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carta respuesta a la Vicepresidenta del gobierno español

Sra. Vicepresidenta:
No es la solidaridad de los españoles que salvan a Catalunya. Es Catalunya que salva a españa. Son las cantidades que su gobierno debe a Catalunya. En concreto a todos los catalanes les hace falta 16.000.000.000 de euros cada año, si tuviéramos esta cantidad, le aseguro, que no necesitaría Catalunya acudir al FLA para que se le preste una cantidad de la que es propietaria y que su partido está exprimiendo sin compasión.
Quiero que sepa, Sra. que España sin Catalunya no podrá sobrevivir, pero maltratar al motor de la economía de España es como gastar la gasolina de un vehiculo y ni repostar a la estación de servicio.


Espero que en un futuro próximo estas palabras se las tenga que tragar para pedir ayuda a Catalunya cuando ésta ya no forme parte del estado español.


atentamente: Un ciudadano del mundo que le ha tocado vivir en un país de ladrones

La decisió de la CUP...

La CUP ha parlat, ha decidit que Artur Mas no sigui president per casos de corrupcions que porten a les esquenes el seu partit CDC.

Totes dues formacions están enrocades per mantenir-se uns en la potrona del poder, altres per canviar un sustema enquistat desde els seus fonaments.

Penso que ara es hora de anar tots junts per un unic camí, el de la independencia, s'ha d'arribar a un acord. Tot depend de ERC que es el únic que pot posar seny a aquest girigall, a de treure a Artur Mas pel bé del procés independentista que el sacrifiqui. Per una persona no se pot tirar per la borda  la gent que tots els anys de procés ha anat a manifestacions er demanar JA DIEM PROU DE TANTS ABUSSOS PER PART DE L'ESTAT ESPANYOL.

Ara toca decidir a JuntsPelSi se sacrifica a Mas per conseguir la independencia o mantenir l'èlit que només vol la independencia per mantenir-se al poder i continuar expoliant catalunya com a fet la familia Pujol.


Que decidiu JuntsPelSi?, manttindreu a Mas o fareu cas al 1.900.000 persones que van votar a partits independentistes?

LA REPRESIÓN DE FELIPE V SOBRE CATALUÑA



 Tras la Guerra de Cataluña o Guerra de Secesión catalana (1640-1659) la corona española había conseguido el control de la Diputación, del General y del Consejo de Ciento mediante las desinsaculaciones, esto es, la exclusión de todos aquellos que no fueran afectos al rey, de las listas de posibles candidatos en sendas instituciones. La Generalitat había perdido su poder, pero el Consejo de Ciento, a través de los Usajes y la gran cantidad de privilegios recibidos de los reyes de Aragón, habían situado a Barcelona en una posición única dentro de Cataluña y de toda la corona española: nombramiento de cónsules ultramarinos, de embajadores propios, acuñación de moneda propia, guarnición militar propia mediante la coronela gremial de Barcelona, privilegio de cobertura y condición sus consellers de Grandes de España. En 1704, en los albores del estallido de la Guerra de Sucesión Española, el marques de Mancera manifestaba ante el Consejo de Estado que «todo el Principado de Cataluña consiste en la posesión de Barcelona». El Brazo militar escapó de dicho control al ser sus oficiales escogidos ad aurem secret, impidiéndose así cualquier intervención del monarca.

En los albores de la guerra de Sucesión el Brazo militar impulsará la coaligación de las tres instituciones mediante la «Conferencia de los Tres Comunes», conferencia con la que conseguirá arrastrar tanto a la Diputación, como al Consejo de Ciento, a una confrontación abierta contra los crecientes atisbos de absolutismo de Felipe V, y que acabará con el estallido de la rebelión de Cataluña y el inicio de la Guerra de Sucesión en el interior de España, aún cuando el rey fue el único monarca español desde hacía 200 años en aprobar el tribunal de Contrafacciones que garantizaba la aplicación de las Constituciones catalanas y resolvía de manera suprema ante cualquier acción por parte del rey.



El 3 de noviembre de 1701, Felipe V se encuentra por fin con su esposa en Figueras, y los reyes instalan ese invierno su Corte en Barcelona. Con la entronización de la nueva dinastía, la Casa de Borbón, la monarquía fue puesta a prueba por las instituciones catalanas. La nueva dinastía necesitaba consolidarse, y se encontraba en su máxima debilidad, y después de pugnar duramente contra los tres comunes, Felipe V acabaría jurando sus constituciones y fueros.

En las Cortes catalanas de 1701-1702, Felipe V aprobó la creación del Tribunal de Contrafacciones, que entró en funcionamiento en 1703, a raíz del decreto de expulsión que Felipe V ordenó contra el comerciante holandés Arnald Jäger, una expulsión que vulneraba las constituciones catalanas, lo que supuso que automáticamente la conferencia de los Tres Comunes de Cataluña solicitara que se cursara causa de contrafacción. El mismo Felipe V reconocería que tras la Cortes de 1701-1702, los catalanes «habían quedado mas Repúblicos que el parlamento alusivo a ingleses».

Como comenta el mismo Pedro Voltes Bou, “el monarca trató de concitarse la benevolencia de los catalanes no sólo con  la generosidad  en las Cortes, sino con  su acogedora actitud  personal. En las Cortes se había  obtenido  la  satisfacción del viejo  anhelo  de  comerciar  con América  y  se  trazaban  cauces más favorables  para  el  resurgimiento económico de Cataluña” Fuente: http://www.raco.cat/index.php/BoletinRABL/article/viewFile/196387/269870

Así es, explicaba el gran historiador catalán Jaime Vicens Vives, que Felipe V aprobaría en Barcelona concesiones muy importantes como un puerto franco para la ciudad y el establecimiento del comercio catalán con las Indias…». Pero como aquejaba en la época el  marqués  de San Felipe. “por tantas gracias y mercedes que se concedieron, se ensoberbeció más el aleve genio de los  catalanes ; la misma benignidad del Rey dexó mal puesta la autoridad, porque blasonaban  de ser temidos y pidieron  tantas  cosas,  aun superiores  a  su esperanza  para que la repulsa diesse motivo  a la quexa  y algún pretexto  a la traición  que meditaban  ...”.

Nos indica Virginia León, de la Universidad Complutense de Madrid, que con el establecimiento de la Corte temporalmente en Barcelona  “los cargos palatinos fueron ocupados por nobles españoles, principalmente catalanes” (P. Voltes, 1966, I: 518). “El limitado apoyo recibido por el pretendiente austríaco puede explicar la abundante concesión de mercedes y títulos de nobleza a sus partidarios. Esta política, que ha sido definida como de oportunista y demagógica (J.Mª Torras i Ribé, 1981: 207), iba dirigida a confirmar, mantener y aumentar la adhesión de los españoles a Carlos III de Austria”. Las concesiones recibidas por la nobleza catalana de Carlos de Austria fue lo suficiente importante como para traicionar a Felipe V, rey que en principio la nobleza catalana reconoció, como así lo hicieron el resto de territorios españoles y europeos, y que además de respetar los Fueros catalanes, también les daba los mayores privilegios en 100 años.

La guerra se empezó a gestar en Europa, no en España. Lo que cambió el curso de las afecciones en Europa fue la precipitación y prepotencia de Luis XIV, que hizo saber que mantenía los derechos sucesorios de su nieto, Felipe V, a la corona de Francia, por lo que concentraba el poder de dos de las coronas más poderosas de Europa en un mismo monarca, desequilibrando el poder europeo a favor de este. Con respecto al caso catalán, fue el mero oportunismo de obtener aún mayores privilegios de Carlos de Austria, lo que les llevó a decantarse por el apoyo a este, y se equivocaron en la apuesta.

El camino a la victoria sería largo y tortuoso, y aún siendo un conflicto internacional, al final, como explica Ricardo de la Cierva, “la victoria final de Felipe V y María Gabriela se ganó en los campos de batalla de España, pero dependió sobre todo de la adhesión popular, un factor moral». Nos explica el autor que cuando toda Europa creía que Felipe V perdería inevitablemente su trono teniendo en su contra a todas sus potencias excepto a Francia, y a toda la Corona de Aragón rebelada contra él en España, a pesar de los primeros levantamientos contra el monarca en Castilla le ocurrió una especie de milagro: “la adhesión inquebrantable y absoluta de la antigua Corona de Castilla a unos Reyes que apenas habían tenido tiempo de arraigar en España”

Independientemente de lo acontecido en los campos de batalla tanto en Europa como en España, con las primeras derrotas en los ejércitos borbónicos y sus subsiguientes remontadas, el fin de la guerra vendría determinada por la inesperada muerte del hermano del Archiduque Carlos, que le proclamaba heredero al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, como Carlos VI de Alemania.

Esto implicaría la necesidad de Inglaterra y Holanda de poner fin cuanto antes a la guerra, ahora para evitar que no hubiese un Carlos III de España y VI de Alemania. Felipe V, deseoso de poner fin cuanto antes a la guerra, también renunciaba solemnemente al trono de Francia el 9 de noviembre de 1712. 

Valencia y Aragón ya habían caído a lo largo de la contienda bajo control borbónico. En el Tratado de Utrecht  Felipe V concedía a los rebeldes catalanes «la amnistía y todos los privilegios que poseen y gozan y en adelante puedan poseer y gozar los habitantes de las dos Castillas, que de todos los pueblos de España son los más amados del Rey católico».

Pero la emperatriz Isabel Cristina, esposa del ya Carlos VI engañaba a los representantes y gobernantes catalanes con promesas cada vez más vanas sobre el apoyo del monarca a su causa. Temiendo estos por las posibles represalias de Felipe V, sabiendo que no respetaría sus privilegios y constituciones, y contando aún con las promesas que les había hecho Inglaterra antes de adherirse a la causa austracista de defenderles hasta el final , las tres instituciones de gobierno catalán se reúnen en junio de 1713 y deciden resistir hasta el final.

El 10 de julio de 1713 España firma el Tratado de Utrecht por el que entrega a Inglaterra
Menorca y Gibraltar, implicando el fin de la contienda con Inglaterra y Holanda, y el abandono de estas potencias de la causa en Cataluña, a pesar de los intentos de los diplomáticos catalanes. Carlos VI no firmaría el tratado por lo que la guerra contra el Imperio se mantendría. 

La flota británica bloqueó a la emperatriz Isabel Cristina de Brunswick aún establecida en la corte de Barcelona, y a las tropas imperiales que seguían defendiendo el Principado de Cataluña frente a la ofensiva de las tropas de Felipe de Borbón. Tras la ocupación de las plazas de Landau y de Friburgo por el ejército francés, Carlos VI se convence que ha finalizar la contienda.

Se iniciaron las negociaciones de paz en la ciudad alemana de Rastatt a principios de 1714, y el 14 de febrero fallece la Reina María Luisa Gabriela. Felipe V entra en depresión abandonando durante un tiempo las negociaciones.

Cuando Felipe V vuelve a ocuparse de negociar con Carlos VI, la prioridad era el reparto de las posesiones de Centro-Europa y terminar con la contienda en Cataluña.

El caso de los catalanes pronto se convirtió en la cuestión más difícil porque las posiciones eran prácticamente insalvables. Carlos VI pretendía que Felipe V se comprometiera a promulgar una amnistía para sus "vasallos rebeldes" tanto catalanes como mallorquines y a no derogar las leyes e instituciones propias del Principado de Cataluña —ni del reino de Mallorca también del lado austracista— si la emperatriz y las tropas imperiales lo abandonaban.

Pero Felipe V ya no perdonaría lo que consideraba una traición de los gobernantes catalanes, ya que estos habían mantenido el apoyo a la causa austracista aún firmándose la Paz de Utrecht, lo que por otro lado había alargado la guerra. El soberano francés estaba decidido a aplicar en Cataluña y Mallorca la misma "Nueva Planta" que había promulgado en 1707 para los "reinos rebeldes" de Valencia y de Aragón y que había supuesto su desaparición como antiguos reinos de España, acomodándolos en una organización provincial a imagen de Francia.

La negativa a hacer ningún tipo de concesión la argumentaba así Felipe V en una carta remitida a su abuelo Luis XIV:

“No es por odio ni por sentimiento de venganza por lo que siempre me he negado a esta restitución, sino porque significaría anular mi autoridad y exponerme a revueltas continuas, hacer revivir lo que su rebelión ha extinguido y que tantas veces experimentaron los reyes, mis predecesores, que quedaron debilitados a causa de semejantes rebeliones que habían usurpado su autoridad. [...] Si [Carlos VI] se ha comprometido en favor de los catalanes y los mallorquines, ha hecho mal y, en todo caso, debe conformarse del mismo modo que lo ha hecho la reina de Inglaterra, juzgando que sus compromisos ya se veían satisfechos con la promesa que he hecho de conservarles los mismos privilegios que a mis fieles castellanos”.

El 6 de marzo de 1714 se firma el tratado de Rastadt en el que Luis XIV cede al Imperio las tierras a la derecha del Rin, Carlos VI abandona la contienda en Cataluña, y sin informar a los gobernantes catalanes evacua a la emperatriz de Barcelona.

Felipe V volvió a negociar con los catalanes, los cuales, desconocedores de los términos de Rastadt, que suponía el abandono definitivo de Carlos VI, lo rechazaron no solo exigiendo el mantenimiento de sus fueros e instituciones, sino además tres millones de libras para compensar los daños de la guerra. 

Como contestación, Felipe V pone al duque de Berwick, el vencedor en Almansa, en la dirección del tercer asedio a Barcelona (el primero fue por parte del bando austracista al inicio de la Guerra de Sucesión). El 6 de julio, ponía frente a Barcelona un importante contingente francés y sin la más mínima oposición de Inglaterra, 40.000 hombres y 140 cañones.

Y así llega el 11 de septiembre de 1714. El historiador catalán Ferrán Soldevila, en Síntesis de la historia de Cataluña, afirma: «La defensa fue tan heroica que suscitó el estupor y la admiración de toda Europa, ganándose el respeto de sus adversarios en sus figuras más dignas”.

No menos reseñable es el comportamiento del vencedor, el duque de Berwick. Escribe De la Cierva: «El duque de Berwick, asombrado por el valor de los defensores, con quienes no se ensañó en momento alguno, otorga bajo palabra, pero sin firma, la capitulación; en la que ofrece la vida y la seguridad personal a quienes depongan las armas y la pena de muerte a quienes, de uno u otro bando, se desmanden después del armisticio. Tan admirable o más que la heroica defensa es el comportamiento de la ciudad al empezar la mañana: las tropas borbónicas entraban con orden, sin tropelías ni abusos, pero con sorpresa desmedida al contemplar cómo los barceloneses emprendían, en los comercios, los talleres y ante las casas, su quehacer diario como si no hubiese pasado nada».

Es complicado encontrar en la historiografía documentación sobre represalias de Felipe V hacia pueblo catalán, en parte porque mucha documentación y diarios fue destruida tras la guerra. Se sabe que ambos contrincantes exiliaban a quienes apoyaron a su rival durante la guerra procediendo a la confiscación de bienes de los vencidos, y esta constatado que, como explica Virginia León entre otros, “poco después de finalizar la Guerra de Sucesión, Felipe V había iniciado un proceso de normalización con la concesión del perdón a quienes habían faltado al juramento de fidelidad, o, al menos, a sus familias”, entre ellos el conocido “martir” Rafael Casanova, que como tantos otros fue perdonado por el rey, volvió del exilio y murió de viejo.

Joaquim Albareda, historiador catalán contemporáneo que ha mostrado su repulsa hacia el recientemente celebrado simposio de historia con el título “España contra Cataluña”, y uno de los mayores conocedores de la Guerra de Sucesión, explica que como secuelas de la posguerra en Cataluña fue la tristeza “como las delaciones de catalanes contra catalanes... Y el diezmo de horca: ejecución del 10% de prisioneros de cada municipio catalán”.

Parece que fue Valencia, a lo largo de la contienda bélica, la que sufriría mayor represión por parte de los ejércitos borbónicos. Como explica Carme Pérez Aparicio (La guerra de sucesión en Valencia. Retrospectiva historiografía y estado de la cuestión, Universitat de València), Valencia fue privada incluso del Derecho Privado (a diferencia de Aragón y de Cataluña) y, según varios historiadores, tras la ocupación por las tropas felipistas, sufrió una fuerte represión durante los primeros 3 años tras su ocupación, de la que los casos de Vila-real y Xàtiva serían los más extremos, con escritos documentando saqueos, incendios y ejecuciones.

Las represalias ejercidas por Felipe V tras el fin de la guerra de Sucesión en Cataluña son complicadas de constatar y suelen ser motivo de debate en la comunidad científica.

Algunos historiadores como Josep Maria Torras y Ribé o Vicente Moreno Cullell, explican que “El régimen de terror y la represión brutal que, después de la firma del Tratado de Utrecht, los borbónicos habían empezado a aplicar en los territorios que dominaban se mantuvo, como mínimo, durante unos dos años más, hasta que, el 1716, Felipe V promulgó el Decreto de Nueva Planta, el cual definía las nuevas instituciones de Cataluña. Una de las muestras del carácter represivo del nuevo régimen fue la construcción en Barcelona de la Fortaleza de la Ciutadella [para controlar la población], operación para la cual hubo que destruir una gran parte del barrio de la Ribera uno de los más céntricos y poblados de la ciudad". (https://can.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_Successi%C3%B3_Española). 

Pero por otro lado se sabe que el mismo Duque de Berwic promulgaba en septiembre de 1714 que “con este motivo de conservar y no destruir los vasallos de su magestad se ha venido a conceder por gracia la vida a todos los pueblos y demàs personas que se hallan en Barcelona. Tanbién que no se sequeará la ciudad y cada uno podrá vivir en su casa, como de antes, en la ciudad, sin que por lo passado se les haga ningún processo de lo que han echo contra el rey. En quanto a las tropas regladas que ay dentro de la plaza, serán a discreción conforme las costumbres de la guerra a semejantes casos, pero se les concede la vida”.

En lo que se demuestra por la documentación histórica encontrada en exiliados catalanes tras la guerra, protegidos por la corte de Viena, parece que la represión física a partir de la caída de Barcelona se centró principalmente en la guerrilla rural y en los jefes militares más emblemáticos, pero no se produjeron episodios especialmente violentos contra la población catalana.

La documentación encontrada en estos exiliados denotan quejas sobre esos procesos de exilio, y sobre lo que consideraban la aplicación de una abusiva carga fiscal sobre los catalanes, especialmente a través del nuevo impuesto del catastro.

Josep Maria Torras (1714: Felip V Contra Cataluña) afirma: “Para los catalanes de la época, el nuevo modelo de fiscalidad introducido por el catastro significó de repente tener que pasar de un concepto de 'contribución' votada en Cortes como un donativo al monarca, a un modelo de impuesto coactivo y desorbitado, en la fijación del cual no habían participado en absoluto, y que además era recaudado por la fuerza de las armas del ejército de ocupación”.

Pero la realidad fue que los catalanes estaban acostumbrados a efectuar unas aportaciones fiscales mínimas a la monarquía, en contra de los castellanos, que tras las revueltas comuneras tuvieron que soportar todo el peso de esta con cargas fiscales entre el 400% y el 800% superiores a las de los reinos aragoneses durante todo el periodo austracista, como informaba Gonzalo Martínez Díez, catedrático de Historia del Derecho Español, 1976. Y aún en 1833, si cada castellano pagaba 29,5 reales, los de la corona de Aragón pagaban 11,5, lo que acabó arruinando a la industria castellana y andaluza.

El historiador Eduardo Escartin, en su espléndido trabajo EL CATASTRO CATALAN: TEORIA Y REALIDAD (www.raco.cat/index.php/.../article/.../16517...) ofrece prueba documental indicando que mientras en 1722 “en Barcelona se consideraba que el Catastro era demasiado gravoso y por lo tanto injusto, Madrid, por el contrario, pensaba que era muy ajustado a la riqueza del País y que era proporcional a la riqueza del Principado. Sesenta y seis años mas tarde las posiciones se habían invertido, Barcelona lo consideraba adecuado como imposicion directa a sus riquezas y Madrid creia que era injusto dado que no gravaba en la proporción que marcaba el propio impuesto la riqueza del país, la cua1 había crecido enormemente desde que se fijó la cifra de los 900.000 pesos”.

Así, no faltan autores que ensalzan los beneficios que aportó Felipe V a Cataluña: “El 11 de septiembre de 1714 Barcelona se rindió a las fuerzas borbónicas. La ciudad, contra la costumbre de la época, no fue saqueada. (...) La derrota, a la postre, fue muy beneficiosa para Cataluña. Las numerosas tropas acantonadas en la Ciudadela sirvieron para impulsar la producción textil de Cataluña, pues debían abastecerse de uniformes. El siglo XVIII, pese a los gemidos nacionalistas, fue uno de los mejores para el Principado en términos de prosperidad y paz. Se abrieron las puertas de América a los comerciantes catalanes y la riqueza empezó a fluir. Pronto los catalanes se olvidaron de la derrota y participaron en los destinos de la monarquía hispánica.” (Javier Barraycoa, vicerrector del Abad Oliba CEU de Barcelona) http://www.grandesbatallas.es/batalla%20de%20la%20fiesta.html

Lo cierto es que, como reconoce la misma web de la Generalitat en su artículo de historia dedicado al periodo borbónico, Cataluña vivió bajo su gobierno una de las épocas de mayor esplendor económico de su historia. Pero aún así los efectos de la Guerra de Sucesión y su posguerra son usados hoy día por el nacionalismo político como motivo de agravio histórico contra Cataluña, exaltando la existencia de una antigua identidad nacional catalana, y una lucha por sus libertades nacionales. 

Indicaba el historiador catalán Joan Campàs Montaner: “Muchos son los puntos oscuros que habría que aclarar de aquella guerra y su posguerra, muchas las exageraciones que han sido dichas y repetidas. Quizás la ideológicamente más nefasta ha sido la de presentarla como una resistencia contra el absolutismo francés en defensa de las libertades nacionales. Sólo así se puede entender la ofrenda floral al representante de los intereses de la aristocracia barcelonesa, Rafael Casanova
Como recuerdo de la contienda y de Felipe V en la memoria de los catalanes queda el hecho de que la Nueva Planta implicó la abolición de las instituciones y constituciones catalanas, lo que muchos hoy en Cataluña interpretan como la pérdida de su nación. Ciertamente a los diversos territorios de la Corona de Aragón se extendieron buena parte de las instituciones castellanas, aunque en Cataluña se mantuvo el derecho civil catalán, y también se centralizaron todas las universidades catalanas en Cervera, para controlar mejor a las élites cultivadas, situación que se prolongó hasta 1842.

Como símbolo de la supuesta represión sufrida queda en el imaginario catalán aquella fortaleza de la Ciudadela mandada construir por Felipe V en el barrio de la Ribera, donde hoy se encuentra el parque que recibe el mismo nombre, y el mercado del Born, todo un icono nacionalista en nuestros días. Para su construcción se derribaron muchas casas ya muy deterioradas tras los bombardeos del asedio. Los propietarios de las casas no fueron indemnizados, solo a algunos privilegiados les dejaron construir una nueva casa en unos terrenos de escaso valor cerca de la playa que en unos años se convertiría en la futura Barceloneta.

El 25 de octubre de 1841, se acordaría el derribo de la Ciudadela, bajo el gobierno de Espartero, pero la inestabilidad política en la época provocaría en recelo del gobierno central a su derrumbe, y permaneció medio derruida durante todo un año. Paradójicamente un nuevo levantamiento en Barcelona, el de la Jamancia, llevó a un nuevo bombardeo de esta al mando del General Prim en 1842, y días más tarde se ordenó reconstruir la Ciudadela, a costa del pueblo. Sería de nuevo Prim, ahora como Ministro de Guerra, quien durante la revolución de la Gloriosa, el 26 de octubre de 1868 autorizase por decreto el derrumbe de la Ciudadela.

Tras la demolición, se decidió construir allí un parque, el hoy existente parque de la Ciudadela, que
albergaría la Exposición Universal de 1888, la primera exposición universal de Barcelona. Más tarde, como sabemos, Cataluña recuperaría sus instituciones y gozaría en democracia de las mayores libertades y autogobierno en 300 años.

Nos explicaba el prestigioso historiador Josep Fontana, hoy día adepto a la causa nacionalista, que: "Entre la boda de Fernando e Isabel [1469] y 1714, Cataluña dispone de unas leyes, una lengua, una moneda y un sistema político propios. (…) Esto de la nación española se inventa en el siglo XIX. Y es lógico, porque “nación” es un concepto que no tiene sentido más que como un tipo de gobierno liberal parlamentario, ya que lo anterior es un poder que emana de Dios y es transmitido al soberano. La idea de nación nace cuando no hay súbditos, sino ciudadanos que se supone que son iguales" (Josep Fontana: Josep Fontana y Enric González o qué ocurre en Cataluña) 
Fuente: http://www.jotdown.es/2012/11/josep-fontana-y-enric-gonzalez-o-que-ocurre-en-cataluna/

Si como advertía el expresidente Jose Luis Rodriguez Zapatero, "el concepto de nación es algo discutido y discutible", también es una realidad que si por disfrutar de una lengua se trata, en el mundo existen 194 países, y el Ethnologue de 2009 indicaba que había alrededor de 6.909 lenguas en él. Y si las leyes o instituciones medievales de los diferentes reinos que conformaban Europa hace 300 años justifican algún tipo de derecho nacional, podríamos dividir Europa en cientos de pequeños estados.

Resulta complicado entender que tratan de recuperar hoy día muchos catalanes y su gobierno autónomo de aquellos privilegios ancestrales que disfrutaron a lo largo de toda la Edad Media y el Antiguo Régimen, hace ya más de 300 años. Como indicaba J. Fontana, esos privilegios medievales de poco sirven para justificar ambiciones nacionales en el s. XXI.

A día de hoy, el parque de la ciudadela de Barcelona es un bonito parque en el que la imagen de niños jugando se entremezcla con la de jóvenes tocando música y haciendo malabares, a semejanza de los parques que existen en los espacios abiertos de las modernas ciudades europeas. Esos niños y jóvenes denotan un aire de libertad que difícilmente lleva al anhelo por recuperar antiguas libertades medievales perdidas. 

otras fuentes de información:

ESPAÑA SIEMPRE PERSIGUIÓ EL CATALÁN


ESPAÑA SIEMPRE PERSIGUIÓ EL CATALÁN


  
  


  
La lengua catalana ha sufrido diferentes niveles de persecución, el primero de ellos y perpetrado por siglos fue por parte de la nobleza y burguesía catalanas. Como dijo el catedrático de Filología Catalana de la Universitat de València, Antoni Ferrando, ya a partir del s. XVI "un profundo complejo de inferioridad se adueña de los catalanófonos ante un castellano imperial, considerado como lengua elegante y refinada por antonomasia". La nueva dinámica iniciada con la unión de las Coronas y las nuevas fidelidades que generaba, originaron también un retroceso en la lengua y en la cultura catalanas, que iniciaron una etapa de decadencia, tras la pujanza de los siglos anteriores, y en entre los nobles e instituciones catalanas se generaliza el uso del castellano.
 El castellano se convirtió en la lengua de la corte pero también los intereses materiales, económicos y comerciales, e incluso el azar contribuyeron a ello: La peste afectó a toda la península ibérica, pero en las zonas costeras de la Corona de Aragón fue aún más mortífera reduciendo enormemente su población. El Reino de Aragón, cuya habla local estaba más emparentada con el primitivo castellano adoptó muy rápidamente el idioma, de tal manera que en la mayor parte del territorio de la actual provincia de Teruel y de la zona occidental del Reino de Valencia (repoblado por aragoneses principalmente) se hablaba principalmente castellano desde su conquista y repoblación.
Juan de Valdés afirmaba en 1535 que «la lengua castellana se habla no solamente por toda Castilla, pero en el reino de Aragón, en el de Murcia con toda el Andaluzía y en Galizia, Asturias y Navarra, y esto aun hasta entre la gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en todo el resto de Spaña». Hacia 1600 Miguel de Cervantes refleja la sociedad barcelonesa en la segunda parte de El Quijote, y describe que el español era lengua de uso habitual y que los barceloneses se referían a ella como “nuestra lengua” y sobresaliendo la presencia significativa de libros en castellano.

 El prestigio del que gozaba el castellano lo demuestra el hecho de que en 1640 (74 años antes de los Decretos de Nueva Planta) tras la muerte del conseller Pau Claris en la Sublevación de Cataluña, se le dedicaron unas emotivas "Nenias" fúnebres en castellano.

 Con respecto a los Decretos de Nueva Planta de 1714, la lengua catalana se prohibió en las instituciones del estado, no en las civiles catalanas, y por aquel entonces no había muchas escuelas, casi el 100% de la población era analfabeta.
La Ley Moyano en 1857 de instrucción pública, sólo autorizaba el castellano en las escuelas, lo cual tuvo un efecto mediocre sobre una población donde la tasa de analfabetismo variaba del 75% en 1850 al 50% de 1910. A mediados de siglo XIX se invierten las afecciones, y comienza a existir entre la poderosa burguesía catalana un menosprecio hacia el castellano. Esta desarrolló un movimiento cultural que ensalzaba la cultura y lengua catalanas, la renaixenca, que promocionó mucho su literatura, y que en parte palió los efectos negativos que podría haber ocasionado la ley Moyano.
En todo caso, tras pasar por una Primera República que no legisló el uso del catalán en la educación y la dictadura de Primo de Ribera después, que era catalanófobo ,en 1932 se proclama la II República Española, que vuelve a instaurar el catalán en las escuelas hasta el gobierno franquista. La realidad es que, en contra de lo que se cree, la dictadura no prohibió hablar catalán, sino que se censuro su uso en la educación y la literatura. A partir de 1950, el régimen comienza a aplicar una política cultural más laxa, que permitió el teatro y la publicación en catalán, dando lugar a la publicación de ocho libros en este idioma durante el franquismo. Paradójicamente, durante la segunda república no se publicó ninguno.

 Idioma español en Cataluña. wikipedia
http://es.wikipedia.org/wiki/Idioma_espa%C3%B1ol_en_Catalu%C3%B1a

como se forjo españa desde sus belicosos inicios


CATALUÑA PERTENECE A ESPAÑA DESDE 1714



mitosnacionalismocatalan.blogspot.com.es  


ESPAÑA SE CREO EN EL 1714
España es comparativamente una de las naciones más antiguas de Europa. Cataluña como provincia o territorio dentro de España ha sido desde casi toda su existencia. El término España viene de Hispania, y este a su vez del fenicio i-spn-ya para denominar los territorios por estos dominados a lo largo de todo el levante español, desde Gadir (Cadiz) hasta el norte del Ebro en la actual Cataluña (800AC), e incluso estos dominaron Ebussus (Ibiza) desde el 600 AC. Cataluña estaría después dentro de la Iberia griega desarrollando importantes ciudades dentro de la actual Cataluña como Emporion (Ampurias), en Gerona.

Más tarde llegaron los romanos, desembarcando de nuevo Ampurias en el 218 a.C., y unificaron territorialmente toda la Península Ibérica, otra vez bajo el nombre de Hispania, hasta principios del siglo III d.C
en que entraron los visigodos. La Tarraconensis fue la provincia más grande de la Hispania romana con capital en Tarraco (tarragona).

Todos los pueblos que existían en la Península Ibérica fueron romanizados bajo el imperio romano, lo que conllevó a la pérdida de los idiomas indígenas, a excepción del euskera, que derivarían en las lenguas romances, como el castellano, el catalán y el gallego. Todos estos pueblos eran regidos por el ordenamiento jurídico romano, y todos se convirtieron al catolicismo tras imponerse como la religión oficial del impero romano con Constantino, en el s.IV d.c. Por tanto estos pueblos ya no eran tan diferentes entre sí.

A partir del s.III DC. en que entraron los visigodos en la península, la Tarraconensis siguió perteneciendo a la Hispania visigoda. Con estos últimos ya se produce una unión política, y no solo territorial, de toda la península Ibérica. Esa misma población hispanorromana que ocupaba toda la península ibérica, absorbería a sus conquistadores. El derecho hispanorromano sería asimilado por la legislación visigoda, y durante la unificación de la Hispania visigoda se crearía el Liber Iudiciorum (654), que regía toda la península bajo las mismas leyes. El rey visigodo Recaredo (586–601) logró la unidad religiosa de Spania, haciendo que la monarquía dejase de profesar el cristianismo desde la doctrina arrianista para asumir la doctrina de su población hispanorromana, la religión católica. Suintila (621–631), logro unificar políticamente toda la península bajo un mismo rey, con Portugal dentro, y el sureste francés, la Septimania.
Por tanto, el territorio de la península ibérica presenta una unidad lingüística, legislativa y política entre todos sus pueblos desde hace unos 2000 años, dentro primero de la Hispania romana, después dentro de la Spania visigoda, y más tarde en la España árabe. El derecho romano y la religión católica sería la base de unión para los futuros reinos cristianos.

 Tras la conquista musulmana de la península ibérica en el 711, se sigue usando el nombre de Spania o España  transformado en اسبانيا, Isbāniyā. Aparecen monedas desde el 716en las que se lee "Span", que correspondería a "Spania" junto con el término árabe "al-Ándalus".


En general, el topónimo al-Ándalus se usó en la península ibérica como sinónimo de la Hispania musulmana, y crónicas y otros documentos de reinos cristianos en la alta Edad Media designan exclusivamente con el nombre de Spania al territorio dominado por los musulmanes. Lo cierto es que hasta el renacimiento los topónimos que hacían referencia a territorios nacionales y regionales eran relativamente inestables, y parece que solo a partir de los últimos años del siglo XII se generaliza nuevamente el uso del nombre de España para toda la península, sea de musulmanes o de cristianos.
Así se habla de los cinco reinos de España:


El Al-Andalus, con toda o parte de Cataluña dentro de sus fronteras, presentaba una unidad política, territorial e incluso lingüística. La población mayoritaria era hispanogoda, y produjo el aljamia, una lengua romance que incorporaba términos del árabe.

Mientras Europa se encontraba sumida en guerras constantes entre reinos y pueblos bárbaros, en plena decadencia cultural, y un sistema feudal de subsistencia, época conocida como la edad oscura, la España árabe aparecía como uno de los mayores centros de conocimiento y culturales del mundo, con una economía urbanizada, y uno de los territorios que disfrutaban de mayor estabilidad política. El Califato sería la primera economía comercial y urbana de Europa tras la desaparición del Imperio romano.

Los reinos que se fueron formando durante la reconquista fueron desarrollando su propia legislación, basándose siempre en la herencia del Derecho Romano, herencia mantenida hasta nuestros días.





Independientemente de la existencia de diferentes coronas, reinos y diferentes cortes, el concepto de España para denominar a todo el territorio peninsular se mantuvo siempre, y las hazañas bélicas fuera de este, solían ser en nombre de España, y no de los reinos o condados individuales. Los reyes tanto de la Corona de Castilla como los de la de Aragón se autodenominaban reyes hispanos, concepto que añadía grandilocuencia a sus títulos y así aparecía en sus escudos. Fue precisamente esta dicotomía lo que generó esos términos tan españoles de patria grande y patria chica.

Las cortes catalanas fueron perdiendo su poder desde la entrada de la dinastía Trastámara en la Corona de Aragón, y con nuevas potencias apareciendo en Europa Occidental como Francia o Inglaterra, la unión de los reinos peninsulares, más que deseable, se convirtió en una necesidad. La boda entre Fernando el Católico e Isabel la Católica, celebrada en 1469 en Valladolid, unió ambas coronas con el deseo de mantener una unidad duradera.

Ambos reinos conservaron en su mayor parte sus instituciones políticas y se mantuvieron las cortes, las leyes, las administraciones públicas y la moneda, aunque unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército. Reservaron para la Corona Española los temas políticos, y actuaron conjuntamente en política interior.



La unión efectiva de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra se hizo bajo el reinado de Carlos I, que fue el primero en adoptar, junto a su madre Juana, el título abreviado de Rey de las Españas y de las Indias, comenzando así la hegemonía española en Europa y el periodo del Antiguo Régimen. Desde el reinado de los Habsburgo todas las cortes de los diferentes reinos peninsulares aceptarían la autoridad absoluta del rey por encima de sus constituciones. Con la entrada de los Borbones a principios del s. XVIII, las de los reinos de Aragón, Cataluña y Valencia serían abolidas definitivamente.

Los actuales países, estados, naciones o como les quieran llamar, responden a una continuación de esos estados nación que se produjeron en el antiguo régimen, que daban título a los monarcas que los gobernaban, y que tras la Paz de Westfalia en 1648, al final de la Guerra de los Treinta años, ya se reconocía su integridad territorial.

Las naciones tal y como hoy las conocemos, son una invención de principios de s. XIX. Cuando la monarquía fue destruida por la revolución francesa, se había de justificar la unidad entre territorios que históricamente se habían mantenido unidos bajo la figura de un rey, cuando el rey ya no existía. El nexo de unión entre los pueblos dejaba entonces de ser el rey para convertirse ahora en la nación. Fue una idea liberal, en la que teóricamente esa nación nacía de la voluntad de los pueblos de estar unidos.


La invasiones napoleónicas provocaron una buena dosis de fervor nacionalista en base a esta idea liberal, especialmente en aquellos estados ocupados por las tropas napoleónicas. Y desde luego en España, ese fervor nacionalista se sintió por todos los españoles, catalanes incluidos, hacia la patria española. Diputados catalanes corrieron a Cádiz en 1812 para firmar la primera Constitución Española, “La Pepa”.

Por tanto podemos hablar de una Hispania o España territorialmente unida, con la actual Cataluña dentro de sus fronteras, desde hace 2800 años. Y de una España políticamente unida con visigodos, árabes o cristianos desde hace unos 1500 años.




En todo caso, si esos fueros, constituciones o instituciones medievales catalanas justifican algún tipo de derecho nacional, podríamos dividir Europa en miles de pequeños estados. Todos los países del mundo están ocupados por pueblos que presentan diferencias culturales entre sí. Si en el mundo existen 194 países, el Ethnologue, en su resultado del año 2009, indicaba que había alrededor de 6.909 lenguas en la Tierra, y se han perdido muchas de ellas a lo largo de los siglos. El hecho de hablar una lengua diferente y mostrar diferencias culturales, no hace una nación en la forma jurídica que hoy implica este concepto,  ni tan siquiera es un hecho peculiar en nuestro mundo. Para que se hagan una idea, pueden observar en el mapa abajo el conjunto de culturas y regiones que alberga solo el continente europeo.


Y les he expuesto este mapa de forma intencionada, para que puedan observar uno de los sesgos más sutiles que usan los nacionalismos regionales en este país. Estos tratan de presentar a sus regiones como una nación distinta de un todo homogéneo que llaman España, como en el mapa se aprecia en la zona de Castilla y Andalucía, ambas unidas bajo este nombre.
La realidad de España es la de un conjunto de pueblos diferentes que han compartido una misma historia, religión y costumbres. España somos todos, no solo los castellanos y los andaluces, y los andaluces presentan suficientes diferencias culturales como para haber producido a principios del s. XX otro movimiento nacionalista, dirigido por Blas Infante, hoy considerado “padre de la patria andaluza”.

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