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jueves, 29 de diciembre de 2016

Sudafrica un rompecabezs con una convivencia complicada

Sudáfrica, retrato de la disparidad

Mujeres zulúes haciendo un baile tradicional. Los zulúes son una de las principales etnias de Sudáfrica. Fuente: Visual Uprising

Sudáfrica, retrato de la disparidad


En este artículo desarrollamos el problema de la desigualdad en Sudáfrica. 
Desde que el país se convirtiera en la S que cerraba el grupo de potencias emergentes de los BRICS, ha entrado en la lupa de la inversión económica internacional y ha dado lugar a una relativamente mayor atención mediática. 
La compleja red de factores que marca la estructura socioeconómica del país llenaría varias tesis doctorales, pero en lo que nos ocupa haremos un pequeño acercamiento a la naturaleza y forma de sus disparidades.
Andile y Notombi viven en una gigantesca casa en un próspero barrio de Pretoria. De etnia zulú, ambos son diseñadores de bolsos de lujo. Su historia, aunque no es tan frecuente, no habría sido posible hace tan solo unas décadas. Se saben afortunados y se enorgullecen de que sus hijos vayan a poder ir a una buena escuela y a tener una vida mucho más sencilla y completa que la que ellos tuvieron durante su infancia. 
Hacerse a uno mismo en Sudáfrica no es tarea sencilla: las trabas socioeconómicas y culturales lo convierten en una carrera tanto de fondo como de obstáculos.
A casi 1.500 km de distancia, en un barrio suburbial de Ciudad del Cabo, la familia Labuschagne sobrevive en una situación muy diferente. Desde hace más de lo que recuerdan, viven en un barrio de chabolas. Varias familias comparten zonas comunales y, aunque no pasan hambre, sí que tienen dificultades para costearse una operación, un empaste o los libros del colegio. 
Viven al día y su trabajo nunca está asegurado. Si vivieran en Estados Unidos, serían llamados white trash (‘basura blanca’); en este país son afrikaners pobres. 
Aunque reconocen que el final del apartheid tiene que ver con su actual situación, no se atreverían a reivindicarlo abiertamente. 
Sí que creen que se ha dado la vuelta a la tortilla y que ser blanco ya no te convierte automáticamente en privilegiado: el ticket a la buena vida depende hoy de otros muchos factores.
Hay infinidad de documentales y reportajes que pretenden mostrar una Sudáfrica de igualdad de oportunidades en términos de raza. Utilizan para ello a familias negras ricas y a familias blancas pobres que relatan su experiencia y presentan un ideal meritocrático de movilidad social. 
Aunque no deja de ser cierto que la pobreza se ha saltado la barrera de la raza y que una parte de la población, antes inevitablemente excluida de la riqueza, se lleva ahora una parte de la tarta, basta con rascar un poco y emergen gruesas grietas en este idealizado retrato de la sociedad sudafricana.

Rompecabezas étnico

Fuente: Dance Works
Conviene empezar explicando que la sociedad sudafricana es profundamente heterogénea en cuanto a grupos étnicos y culturas y que la división blancos-negros es una simplificación extrema. 
En esta tierra conviven 58 grupos étnicos reconocidos; entre los blancos se encuentran los descendientes de holandeses y los de origen inglés, entre otros muchos; entre la población negra, los principales grupos son los zulús, xhosas, basothos, bapedis, vendas, tsuanas, tsongas, suazis y ndebeles. 
Junto con estos, encontramos un grupo de difícil traducción al español, los que llamaríamos ‘de color’, en inglés colored. 
Este grupo se compone de descendientes entre blancos y negros, aunque sus progenitores africanos solían pertenecer a la etnia joisán, considerada “menos negra” y, por ello, más apta para la procreación.
Sin profundizar en la cuestión, quizá sea necesario explicar que los conceptos de negritud y las escalas de diferenciación que se establecen son constructos sociales difícilmente defendibles, pero que siguen considerándose importantes en la representación y autopercepción de muchos de los grupos. 
Recordemos que la eugenesia y su discurso de pureza racial hizo estragos en la división social del apartheid, y que además el grupo de los colored se ha considerado a sí mismo algo superior al resto de etnias negras, algo que sigue resintiendo las relaciones entre este grupo y los demás.
Por último, encontramos un creciente porcentaje de población asiática o de origen asiático (2,5%). Estos, como los colored, no eran tan directamente discriminados como por ejemplo los zulús, pero tampoco eran considerados iguales a los blancos.
Como casi cualquier relación de poder social, el apartheid encontraba su representación territorial en los bantustanes, divisiones territoriales con cierta autonomía en las que convivían poblaciones relativamente homogéneas conforme a un reparto étnico-tribal del país. 
En los años 90, con la llegada al poder del Congreso Nacional Africano (CNA), se disolvieron estas tierras y se concedieron plenos derechos civiles a sus habitantes. 
Curiosamente, esta marginación de las comunidades negras dio lugar a un sentimiento de comunidad interna, por el que además se rechazaba a poblaciones de fuera.
La importancia de trazar un marco sobre las relaciones entre grupos étnicos reside en entender que la reconciliación en el país no era solo un apretón de manos entre un representante negro y otro blanco. Las fisuras entre etnias negras y entre estas y los colored aún siguen muy presentes. 
No olvidemos que una de las técnicas británicas, luego adoptadas por otros colonizadores, era aprovechar las divisiones tribales para controlar a las poblaciones autóctonas con el famoso “Divide y vencerás”. 
Es decir, son años de resquemor y desconfianza que, aunque unieron a sus integrantes a finales del siglo XX contra el enemigo común, el apartheid, siguen pesando en las relaciones intergrupales de hoy.
Por poner un ejemplo actual de la compleja relación entre grupos étnicos y cuotas de poder, cabe señalar que Jacob Zuma, actual presidente del país, ha comenzado una estrategia de asignación de puestos de poder a miembros de la etnia zulú, a la que él mismo pertenece. 
Zuma es uno de los casos que se presumen meritocráticos: de una infancia pobre al puesto más alto de poder, la presidencia del país.
Para ampliarInforme sobre las relaciones entre grupos étnicos tras elapartheid, South African Institute of Race Relations, 2015

Retrato de la desigualdad

Nelson Mandela es quizá una de las figuras más respetadas y admiradas en el mundo. Su lucha vitalicia por la igualdad y los derechos humanos lo llevó a pasar años en la cárcel, donde tuvo que sobrevivir a torturas y trabajos forzados. 
Durante su presidencia, considerada todo un símbolo de transición para Sudáfrica, su partido, el CNA, privilegió la paz y la convivencia a la redistribución y las comisiones de justicia. 
Pasar página, en ese momento, consistió en hacer algo de oídos sordos para avanzar en una complicada reconciliación, aunque esta se antojara aún más difícil, sin profundizar de verdad en las reparaciones y comisiones de verdad.
Para ampliar“El legado de la exclusión racial en Sudáfrica”, Fernando Rey en El Orden Mundial, 2016
El CNA no tenía, a pesar de los votos, el poder suficiente para echar un pulso a los poderes fácticos en manos de los blancos. 
La comunidad internacional, aunque felicitaba a Madiba por terminar con el apartheid y liderar la transición democrática, no iba a tolerar una verdadera ruptura con el régimen anterior basada en la redistribución de tierras y propiedades. 
Es más, durante la transición se acordó respetar los títulos de propiedad de la tierra de los blancos, aun si los orígenes de estos eran dudosos. 
A cambio, se prometió al electorado negro una reforma agrícola que facilitara el acceso a la tierra a la mayoría negra. Es importante resaltar que esta reforma nunca terminó de llegar.
Evolución de los diferentes grupos raciales del país demográficamente y según su ingreso promedio. Puede observarse un mayor acceso a los recursos de la población negra, pero el crecimiento promedio de ingresos sigue siendo limitado en proporción al de otras, como la asiática. Fuente: Pew Research
El reparto de la tierra quedó por tanto como la gran asignatura pendiente del régimen transicional sudafricano. 
Es un tema fácil de utilizar electoralmente y que afecta a muchas personas, ya que, aunque la economía sudafricana no está tan ligada como la de otros países africanos a la agricultura, una importante parte de la población —entre un 35 y un 40%— vive todavía en zonas rurales con una economía de subsistencia. 
Hubo voces dentro del CNA que demandaron la expropiación de tierras a la élite blanca para proceder a su reparto equitativo, como más tarde se haría en Zimbabue. 
El ala más conciliadora, con Mandela como cabeza más visible, optó por la promesa de una reforma sin expropiaciones directas a los colonos terratenientes. 
La no expropiación directa y la promesa de una reforma fueron puntos importantes en la negociación contra el apartheid que de hecho aparecen en la sección 25 de la Constitución sudafricana   (1996).
Aunque en la Constitución se opta por la no expropiación directa, se reconoce que debe indemnizarse —justicia reparadora— a aquellas poblaciones rurales que, como consecuencia de las políticas de discriminación racial, perdieron sus tierras durante el apartheid. 
Investigar todos los casos y demostrar a qué se debieron las expropiaciones se antoja sumamente difícil, especialmente si ponemos sobre la mesa el tiempo transcurrido y la escasez de herramientas jurídicas para la debida investigación de los hechos. 
Hasta el momento, la gran mayoría de afectados no ha recibido una compensación y los que la han recibido lo han hecho con reparaciones ridículas. 
Otra dimensión central a tener en cuenta es la del género: las mujeres no suelen aparecer en estos casos de reparación y su acceso actual a la tierra es mucho menor que el de los hombres.
Cuando Mandela llegó al poder, el 87% de la tierra estaba en manos de los blancos, que en ese momento suponían algo menos del 10% de la población total. 
El CNA, aconsejado por los expertos del Banco Mundial (BM), propuso medidas no drásticas de redistribución mediante la ampliación del acceso a compras de propiedad a largo plazo, para las que concedía recursos a las familias negras que quisieran comprar propiedades. 
Estas medidas no estuvieron a posteriori respaldadas por nuevos recursos ni políticas de formación o know-how, lo que precipitó su fracaso. En el 2010 solo se había logrado distribuir un 8% cuando en los planes iniciales elaborados junto con el BM se barajaba un reparto del 30% de las propiedades.
Muchos consideran hoy que esta fue una decisión desacertada, especialmente porque, con la llegada de un nuevo statu quo y la nueva alineación de fuerzas, hay pocos interesados en el poder en remover la cuestión de la propiedad de las tierras, aunque siguen siendo muchos los afectados. 
El nobel y economista Thomas Picketty hacía la recomendación al Gobierno sudafricano de emprender reformas en esta dirección para solventar mayores problemas. 
Dentro del campo, el desigual reparto aún despierta resquemores y, bien dirigido y organizado, podría hacer tambalear la estabilidad política.
Puede criticarse la decisión de Mandela, pero la comparativa con Zimbabue sirve para relativizar la cuestión. 
Las promesas de reparto de tierras que realizó el líder de este país, Mugabe, supusieron numerosas expropiaciones a partir del siglo XXI con la intención de repartirlas a posteriori de forma equitativa entre la población negra. 
La primera parte del plan, expropiar tierras a la élite blanca, se implementó, pero el siguiente paso, su reparto equitativo, se saltó para dar lugar a una adjudicación de tierras a dedo de forma caciquil. Puede decirse que se cambió el problema en forma, pero no en esencia.
Para ampliar“Zimbabue, un país para un solo hombre”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2016
Sudáfrica, como Zimbabue, tiene muchos problemas de corrupción y de falta de transparencia, lo que no quiere decir que el turbio reparto del segundo fuera necesariamente a repetirse en la experiencia sudafricana. 
No cabe duda de que es un mal referente que alienta en contra de una posible reforma de las propiedades agrícolas a manos del actual Gobierno.
Las aspiraciones de redistribución se llevaron a otros sectores durante el mandato de Mandela, que puso en marcha una serie de políticas de discriminación positiva que pretendían una redistribución en el sector secundario y terciario menos dramática que la que algunos grupos proponían. 
Entre estas está el Black Economic Empowerment (BEE), una medida que obliga a todas las empresas públicas a tener un 51% de negros en puestos directivos o con títulos de propiedad. 
Esta medida también se aplica para aquellas empresas que se presenten a concursos públicos y trabajan con el Estado, aunque no sean públicas.
El BEE ha derivado en la creación de una nueva élite negra manteniendo la exclusión de la mayoría. 

Fuente: Africa is a Country

El Black Economic Empowerment ha sido duramente criticado con los argumentos que frecuentemente se utilizan contra la discriminación positiva, a saber, que no es beneficioso para las empresas, porque se eligen candidatos por su color y no sus méritos; que estigmatiza a los negros como incapaces de hacerse por sí solos con puestos de importancia, etc. 
Lo cierto es que no ha dado todos los resultados que se esperaban; aún hace falta una redistribución más profunda e integral de los recursos que empiece además antes, como por ejemplo en la educación. Se ha logrado abrir la puerta para una nueva élite negra, pero no se han sentado las bases para una transformación hacia una sociedad más igualitaria.
Sudáfrica es uno de los países más desiguales del mundo. Algunos de los indicadores son aterradores: cerca del 65% de la riqueza está en manos de un 10% de la población. 
Y esto sin contar con la falta de transparencia con respecto a los títulos de propiedad y de riqueza, que hace que muchos analistas internacionales se quejen de las dificultades de analizar verdaderamente la distribución de recursos en el país. 
Como dijo Picketty durante una conferencia celebrada in situ, en muchos aspectos, Sudáfrica es más desigual hoy en día que lo era durante el apartheid. 
La afirmación misma hizo remover en sus asientos a los asistentes, que recordaron la dura convivencia durante los tiempos de la segregación racial, pero el economista francés se refería a la distribución de la riqueza; la cuestión del origen racial de su reparto es otra.

El desarrollo como hoja de ruta: ¿el sueño de Madiba?

La dimensión económica es sin duda importante, porque sobre ella recae una parte importante del peso de la reconciliación, y, aunque es innegable que la situación de la población negra y de color ha mejorado en el país, no es menos cierto que sigue siendo una tarea pendiente
Para empezar, antes toda la riqueza estaba en manos de la población blanca; hoy, entre el 5% de los más ricos, hay un 20% de no blancos, incluidos negros, asiáticos y de color. Estas cifras son un avance, pero hay más números con los que contrastar. 
Así, los blancos representan alrededor del 9% del total de población, un porcentaje considerablemente bajo, especialmente si se compara con la cantidad de poder económico que ostentan.
Estamos ante un país de contrastes que, a pesar de un sostenido crecimiento económico, aún no ha logrado traducirlo en verdadero desarrollo. 
Algunos indicadores, como el índice Gini, lo sitúan incluso por detrás de la India y de Brasil en términos de desigualdad. 
Comparte con estos dos países la denominación de BRICS y la consideración de potencia emergente, además de líder regional. 
Tiene con estos en común la lista de indicadores económicos desconcertantes que lo sitúan en un lugar puntero en algunos aspectos, pero que lo empujan a la cola en muchos otros.
Dentro de África, es de los países que más destacan en términos de PIB per cápita, posee recursos naturales y tiene además una importante industria. 
En algunos ámbitos, como el periodístico, dejaría muy atrás a muchos países europeos en cuanto a recursos invertidos y calidad. No obstante, es un país muy inseguro, donde el nivel de personas por debajo del umbral de la pobreza es del 31,3%  y enfermedades como el VIH siguen protagonizando su historia.
Una parte importante de los problemas que afectan hoy al país provienen sin duda de la desigualdad socioeconómica, que hunde su verdadero potencial. 
Y sí, la discriminación económica por raza ha encontrado algunas excepciones en los últimos años y algunas familias de origen africano han logrado romper su techo de cristal, pero es indudable que la pobreza en el país sigue discriminando entre razas y, sobre todo, sigue lastrando el desarrollo de su población. 
No debemos dejar que una serie de casos de éxito perturben nuestra visión: las divisiones de clase y étnicas siguen teniendo una influencia decisiva en las posibilidades de ascenso social de cualquier niño que nazca en la Sudáfrica de hoy, y con eso no soñaba Madiba en su celda.
By Inés Lucíaelordenmundial.com

la isla de los emigrantes: Australia

Australia, la isla de los emigrantes

Fuente: ABC Australia

Australia, la isla de los emigrantes


El fenómeno de las migraciones está transformando el mundo del siglo XXI. Una de las grandes preocupaciones de los Gobiernos y también fuente de riqueza y diversidad enfrenta a defensores y detractores. 
Pero ¿qué ocurre cuando un Estado necesita de la inmigración para su supervivencia? 
Nacionalismo y multiculturalismo chocan en la historia de una nación que ejemplifica esta coyuntura: Australia.
En un enclave geopolítico único en el hemisferio sur, tan cerca de Asia y, sin embargo, una aliada natural de Occidente, nos encontramos a Australia, la reina del Pacífico. Mundialmente conocida como destino turístico para el primer mundo por sus largas playas de arena, su exótica fauna y flora y sus cálidas gentes, también es uno de los principales destinos para otro tipo de perfiles: cientos de migrantes y peticionarios de asilo llegan a diariamente a sus costas en busca de una vida mejor.
Australia fue el noveno país del mundo que más migrantes acogió en 2015, con un 6,8% del total global. 
Ese mismo año, el 28,2% de su población no había nacido en Australia; si comparamos este porcentaje con el equivalente en Estados Unidos, país que más inmigración acoge del mundo, nos encontramos con que la población inmigrante tan solo integraba el 13,3% de la población total estadounidense
Pero ¿qué significado tienen todos estos datos y por qué son tan reveladores? 
El multiculturalismo y el nacionalismo australianos son dos características antagónicas de una misma sociedad que han marcado su historia y han definido sin quererlo la realidad de este país en el siglo XXI, lo que aventura un futuro complejo lleno de retos por resolver.
“El Peligro amarillo”. Viñeta contra la inmigración asiática del siglo XIX. Fuente: The Conversation

Una nueva tierra de oro y presos

Caprichosamente, la colonización australiana quiso coincidir con dos sucesos que estaban generando gran descontento en el Imperio británico: 
la reciente pérdida de las colonias americanas en 1783 y la creciente superpoblación en sus prisiones. 
El Pacífico y aquellas nuevas tierras descubiertas apenas una década antes resolvieron la coyuntura y pronto zarparon los primeros barcos con prisioneros británicos con el fin de establecer una colonia penal. 
A aquel éxodo no tardaron en sumarse hombres libres atraídos por las posibilidades de una vida nueva, quienes se convirtieron en los encargados de poner las primeras piedras de lo que se convertiría en la nación australiana.
Estas nuevas tierras no solo atraerán a ciudadanos europeos. 
En 1842, Reino Unido obliga a China a abrir sus fronteras al comercio, lo que resulta en la llegada de los primeros pobladores chinos a Australia. 
No es hasta unos años más tarde, a principios de la década de 1850, cuando se produce una auténtica oleada de inmigración asiática tras el descubrimiento de extensos campos de oro en Australia.
Con la fiebre del oro comienzan a formarse los primeros barrios exclusivamente chinos dentro de las poblaciones mineras y llegan a conformar hasta un tercio de algunas de ellas en pleno apogeo por el metal precioso. 
No tardaron en darse las primeras tensiones entre la población china y la europea, con un auténtico choque cultural entre ambos sectores. 
La competencia económica que suponían los asiáticos en las minas de oro aviva las tensiones raciales con revueltas como la de Buckland River en 1857 o las marchas anti-China de finales de 1860.
Otros dos grupos diferenciados se sumaban a la identidad multicultural de la isla: los camelleros afganos y los isleños.
A pesar de su nombre, el primer grupo no se encontraba exclusivamente formado por afganos, sino que se trataba del nombre utilizado para designar a un grupo más amplio proveniente de Turquía, Egipto y diversas regiones de las actuales Paquistán, India e Irán. 
Llegaron a Australia a comienzos de la década de 1840 como la solución a un grave problema al que se enfrentaban los primeros colonizadores: las vastas tierras aún por explorar eran demasiado áridas para sus caballos traídos desde Europa. 
Los camellos, en cambio, acostumbrados a condiciones climáticas más arduas, se convirtieron en los animales perfectos para aquel inhóspito terreno y con ellos vinieron reclutados sus dueños.
El segundo grupo se encontraba integrado por los habitantes de otras islas vecinas en el Pacífico, concretamente de la Melanesia.
Los isleños eran traídos a Australia como mano de obra para trabajar en las minas de oro y, especialmente, en las plantaciones de azúcar al considerarlos los europeos más preparados para el trabajo en ellas.
Ni los camelleros afganos ni los isleños del Pacífico pudieron eludir los conflictos raciales a los que igualmente se enfrentaba la población china. 
Los pobladores europeos toleraban forzadamente su presencia en Australia por motivos de necesidad, pero los conflictos en las distintas poblaciones formaban parte de la rutina de las colonias y no tardaron en convertirse en un asunto espinoso que orientara una parte importante de las primeras políticas de Australia como Estado confederado.

La Australia blanca

Las tensiones no solo no cesarán, sino que serán avivadas aún más a finales del siglo XIX por nuevas corrientes de pensamiento europeas en defensa de la superioridad de la raza blanca. Sus consecuencias en la política migratoria son el origen de la llamada Australia blanca.
La materialización más directa de esta política fue la restricción de la inmigración. Se comenzó a jugar con la idea de un perfil de inmigrante concreto: el europeo cualificado. 
Estos a su vez eran los más escasos debido a la lejanía y al viaje, de modo que el Gobierno británico se vio obligado a poner en marcha un plan de control de la inmigración con dos políticas paralelas: restricción y fomento. 
Bajo la primera, comienzan por restringir la entrada de inmigrantes asiáticos, aunque no se expulsa a los que ya se encontraban allí. Los isleños de la Melanesia, en cambio, correrán otra suerte diferente y serán deportados a sus islas del Pacífico. 
La segunda parte del plan será puesta en marcha por un nuevo sistema de subsidios e incentivos: las prestaciones ofrecidas por el Gobierno británico para ayudar a aquellos de sus ciudadanos que deseasen comenzar una nueva vida en la isla australiana aumentaban o disminuían según la necesidad de mano de obra que se requiriera desde el Pacífico.
Debemos recordar que, hasta este momento, Australia estaba compuesta por distintas colonias independientes que funcionaban prácticamente como cuasi-Estados bajo las órdenes de la Corona británica. 
El deseo de regular desde las propias colonias la inmigración que llegaba a la isla fue uno de los motivos que llevó a muchos a promover la idea de un Gobierno nacional australiano. 
Tras un complejo proceso de casi dos décadas, numerosas asambleas y dos referéndums con el fin de coordinar y poner de acuerdo a las seis grandes colonias británicas originarias —Australia Occidental y Meridional, Nueva Gales del Sur, Queensland, Tasmania y Victoria—, con el comienzo del año 1901 se crea la Mancomunidad de Australia y las antiguas colonias se convierten en territorios federados del nuevo Estado.
Esta nueva situación no cambió demasiado la visión hacia los inmigrantes no europeos. 
En diciembre de 1901 pasaría a aprobarse la Ley para la Restricción de la Inmigración, que limitaba aún más la entrada al país de inmigrantes no europeos y facilitaba la deportación de los isleños. 
La medida más destacada para decidir la aptitud de los inmigrantes era un dictado en cualquier lengua europea, lo que suponía una barrera casi imposible de superar para la mayoría de los aspirantes. 
Aunque dicha ley contemplaba algunas excepciones para ciudadanos japoneses, filipinos y malayos, las consecuencias de estas políticas no tardaron en percibirse con un descenso de la población en la primera década de hasta 43.000 habitantes. 
Años después, en 1919, el primer ministro Billy Hughes denominaría la ley de 1901 como su logro más importante.
La actual estructura confederada australiana es heredera de las primeras colonias independientes. Fuente: Google Maps
La gran depresión de finales de la década de 1920 y el estallido de la Segunda Guerra Mundial harán temblar los cimientos de esta Australia aferrada a la idea de la raza blanca. 
Tras enfrentarse a una dura recesión económica y la falta de mano de obra que afectó a todos sus sectores, Australia se verá obligada a abrir sus fronteras a los nuevos refugiados europeos que se encontraban huyendo desde países del bloque soviético. 
Australia se convierte en país de asilo con el fin de mantener su propia supervivencia, y sus nuevos habitantes aportarán notas de color a una cultura cambiante y en continua definición que comienza a abrirse a la modernidad.
La mentalidad australiana había comenzado a cambiar y la oposición a las políticas de la Australia blanca no solo empezaban a calar hondo entre la población, sino también se hacían un hueco importante en las más altas esferas políticas del país.

Harold Holt y el fin de una era

Harold Holt no era nuevo en el mundo de la política australiana cuando en diciembre de 1949 ocupó el cargo de ministro de Inmigración. 
Tras haberse convertido en el parlamentario australiano más joven con tan solo 27 años, ahora, casi quince años después, se enfrentaba a uno de los puestos más problemáticos. 
El Partido Liberal retomaba por partida doble el poder poniendo al frente como primer ministro a Robert Menzies, último liberal en el cargo en 1941.
El tándem Holt-Menzies comenzará una serie de reformas que relajarán de manera notable el efecto de las políticas de la Australia blanca: se expande el programa migratorio comenzado en la legislatura anterior, se permite que aquellas personas no europeas que hubieran residido más de 15 años en Australia puedan obtener la nacionalidad y Australia se convierte en Estado parte de la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados. 
También se pone en marcha el plan Colombo dentro de la Mancomunidad con el fin de fomentar el desarrollo económico y social dentro de la región Asia-Pacífico y que tuvo como principal consecuencia la entrada de numerosos estudiantes asiáticos en Australia.
La medida más notable fue la derogación de la Ley de Inmigración de 1901, que fue sustituida por la de 1958. 
En ella se establecía un nuevo sistema de clases de visados, se eliminaba la prueba de dictado como requisito de entrada y se recogían las condiciones de deportación, entre otros muchos aspectos que siguen estando vigentes en la actualidad.
En 1966, Harold Holt ocupará el cargo de primer ministro por un breve periodo hasta 1967, cuando desaparecerá sin dejar rastro mientras nadaba en el océano Pacífico una mañana de diciembre. 
Durante esa fugaz legislatura se llevan a cabo importantes medidas: comienzan a aceptarse solicitudes de residencia en función de criterios como la profesión que, a pesar de seguir limitando a todos aquellos que no se considerasen suficientemente cualificados, eliminaba formalmente el criterio de raza. Holt nunca sabría que su mandato había asestado un golpe mortal al muro impenetrable que habían erigido en torno a la nación los defensores de la Australia blanca.
En 1973, Australia accede al Protocolo de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que extiende la protección de dicha convención a un alcance internacional sin ninguna restricción temporal —la Convención de 1951 tan solo incluía bajo el concepto de refugiado a los afectados por los acontecimientos “en Europa” tras enero de 1951—.
Ciertamente, se mantuvieron algunos estándares sobre cualificación y, en muchos casos, los oficiales de migración australianos acudían ellos mismos a los campos de refugiados en países como Tailandia o Indonesia para seleccionarlos en función de su formación o sus conocimientos de inglés. 
A pesar de ello, se incrementó notablemente la presencia de refugiados provenientes de Sudamérica, Oriente Próximo y Asia e incluso se acuñó el término boat people para referirse a ellos por llegar a la isla en barcos.

Ni contigo ni sin ti: un dilema histórico para la Australia del presente

Desde la década de los 90, la política australiana sobre inmigración se divide entre dos ideas que compiten sobre la delgada línea de la estabilidad del país. 
Llevando la simplificación al extremo, podría decirse que el debate está servido entre menores cuotas y mayor homogeneidad de la sociedad o mayores cuotas y multiculturalismo.
Ejemplo del primer caso es la conocida como One Australia Policy. Esta es promovida por primera vez en 1996 bajo el Gobierno liberal de John Howard y su lema era “Una sola nación, un solo futuro”. 
Su finalidad era reducir el multiculturalismo dentro de Australia recurriendo de nuevo a la raza como aspecto determinante, lo que causó una disminución importante en el número de inmigrantes asiáticos. 
Estas políticas generaron rechazo dentro del Partido Liberal, pero también se especula con que fueron el origen del partido ultraconservador y nacionalista One Nation de Pauline Hanson, quien definía el multiculturalismo como “una amenaza a las bases de la cultura, la identidad y los valores australianos”.
“No haréis de Australia vuestro hogar”. Campaña del Gobierno australiano contra la entrada por vías ilegales al país. Fuente: Gobierno de Australia
Por otro lado, nos encontramos el Big Australia Project, promovido por los laboristas bajo Kevin Rudd. 
En él se pretende ampliar las cuotas de inmigración con un objetivo simple: pasar de los 22 millones de habitantes de 2010 a los 35 millones en 2050.
En la actualidad, defensores y detractores se enfrentan en todos los niveles de la sociedad. 
Las preocupaciones sobre la seguridad han hecho que no solo se mire con recelo desde los sectores más nacionalistas a la inmigración asiática, sino que también se han extendido hasta incluir factores religiosos, como profesar el islam, con uno de cada dos australianos a favor de prohibir la entrada de musulmanes en el país.
Sin embargo, los recientes desafíos internacionales y el aumento de las llegadas a Australia de inmigrantes y solicitantes de asilo ha inclinado la balanza hacia las políticas más restrictivas, sin distinción de qué partido político se encuentre en el Gobierno.  
Así, la ley australiana obliga a la detención de todos aquellos que entren sin visado en su territorio hasta que este les sea otorgado o se los expulse —no hay límite de tiempo—. 
No solo las condiciones y la superpoblación de dichos centros,denunciados internacionalmente por violar los derechos humanos, suponen un problema, ya que, al tratarse legalmente de detenciones, suponen una penalización al solicitante de asilo, lo cual está prohibido en el Derecho internacional.
La llamada “Solución del Pacífico”, implementada entre 2001 y 2007, permitió escindir del área migratoria legalmente definida como territorio australiano a numerosas islas del Pacífico. 
Con la entrada en 2013 de laoperación Bordes Soberanos, es el Ejército el que pasa a encargarse de la gestión fronteriza y de asilo, por lo que se endurecen aún más las condiciones y se reduce nuevamente su espacio migratorio. 
Cuando las aún denominadas gentes del barco llegan al área marítima australiana, son redirigidas a las islas periféricas, como Nauru o Manus  —cuyo centro de detención será cerrado oficialmente tras la presión internacional— hasta que se determina su estatus. 
Si se les concede el estatuto de refugiado, solo se les permite asentarse en dichas islas, Papúa Nueva Guinea o incluso se los envía a otros Estados asiáticos, como Camboya. 
Ningún refugiado que adquiera el estatus desde un centro periférico tiene permiso para asentarse en Australia a menos que el ministro de Inmigración lo solicite formalmente.
Para ampliar: “The Nauru Files”, reportaje en The Guardian sobre los documentos filtrados que reportaban los abusos en el campo de detención de Nauru.
“Conectadnos a la vida, no a la muerte. No más Nauru”. Protestas en el campo de detención de la isla de Nauru.  Fuente: ABC Australia

Australia, un tapiz de culturas

A pesar de lo anterior, podría afirmarse que el problema australiano se encuentra tan solo en las vías de entrada ilegales. 
A través de la colaboración con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), el país acepta una media de 12.000 refugiados para su reasentamiento en Australia, y entre 2015 y 2016 ha aumentado su cifra hasta los 25.750 refugiados.
Sea como fuere, Australia no solo se expone al escrutinio internacional en relación a sus políticas migratorias y de asilo: su economía, mercado laboral, pensiones e incluso la sanidad y educación, que se nutren de la presencia de estudiantes internacionales de países en desarrollo, sufrirían un duro golpe del que la Historia ha probado que sería difícil recuperarse sin recurrir nuevamente al fomento de la inmigración.
La Historia también ha demostrado que el desarrollo y progreso australianos necesitan de la inmigración para sobrevivir, a pesar del antagonismo histórico con el nacionalismo. 
El futuro de su inmigración es complejo e inquietante, pero lo único cierto es que no es posible negar el multiculturalismo que ha servido para tejer cada una de las coloridas capas del tapiz que es hoy Australia.
By Lorena Muñozelordenmundial.com

objetivo de las multinacionales: SAQUEAR ARGENTINA

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Vienen por todo:multinacionales saquean de Argentina el litio, el “oro blanco”

Lo llaman el “oro blanco”. El mineral del futuro. 
Aunque no hay que ir tan adelante: en el primer trimestre de este año aumentó su valor en un 47% y la tonelada supera los 7600 dólares. 
Todas las miradas apuntan al litio. 
Con él se hacen baterías para elementos electrónicos, desde celulares hasta automóviles, y se usa para almacenamiento de energía. 
Argentina tiene un 20% de los yacimientos mundiales. 
Y si bien en los últimos años se habían anunciado proyectos estatales para darle valor agregado, la quita de retenciones y el precio en alza son un señuelo inmejorable para las mineras. 
La oleada de empresas privadas extranjeras que se internan voraces en el extractivismo de la materia prima ya arrancó. 
Lo que se pierde es el proyecto del litio como una industria nacional.
La riqueza de este suelo despierta el entusiasmo de capitales extranjeros, que llegan al país para hacerse de este mineral, necesario para la fabricación de #baterías para celulares, otros productos #electrónicos y autos eléctricos. El avance de YPF y últimos movimientos de empresas foráneas.
En la minería, los referentes no ocultan su entusiasmo. 
Observan cómo la llamada “materia prima del futuro” despierta cada vez mayor interés entre las empresas y el público inversor.
No es para menos, ya que el litio es el insumo clave a partir de la cual se elaboran las baterías de celulares, de otros dispositivos tecnológicos y de los autos eléctricos, productos en franco crecimiento y, en este último caso, en plena ebullición.
La necesidad de hacerse de este preciado mineral, y de mayores cantidades, le suma al sector minero protagonistas de peso a nivel global. Y, al Gobierno, un buen caudal de dólares para la tan mentada lluvia de inversiones.
La decisión del macrismo de quitarle las retenciones a esta actividad revitalizó el atractivo por ir en busca del litio que, dicho sea de paso, no abunda en el mundo pero sí en la Argentina.
Esta materia prima que yace en suelo local ya venía atrayendo a corporaciones de diferentes países, de modo tal que la iniciativa oficial no hizo otra cosa que acelerar los tiempos.
En las provincias del norte es en donde más se evidencia este proceso inversor, como así también el desembarco de nuevas compañías, tal como sucede en Salta o Catamarca.
En la actualidad, la Argentina ostenta el tercer lugar a nivel mundial en términos de producción (no de reservas) de litio, ubicándose por detrás de Australia y Chile.
No obstante, en estos últimos años es cuando más aumentó la explotación: sólo en 2015 se alcanzaron las casi 4.000 toneladas, un 20% más que en el período anterior.
Aquello que alienta a los inversores a traer sus dólares es el potencial que presenta el país, habida cuenta de que su obtención aún se ubica muy por debajo de la de Australia (13.400 toneladas) y Chile (11.700 toneladas).
Esto explica por qué en estas tierras se registró ese notable crecimiento interanual, en contraposición a lo sucedido en las dos naciones mencionadas (1 y 2% respectivamente).
Además, la Argentina ya ocupa el segundo lugar en el ranking de países a los que más le compra Estados Unidos, con un 38%, por debajo de Chile (58%) y muy por encima de China (3%), según informó el Departamento de Geología estadounidense en base a datos de los últimos tres años.
Este mineral no es del todo homogéneo y los tipos de litio que pueden obtenerse varían según la zona geográfica. 
Se obtiene a partir de la evaporación y purificación de la salmuera, un líquido que es bombeado a través de perforaciones en diferentes salares.
Las empresas del mundo lo demandan para la elaboración de baterías (35%), cerámicas y vidrios (32%), grasas lubricantes (9%), purificación de aire (5%) y polímeros (4%), entre otros tantos usos.
Empresas, atraídas por la riqueza argentina
Esta variedad permite, en gran medida, explicar el “boom” inversor en suelos albicelestes.
Como parte de ese proceso de desembolsos aparece, solo a modo de ejemplo, una firma chilena (Sociedad Química & Minera de Chile, SQM) que se hizo de la mitad de la compañía Exar, controlante del yacimiento Caucharí-Olaroz, en Jujuy.
SQM extendió sus movimientos hacia la Argentina luego de haber sufrido encontronazos con el gobierno trasandino que, en su momento, hasta pugnó por retirarle la licencia de operación.
La controlada por Julio Ponce, ex yerno del dictador Augusto Pinochet, quedó en el centro de la polémica tras una denuncia por haber financiado de manera irregular a varios políticos.
En este contexto, la intención de la compañía es intensificar su labor en Jujuy con una clara finalidad: 
llegar a producir hasta 40.000 toneladas anuales a lo largo de las próximas tres décadas.
Para ello, SQM ya comprometió una inversión “piso” de u$s500 millones, en la que se contempla el desarrollo de una planta de procesamiento. Además, pasó a formar parte de una sociedad de la que también participan “pesos pesado”.
Concretamente, los productores de baterías Magna Internacional, la automotriz Mitsubishi Corporation y JEMSE, una compañía estatal jujeña.
En la actualidad, Exar es dueña de los derechos mineros de litio sobre más de 110.000 hectáreas. Se estima que las reservas alcanzan casi los 5 millones de toneladas de carbonato, además de 7,7 millones de potasio.
“Argentina permite la extracción y esto es lo que atrae a los extranjeros, que están muy interesados en desarrollar y en potenciar nuevas zonas de búsqueda”, señaló a iProfesional Julio Ríos Gómez, titular de Gemera, la cámara que nucléa a las mineras que exploran suelo albiceleste.
“De hecho, en China se viene realizando una serie de actividades para promover inversiones, con jornadas a las asistieron tres compañías con experiencia en la extracción de litio”, ejemplificó.
Para la minería argentina, el litio es una de las principales vedette. Los empresarios asiáticos que participan de esta actividad quieren conocer más de cerca la realidad local para luego desembarcar o sumar inversiones”, remarcó Ríos.
Por cierto, las competidoras de SQM no quieren quedarse atrás en la carrera por hacerse de este importante mineral.
Una de ellas es Albemarle Corporation -de Rockwood Lithium – que anunció la firma de un convenio con Bolland Minera, que contempla los derechos exclusivos de exploración y adquisición del Salar de Antofalla, en Catamarca.
Su elección lejos está de ser aleatoria: 
este salar tiene potencial como para ser uno de los más importantes y le permitirá alcanzar un mayor volumen de extracción respecto del que hoy ostenta Chile.
Invertirán entre u$s8 millones y u$s12 millones anuales sólo en estudios de viabilidad técnica y prevén que la explotación podrá extenderse hasta unos 7 años.
El objetivo, ambicioso por cierto, es el de abastecer el 50% de la nueva demanda mundial de litio.
Por cierto, Bolland también es un jugador activo en la obtención de otro mineral muy requerido en el mercado tecnológico, conocido como “tierras raras”.
Desde hace al menos cinco años, viene realizando monitoreos para identificar y aprovechar este insumo oculto, principalmente, en suelo cordobés.
El proceso inversor se acelera y suma protagonistas de diversas latitudes.
Un grupo de empresarios chinos llegó a Salta en el marco de las tratativas encaradas con el grupo australiano Enirgi, que planea producir carbonato de litio en la Puna salteña.
La agencia estatal china State Development & Investment Corp (SDIC), que posee activos por u$s 76.000 millones, también forma parte de la “movida”.
Participa de negocios en el sector de las energías renovables y ha realizado importantes inversiones en parques solares, plantas de energía eólica y fábricas de baterías de litio.
En tanto, Mitsubishi es otro de los “peso pesado” con ganas de desembolsar más dólares en la Argentina. 
Sus autoridades ya informaron que apostarán por la extracción de cobre en San Juan.
Esto, en un contexto en el que el embajador nipón, Noriteru Fukushima, expresó: “Los japoneses vemos con mucho interés todos los cambios que está haciendo Mauricio Macri”.
Pero hay más. Empresarios de países como Australia, Canadá y China también evidencian sus ganas por sacarle más rédito al suelo argentino.
En este caso, apuntan a hacerse fuertes en Catamarca. En particular, para potenciar la explotación de litio en la zona de la Puna.
Tal es el atractivo que despierta este mineral que hasta logró desplazar al oro del ranking de los más demandados, a partir del incremento de su valor a nivel mundial.
Distribución
El litio se encuentra mayormente en los salares de Jujuy, Salta y Catamarca, otorgándole a esas provincias en particular -y al país en general- una riqueza envidiable.
En suelo argentino yace la tercera reserva mundial de litio.
De hecho, en el sector es común que varios expertos identifiquen a la nación como integrante de una potencial “Arabia Saudita del litio” junto con Chile y Bolivia.
No es para menos, ya que en conjunto poseen el 80% de las reservas comprobadas. Claro que los tres difieren en las políticas para su extracción.
Se estima que el volumen presente en estas tierras alcanza las 130 millones de toneladas, suficiente como para abastecer la producción de baterías para autos, computadoras o celulares de buena parte de Asia durante, al menos, cuatro años.
Esta riqueza que ofrece el territorio local adquiere una mayor relevancia en la captación de capitales si se tiene presente lo que sucede en el “vecindario”:
– En Bolivia, Evo Morales mantiene vetada la explotación privada del recurso.
– En Chile, las autoridades dejaron de ofrecer concesiones a los interesados en extraer el mineral, a raíz de los escándalos vinculados con las entregas.
By Annurtvannurtv.com

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