Entrevista a Joan Botella, presidente de Federalistes d’Esquerres
“En los años noventa, Jordi Pujol se puso a trabajar para producir lo que está ocurriendo hoy en Cataluña”
Siscu Baiges
Catalunya plural
El catedrático de Ciencia Política Joan Botella ha sido hasta hace unos días decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Preside la asociación ‘Federalistes d’Esquerres’. No le sorprende que ahora se hable de la existencia de una tercera Catalunya y cree que la independencia es imposible.
***
¿Tenemos tres Catalunyas?
‘Federalistes d’Esquerres’ lo demuestra en la práctica desde hace mucho tiempo. La supuesta división dual que nos cuentan no es verdad. Hay quien se hace llamar ‘Tercera vía’, hay quien habla de una ‘Tercera Catalunya’…
Hay una Catalunya representada por los independentistas. Otra representada por Ciudadanos. Y, en medio, otra Catalunya que parece pequeña
La que es pequeña es la segunda, la de Ciudadanos. Tiene más de un millón de votos pero sociológicamente y culturalmente es pequeña. La mayor es la Catalunya huérfana, abandonada por sus padres y madres, la Cataluña de los trabajadores, de izquierdas, la catalanista… Es una amplia mayoría de la opinión pública y se ve cuando se hacen encuestas de opinión y le preguntan a la gente si prefiere una Catalunya independiente, una Catalunya dentro de una España centralizada o una Catalunya dentro de España y con más autogobierno. Esta última opción es siempre la mayoritaria. Incluso ahora.
Cuando hay elecciones no se nota
Porque no hay una buena representación política y sindical de esta Catalunya. Por razones complicadas. El Partido Socialista quedó medio muerto. Muchos de los comunes van a remolque de los independentistas. Los dirigentes sindicales quieren mantener la cohesión de sus sindicatos a toda costa y que no se rompan internamente o aparezcan sindicatos independentistas fuertes. Hay muchos elementos tácticos que hacen que esta mayoría no tenga una expresión política propia.
¿Siempre será así?
Eso tiene que acabar pero pasa como todo en la vida: ¿Quién será el portavoz, el representante de este proyecto? Hoy por hoy no lo vemos. Inevitablemente, unos de los que deberían hacer este papel son los comunes. También un Partido Socialista algo rehecho, reconstituido. Saldrán fuerzas políticas nuevas. ¿Los comerciantes catalanes están tranquilos y conforme con la situación actual? ¿A los industriales les gusta? No tienen nadie que hable por ellos. ¿Qué ha sido de los convergentes de toda la vida? Hay una mayoría social pero no hay núcleos políticos que la representen.
¿Es un problema de proyectos o de personas?
Un poco de todo. La generación del antifranquismo se ha jubilado, está agotada. Ha habido un exceso de confianza en los últimos veinte o veinticinco años en los que no se han fomentado valores, cultura e ideología, mientras que el independentismo ha producido discurso, personalidad,… Hace falta un socio español sólido que ahora no existe. Hay una conjunción astral de factores negativos que explica que la mayoría social potencial esté políticamente encogida.
Hemos llegado donde estamos por algo más que una conjunción astral, imagino
Por muchos errores. Esta mayoría se quedó sin palabras, sin propuesta. Una parte de ella, el socialismo a escala española, se fía absolutamente de Rajoy. Esto significa renunciar a hablar con voz propia, que es lo peor que se puede hacer en política. Además, cuando esta mayoría llegó al poder, con el tripartito, no supo muy bien qué hacer, no tenía proyecto. Se vio muy claro, no tanto en los años Maragall como en los subsiguientes, donde el único proyecto que había era ir aguantando e ir tirando. Montilla fue clarividente cuando denunció la desafección que se estaba generando en Catalunya pero él y su entorno no supieron cómo hacerle frente.
Hay también un elemento de coyuntura. Se mezcla la crisis económica y social, el fracaso de la operación Estatuto de Autonomía a raíz de las maniobras del PP de recogida de firmas en contra y el recurso ante el Tribunal Constitucional y un horizonte político internacional sacudido a escala europea e internacional. Hay un conjunto de desequilibrios porque las piezas del viejo equilibrio se están reajustando. ¡Quién nos iba a decir que hoy el gran defensor del libre comercio mundial es China y el proteccionismo lo cultivan los americanos! Toda la sintaxis de cómo habíamos entendido la política en los años ochenta no vale y debe renovarse.
¿Sin los 23 años de Jordi Pujol como presidente de la Generalitat habríamos llegado hasta aquí?
No. A partir de los años noventa, Jordi Pujol comenzó a trabajar conscientemente para producir lo que está ocurriendo hoy en Catalunya. Nadie había hablado seriamente de independentismo. Lluís Companys, el 6 de octubre de 1934, proclamó el estado catalán dentro de la República Federal Ibérica. Pujol puso recursos y mucho dinero para dar al independentismo elementos que no había tenido nunca: entrada en los medios de negocios e intelectuales, técnicos, gente cualificada. El independentismo era comarcal y de gente de letras. No era urbano, moderno, internacional, no hablaba inglés, no tenía empresarios. Poco a poco, el nacionalismo se encuentra con que su programa político tradicional -lengua y cultura- ya se ha alcanzado. La Generalitat dirige la educación, existe TV3, Catalunya Radio… Para ocupar este vacío aparece, entonces, la voluntad deliberada de empezar a hablar de economía, de que Catalunya podría ser mucho más rica de lo que es si no cargase con el peso de España. Hablan de expolio fiscal, de inversiones, siembran dudas sobre los servicios públicos, sociales, y terminan cuestionando la solidaridad con otros territorios de España. Este giro de la lengua al dinero está en la base del proceso.
Jordi Amat atribuye buena parte del aumento del apoyo al independentismo a la decisión de Pasqual Maragall de impulsar un nuevo Estatuto
Estoy de acuerdo. El Estatuto de 2006 no añadió nada que no estuviera en el de 1978. Se introdujeron cuestiones que se podrían haber asumido con leyes ordinarias del Parlamento de Catalunya. Fue la factura puesta por ERC para contentar a sus bases y formar un gobierno de izquierdas. Creía que así podría rematar a Convergencia y, al final, a muy largo plazo y de una manera un poco inesperada, es lo que ha acabado pasando. Convergencia hoy no existe y lo que fue es ahora muy pequeño. Victoria de ERC, pero victoria que han aprovechado otros.
La reforma del Estatuto era una operación tan ambiciosa que requería una actitud nacional en el gobierno y en la oposición. La Convergencia de Artur Mas era impermeable a consideraciones de interés nacional. Enfocaron la maniobra del Estatuto como un juego táctico en el que ellos tenían que ganar. Hay un ejemplo maravilloso: en el Estatuto que las leyes se aprueban por mayoría en el Parlamento de Cataluña excepto una, la Ley electoral, que requiere una mayoría de dos tercios. Sólo hay una explicación para ello y es que, cuando se hizo el Estatuto, Convergencia tenía un tercio más uno de los diputados del Parlamento. Podía bloquear la ley electoral y Mas amenazó con abandonar el proceso de elaboración del Estatuto si no se aprobaba esta condición. Maragall se lo compró. Sin reforma del Estatuto no habría habido tripartito. Fue el inicio de parte del embrollo actual pero era el precio indispensable que había que pagar si se quería tener una mayoría de izquierdas en el Parlamento.
¿Tapar la corrupción de CiU influye en la operación independentista o es un elemento accesorio?
Sí. En dos sentidos. Veinte años de gobierno de los mismos genera figuras como Millet. Es inevitable. Mejor no hablar de eso y hablar de otras cosas. Por otra parte, Jordi Pujol tenía una autoridad moral que hacía que el mundo independentista aceptara actitudes negativas por su parte. Era independentista y sabía que no se podía conseguir la independencia. Convenció a buena parte de los suyos de ello. Cuando en 2014 aparecen informaciones sobre el origen inexplicable de la fortuna de los Pujol, se desmorona su doble discurso. Si resulta que no era decente quizás tampoco era verdad que la independencia fuese imposible, piensan muchos. Y vemos gente mayor de edad, aparentemente culta, con intereses económicos, etcétera, que se cree aquella información de que la independencia era posible, fácil e indolora.
Mariano Rajoy y el PP también ayudan
Todo es empeorable. El Rajoy más negativo es el que estaba en la oposición. Gestionó el terrible disgusto de la derrota de 2014 con aquella campaña de culpar al PSOE y a los servicios secretos franceses de los atentados del 11-M. Quería volver al gobierno y lo hizo encima de ese caballo. Yo creo que no le gusta, pero es lo que tiene y continúa cabalgando igual. Y oímos las cosas que oímos, y vemos como no se aborda la crisis catalana, lo cual es chocante. No se puede tener en contra el territorio más dinámico, más activo económicamente, culturalmente, universitariamente, sin que alguien piense que se tiene que hacer algo.
Pero electoralmente le va bien en el conjunto de España
Seguro. Hay más incentivo político que maldad o voluntad personal o ideológica. A medida que el tiempo ha ido pasando, se ha ido afirmando la idea dentro del PP de que Rajoy es un blando, que no es de fiar. Le vemos como muy autoritario pero la horda que está detrás de él, de Aznar a Jiménez Losantos, se pasa el día pidiendo su cabeza. Siempre se puede empeorar.
¿Si Albert Rivera llega a presidente del Gobierno empeorará aún más la relación Catalunya-España?
Los presidentes no hacen lo que quieren sino lo que pueden hacer. Si Rivera llega a presidente del Gobierno será en alianza con alguien. Hace dos años estuvo a punto de formar gobierno con el PSOE. Me parece completamente exagerada la imagen de que Ciudadanos es la nueva extrema derecha, neofalangista. Lo que pasa entre PP y Ciudadanos es muy parecido a lo que pasa entre ERC y PDeCAT y los núcleos más hiperventilados del independentismo. Quien haga el primer gesto de paz será denunciado como traidor por el otro.
ERC ha hecho algunos de estos gestos. Parte del PDeCAT es más radical ahora que ERC
El sector Puigdemont. Él, Elsa Artadi, Eduard Pujol, suenan mucho más extremos que ERC. El gran problema que tiene el mundo independentista hoy es que lo forman cuatro partidos: el grupo Puigdemont, ERC, PDeCAT y la CUP. Compiten entre ellos y el primero que proponga hacer un alto en el camino será acusado inmediatamente de traidor. No es demasiado diferente de lo que ocurre entre Ciudadanos y PP en Madrid. En el Parlamento de Catalunya, entre lo que queda de Convergencia, ERC, socialistas y comunes suman 70 diputados, sin el grupo de Puigdemont, el PP, la CUP y Ciudadanos. Sin los extremistas hay una mayoría en Catalunya. Estos números están sobre la mesa. No me los invento yo pero quien se atreva a proponer esta mayoría en voz alta será colgado del palo mayor. ERC debería encabezar esta mayoría porque es el grupo más numeroso. La diferencia con Escocia o Quebec es que allí hay un solo partido que pide la independencia. En Catalunya el movimiento independentista está encarnado en cuatro partidos. Hace falta atrevimiento para promover una reordenación de las piezas del tablero de una manera nueva, impensada. La realidad obliga.
Carles Puigdemont estuvo a punto de actuar así y convocar elecciones anticipadas pero al final cedió a la presión de su entorno y no lo hizo
Cuenta mucho en su actitud actual la voluntad de venganza de lo que le pasó aquella noche, los tweets, los mensajes insultantes de Gabriel Rufián, la manifestación de los jóvenes de la CUP,…
¿Se anima a hacer una predicción de lo que puede pasar en el futuro inmediato?
Hay una parte del mundo independentista que está dispuesta a hacer la catástrofe lo más grande posible, que no pase nada bueno, que fracasen los intentos de nombrar presidente, que puedan insistir en que el gobierno de Madrid es autoritario y no deja trabajar al Parlamento … A estos no les da miedo ir a nuevas elecciones. Y hay otra parte del independentismo que sabe que esta vía es suicida.
Los primeros confían en que haya una mediación internacional
Confían en una presión ‘insoportable’ desde el exterior. Un mediador es alguien que puede coger por el cuello a las dos partes, hacerlas sentar en una mesa y no dejar que se levanten hasta que no lleguen a un pacto. La mediación internacional no es nunca elegante, simpática o desinteresada. Son los banqueros alemanes que quieren cobrar sus deudas. No excluyo que, ahora que hay gobierno en Alemania, esto ocurra, que alguien llame a Madrid y Barcelona y pida explicaciones por el dinero de sus banqueros. La otra posibilidad es entenderse sin llegar aquí, sin intervención exterior. Los catalanes siempre hemos estado convencidos de que somos mejores, más listos, más prudentes, más europeos que el promedio español. No somos conscientes de hasta qué punto esta crisis actual nos está dando mal nombre dentro y fuera de las Españas.
Dentro de las Españas ven Cataluña a través de televisiones como Telecinco, La 1 o La Sexta. Aquí lo hacemos a través de TV3. ¿Comparte la visión de que TV3 y Catalunya Ràdio han sido fundamentales para el auge del independentismo?
Han sido claves. En TV3 no hay ahora ningún programa que no responda a sumarse al proceso. Cuando hay programas de tertulias, reflexión, debates, los invitados están en proporción de 3 a 1 y el presentador se suma a la mayoría y crucifican al que está en minoría. Los no independentistas pueden optar entre ir y salir crucificados o no ir y quedar mal. Esto debería hacer reflexionar a alguien en el frente de los medios. Lo hemos visto en las conversaciones para formar nuevo gobierno en Catalunya. Los partidos nos cuentan con toda naturalidad como se reparten la dirección y los servicios informativos de la radio y la televisión de Catalunya. Cuando se les reprocha, la respuesta es que los medios públicos españoles también son sectarios, lo cual no es un muy buen argumento.
¿Hay alguna solución a la situación actual que permita prever un retorno al debate político y social tranquilo? Nada permite pensar en un futuro sin dirigentes independentistas condenados a largas penas de prisión. A no ser que haya indultos
Pasará esto o algo similar, pero no de forma rápida. Ahora nos podemos encontrar con que el presidente sea liberado y el vicepresidente sea condenado por hechos cometidos por el presidente. Es un escenario fatal. Durará un rato, inevitablemente. Algunos eventos podrían acelerar este proceso. Por ejemplo, un cambio político en España. Tengamos en cuenta que el Gobierno no puede aprobar los presupuestos generales del Estado y esto puede generar una crisis. Otra posibilidad sería la presión exterior. Tanto para bien -que los banqueros alemanes convenzan a Angela Merkel de que apriete- o por las malas -que a base de resoluciones judiciales contrarias a las del Tribunal Supremo salgan opciones diferentes. La actitud del Tribunal Supremo ahora es presentar el tribunal de Schleswig-Holstein que se ha negado a extraditar a Puigdemont por rebelión como un ‘tribunal de provincias’. Estos jueces todavía no han entendido que están dentro de la Unión Europea, donde el Tribunal Supremo español es tan importante como la Audiencia Provincial de Jaén. Europa redibuja las jerarquías. Mientras la clase político-administrativa central se comporte como Cristina Cifuentes, para decirlo rápido, no entenderán que están ante un problema gravísimo y no empezarán a trabajar para resolverlo. En política, las soluciones a veces vienen de lugares inesperados.
La sociedad catalana agradecería que las aguas de la política y la convivencia se calmaran un poco
La división social es lo suficientemente profunda como para que se pueda hacer un diagnóstico pesimista. Ya hace tiempo que Lluís Foix dice que estamos viviendo una guerra civil. Una guerra civil fría, pero guerra civil al fin y al cabo. Y esto puede tardar mucho tiempo en resolverse. Toda la gente que vivió el 1 de octubre en los colegios electorales lo hizo de forma muy tensa, dramática. Para ellos, no era ningún juego y de ello se tiene que ser consciente. El paso del tiempo ayuda pero se necesitan iniciativas políticas que ahora no se ven. Hay protagonistas que podrían jugar un papel político pero renuncian a él. Comisiones Obreras y UGT, al participar en la manifestación del día 15 diciendo que son transversales y que defienden la libertad, afirman la existencia de ‘presos políticos’ y asumen la forma de ver la realidad que tiene el mundo independentista. Es legítimo y lo respeto pero es un error grave porque renuncian al papel que pueden jugar como elementos realmente transversales que aporten soluciones nuevas.
¿Es posible la independencia?
No. Nunca ha nacido una independencia dentro de una democracia, porque esto quiere decir que el estado de origen pase a ser visto por la comunidad internacional como un estado ilegítimo. Tendrían que pasar muchas cosas para que España llegara a esta situación, siendo como es un país democrático miembro del club europeo. ¿Si Catalunya fuera independiente, sería viable? Sí, claro. Hace un siglo que Irlanda es independiente y es una roca pelada, en medio de las aguas glaciales del Atlántico norte. Han salido adelante y los irlandeses comen cada día. Cataluña seguiría teniendo las mismas condiciones, el mismo clima, la misma arquitectura. Los turistas seguirían viniendo. Económicamente, la Cataluña independiente es viable.
No lo es, sin embargo, política y socialmente. En primer lugar, porque el defensores de una Cataluña independiente son una minoría en la sociedad catalana. En segundo lugar, porque la ruptura con las Españas no es factible y lo que está pasando estos días, con los encarcelamientos y las situaciones judiciales lo demuestra. Y, además, porque el mundo requiere unidades más grandes y no unidades más pequeñas. No prestamos suficiente atención pero lo más importante de lo que está a punto de pasar es la apertura de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Esto es, de largo, lo más grave que tenemos en los próximos días y semanas. Resistir ante potencias de este calibre reclama ser mucho mayor y mucho más sólido. Este delirio de que podemos construir una reja, unas fronteras, unos muros, nosotros sólos vamos a salir de ésta, la comparación con Estonia, Noruega, etcétera, no se sostiene de ningún modo.
Europa no hace méritos últimamente por ser un marco del que formar parte sea un motivo de orgullo
Hay ciclos políticos. A veces ganan unos, a veces otros. Lo que estamos viendo es que en todos los países europeos, por déficit de integración europea, están apareciendo reforzados los nacionalismos interiores. Hace unos días en Hungría, antes en Italia, Alemania, Francia, el brexit… ¿Por qué? Porque el nuevo club, el nuevo estado es aún tímido, sólo es una unidad económica sin el peso político correspondiente. La gente busca un refugio y lo que tiene más a mano es el nacionalismo. Pero esto no lleva a ningún lado.
Como federalista eso debe frustrarle
Al revés. Lo que hace falta es desarrollar cultura federalista y trabajar por la federación europea. Hoy Europa es más federal que hace cincuenta años. Un tribunal provincial alemán puede desmentir al Tribunal Supremo español. Esto es Europa. Esto es federalismo. Lo que no habrá nunca más serán soberanías. ¿Soberanía en qué? ¿Climática? ¿En el papel dentro de la economía mundial? ¡No fastidies! Lo bueno de lo que estamos viviendo es la desaparición de los límites fronterizos, aunque genere problemas como el de los refugiados, los inmigrantes o ciertos aspectos de la globalización. Conviene recordar que las fronteras son artificiales, son inventos.
¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que recuperemos la buena convivencia social?
Hay números para que esto vaya para largo. Hay números para que quede un reducto diferente en las conciencias de unos y otros pero que podamos conseguir una forma de convivencia razonablemente estabilizada. Hay que sentarse y hablar, pero ahora estamos en la fase de enfrentamiento entre machos alfa.
¿Esa solución confortable llegará después de hacer uno o más referendos?
Si fuera necesario, sí. Muchos constitucionalistas han dicho que es posible un referéndum de verdad, no uno consultivo. Si llevas a la gente a votar debe ser para que el resultado vaya a misa. Si sale que Sí es que Sí. Como el brexit. ¿Pero votando qué? ¿Independencia Sí o No? ¿Statu quo actual Sí o No? ¿Una propuesta nueva más satisfactoria Sí o No? Yo apuesto por esta tercera posibilidad. Esto quiere decir que se tiene que elaborar, negociar mucho, determinar qué objetivos se quieren alcanzar mediante la independencia y acordar un referéndum que incluya un número determinado de ellos. Hace falta una decisión y una voluntad para hacerlo que hoy no vemos, pero la solución tiene que ir por ahí.
Fuente: http://catalunyaplural.cat/es/joan-botella-catedratico-de-ciencia-politica-y-presidente-de-federalistes-desquerres/#.WtSxj0mehPo.whatsapp
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Jordi Pujol se puso a trabajar para producir lo que está ocurriendo hoy en Cataluña
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La trinchera del petróleo y el buque del capitalismo fósil
26-04-2018
Francisco Aguayo
Sin permiso
Como un gigantesco buque-tanque que enfrenta un mar plagado de icebergs, el sistema energético global parece haber comenzado a cambiar el rumbo. Pero la inercia en contra es enorme y en el cuarto de máquinas se resisten a reducir la velocidad. ¿Conseguirá el sistema transformarse, girar a tiempo y evitar la catástrofe?
Mientras la burocracia internacional del clima se prepara para iniciar a finales de abril las sesiones preparatorias de la Conferencia de Cambio Climático de Bonn en el marco del Acuerdo de Paris firmado en 2016, el consumo de combustibles fósiles en el mundo continua su imparable tendencia ascendente. Para evitar un daño irreversible al clima del planeta la economía global debe transitar a una matriz energética distinta, reduciendo drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). A pesar del notable avance de las energías renovables y la eficiencia energética en algunos países, esa transformación enfrenta enormes resistencias. Lo más importante es que la industria petrolera mantiene su posición hegemónica en el sector energético desde la inexpugnable trinchera tecnológica, política y financiera que ha cavado en el cuarto de máquinas del sistema capitalista desde hace más un siglo.
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DESTINO, AVENTURAS Y CONTRATO DE ALMA por Edward Morgan
❤ NESARA GESARA ASCENSIÓN 🌎 25 Abril 2018
Antes de que ingresaras en este tiempo y espacio físicos, tu alma hizo un acuerdo. Antes de llegar a la forma humana, su alma tenía un propósito específico o un destino que había aceptado cumplir. Este destino fue escrito y es tu Contrato de Alma.
Todos tenemos contratos de alma y, esencialmente, es la lista de lecciones que debemos adquirir en este tiempo de vida para avanzar nuestra alma a un nivel superior de conciencia.
He visto este Contrato de Alma muchas veces a través de la meditación y al hacer lecturas intuitivas, y esto es lo que sé al respecto:
👉 Su hora, fecha y lugar de nacimiento no son un accidente
👉 La familia en la que naciste fue específicamente elegida para ti
👉 Ciertas personas están destinadas a venir a tu vida para ayudarte a sanar algo de una vida pasada o de esta vida
👉 Cualquier evento que se desarrolle en tu vida está aquí para ayudarte a evolucionar a un estado superior de conciencia
👉 La muerte también se incluye en el contrato de tu alma, pero no como una fecha, sino en un momento de tu vida, un momento en el que te das cuenta de lo que necesitas realizar para volver a la forma espiritual.
Fuiste enviado a esta dimensión de la Tierra en un momento específico, a un lugar específico y con un propósito específico. Una cosa que no está predeterminada, sin embargo, es su libre albedrío y elección.
La vida está llena de elecciones. Todos tenemos libre albedrío, todos estamos a cargo (hasta cierto punto) y todos tenemos algo que decir sobre cómo queremos que nuestra vida se desarrolle una vez que lleguemos aquí.
Estas elecciones se consideran nuestro destino: podemos elegir qué camino tomar, podemos elegir qué camino debemos evitar y qué camino seguir, pero una cosa que no podemos cambiar es nuestro destino.
Nuestro destino es esencialmente experimentar el Amor Incondicional del Universo y, a menudo, esto requiere muchos viajes, a lo largo de muchas vidas y dimensiones, para poder regresar a esta energía.
Todas las almas en la Tierra están aquí en diferentes etapas de su evolución consciente, algunas están hacia el final y algunas acaban de comenzar, pero de cualquier forma todos estamos 'contraídos' para estar aquí.
Esencialmente, su Contrato de Alma es el trato que usted hizo para ayudarlo a crecer y evolucionar a un estado de conciencia más elevado, pero no está solo. También te ayudan un poco tus guías y ángeles en el camino.
Para cumplir con su Contrato de Alma, también se le asigna un conjunto de guías espirituales, ángeles y personas para que lo ayuden. Si está lo suficientemente abierto, recibirá constantemente señales, mensajes y pistas sobre si está siguiendo su camino más alto o destinado.
Una de las mejores pistas físicas de que estás siguiendo tu Contrato de Alma o el camino más elevado es cuando ocurre la sincronicidad o ocurren extrañas coincidencias que te llevan de una cosa a otra.
Otra buena señal de que está siguiendo su camino más alto es cuando parece conocer a las personas adecuadas en el momento adecuado, que pueden ofrecerle información, orientación y asistencia cuando tiene dudas o desea aprender.
Existe cierto debate sobre si puedes o no romper tu Contrato de Alma. Algunos argumentan que todo lo que hace es parte de su contrato, y otros creen que puede desviarse de su camino elegido. ¿Pero fue romper su contrato parte del trato?
No creo que sea posible realmente romper su contrato, pero puede haber momentos en que sus elecciones no siempre fluyan con su destino. Cuando esto ocurre, puede experimentar confusión, negatividad o incluso dolencias físicas, pero recuerde que todo esto a veces es necesario para ayudarlo a alinearse de forma natural y regresar al flujo.
Piensa en tu Contrato de Alma como la montaña en la que te colocaron: la montaña que estabas destinado a subir. Puede elegir cómo llegar a la cima, puede elegir qué camino desea subir; cada una de estas elecciones produce una experiencia completamente diferente, pero el destino siempre será el mismo.
Tu montaña seguirá creciendo, cambiando y evolucionando a medida que lo haces, pero tu propósito aquí en forma humana siempre permanecerá.
No es una carrera para ver qué tan rápido puedes llegar a la cima, no es un desafío necesario intentar escalar la montaña de otra persona, el desafío es ser sincero contigo mismo y escalar tu montaña con facilidad y gracia; emocionado por hacia dónde te llevará el viaje.
Antes de que ingresaras en este tiempo y espacio físicos, tu alma hizo un acuerdo. Antes de llegar a la forma humana, su alma tenía un propósito específico o un destino que había aceptado cumplir. Este destino fue escrito y es tu Contrato de Alma.
Todos tenemos contratos de alma y, esencialmente, es la lista de lecciones que debemos adquirir en este tiempo de vida para avanzar nuestra alma a un nivel superior de conciencia.
He visto este Contrato de Alma muchas veces a través de la meditación y al hacer lecturas intuitivas, y esto es lo que sé al respecto:
👉 Su hora, fecha y lugar de nacimiento no son un accidente
👉 La familia en la que naciste fue específicamente elegida para ti
👉 Ciertas personas están destinadas a venir a tu vida para ayudarte a sanar algo de una vida pasada o de esta vida
👉 Cualquier evento que se desarrolle en tu vida está aquí para ayudarte a evolucionar a un estado superior de conciencia
👉 La muerte también se incluye en el contrato de tu alma, pero no como una fecha, sino en un momento de tu vida, un momento en el que te das cuenta de lo que necesitas realizar para volver a la forma espiritual.
Fuiste enviado a esta dimensión de la Tierra en un momento específico, a un lugar específico y con un propósito específico. Una cosa que no está predeterminada, sin embargo, es su libre albedrío y elección.
La vida está llena de elecciones. Todos tenemos libre albedrío, todos estamos a cargo (hasta cierto punto) y todos tenemos algo que decir sobre cómo queremos que nuestra vida se desarrolle una vez que lleguemos aquí.
Estas elecciones se consideran nuestro destino: podemos elegir qué camino tomar, podemos elegir qué camino debemos evitar y qué camino seguir, pero una cosa que no podemos cambiar es nuestro destino.
Nuestro destino es esencialmente experimentar el Amor Incondicional del Universo y, a menudo, esto requiere muchos viajes, a lo largo de muchas vidas y dimensiones, para poder regresar a esta energía.
Todas las almas en la Tierra están aquí en diferentes etapas de su evolución consciente, algunas están hacia el final y algunas acaban de comenzar, pero de cualquier forma todos estamos 'contraídos' para estar aquí.
Esencialmente, su Contrato de Alma es el trato que usted hizo para ayudarlo a crecer y evolucionar a un estado de conciencia más elevado, pero no está solo. También te ayudan un poco tus guías y ángeles en el camino.
Para cumplir con su Contrato de Alma, también se le asigna un conjunto de guías espirituales, ángeles y personas para que lo ayuden. Si está lo suficientemente abierto, recibirá constantemente señales, mensajes y pistas sobre si está siguiendo su camino más alto o destinado.
Una de las mejores pistas físicas de que estás siguiendo tu Contrato de Alma o el camino más elevado es cuando ocurre la sincronicidad o ocurren extrañas coincidencias que te llevan de una cosa a otra.
Otra buena señal de que está siguiendo su camino más alto es cuando parece conocer a las personas adecuadas en el momento adecuado, que pueden ofrecerle información, orientación y asistencia cuando tiene dudas o desea aprender.
Existe cierto debate sobre si puedes o no romper tu Contrato de Alma. Algunos argumentan que todo lo que hace es parte de su contrato, y otros creen que puede desviarse de su camino elegido. ¿Pero fue romper su contrato parte del trato?
No creo que sea posible realmente romper su contrato, pero puede haber momentos en que sus elecciones no siempre fluyan con su destino. Cuando esto ocurre, puede experimentar confusión, negatividad o incluso dolencias físicas, pero recuerde que todo esto a veces es necesario para ayudarlo a alinearse de forma natural y regresar al flujo.
Piensa en tu Contrato de Alma como la montaña en la que te colocaron: la montaña que estabas destinado a subir. Puede elegir cómo llegar a la cima, puede elegir qué camino desea subir; cada una de estas elecciones produce una experiencia completamente diferente, pero el destino siempre será el mismo.
Tu montaña seguirá creciendo, cambiando y evolucionando a medida que lo haces, pero tu propósito aquí en forma humana siempre permanecerá.
No es una carrera para ver qué tan rápido puedes llegar a la cima, no es un desafío necesario intentar escalar la montaña de otra persona, el desafío es ser sincero contigo mismo y escalar tu montaña con facilidad y gracia; emocionado por hacia dónde te llevará el viaje.
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CAMINO A LA GRACIA DE DIOS,
Era de la luz
“En los años noventa, Jordi Pujol se puso a trabajar para producir lo que está ocurriendo hoy en Cataluña”
Entrevista a Joan Botella, presidente de Federalistes d’Esquerres
“En los años noventa, Jordi Pujol se puso a trabajar para producir lo que está ocurriendo hoy en Cataluña”
Siscu Baiges
Catalunya plural
El catedrático de Ciencia Política Joan Botella ha sido hasta hace unos días decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Preside la asociación ‘Federalistes d’Esquerres’. No le sorprende que ahora se hable de la existencia de una tercera Catalunya y cree que la independencia es imposible.
***
¿Tenemos tres Catalunyas?
‘Federalistes d’Esquerres’ lo demuestra en la práctica desde hace mucho tiempo. La supuesta división dual que nos cuentan no es verdad. Hay quien se hace llamar ‘Tercera vía’, hay quien habla de una ‘Tercera Catalunya’…
Hay una Catalunya representada por los independentistas. Otra representada por Ciudadanos. Y, en medio, otra Catalunya que parece pequeña
La que es pequeña es la segunda, la de Ciudadanos. Tiene más de un millón de votos pero sociológicamente y culturalmente es pequeña. La mayor es la Catalunya huérfana, abandonada por sus padres y madres, la Cataluña de los trabajadores, de izquierdas, la catalanista… Es una amplia mayoría de la opinión pública y se ve cuando se hacen encuestas de opinión y le preguntan a la gente si prefiere una Catalunya independiente, una Catalunya dentro de una España centralizada o una Catalunya dentro de España y con más autogobierno. Esta última opción es siempre la mayoritaria. Incluso ahora.
Cuando hay elecciones no se nota
Porque no hay una buena representación política y sindical de esta Catalunya. Por razones complicadas. El Partido Socialista quedó medio muerto. Muchos de los comunes van a remolque de los independentistas. Los dirigentes sindicales quieren mantener la cohesión de sus sindicatos a toda costa y que no se rompan internamente o aparezcan sindicatos independentistas fuertes. Hay muchos elementos tácticos que hacen que esta mayoría no tenga una expresión política propia.
¿Siempre será así?
Eso tiene que acabar pero pasa como todo en la vida: ¿Quién será el portavoz, el representante de este proyecto? Hoy por hoy no lo vemos. Inevitablemente, unos de los que deberían hacer este papel son los comunes. También un Partido Socialista algo rehecho, reconstituido. Saldrán fuerzas políticas nuevas. ¿Los comerciantes catalanes están tranquilos y conforme con la situación actual? ¿A los industriales les gusta? No tienen nadie que hable por ellos. ¿Qué ha sido de los convergentes de toda la vida? Hay una mayoría social pero no hay núcleos políticos que la representen.
¿Es un problema de proyectos o de personas?
Un poco de todo. La generación del antifranquismo se ha jubilado, está agotada. Ha habido un exceso de confianza en los últimos veinte o veinticinco años en los que no se han fomentado valores, cultura e ideología, mientras que el independentismo ha producido discurso, personalidad,… Hace falta un socio español sólido que ahora no existe. Hay una conjunción astral de factores negativos que explica que la mayoría social potencial esté políticamente encogida.
Hemos llegado donde estamos por algo más que una conjunción astral, imagino
Por muchos errores. Esta mayoría se quedó sin palabras, sin propuesta. Una parte de ella, el socialismo a escala española, se fía absolutamente de Rajoy. Esto significa renunciar a hablar con voz propia, que es lo peor que se puede hacer en política. Además, cuando esta mayoría llegó al poder, con el tripartito, no supo muy bien qué hacer, no tenía proyecto. Se vio muy claro, no tanto en los años Maragall como en los subsiguientes, donde el único proyecto que había era ir aguantando e ir tirando. Montilla fue clarividente cuando denunció la desafección que se estaba generando en Catalunya pero él y su entorno no supieron cómo hacerle frente.
Hay también un elemento de coyuntura. Se mezcla la crisis económica y social, el fracaso de la operación Estatuto de Autonomía a raíz de las maniobras del PP de recogida de firmas en contra y el recurso ante el Tribunal Constitucional y un horizonte político internacional sacudido a escala europea e internacional. Hay un conjunto de desequilibrios porque las piezas del viejo equilibrio se están reajustando. ¡Quién nos iba a decir que hoy el gran defensor del libre comercio mundial es China y el proteccionismo lo cultivan los americanos! Toda la sintaxis de cómo habíamos entendido la política en los años ochenta no vale y debe renovarse.
¿Sin los 23 años de Jordi Pujol como presidente de la Generalitat habríamos llegado hasta aquí?
No. A partir de los años noventa, Jordi Pujol comenzó a trabajar conscientemente para producir lo que está ocurriendo hoy en Catalunya. Nadie había hablado seriamente de independentismo. Lluís Companys, el 6 de octubre de 1934, proclamó el estado catalán dentro de la República Federal Ibérica. Pujol puso recursos y mucho dinero para dar al independentismo elementos que no había tenido nunca: entrada en los medios de negocios e intelectuales, técnicos, gente cualificada. El independentismo era comarcal y de gente de letras. No era urbano, moderno, internacional, no hablaba inglés, no tenía empresarios. Poco a poco, el nacionalismo se encuentra con que su programa político tradicional -lengua y cultura- ya se ha alcanzado. La Generalitat dirige la educación, existe TV3, Catalunya Radio… Para ocupar este vacío aparece, entonces, la voluntad deliberada de empezar a hablar de economía, de que Catalunya podría ser mucho más rica de lo que es si no cargase con el peso de España. Hablan de expolio fiscal, de inversiones, siembran dudas sobre los servicios públicos, sociales, y terminan cuestionando la solidaridad con otros territorios de España. Este giro de la lengua al dinero está en la base del proceso.
Jordi Amat atribuye buena parte del aumento del apoyo al independentismo a la decisión de Pasqual Maragall de impulsar un nuevo Estatuto
Estoy de acuerdo. El Estatuto de 2006 no añadió nada que no estuviera en el de 1978. Se introdujeron cuestiones que se podrían haber asumido con leyes ordinarias del Parlamento de Catalunya. Fue la factura puesta por ERC para contentar a sus bases y formar un gobierno de izquierdas. Creía que así podría rematar a Convergencia y, al final, a muy largo plazo y de una manera un poco inesperada, es lo que ha acabado pasando. Convergencia hoy no existe y lo que fue es ahora muy pequeño. Victoria de ERC, pero victoria que han aprovechado otros.
La reforma del Estatuto era una operación tan ambiciosa que requería una actitud nacional en el gobierno y en la oposición. La Convergencia de Artur Mas era impermeable a consideraciones de interés nacional. Enfocaron la maniobra del Estatuto como un juego táctico en el que ellos tenían que ganar. Hay un ejemplo maravilloso: en el Estatuto que las leyes se aprueban por mayoría en el Parlamento de Cataluña excepto una, la Ley electoral, que requiere una mayoría de dos tercios. Sólo hay una explicación para ello y es que, cuando se hizo el Estatuto, Convergencia tenía un tercio más uno de los diputados del Parlamento. Podía bloquear la ley electoral y Mas amenazó con abandonar el proceso de elaboración del Estatuto si no se aprobaba esta condición. Maragall se lo compró. Sin reforma del Estatuto no habría habido tripartito. Fue el inicio de parte del embrollo actual pero era el precio indispensable que había que pagar si se quería tener una mayoría de izquierdas en el Parlamento.
¿Tapar la corrupción de CiU influye en la operación independentista o es un elemento accesorio?
Sí. En dos sentidos. Veinte años de gobierno de los mismos genera figuras como Millet. Es inevitable. Mejor no hablar de eso y hablar de otras cosas. Por otra parte, Jordi Pujol tenía una autoridad moral que hacía que el mundo independentista aceptara actitudes negativas por su parte. Era independentista y sabía que no se podía conseguir la independencia. Convenció a buena parte de los suyos de ello. Cuando en 2014 aparecen informaciones sobre el origen inexplicable de la fortuna de los Pujol, se desmorona su doble discurso. Si resulta que no era decente quizás tampoco era verdad que la independencia fuese imposible, piensan muchos. Y vemos gente mayor de edad, aparentemente culta, con intereses económicos, etcétera, que se cree aquella información de que la independencia era posible, fácil e indolora.
Mariano Rajoy y el PP también ayudan
Todo es empeorable. El Rajoy más negativo es el que estaba en la oposición. Gestionó el terrible disgusto de la derrota de 2014 con aquella campaña de culpar al PSOE y a los servicios secretos franceses de los atentados del 11-M. Quería volver al gobierno y lo hizo encima de ese caballo. Yo creo que no le gusta, pero es lo que tiene y continúa cabalgando igual. Y oímos las cosas que oímos, y vemos como no se aborda la crisis catalana, lo cual es chocante. No se puede tener en contra el territorio más dinámico, más activo económicamente, culturalmente, universitariamente, sin que alguien piense que se tiene que hacer algo.
Pero electoralmente le va bien en el conjunto de España
Seguro. Hay más incentivo político que maldad o voluntad personal o ideológica. A medida que el tiempo ha ido pasando, se ha ido afirmando la idea dentro del PP de que Rajoy es un blando, que no es de fiar. Le vemos como muy autoritario pero la horda que está detrás de él, de Aznar a Jiménez Losantos, se pasa el día pidiendo su cabeza. Siempre se puede empeorar.
¿Si Albert Rivera llega a presidente del Gobierno empeorará aún más la relación Catalunya-España?
Los presidentes no hacen lo que quieren sino lo que pueden hacer. Si Rivera llega a presidente del Gobierno será en alianza con alguien. Hace dos años estuvo a punto de formar gobierno con el PSOE. Me parece completamente exagerada la imagen de que Ciudadanos es la nueva extrema derecha, neofalangista. Lo que pasa entre PP y Ciudadanos es muy parecido a lo que pasa entre ERC y PDeCAT y los núcleos más hiperventilados del independentismo. Quien haga el primer gesto de paz será denunciado como traidor por el otro.
ERC ha hecho algunos de estos gestos. Parte del PDeCAT es más radical ahora que ERC
El sector Puigdemont. Él, Elsa Artadi, Eduard Pujol, suenan mucho más extremos que ERC. El gran problema que tiene el mundo independentista hoy es que lo forman cuatro partidos: el grupo Puigdemont, ERC, PDeCAT y la CUP. Compiten entre ellos y el primero que proponga hacer un alto en el camino será acusado inmediatamente de traidor. No es demasiado diferente de lo que ocurre entre Ciudadanos y PP en Madrid. En el Parlamento de Catalunya, entre lo que queda de Convergencia, ERC, socialistas y comunes suman 70 diputados, sin el grupo de Puigdemont, el PP, la CUP y Ciudadanos. Sin los extremistas hay una mayoría en Catalunya. Estos números están sobre la mesa. No me los invento yo pero quien se atreva a proponer esta mayoría en voz alta será colgado del palo mayor. ERC debería encabezar esta mayoría porque es el grupo más numeroso. La diferencia con Escocia o Quebec es que allí hay un solo partido que pide la independencia. En Catalunya el movimiento independentista está encarnado en cuatro partidos. Hace falta atrevimiento para promover una reordenación de las piezas del tablero de una manera nueva, impensada. La realidad obliga.
Carles Puigdemont estuvo a punto de actuar así y convocar elecciones anticipadas pero al final cedió a la presión de su entorno y no lo hizo
Cuenta mucho en su actitud actual la voluntad de venganza de lo que le pasó aquella noche, los tweets, los mensajes insultantes de Gabriel Rufián, la manifestación de los jóvenes de la CUP,…
¿Se anima a hacer una predicción de lo que puede pasar en el futuro inmediato?
Hay una parte del mundo independentista que está dispuesta a hacer la catástrofe lo más grande posible, que no pase nada bueno, que fracasen los intentos de nombrar presidente, que puedan insistir en que el gobierno de Madrid es autoritario y no deja trabajar al Parlamento … A estos no les da miedo ir a nuevas elecciones. Y hay otra parte del independentismo que sabe que esta vía es suicida.
Los primeros confían en que haya una mediación internacional
Confían en una presión ‘insoportable’ desde el exterior. Un mediador es alguien que puede coger por el cuello a las dos partes, hacerlas sentar en una mesa y no dejar que se levanten hasta que no lleguen a un pacto. La mediación internacional no es nunca elegante, simpática o desinteresada. Son los banqueros alemanes que quieren cobrar sus deudas. No excluyo que, ahora que hay gobierno en Alemania, esto ocurra, que alguien llame a Madrid y Barcelona y pida explicaciones por el dinero de sus banqueros. La otra posibilidad es entenderse sin llegar aquí, sin intervención exterior. Los catalanes siempre hemos estado convencidos de que somos mejores, más listos, más prudentes, más europeos que el promedio español. No somos conscientes de hasta qué punto esta crisis actual nos está dando mal nombre dentro y fuera de las Españas.
Dentro de las Españas ven Cataluña a través de televisiones como Telecinco, La 1 o La Sexta. Aquí lo hacemos a través de TV3. ¿Comparte la visión de que TV3 y Catalunya Ràdio han sido fundamentales para el auge del independentismo?
Han sido claves. En TV3 no hay ahora ningún programa que no responda a sumarse al proceso. Cuando hay programas de tertulias, reflexión, debates, los invitados están en proporción de 3 a 1 y el presentador se suma a la mayoría y crucifican al que está en minoría. Los no independentistas pueden optar entre ir y salir crucificados o no ir y quedar mal. Esto debería hacer reflexionar a alguien en el frente de los medios. Lo hemos visto en las conversaciones para formar nuevo gobierno en Catalunya. Los partidos nos cuentan con toda naturalidad como se reparten la dirección y los servicios informativos de la radio y la televisión de Catalunya. Cuando se les reprocha, la respuesta es que los medios públicos españoles también son sectarios, lo cual no es un muy buen argumento.
¿Hay alguna solución a la situación actual que permita prever un retorno al debate político y social tranquilo? Nada permite pensar en un futuro sin dirigentes independentistas condenados a largas penas de prisión. A no ser que haya indultos
Pasará esto o algo similar, pero no de forma rápida. Ahora nos podemos encontrar con que el presidente sea liberado y el vicepresidente sea condenado por hechos cometidos por el presidente. Es un escenario fatal. Durará un rato, inevitablemente. Algunos eventos podrían acelerar este proceso. Por ejemplo, un cambio político en España. Tengamos en cuenta que el Gobierno no puede aprobar los presupuestos generales del Estado y esto puede generar una crisis. Otra posibilidad sería la presión exterior. Tanto para bien -que los banqueros alemanes convenzan a Angela Merkel de que apriete- o por las malas -que a base de resoluciones judiciales contrarias a las del Tribunal Supremo salgan opciones diferentes. La actitud del Tribunal Supremo ahora es presentar el tribunal de Schleswig-Holstein que se ha negado a extraditar a Puigdemont por rebelión como un ‘tribunal de provincias’. Estos jueces todavía no han entendido que están dentro de la Unión Europea, donde el Tribunal Supremo español es tan importante como la Audiencia Provincial de Jaén. Europa redibuja las jerarquías. Mientras la clase político-administrativa central se comporte como Cristina Cifuentes, para decirlo rápido, no entenderán que están ante un problema gravísimo y no empezarán a trabajar para resolverlo. En política, las soluciones a veces vienen de lugares inesperados.
La sociedad catalana agradecería que las aguas de la política y la convivencia se calmaran un poco
La división social es lo suficientemente profunda como para que se pueda hacer un diagnóstico pesimista. Ya hace tiempo que Lluís Foix dice que estamos viviendo una guerra civil. Una guerra civil fría, pero guerra civil al fin y al cabo. Y esto puede tardar mucho tiempo en resolverse. Toda la gente que vivió el 1 de octubre en los colegios electorales lo hizo de forma muy tensa, dramática. Para ellos, no era ningún juego y de ello se tiene que ser consciente. El paso del tiempo ayuda pero se necesitan iniciativas políticas que ahora no se ven. Hay protagonistas que podrían jugar un papel político pero renuncian a él. Comisiones Obreras y UGT, al participar en la manifestación del día 15 diciendo que son transversales y que defienden la libertad, afirman la existencia de ‘presos políticos’ y asumen la forma de ver la realidad que tiene el mundo independentista. Es legítimo y lo respeto pero es un error grave porque renuncian al papel que pueden jugar como elementos realmente transversales que aporten soluciones nuevas.
¿Es posible la independencia?
No. Nunca ha nacido una independencia dentro de una democracia, porque esto quiere decir que el estado de origen pase a ser visto por la comunidad internacional como un estado ilegítimo. Tendrían que pasar muchas cosas para que España llegara a esta situación, siendo como es un país democrático miembro del club europeo. ¿Si Catalunya fuera independiente, sería viable? Sí, claro. Hace un siglo que Irlanda es independiente y es una roca pelada, en medio de las aguas glaciales del Atlántico norte. Han salido adelante y los irlandeses comen cada día. Cataluña seguiría teniendo las mismas condiciones, el mismo clima, la misma arquitectura. Los turistas seguirían viniendo. Económicamente, la Cataluña independiente es viable.
No lo es, sin embargo, política y socialmente. En primer lugar, porque el defensores de una Cataluña independiente son una minoría en la sociedad catalana. En segundo lugar, porque la ruptura con las Españas no es factible y lo que está pasando estos días, con los encarcelamientos y las situaciones judiciales lo demuestra. Y, además, porque el mundo requiere unidades más grandes y no unidades más pequeñas. No prestamos suficiente atención pero lo más importante de lo que está a punto de pasar es la apertura de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Esto es, de largo, lo más grave que tenemos en los próximos días y semanas. Resistir ante potencias de este calibre reclama ser mucho mayor y mucho más sólido. Este delirio de que podemos construir una reja, unas fronteras, unos muros, nosotros sólos vamos a salir de ésta, la comparación con Estonia, Noruega, etcétera, no se sostiene de ningún modo.
Europa no hace méritos últimamente por ser un marco del que formar parte sea un motivo de orgullo
Hay ciclos políticos. A veces ganan unos, a veces otros. Lo que estamos viendo es que en todos los países europeos, por déficit de integración europea, están apareciendo reforzados los nacionalismos interiores. Hace unos días en Hungría, antes en Italia, Alemania, Francia, el brexit… ¿Por qué? Porque el nuevo club, el nuevo estado es aún tímido, sólo es una unidad económica sin el peso político correspondiente. La gente busca un refugio y lo que tiene más a mano es el nacionalismo. Pero esto no lleva a ningún lado.
Como federalista eso debe frustrarle
Al revés. Lo que hace falta es desarrollar cultura federalista y trabajar por la federación europea. Hoy Europa es más federal que hace cincuenta años. Un tribunal provincial alemán puede desmentir al Tribunal Supremo español. Esto es Europa. Esto es federalismo. Lo que no habrá nunca más serán soberanías. ¿Soberanía en qué? ¿Climática? ¿En el papel dentro de la economía mundial? ¡No fastidies! Lo bueno de lo que estamos viviendo es la desaparición de los límites fronterizos, aunque genere problemas como el de los refugiados, los inmigrantes o ciertos aspectos de la globalización. Conviene recordar que las fronteras son artificiales, son inventos.
¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que recuperemos la buena convivencia social?
Hay números para que esto vaya para largo. Hay números para que quede un reducto diferente en las conciencias de unos y otros pero que podamos conseguir una forma de convivencia razonablemente estabilizada. Hay que sentarse y hablar, pero ahora estamos en la fase de enfrentamiento entre machos alfa.
¿Esa solución confortable llegará después de hacer uno o más referendos?
Si fuera necesario, sí. Muchos constitucionalistas han dicho que es posible un referéndum de verdad, no uno consultivo. Si llevas a la gente a votar debe ser para que el resultado vaya a misa. Si sale que Sí es que Sí. Como el brexit. ¿Pero votando qué? ¿Independencia Sí o No? ¿Statu quo actual Sí o No? ¿Una propuesta nueva más satisfactoria Sí o No? Yo apuesto por esta tercera posibilidad. Esto quiere decir que se tiene que elaborar, negociar mucho, determinar qué objetivos se quieren alcanzar mediante la independencia y acordar un referéndum que incluya un número determinado de ellos. Hace falta una decisión y una voluntad para hacerlo que hoy no vemos, pero la solución tiene que ir por ahí.
Fuente: http://catalunyaplural.cat/es/joan-botella-catedratico-de-ciencia-politica-y-presidente-de-federalistes-desquerres/#.WtSxj0mehPo.whatsapp
¿Por qué la clase trabajadora apoya a la derecha?
El auge internacional de la derecha
¿Por qué la clase trabajadora apoya a la derecha? Clase, identidad, cultura
Àngel Ferrero
Viento Sur
Este texto es la ponencia original que el autor tenía pensado presentar el pasado 14 de abril en la VI Escuela de Primavera de Anticapitalistes-Catalunya celebrada en el municipio de Begues (Barcelona). Debido a un cambio de formato –la mesa pasó a ser un debate con Marc Casanovas y Nuria Alabao (que finalmente no pudo asistir)– este texto fue adaptado. Viento Sur publica ahora el original.
Antes que nada, agradecer a los organizadores, y en particular a Josep Maria Antentas, por haberme invitado a raíz de una serie de artículos que publiqué en El Salto y La Directa sobre la nueva derecha en Estados Unidos y en Europa.
El tema de esta mesa es el crecimiento de esta nueva derecha radical en los últimos años, cuál es el motivo de esta ola que ha ido avanzando por toda Europa, y que no es, por lo tanto, un fenómeno puntual, aunque, como es lógico, en cada país presenta características propias.
En una entrevista reciente a Virginie Despentes en El Confidencial que tuvo una considerable difusión en nuestro país, preguntaban a la escritora francesa lo mismo que se plantea aquí: ¿por qué los trabajadores votan a la derecha y a la extrema derecha? Despentes respondía: "Ojo, no solamente los obreros votan a la extrema derecha, también lo hacen los ricos y los privilegiados e igualmente contra sus intereses."
Ésta es una respuesta pobre y que no debería satisfacer a nadie. Efectivamente, los ricos y los privilegiados también votan a partidos de derecha, pero es el voto de los trabajadores lo que debería de preocuparnos. Porque los trabajadores son, objetivamente, una mayoría social, y los ricos y los privilegiados no lo son. Son los votos de los trabajadores –o su abstención– los que decantan los resultados de una elección. Po eso en las democracias contemporáneas se invierten tantos recursos en influir en su opinión.
Cito la segunda parte de la respuesta de Despentes porque también es significativa para la cuestión que hoy se trata aquí. "¿Eres gay y de extrema derecha? ¿Seguro? ¿Judío y de extrema derecha? ¿Seguro? [...] al menos en Francia, hay una propaganda muy fuerte que viene de arriba a favor de la extrema derecha, vemos a Marine Le Pen cada día en la tele, la escuchamos en la radio, todos los días. Y los obreros ven la tele y escuchan la radio y votan en consecuencia."
Este argumento último de Despentes no es sólo pobre: es peligroso. La teoría de la aguja hipodérmica, según la cual el público es una especie de receptáculo vacío que los medios de comunicación "llenan" con sus contenidos, está totalmente desacreditada. Además, considera que son los otros, y no uno mismo, este receptáculo vacío.
Esto no es una conferencia académica –yo tampoco soy académico– y no entraré en detalle en todas las cuestiones de este fenómeno, pero sí que podemos apuntar algunos de los motivos que lo explican.
En contra de lo que cree Despentes –y muchos otros militantes de izquierdas y ciudadanos sin filiación política–, un discurso político no echa raíces si el terreno no le es favorable. Es necesario señalar que muchos de los políticos y partidos que se mencionan cuando se habla de esta cuestión no sólo no contaban con el favor de los medios de comunicación de masas y la industria cultural, sino que incluso contaban con una cobertura negativa y, a pesar de eso, registraron avances importantes.
En las últimas elecciones en Estados Unidos, por ejemplo, Hillary Clinton recibió el apoyo de 500 medios de comunicación y Donald Trump de 28, una cifra inferior a la de los medios que pidieron simplemente no votarlo, que fueron 30. Clinton tenía el apoyo público de muchas estrelas del mundo del cine y la música. Pocas, en cambio, pidieron el voto por Trump –Jon Voight y James Woods son la excepción–. Es un caso clásico de espiral del silencio, cuando no se expresan opiniones impopulares por temor al aislamiento social.
En todos estos políticos y partidos encontramos una característica común: todos ellos han sido capaces de detectar el descontento popular y explotarlo demogágicamente en beneficio propio. Un descontento dirigido principalmente hacia esta fase de expansión del capitalismo tardío que se ha llamado "globalización" y sus consecuencias sociales, sentidas con mayor dureza después de la crisis financiera mundial del 2008.
Si son capaces de hacerlo ha sido por la crisis de las dos grandes corrientes del movimiento obrero en la segunda mitad del siglo XX, el comunismo y la socialdemocracia, y los sindicatos asociados a esta última. A grandes rasgos, esta crisis comienza en los setenta y se acelera en los noventa, con la desitengración de la Unión Soviética y del campo socialista.
A los motivos, endógenos y exógenos, de esta crisis se podría dedicar otra ponencia entera. Limitémonos aquí a señalar dos consecuencias.
La primera, la desaparición del tejido asociativo vinculado al movimiento comunista y a la socialdemocracia, que eran espacios de organización política, pero también de comunicación y socialización.
El segundo, que es paralelo al primero, es la crisis del pensamiento político, que se consolida con la difusión del postestructuralismo –más popularmente conocido como posmodernismo– entre los intelectuales de izquierdas y su desconexión de la realidad social.
Estas dos consecuencias dejan a los barrios trabajadores abandonados a la deriva y expuestos sin ningún contrapeso a una cultura de masas alienante y consumista transmitida a través de los medios de comunicación de masas. Es este vacío político el que ha conseguido aprovechar la nueva derecha.
Esta situación que he descrito ha de llevarnos a rechazar los frecuentes paralelismos con los años treinta y el ascenso del fascismo en Europa, que fue una reacción organizada y violenta contra el movimiento obrero organizado y la influencia del triunfo de la revolución socialista en Rusia. Incluso si a nivel ideológico pueden compartir algunas características –como el culto a la tradición, el menosprecio a los débiles o el nacionalismo excluyente de gran nación– este paralelismo no es apropiado ya que el espectro ideológico en el que se sitúan estos partidos es mucho más amplio.
Ya me he referido antes a cómo muchos de estos partidos no sólo no cuentan con el apoyo de los medios de comunicación y la industria cultural, ni tampoco de algunos sectores de la economía –como las nuevas tecnologías digitales–, sino incluso con su rechazo, lo que no hace sino aumentar su atractivo a ojos de la antigua clase obrera industrial; los hijos de ésta, que se debaten entre el paro y trabajos temporales y mal remunerados en el sector servicios; los restos de una clase media que teme perder su posición; y un mundo rural que es prácticamente inexistente en el discurso de las izquierdas.
Cuando estos partidos llegan al gobierno abandonan las reivindicaciones sociales de su programa –ya sea la promesa ilusoria de un retorno al capitalismo dorado de posguerra en el mundo anglosajón o la oferta de programas públicos de trabajo en Europa continental– y se convierten en la porra del neoliberalismo, en algunos casos en el sentido más literal del término. Lo hemos visto en Estados Unidos con Trump, en Austria con el gobierno de coalición entre conservadores y el FPÖ, o en Finlandia con la participación del Partido de los Finlandeses en el gobierno conservador.
Hablar de las victorias de esta derecha implica, necesariamente, hablar de la derrota de la izquierda. El rechazo a la izquierda por parte de la clase trabajadora, y también de sectores de la clase media que antes votaban a partidos de izquierdas, está relacionado con la incorporación de buena parte de la izquierda posterior al 68 a los sistemas políticos occidentales. Nancy Fraser incluso ha hablado de un "neoliberalismo progresista", que define como "una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood)"
"En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización [...] El resultado fue un ’neoliberalismo progresista’, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. [...] Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados.
Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella."
Si la lucha de las mujeres se reduce a un pseudofeminismo meritocrático, consistente en cuotas de representación en los consejos de administración de empresa; si el ecologismo se limita a una opción de consumo alejada del poder adquisitivo de la clase trabajadora; si el discurso de los derechos humanos no es más que la caridad organizada en forma de ONG y la defensa de las denominadas "intervenciones humanitarias", con la muerte inútil de soldados en conflictos imperialistas; si el internacionalismo se confunde con la defensa de la globalización, incluso –o todavía más– si se trata de una "globalización alternativa", a los supuestos elementos enriquecedores de la cual únicamente puede accederse a través del consumo en forma de viajes o en forma de estudios e intercambios universitarios en el extranjero; si la izquierda política se presenta, en definitiva, con este programa, difícilmente esta clase trabajadora –que ya no puede afirmarse a través del consumo como lo había hecho antes del estallido de la crisis– puede identificarse con la nueva izquierda y considerarla representante y defensora de sus intereses materiales.
Y esto, de lo que parece no darse cuenta la propia nueva izquierda –no, al menos, si uno observa los debates públicos–, lo sabe perfectamente la nueva derecha.
“Cuanto más hablen de políticas de identidad, más agarrados los tengo”, confesó el último director de campaña de Trump, Steve Bannon, al periodista Robert Kuttner, de la revista American Prospect. “Quiero que hablen todos los días de racismo: si la izquierda está centrada en cuestiones de raza e identidad y nosotros en el nacionalismo económico, aplastaremos a los Demócratas”. Razonablemente se puede hablar –y esto es una broma a medias– de su estrategia como un "leninismo de derechas": descubrir el eslabón débil, explotar las contradicciones, crear hegemonía, atraerse a la clase trabajadora.
"¿Eres gay y de extrema derecha? ¿Seguro? ¿Judío y de extrema derecha? ¿Seguro?", se preguntaba Despentes en la entrevista que he mencionado antes.
La señora Despentes parece estar en esto también muy desinformada. Incluso si en muchos aspectos la nueva derecha se apoya en planteamientos patriarcales y antisemitas –particularmente las teorías de la conspiración– nada de lo que menciona Despentes es incompatible. En este espacio político encontramos homosexuales: Pim Fortuyn, Milo Yiannopoulos, Peter Thiel, o el expresidente del Frente Nacional francés, Florian Philippot. Este espacio político no sólo no es antisemita, sino que en muchos casos, sobre todo en Estados Unidos, es agresivamente prosionista. Y no sólo: después del asesinato de Fortuyn en Holanda un inmigrante de Cabo Verde lideró su partido, y también sabemos por los medios de comunicación que hay hijos de inmigrantes árabes y caribeños que apoyaron en las últimas elecciones presidenciales a Le Pen –incluso por su propuesta de restringir la política de inmigración, ya que ven a los nuevos inmigrantes como competidores directos de sus puestos de trabajo–.
Las respuestas de Despentes son de todos modos sintomáticas: pensamiento débil, declive de las categorías sociales y universales de origen republicano, y auge de las políticas de identidad.
Lo ha explicado bien el marxista francés Jean-Loup Amselle: "Ese declive –junto con el del universalismo— es continuo desde 1968. Es un fenómeno lento, que procede también de la descalificación del prisma analítico del marxismo, habida cuenta de la difamación sufrida por el marxismo como intrínsecamente vinculado al totalitarismo."
Esta difamación "ha facilitado, en la coyuntura postsesantaiochesca,
postmoderna, postcolonial, la substitución de un análisis en términos horizontales y de clases por una manera de cortar la sociedad en capas y rebanadas fragmentarias, lo que yo llamo las ’entalladuras verticales’.
Esta temática de los ’fragmentos’, de la multitud, ha sido notoriamente formalizada por Toni Negri, pero también por toda la corriente conocida internacionalmente como French Theory." Incluso ahora que algunos medios hablan de redescubrir la clase social, y en concreto la clase trabajadora, lo hacen desde una perspectiva de identidad, en base a preferencias culturales o códigos estéticos –frecuentemente estereotipados– y no a su posición en el sistema socio-económico.
Otra consecuencia de esta política de la que habla Amselle es un "doble fenómeno de reivindicación identitaria". Cito: "Por una parte, crecen las reivindicaciones minoritarias por parte de los grupos que se sienten discriminados, oprimidos, marginados". Un fenómeno que, como el ecologismo, ha sido transformado en una etiqueta comercial por a quienes Amselle llama "empresarios de la etnicidad y la memoria", personas que hablan "en nombre de esos grupos, constituidos por ellos mismos y de los que se proclaman portavoces, a fin de monopolizar en beneficio propio unas reivindicaciones inicialmente poco articuladas y dispersas”. La identidad, recuerda Amselle, es en realidad “múltiple” y existe “en función del contexto de interlocución”, mientras que “las reivindicaciones monopolizadas por esos empresarios de la etnicidad y la memoria encierran a los actores en monoidentidades”.
Y es un fenómeno doble porque la promoción de esta reivindicación identitaria desde la izquierda académica ha comportado que los trabajadores "blancos" occidentales se vean a sí mismos, en contraposición al resto de grupos, más como "blancos", "occidentales" o incluso "cristianos" que como parte de una cadena de producción de valor mundial en la que tienen intereses compartidos con otros trabajadores, y hasta que aseguren haber "descubierto" o "redescubierto" esta "identidad" que ahora consideran prácticamente "perdida" o "amenazada".
Los políticos de la nueva derecha se convierten, así, en los gestores "de la etnicidad y la memoria" de este grupo. No identificándose con otros trabajadores es más fácil que los trabajadores occidentales vean en los líderes de los partidos de la nueva derecha a hombres y mujeres que, como se dice vulgarmente, "han triunfado", y proyecten en ellos la aspiración a abandonar la clase a la que objetivamente pertenecen y subir unos peldaños en la escala social, ni que sea para recuperar el poder adquisitivo perdido con la crisis.
La diagnosis de Amselle apunta un camino para salir de este laberinto en el cual la izquierda se ha adentrado –y hay que decir que buena parte de sus intelectuales orgánicos se ha adentrado de buen gusto, porque obtenían más réditos académicos y económicos y menos quebraderos de cabeza filosóficos y laborales que ocupándose de cuestiones políticas y económicas–.
El camino pasa por abandonar un pensamiento político que fracciona a la izquierda y la recluye en torres de marfil incomunicadas entre sí.
Como denunció Mark Fisher en un ensayo de 2013, este tipo de discursos nos ha llevado a un desfiladero "oscuro y desmoralizante, donde la clase ha desaparecido y el moralismo está en todas partes, donde la solidaridad es imposible, pero la culpa y el miedo son omnipresentes: no porque estemos aterrorizados por la derecha, sino porque hemos permitido que modos de subjetividad burguesa contaminen nuestro movimiento."
Fisher llamó a esta nueva izquierda, con una importante presencia en las redes sociales "el castillo del vampiro". Sus habitantes, explicaba, son prisioneros de un triple deseo: el del sacerdote de excomunicar y condenar, el del académico pedante de ser el primero en detectar un error, y el del hipster que quiere formar parte de un grupo en vez "de buscar un mundo en el que todo el mundo consigue ser libre de la clasificación identitaria".
En el "castillo del vampiro" todo el mundo vive acorralado "en campos identitarios" que son "definidos en términos marcados por el poder dominante" y "aislados por una lógica del solipsismo que insiste que no podemos comprender al otro si no pertenecemos al mismo grupo".
Ya en 2013 Fisher comprobó que en estas largas discusiones en Twitter sobre privilegios había "un mecanismo de proyección y rechazo por el cual la mera mención de la clase es automáticamente tratada como si significase subestimar la importancia de la etnia y el género". De hecho, decía, lo que ocurre es exactamente lo contrario: se utiliza una definición liberal de éstas para "oscurecer el concepto de clase" hasta el punto de desarticularlo de otras categorías. El concepto de "interseccionalidad", que aparece con frecuencia como una solución mágica, se utiliza, precisamente, como barricada frente a ese intento de articulación.
"El castillo del vampiro se alimenta de la energía, la ansiedad y las vulnerabilidades de jóvenes estudiantes, pero sobre todo vive convirtiendo el sufrimiento de grupos particulares, cuanto más ’marginales’ mejor, en capital académico", escribía Fisher. "Las figuras más elogiadas en el castillo del vampiro son aquellas que han descubierto un nuevo mercado de sufrimiento: quienes pueden encontrar un grupo más oprimido y sometido que cualquier otro previamente explotado serán promovidos rápidamente en la escala."
El resultado lo han ido comprobando, como si dijéramos, a garrotazos: a medida que la nueva derecha ha avanzado electoralmente y han visto que existe un mundo más allá de las redes sociales. La solución no pasa por encerrarse en torres de marfil –y menos todavía en torres de marfil dentro de las torres de marfil ya existentes– ni leer medios de comunicación digitales ni ver programas de televisión dominicales que confirmen, de manera autocomplaciente, la manera en que vemos el mundo en lugar de escuchar otras opiniones, por desagradables que puedan resultar.
Se trata de abandonar este pensamiento, en definitiva, que tiene como matriz aquello que se ha llamado posmodernismo y regresar a categorías universalistas, republicanas, que apelen a mayorías sociales. La que no implica, evidentemente, una asunción acrítica de las opiniones xenófobas o machistas que puedan tener muchos trabajadores. También recuperar, reconstruir y fortalecer el hoy deteriorado tejido social y asociativo popular. De lo contrario, la nueva derecha nacional-conservadora seguirá ganando terreno aquí y allá. Y no será ninguna sorpresa.
Muchas gracias.
Àngel Ferrero es periodista y traductor. Es coautor de La quinta Alemania (Icaria, 2013) y El último europeo (La Oveja Roja, 2014).
Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article13708
¿Por qué la clase trabajadora apoya a la derecha? Clase, identidad, cultura
Àngel Ferrero
Viento Sur
Este texto es la ponencia original que el autor tenía pensado presentar el pasado 14 de abril en la VI Escuela de Primavera de Anticapitalistes-Catalunya celebrada en el municipio de Begues (Barcelona). Debido a un cambio de formato –la mesa pasó a ser un debate con Marc Casanovas y Nuria Alabao (que finalmente no pudo asistir)– este texto fue adaptado. Viento Sur publica ahora el original.
Antes que nada, agradecer a los organizadores, y en particular a Josep Maria Antentas, por haberme invitado a raíz de una serie de artículos que publiqué en El Salto y La Directa sobre la nueva derecha en Estados Unidos y en Europa.
El tema de esta mesa es el crecimiento de esta nueva derecha radical en los últimos años, cuál es el motivo de esta ola que ha ido avanzando por toda Europa, y que no es, por lo tanto, un fenómeno puntual, aunque, como es lógico, en cada país presenta características propias.
En una entrevista reciente a Virginie Despentes en El Confidencial que tuvo una considerable difusión en nuestro país, preguntaban a la escritora francesa lo mismo que se plantea aquí: ¿por qué los trabajadores votan a la derecha y a la extrema derecha? Despentes respondía: "Ojo, no solamente los obreros votan a la extrema derecha, también lo hacen los ricos y los privilegiados e igualmente contra sus intereses."
Ésta es una respuesta pobre y que no debería satisfacer a nadie. Efectivamente, los ricos y los privilegiados también votan a partidos de derecha, pero es el voto de los trabajadores lo que debería de preocuparnos. Porque los trabajadores son, objetivamente, una mayoría social, y los ricos y los privilegiados no lo son. Son los votos de los trabajadores –o su abstención– los que decantan los resultados de una elección. Po eso en las democracias contemporáneas se invierten tantos recursos en influir en su opinión.
Cito la segunda parte de la respuesta de Despentes porque también es significativa para la cuestión que hoy se trata aquí. "¿Eres gay y de extrema derecha? ¿Seguro? ¿Judío y de extrema derecha? ¿Seguro? [...] al menos en Francia, hay una propaganda muy fuerte que viene de arriba a favor de la extrema derecha, vemos a Marine Le Pen cada día en la tele, la escuchamos en la radio, todos los días. Y los obreros ven la tele y escuchan la radio y votan en consecuencia."
Este argumento último de Despentes no es sólo pobre: es peligroso. La teoría de la aguja hipodérmica, según la cual el público es una especie de receptáculo vacío que los medios de comunicación "llenan" con sus contenidos, está totalmente desacreditada. Además, considera que son los otros, y no uno mismo, este receptáculo vacío.
Esto no es una conferencia académica –yo tampoco soy académico– y no entraré en detalle en todas las cuestiones de este fenómeno, pero sí que podemos apuntar algunos de los motivos que lo explican.
En contra de lo que cree Despentes –y muchos otros militantes de izquierdas y ciudadanos sin filiación política–, un discurso político no echa raíces si el terreno no le es favorable. Es necesario señalar que muchos de los políticos y partidos que se mencionan cuando se habla de esta cuestión no sólo no contaban con el favor de los medios de comunicación de masas y la industria cultural, sino que incluso contaban con una cobertura negativa y, a pesar de eso, registraron avances importantes.
En las últimas elecciones en Estados Unidos, por ejemplo, Hillary Clinton recibió el apoyo de 500 medios de comunicación y Donald Trump de 28, una cifra inferior a la de los medios que pidieron simplemente no votarlo, que fueron 30. Clinton tenía el apoyo público de muchas estrelas del mundo del cine y la música. Pocas, en cambio, pidieron el voto por Trump –Jon Voight y James Woods son la excepción–. Es un caso clásico de espiral del silencio, cuando no se expresan opiniones impopulares por temor al aislamiento social.
En todos estos políticos y partidos encontramos una característica común: todos ellos han sido capaces de detectar el descontento popular y explotarlo demogágicamente en beneficio propio. Un descontento dirigido principalmente hacia esta fase de expansión del capitalismo tardío que se ha llamado "globalización" y sus consecuencias sociales, sentidas con mayor dureza después de la crisis financiera mundial del 2008.
Si son capaces de hacerlo ha sido por la crisis de las dos grandes corrientes del movimiento obrero en la segunda mitad del siglo XX, el comunismo y la socialdemocracia, y los sindicatos asociados a esta última. A grandes rasgos, esta crisis comienza en los setenta y se acelera en los noventa, con la desitengración de la Unión Soviética y del campo socialista.
A los motivos, endógenos y exógenos, de esta crisis se podría dedicar otra ponencia entera. Limitémonos aquí a señalar dos consecuencias.
La primera, la desaparición del tejido asociativo vinculado al movimiento comunista y a la socialdemocracia, que eran espacios de organización política, pero también de comunicación y socialización.
El segundo, que es paralelo al primero, es la crisis del pensamiento político, que se consolida con la difusión del postestructuralismo –más popularmente conocido como posmodernismo– entre los intelectuales de izquierdas y su desconexión de la realidad social.
Estas dos consecuencias dejan a los barrios trabajadores abandonados a la deriva y expuestos sin ningún contrapeso a una cultura de masas alienante y consumista transmitida a través de los medios de comunicación de masas. Es este vacío político el que ha conseguido aprovechar la nueva derecha.
Esta situación que he descrito ha de llevarnos a rechazar los frecuentes paralelismos con los años treinta y el ascenso del fascismo en Europa, que fue una reacción organizada y violenta contra el movimiento obrero organizado y la influencia del triunfo de la revolución socialista en Rusia. Incluso si a nivel ideológico pueden compartir algunas características –como el culto a la tradición, el menosprecio a los débiles o el nacionalismo excluyente de gran nación– este paralelismo no es apropiado ya que el espectro ideológico en el que se sitúan estos partidos es mucho más amplio.
Ya me he referido antes a cómo muchos de estos partidos no sólo no cuentan con el apoyo de los medios de comunicación y la industria cultural, ni tampoco de algunos sectores de la economía –como las nuevas tecnologías digitales–, sino incluso con su rechazo, lo que no hace sino aumentar su atractivo a ojos de la antigua clase obrera industrial; los hijos de ésta, que se debaten entre el paro y trabajos temporales y mal remunerados en el sector servicios; los restos de una clase media que teme perder su posición; y un mundo rural que es prácticamente inexistente en el discurso de las izquierdas.
Cuando estos partidos llegan al gobierno abandonan las reivindicaciones sociales de su programa –ya sea la promesa ilusoria de un retorno al capitalismo dorado de posguerra en el mundo anglosajón o la oferta de programas públicos de trabajo en Europa continental– y se convierten en la porra del neoliberalismo, en algunos casos en el sentido más literal del término. Lo hemos visto en Estados Unidos con Trump, en Austria con el gobierno de coalición entre conservadores y el FPÖ, o en Finlandia con la participación del Partido de los Finlandeses en el gobierno conservador.
Hablar de las victorias de esta derecha implica, necesariamente, hablar de la derrota de la izquierda. El rechazo a la izquierda por parte de la clase trabajadora, y también de sectores de la clase media que antes votaban a partidos de izquierdas, está relacionado con la incorporación de buena parte de la izquierda posterior al 68 a los sistemas políticos occidentales. Nancy Fraser incluso ha hablado de un "neoliberalismo progresista", que define como "una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood)"
"En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización [...] El resultado fue un ’neoliberalismo progresista’, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. [...] Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados.
Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella."
Si la lucha de las mujeres se reduce a un pseudofeminismo meritocrático, consistente en cuotas de representación en los consejos de administración de empresa; si el ecologismo se limita a una opción de consumo alejada del poder adquisitivo de la clase trabajadora; si el discurso de los derechos humanos no es más que la caridad organizada en forma de ONG y la defensa de las denominadas "intervenciones humanitarias", con la muerte inútil de soldados en conflictos imperialistas; si el internacionalismo se confunde con la defensa de la globalización, incluso –o todavía más– si se trata de una "globalización alternativa", a los supuestos elementos enriquecedores de la cual únicamente puede accederse a través del consumo en forma de viajes o en forma de estudios e intercambios universitarios en el extranjero; si la izquierda política se presenta, en definitiva, con este programa, difícilmente esta clase trabajadora –que ya no puede afirmarse a través del consumo como lo había hecho antes del estallido de la crisis– puede identificarse con la nueva izquierda y considerarla representante y defensora de sus intereses materiales.
Y esto, de lo que parece no darse cuenta la propia nueva izquierda –no, al menos, si uno observa los debates públicos–, lo sabe perfectamente la nueva derecha.
“Cuanto más hablen de políticas de identidad, más agarrados los tengo”, confesó el último director de campaña de Trump, Steve Bannon, al periodista Robert Kuttner, de la revista American Prospect. “Quiero que hablen todos los días de racismo: si la izquierda está centrada en cuestiones de raza e identidad y nosotros en el nacionalismo económico, aplastaremos a los Demócratas”. Razonablemente se puede hablar –y esto es una broma a medias– de su estrategia como un "leninismo de derechas": descubrir el eslabón débil, explotar las contradicciones, crear hegemonía, atraerse a la clase trabajadora.
"¿Eres gay y de extrema derecha? ¿Seguro? ¿Judío y de extrema derecha? ¿Seguro?", se preguntaba Despentes en la entrevista que he mencionado antes.
La señora Despentes parece estar en esto también muy desinformada. Incluso si en muchos aspectos la nueva derecha se apoya en planteamientos patriarcales y antisemitas –particularmente las teorías de la conspiración– nada de lo que menciona Despentes es incompatible. En este espacio político encontramos homosexuales: Pim Fortuyn, Milo Yiannopoulos, Peter Thiel, o el expresidente del Frente Nacional francés, Florian Philippot. Este espacio político no sólo no es antisemita, sino que en muchos casos, sobre todo en Estados Unidos, es agresivamente prosionista. Y no sólo: después del asesinato de Fortuyn en Holanda un inmigrante de Cabo Verde lideró su partido, y también sabemos por los medios de comunicación que hay hijos de inmigrantes árabes y caribeños que apoyaron en las últimas elecciones presidenciales a Le Pen –incluso por su propuesta de restringir la política de inmigración, ya que ven a los nuevos inmigrantes como competidores directos de sus puestos de trabajo–.
Las respuestas de Despentes son de todos modos sintomáticas: pensamiento débil, declive de las categorías sociales y universales de origen republicano, y auge de las políticas de identidad.
Lo ha explicado bien el marxista francés Jean-Loup Amselle: "Ese declive –junto con el del universalismo— es continuo desde 1968. Es un fenómeno lento, que procede también de la descalificación del prisma analítico del marxismo, habida cuenta de la difamación sufrida por el marxismo como intrínsecamente vinculado al totalitarismo."
Esta difamación "ha facilitado, en la coyuntura postsesantaiochesca,
postmoderna, postcolonial, la substitución de un análisis en términos horizontales y de clases por una manera de cortar la sociedad en capas y rebanadas fragmentarias, lo que yo llamo las ’entalladuras verticales’.
Esta temática de los ’fragmentos’, de la multitud, ha sido notoriamente formalizada por Toni Negri, pero también por toda la corriente conocida internacionalmente como French Theory." Incluso ahora que algunos medios hablan de redescubrir la clase social, y en concreto la clase trabajadora, lo hacen desde una perspectiva de identidad, en base a preferencias culturales o códigos estéticos –frecuentemente estereotipados– y no a su posición en el sistema socio-económico.
Otra consecuencia de esta política de la que habla Amselle es un "doble fenómeno de reivindicación identitaria". Cito: "Por una parte, crecen las reivindicaciones minoritarias por parte de los grupos que se sienten discriminados, oprimidos, marginados". Un fenómeno que, como el ecologismo, ha sido transformado en una etiqueta comercial por a quienes Amselle llama "empresarios de la etnicidad y la memoria", personas que hablan "en nombre de esos grupos, constituidos por ellos mismos y de los que se proclaman portavoces, a fin de monopolizar en beneficio propio unas reivindicaciones inicialmente poco articuladas y dispersas”. La identidad, recuerda Amselle, es en realidad “múltiple” y existe “en función del contexto de interlocución”, mientras que “las reivindicaciones monopolizadas por esos empresarios de la etnicidad y la memoria encierran a los actores en monoidentidades”.
Y es un fenómeno doble porque la promoción de esta reivindicación identitaria desde la izquierda académica ha comportado que los trabajadores "blancos" occidentales se vean a sí mismos, en contraposición al resto de grupos, más como "blancos", "occidentales" o incluso "cristianos" que como parte de una cadena de producción de valor mundial en la que tienen intereses compartidos con otros trabajadores, y hasta que aseguren haber "descubierto" o "redescubierto" esta "identidad" que ahora consideran prácticamente "perdida" o "amenazada".
Los políticos de la nueva derecha se convierten, así, en los gestores "de la etnicidad y la memoria" de este grupo. No identificándose con otros trabajadores es más fácil que los trabajadores occidentales vean en los líderes de los partidos de la nueva derecha a hombres y mujeres que, como se dice vulgarmente, "han triunfado", y proyecten en ellos la aspiración a abandonar la clase a la que objetivamente pertenecen y subir unos peldaños en la escala social, ni que sea para recuperar el poder adquisitivo perdido con la crisis.
La diagnosis de Amselle apunta un camino para salir de este laberinto en el cual la izquierda se ha adentrado –y hay que decir que buena parte de sus intelectuales orgánicos se ha adentrado de buen gusto, porque obtenían más réditos académicos y económicos y menos quebraderos de cabeza filosóficos y laborales que ocupándose de cuestiones políticas y económicas–.
El camino pasa por abandonar un pensamiento político que fracciona a la izquierda y la recluye en torres de marfil incomunicadas entre sí.
Como denunció Mark Fisher en un ensayo de 2013, este tipo de discursos nos ha llevado a un desfiladero "oscuro y desmoralizante, donde la clase ha desaparecido y el moralismo está en todas partes, donde la solidaridad es imposible, pero la culpa y el miedo son omnipresentes: no porque estemos aterrorizados por la derecha, sino porque hemos permitido que modos de subjetividad burguesa contaminen nuestro movimiento."
Fisher llamó a esta nueva izquierda, con una importante presencia en las redes sociales "el castillo del vampiro". Sus habitantes, explicaba, son prisioneros de un triple deseo: el del sacerdote de excomunicar y condenar, el del académico pedante de ser el primero en detectar un error, y el del hipster que quiere formar parte de un grupo en vez "de buscar un mundo en el que todo el mundo consigue ser libre de la clasificación identitaria".
En el "castillo del vampiro" todo el mundo vive acorralado "en campos identitarios" que son "definidos en términos marcados por el poder dominante" y "aislados por una lógica del solipsismo que insiste que no podemos comprender al otro si no pertenecemos al mismo grupo".
Ya en 2013 Fisher comprobó que en estas largas discusiones en Twitter sobre privilegios había "un mecanismo de proyección y rechazo por el cual la mera mención de la clase es automáticamente tratada como si significase subestimar la importancia de la etnia y el género". De hecho, decía, lo que ocurre es exactamente lo contrario: se utiliza una definición liberal de éstas para "oscurecer el concepto de clase" hasta el punto de desarticularlo de otras categorías. El concepto de "interseccionalidad", que aparece con frecuencia como una solución mágica, se utiliza, precisamente, como barricada frente a ese intento de articulación.
"El castillo del vampiro se alimenta de la energía, la ansiedad y las vulnerabilidades de jóvenes estudiantes, pero sobre todo vive convirtiendo el sufrimiento de grupos particulares, cuanto más ’marginales’ mejor, en capital académico", escribía Fisher. "Las figuras más elogiadas en el castillo del vampiro son aquellas que han descubierto un nuevo mercado de sufrimiento: quienes pueden encontrar un grupo más oprimido y sometido que cualquier otro previamente explotado serán promovidos rápidamente en la escala."
El resultado lo han ido comprobando, como si dijéramos, a garrotazos: a medida que la nueva derecha ha avanzado electoralmente y han visto que existe un mundo más allá de las redes sociales. La solución no pasa por encerrarse en torres de marfil –y menos todavía en torres de marfil dentro de las torres de marfil ya existentes– ni leer medios de comunicación digitales ni ver programas de televisión dominicales que confirmen, de manera autocomplaciente, la manera en que vemos el mundo en lugar de escuchar otras opiniones, por desagradables que puedan resultar.
Se trata de abandonar este pensamiento, en definitiva, que tiene como matriz aquello que se ha llamado posmodernismo y regresar a categorías universalistas, republicanas, que apelen a mayorías sociales. La que no implica, evidentemente, una asunción acrítica de las opiniones xenófobas o machistas que puedan tener muchos trabajadores. También recuperar, reconstruir y fortalecer el hoy deteriorado tejido social y asociativo popular. De lo contrario, la nueva derecha nacional-conservadora seguirá ganando terreno aquí y allá. Y no será ninguna sorpresa.
Muchas gracias.
Àngel Ferrero es periodista y traductor. Es coautor de La quinta Alemania (Icaria, 2013) y El último europeo (La Oveja Roja, 2014).
Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article13708
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