Posteriormente, ya en la década de 1980, se produjeron dos ampliaciones más en las que se incorporaron tres países del sur de Europa al bloque comunitario –primero Grecia y después España y Portugal– y antes de finalizar el siglo otras tres naciones –Austria, Suecia y Finlandia– entraron en el club europeo, que entonces pasó a ser de quince miembros y a denominarse en adelante Unión Europea.
La Unión, en relativamente poco tiempo, había conseguido, por tanto, un importante logro gracias a sus sucesivas ampliaciones: abarcar prácticamente toda Europa Occidental. No obstante, todavía no había conseguido avanzar hacia otros confines. La división en bloques ideológicos enfrentados había obstaculizado la llegada del proyecto comunitario al Este. Sin embargo, tras la disolución de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, esta traba fue poco a poco diluyéndose y la UE aprovechó este hecho para emprender dos ambiciosas ampliaciones orientadas casi en su totalidad hacia este punto cardinal. Así, en la primera década del nuevo siglo, doce nuevos Estados – Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Republica Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Chipre y Malta seguidos de Rumania y Bulgaria– hicieron su entrada en esta organización internacional de carácter regional.
Esta gran expansión de las fronteras comunitarias hacia el Este, que fue sin duda una de las más relevantes por sus dimensiones y por su significado histórico-político, no fue, sin embargo, la última. Una vez concluidas estas dos fases de ampliación, el discurso positivo que hasta entonces había acompañado a este proceso empezó a dar paso a otro en el que ya no se percibía la expansión como una “historia de éxito”, sino como una práctica que “fatigaba” el proyecto europeo. En este nuevo contexto dominado por el escepticismo, la Unión dio la bienvenida a su miembro número 28, Croacia, que, esta vez sí, dejó cerrado por el momento el ensanchamiento de la UE.
El proceso de selección
El desplazamiento de las fronteras de la Unión se ha desarrollado, hasta ahora, a distintos ritmos en los que se han ido incorporando diferentes países. Ahora bien, aunque pueda parecer que estas expansiones se han producido de forma automática, lo cierto es que los países que aspiran a ser miembros de este club europeo deben cumplir una serie de requisitos y superar con éxito un complejo procedimiento.
Las condiciones que debe reunir cualquier estado que quiera formar parte del bloque europeo vienen recogidas en el artículo 49 del Tratado de la Unión Europea o TUE. Sin embargo, estas exigencias básicas, que consisten en ser un Estado europeo y en respetar y promover los valores de la Unión que enumera el artículo 2 del mismo tratado, fueron posteriormente desarrolladas y concretadas. En 1993, en una cumbre celebrada en Copenhague, los Estados miembros establecieron una serie de criterios políticos, económicos y jurídicos o técnicos adicionales que consistían básicamente en alcanzar la estabilidad institucional, asumir la economía de mercado y demostrar capacidad para asumir las obligaciones derivadas de la condición de miembro. Posteriormente, los socios volvieron a introducir nuevas exigencias en las que también demandaban a los futuros solicitantes la adaptación de los marcos jurídicos nacionales y las estructuras administrativas propias antes de iniciar el procedimiento de adhesión en la UE.
Una vez se supera esta primera fase, los países aspirantes deben dirigir su solicitud a los Estados miembros representados en el Consejo. Estos, basándose en un dictamen previo solicitado a la Comisión, deben decidir por unanimidad si otorgan a los solicitantes la condición de candidatos y seguidamente acuerdan la apertura de unas negociaciones de adhesión. Cuando se supera este primer paso, se inicia entonces la siguiente etapa del proceso, la negociación, que se desarrolla por capítulos temáticos y que concluye también cuando los socios consideran que los candidatos han completado todos ellos de forma satisfactoria. Sin embargo, esta fase tampoco es la última. Tras las negociaciones, las partes –Estados miembros y candidato– deben suscribir un Tratado de Adhesión que debe contar además con el visto bueno del Parlamento Europeo y que, por último, debe ser ratificado por todas las partes contratantes. Una vez superada esta fase, ya sí se da por concluido el camino a la adhesión.
Por tanto, este enrevesado procedimiento, cuyo éxito final depende en buena medida de la voluntad política de los países que conforman la Unión, demuestra que las adhesiones y, en consecuencia, los cambios en las fronteras de la UE que estas traen consigo, no han ocurrido por inercia ni de un día para otro, sino que se producen tras recorrer un largo y estricto camino.
Las futuras fronteras de la UE
Los contornos que marcan los bordes de la UE no han variado desde que Croacia pasase a formar parte del bloque el 1 de julio de 2013. Sin embargo, estos límites esperan proseguir su avance, ya que ahora son otros países los que están en alguna de las fases previas al ingreso en este selecto club o llamando a su puerta. A los primeros se les denomina “candidatos” porque ya, en mayor o menor medida, han ido adaptándose a los requerimientos comunitarios, mientras que a los segundos se les conoce como “candidatos potenciales” porque no cumplen todavía los requisitos para incorporarse a la Unión.
Dentro del primer grupo, el que engloba a los llamados candidatos, se encuentran cinco países: Albania, Macedonia, Montenegro, Serbia y Turquía. Ahora bien, cada una de estas repúblicas se encuentra en una etapa diferente de su proceso de adhesión. Por un lado, Albania y la Antigua República Yugoslava de Macedonia están todavía en la fase previa al inicio de las negociaciones porque la primera tiene pendiente el cumplimiento de varias cuestiones prioritarias y la segunda no ha resuelto aún su pugna con Grecia por el uso de la denominación “Macedonia”. Por otro lado, Montenegro, Serbia y Turquía están ya inmersas a distintos niveles en sus respectivas negociaciones, aunque esta última, a diferencia de los otros candidatos, sigue aún tratando de desbloquear un camino cargado de obstáculos que inició en 1987.
Tras estos candidatos que van avanzado en sus respectivas adhesiones de manera dispar, hay otros dos estados localizados en los Balcanes occidentales que ostentan la condición de candidatos potenciales: Bosnia-Herzegovina y Kosovo. El primero ha suscrito ya varios acuerdos con la UE y sigue tratando de acercarse a ella, pero el segundo tiene por delante una ruta más compleja. Las autoridades kosovares, que mantienen actualmente un dialogo con las autoridades serbias para normalizar relaciones, han firmado un acuerdo con la propia Unión. Sin embargo, la futura entrada de este pequeño territorio tiene que salvar todavía el importante obstáculo que supone el no reconocimiento de su independencia por parte de algunos estados miembros.

Esta lista de territorios “en cola” demuestra, con independencia de que unos estén más cerca que otros de entrar, que los límites de la UE, de desplazarse, lo harán casi con toda probabilidad en la región de los Balcanes, ya que el entendimiento con Turquía no parece próximo y es improbable por el momento que la UE decida fijar su atención más al Este –Ucrania o Moldavia– o hacia la región del Cáucaso –Georgia, Armenia y Azerbaiyán.
Ahora bien, todavía es pronto para pronosticar si estos avances fronterizos acabarán produciéndose. El Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Junker, ha manifestado recientemente que las negociaciones con los países que hacen cola para entrar en la Unión proseguirán, pero que no se producirá ninguna ampliación a corto plazo. Este mensaje, de hacerse realidad, significaría implantar en los Balcanes un escenario de conversaciones que nunca terminan similar al caso turco que, en consecuencia, inmovilizaría la expansión de los límites comunitarios.
Estas “advertencias”, no obstante, no son el único elemento que pone en riesgo la ampliación de la UE, ya que los propios Estados que están inmersos en la adhesión también pueden en cualquier momento decidir abortarla como ha hecho Islandia que, pese a avanzar rápidamente en las negociaciones, recientemente ha solicitado dejar de ser considerado como país candidato a ingresar en la Unión.
Brexit o el abandono del barco
Hasta ahora, la UE ha ido engullendo un país tras otro y desplazando con ello sus fronteras. Sin embargo, al igual que existe un mecanismo para que nuevos estados pasen a formar parte del bloque comunitario, este proyecto supranacional también tiene previsto el movimiento contrario, es decir, la retirada. Esta posibilidad viene recogida en el artículo 50 del TUE que establece que la salida se hará efectiva cuando el estado miembro notifique a la Unión su voluntad de abandonar la comunidad y negocie con ella tanto las condiciones de retirada como la futura relación entre ambas partes.
Este camino, que implica tener que volver solicitar la adhesión y pasar de nuevo por todo el proceso en caso de posterior arrepentimiento, por el momento no ha sido puesto en práctica por ningún socio. Ahora bien, en un futuro no muy lejano es posible que el Reino Unido sea el primer país que se sirva de este procedimiento para dejar la UE.
Recientemente, el Primer Ministro británico, David Cameron, se ha comprometido a celebrar un referéndum sobre la permanencia británica en la Unión que tendría lugar a finales del año 2017. En esta consulta, que se produciría tras unas negociaciones con la UE en las que este país espera mejorar su encaje en la organización, el propio promotor de la votación, Cameron, llamaría a los británicos a votar a favor de la continuidad del Reino Unido si consigue avances en campos como la inmigración o la protección frente a ciertas medidas del mercado único.
Este referéndum, que bien podría hacer realidad un primer retroceso en las fronteras comunitarias, no ha sido, sin embargo, el primero que ha planteado Londres en estos términos. En 1975, tan solo dos años después de su ingreso en la comunidad europea, las autoridades británicas también plantearon una negociación y un referéndum posterior en el que los ciudadanos británicos se decantaron por seguir siendo parte del proyecto europeo.
Desde entonces este país se mantuvo en la Unión, pero siempre a cierta distancia de la corriente continental que abogaba por avanzar hacia una unión más estrecha. Así, en consonancia con este principio, el Reino Unido optó por no formar parte del espacio Schengen, mantener su moneda nacional y emplear la fórmula del “opt-out” en muchos asuntos. Sin embargo, incluso bajo esta relación especial, la distancia entre Londres y Bruselas no parece haber disminuido.
Ahora se plantea la posibilidad de avanzar hacia un escenario de Brexit, que significaría poner fin al vínculo que venía uniendo a ambas partes desde 1973 y conduciría al proyecto comunitario, casi con toda seguridad, hacia un nuevo escenario de incertidumbre. No obstante, aún es pronto para aventurar si la UE verá retroceder sus fronteras por primera vez, ya que no se puede predecir tampoco si este país conseguirá finalmente el encaje que demanda en el entramado comunitario o si los británicos decidirán recuperar la separación que históricamente ha representado el Canal de la Mancha.
La ampliación, un tanto a favor de la UE
En los últimos años el proyecto supranacional que encarna la UE está haciendo frente a un difícil contexto marcado por la recesión, la austeridad, el desempleo, las diferencias centro-periferia, la posible salida griega del Euro, la crisis migratoria… Sin embargo, incluso en este oscuro escenario que parece sugerir que la Unión esta a un solo paso del fracaso, son varios los países que siguen esperando, pacientes, poder hacer oficial su ingreso en ella. Estas peticiones de entrada constituyen sin duda una pequeña pero nada desdeñable muestra del éxito de este proyecto común, ya que demuestran que pese a las dificultades que atraviesa, la UE sigue siendo un imán para aquellos países que todavía no quedan dentro de sus límites.

Bloomberg: Que el govern espanyol faci una transició pactada i Catalunya sufragui a canvi una part del deute espanyol.


Recorda que, al contrari que el Regne Unit, Espanya no podria pagar el seu deute, i  ho relaciona amb un increment avui de la prima de risc espanyola
Lluís Bou
Bloomberg, el gran mitjà audiovisual nord-americà, ha deixat clar avui que una independència de Catalunya no podria ser unilateral; arribat el cas Espanya l'hauria pactar perquè ella sola no pot assumir el deute públic. "El govern del Regne Unit ha decidit garantir el pagament de tot el deute públic, però Catalunya és massa gran com perquè la resta d'Espanya pugui fer el mateix. És una qüestió molt més problemàtica per a Espanya",ha advertit Harvinder Sian, estratega del Royal Bank of Scotland a Londres, a l'emissora.

Segons Bloomberg, avui ja hi ha hagut un primer advertiment que el temor a una ruptura amb una Espanya enrocada pot influir negativament als mercats, perquè la prima de risc espanyola ha viscut la seva pujada més forta en els darrers quatre mesos. Els interessos que paga Espanya pel seu deute a 10 anys han viscut la seva pujada més pronunciada des del 15 de maig. S'han situat en el 2,21%, 13 punts bàsics més que al principi de la jornada. Ha estat també l'augment més fort entre tots els països europeus.

Analistes consultats per l'agència Bloomberg asseguren que el repunt respon als dubtes que la possible independència d'Escòcia es pugui contagiar a Catalunya, i que Espanya hagi d'assumir tot el seu deute. L'única solució llavors per tranquil·litzar els mercats, si efectivament hi ha independència, és que el govern espanyol faci una transició pactada i Catalunya sufragui a canvi una part del deute espanyol.

Aquesta de fet és una de les previsions que inclouen els documents del Consell Assessor per la Transició Nacional,que esdevindran el llibre blanc de la independència catalana.


xocs de trens entre Catalunya i Espanya

L'SPD alemany es pregunta si Madrid «desplegarà l'exèrcit» contra Catalunya
El responsable de la Fundació Ebert a l'Estat espanyol es mostra partidari del 9-N
Veu possible que els independentistes "ocupin carrers, estacions de tren i fronteres" si no hi ha consulta
B. Ferrer | Actualitzat el 07/07/2014 a les 15:00h

Anàlisi sobre el procés català a la revista del principal 'think tank' socialdemòcrata alemany.

La
 Fundació Friedrich Ebert és el gran think tank del socialisme alemany i, per tant, continental. És la fundació més gran i més antiga del Partit Socialdemòcrata alemany (SPD), dedicada a promoure la socialdemocràcia arreu del món. Ara, el seu òrgan d'expressió, IPG, dedica tota una peça, Die Widersprüche des Wohlstands-Separatismus, a analitzar el procés català, en què s'acaba preguntant obertament "què passarà si el govern central decideix desplegar l'exèrcit per dissoldre el govern regional de la Generalitat i anul·lar l'autonomia". L'anàlisi, signada pel delegat de la fundació a Madrid, Michael Ehrke, pretén discernir les raons de l'independentisme per entendre com s'ha arribat a la situació actual, alhora que també apunta tot d'escenaris de futur si el 9-N no hi acaba havent cap consulta, de la qual se'n mostra força partidari.

Ehrke veu l'independentisme català com un moviment egoïsta, "fruit de la crisi econòmica", que veu en l'Estat català la manera per posar fi a la solidaritat cap a d'altres territoris de la península. Tot amb tot, també li reconeix que és un moviment "activament pro-europeu" -"a les manifestacions la bandera europea hi és gairebé tan present com la catalana", escriu-, un fet que veu "contradictori" amb la suposada insolidaritat del catalanisme. "I, malgrat tot, aquesta contradicció interna forma part del caràcter del moviment independentista català", apunta.

Tot amb tot, el representant de la fundació socialdemòcrata a l'Estat també veu que el "nacionalisme espanyol" ha acabat impulsant el moviment independentista català, i situa la sentència del Tribunal Constitucional espanyol (TC) en contra de l'Estatut, així com el paper del PP, com un altre dels fets clau que explica la situació política actual. De llavors ençà, el catalanisme ha entrat en "una espiral de contínua d'autosuperació" que ha anat acompanyada de "cadenes més llargues, torres humanes més altes, més i més banderes, i demandes cada cop més radicals."

La consulta, "el millor punt de partida"

Ehrke, de fet, acaba reconeixen un "impuls genuïnament democràtic" en la demanda del dret a decidir, i en certa manera recomana que l'Estat autoritzi la consulta del 9 de novembre. "El referèndum o les eleccions anticipades no creen un nou estat. Són la manifestació d'una voluntat i, per tant, el millor punt de partida de les negociacions sobre la retirada o la pervivència en la federació espanyola".

Tot i aquesta predisposició envers la consulta, Ehkre veu a venir que no serà possible, perquè "el clima per a negociacions constructives és molt dolent", tant per part del govern espanyol com dels partidaris de la independència, "que defensen que el conflicte no pot tenir cap altra resolució que la plena independència, un fet que converteix les negociacions en bàsicament supèrflues".

Feta tota aquesta descripció, escriu: "Queda com a pregunta oberta què passa si no hi ha un acord negociat, no hi ha una secessió negociada seguint el patró de Txecoslovàquia, ni tampoc una negociació sobre si Catalunya pot mantenir-se en una Espanya federal o confederal. Si el govern central desplega l'exèrcit per dissoldre el govern regional i suspendre l'autonomia? Si els partidaris de la declaració unilateral d'independència ocupen carrers, estacions de tren i fronteres? Llavors, el sovint citat xoc de trens entre Catalunya i Espanya podria ser una descripció adequada."

El problema español

Ya no caben medias tintas para afrontar el encaje de Cataluña en la España democrática, sólo quedan dos opciones: federalismo o autodeterminación. Se impone una reforma constitucional pactada por PSOE y PP

 6 de enero de 2010

SI LOS ESPAÑOLES TUVIERAN CORAJE DESARROLLARIAN EL ESTADO AUTONÓMICO EN SENTIDO FEDERAL, SI LO TUVIERAN LOS CATALANES, CONCRETARIAN LO QUE QUIEREN Y PONDRÍAN LOS MEDIOS PARA LOGRARLO

Suele leerse en las síntesis de Historia de España ésta o parecida frase: "A comienzos del siglo XX, España tenía cuatro problemas: el religioso, el militar, el agrario y el catalán". Cien años después, los tres primeros se han resuelto o diluido, pero permanece incólume el cuarto, que, al condicionar de forma determinante la vida pública española de la última centuria, merece ser designado -más que como el problema catalán- como el problema español. La prueba de ello está en el hecho de que cada vez que España se libera de la ortopedia dictatorial que compensa la congénita debilidad de su Estado, el problema fundamental a resolver al tiempo de redactar la Constitución es el de la estructura territorial del Estado. Así sucedió en los albores de la II República, tras la dictadura del general Primo de Rivera, y al inicio de la Transición, tras la dictadura del general Franco.
La fórmula ideada por la Transición para encauzar este problema fue incluir en el pacto constitucional originario el diseño básico del Estado de las Autonomías. En el bien entendido de que este pacto ponía en marcha un proceso dinámico, consistente en una progresiva redistribución del poder político, concorde con el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado y respetuoso con la cohesión social y la solidaridad interterritorial. Un proceso que habrá de culminar en una estructura política federal. Un proceso, por último, que no puede abortar una de las partes sin infringir el pacto constitucional originario.
La fórmula, como todas las transacciones, fue fecunda y ha contribuido durante un cuarto de siglo a dar vida a una de las etapas más venturosas de la historia de España. Pero, llegado el momento de dar un paso adelante en el desarrollo del Estado Autonómico, se inició la ceremonia de la confusión. Unos se enrocaron en una defensa numantina de la intangibilidad constitucional, invocando el nombre de España para preservar su posición de privilegio; otros precipitaron la reforma estatutaria, sin percibir que no se puede excluir a media España de una reforma que, por ser fruto del pacto constitucional originario, requiere el concurso de todas las fuerzas que alumbraron aquél; y hubo quien, por último, prometió lo que no debía, procedió con ligereza insólita y ha terminado por mirar hacia otro lado cuando las letras comenzaban a vencer. No obstante, este despropósito tiene unas raíces hondas, que nadie me había dejado tan claras como lo hizo, hace meses, un español anónimo. En efecto, este verano, al día siguiente de una cena de agosto, un asistente -colega castellano de mi quinta, que trabajó muchos años en Cataluña y regresó luego a su tierra- me envió esta nota:
"Ayer no hablé cuando salió el tema de Cataluña. No tenía nada que decir. Hoy, sin embargo, te remito tres observaciones -ni tan sólo ideas- a lo que se dijo. Son éstas:
1. El debate España-Cataluña es tramposo por ambas partes. Admito que es tramposo por parte de España, ya que buena parte de los españoles no ha asumido que el Estado de las Autonomías es el embrión de un Estado federal que habría de desenvolverse hasta consolidarlo, y lo ven como un subterfugio con el que dar largas a las aspiraciones de autogobierno catalanas. De ahí vienen la inercia centralizadora de la Administración, la erosión de competencias por la vía de la legislación básica y de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, etc. Pero admíteme también que buena parte de los nacionalistas catalanes tampoco juega limpio, porque, por debajo de la su secular ambición de refaccionar el Estado, ha latido siempre una soterrada aspiración a la independencia.
2. No hay federalistas ni en España ni en Cataluña. Es frecuente oír en Cataluña que resulta imposible la consolidación de un Estado federal por la falta de federalistas españoles. Lo admito, si bien añado que tampoco hay muchos en Cataluña. En cuanto rascas un poco, te encuentras con que lo que pretende la mayoría de los llamados federalistas catalanes es una especie de relación bilateral Cataluña-España, bajo la que se esconde una implícita aspiración confederal.
3. Hay un recíproco y grave error de raíz. Muchos españoles no aceptan que Cataluña sea una nación, es decir, una comunidad con conciencia de poseer una personalidad histórica diferenciada y voluntad de proyectarla al futuro mediante su autogobierno. Y, a la recíproca, muchos catalanes niegan a España como nación, reduciéndola a la condición jurídica de Estado -Estado español-, cuando lo cierto es que -como tú dices- es "una nación de tomo y lomo, con una mala salud de hierro". De lo que se desprende que el conflicto histórico entre España y Cataluña es el choque frontal de dos naciones: una que no ha tenido fuerza para absorber a la otra, y otra que no ha tenido fuerza para desligarse de aquélla.
Si los españoles tuviesen coraje, desarrollarían el Estado Autonómico en sentido federal (Senado, organismos de colaboración verticales y horizontales, concreción de las competencias federales a ejercitar por la Administración central), dejando la puerta abierta para que pueda marcharse la comunidad autónoma que así lo quiera. Y, si los catalanes tuviesen coraje, concretarían lo que quieren y pondrían los medios para conseguirlo, sin renunciar a nada con el pretexto de que "Madrid" no lo permitirá. Nunca más volverá a subir por las Ramblas una bandera de la Legión con la cabra al frente.
Comparto este análisis. Y lo hago con hastío y pena, porque pienso que -sin ponderar sus respectivas culpas- ambas partes se cierran, cada día más, a una solución transaccional que, en aras de sus respectivos intereses, alumbrase un proyecto compartido. Por ello, como ha escrito Josep Ramoneda, "ha llegado ya el momento de plantear las cosas sin rodeos: Cataluña quiere más poder y España no quiere dárselo. Quizá afrontar el problema directamente, sin eufemismos, facilitaría el entendimiento".
Así las cosas, hay que tener presente que el trozo de tierra que se extiende del Pirineo a Tarifa y del Finisterre al "cap de Creus", dejando al margen Portugal, sólo puede articularse políticamente de cuatro maneras: (1) Como un Estado unitario y centralista, que no llegó a cuajar y ya nunca será. (2) Como una Confederación o un Estado federal asimétrico, que acarrearían la cantonalización y subsiguiente destrucción del Estado. (3) Como un Estado federal simétrico (si bien con diverso contenido competencial), del que el Estado Autonómico es embrión. (4) Y como diversos Estados independientes.
Lo que significa que, en la práctica, las opciones se reducen a dos: Estado federal o secesión. ¿Cómo hacer posible esta disyuntiva? Es precisa una reforma constitucional que sólo puede ser abordada tras un pacto previo entre el partido que esté en el gobierno y el primer partido en la oposición, es decir el PSOE y el PP, el PP y el PSOE. Un pacto abierto a los otros partidos que quieran sumarse. Ahora bien, para emprender esta senda hace falta vista larga y coraje. Algo que hoy no abunda.
Termino. Rechacé en su momento la deriva confederal del proyecto de Estatuto aprobado por el Parlamento de Cataluña; consideré luego como un fracaso político de primera magnitud que este mismo Estatuto, aprobado en referéndum tras su criba por el Parlamento español, fuese impugnado ante el Tribunal Constitucional; y afirmo ahora que, dada la naturaleza política del gravísimo contencioso que subyace bajo estos hechos, el problema subsistirá incólume cualquiera que sea el alcance de la sentencia. Se ha sobrepasado ya el punto de no retorno: la desafección de unos, el hastío de otros y la falta de un proyecto compartido por todos hacen que la cuestión deba plantearse -antes o después- en toda su radicalidad, de un modo semejante a como se hizo en Canadá: federalismo o autodeterminación. Los que ofician de realistas dirán que esto es un dislate. Yerran: Dios ciega a los que quiere perder.

Juan-José López Burniol, notario, es miembro de Ciutadans pel Canvi.

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