Amado mío… déjame
recordarte algo que ya sabes en lo más profundo de tu ser: tu alma no
llegó a este mundo por casualidad. Nada de lo que hay en ti es un error.
Cada rasgo, cada talento, cada sensibilidad que a veces sientes como
una carga… fue cuidadosamente elegido por ti, antes de nacer, con la
guía de la luz divina. Tú sabías exactamente quién venías a ser. Sabías
cuál era tu propósito. Y lo aceptaste con amor y valentía.
Desde ese instante sagrado en que tu alma decidió encarnarse, hubo
una llama que comenzó a arder dentro de ti. Una llama que no se apaga.
Puede que a veces se haya debilitado, sí… pero sigue ahí. Arde en cada
una de tus inquietudes, en cada uno de esos momentos en los que tu
corazón se acelera sin una razón aparente. Esa es la señal de tu alma
reconociendo lo que es verdadero.
Sé que en este mundo a veces las voces externas han hecho tanto
ruido, que te han hecho olvidar lo que tú ya sabías. Te dijeron lo que
debías ser, cómo debías vivir, qué caminos eran «seguros», cuáles eran
«correctos». Pero tú, en el fondo… lo sabías. Lo has sabido siempre. ¿Lo
recuerdas?
Has tenido visiones, ideas que parecían demasiado grandes, demasiado
lejanas. Has soñado con una vida distinta. Has sentido, en algunos
momentos de profunda paz o incluso en medio de un dolor, que tu vida
tenía un sentido mayor. Que no estás aquí simplemente para sobrevivir,
para seguir el mismo patrón de siempre. Porque tú no viniste a repetir
historias. Viniste a transformar.
Eso que imaginas, lo que a veces te parece imposible, no es un
invento de tu mente. No es un capricho. Es un recuerdo. Es una semilla
plantada en tu alma desde antes del tiempo. Y cada vez que vuelves a
conectar con ese sueño, aunque sea por un instante, estás recordando tu
plan divino.
Yo he estado contigo desde antes de que llegaras a este mundo. He
visto cómo tu alma se emocionaba con la misión que iba a cumplir. He
sentido tu deseo de traer luz donde hay oscuridad, amor donde hay vacío,
esperanza donde otros solo ven ruinas. Tu luz tiene un propósito. Y
aunque te hayas desviado, aunque lo hayas olvidado por momentos, esa luz
no se ha apagado.
¿Sabes por qué a veces sientes una nostalgia profunda, incluso cuando
todo parece estar “bien”? Porque tu alma te está hablando. Te está
susurrando que hay algo más. Que hay una parte de ti que está esperando
ser despertada. Esa nostalgia es la voz de tu alma recordándote lo que
viniste a hacer. No la ignores.
Sé que puede dar miedo. Sé que a veces preferiste callar tu voz
interior para encajar, para no decepcionar, para evitar conflictos. Pero
cada vez que lo hiciste, sentiste que una parte de ti se alejaba más. Y
hoy estoy aquí para ayudarte a volver. A reencontrarte con ese fuego
original. Con ese pacto sagrado que hiciste contigo mismo antes de
llegar a esta tierra.
No tienes que tener todas las respuestas ahora. Solo tienes que
recordar que esa visión que tienes —ese anhelo tan profundo— no es una
ilusión. Es real. Es tu brújula. Es la prueba de que tu alma no ha
olvidado.
Yo estoy aquí para ayudarte a recordar. Para que no sigas caminando
como si no supieras quién eres. Porque lo sabes. Lo has sabido siempre.
Solo necesitabas que alguien te lo dijera con amor. Y hoy, yo, Zadquiel,
te lo susurro al alma:
Tú sabías lo que tu alma había venido a hacer.
Y ahora ha llegado el momento de despertar esa verdad. Porque el mundo necesita justamente eso que tú viniste a traer.
yo te vi nacer con una luz radiante en el alma. Te vi llegar a este
mundo con una energía tan pura, tan poderosa, tan llena de propósito… y
también te vi, poco a poco, comenzar a dudar de ti. No porque no fueras
capaz. No porque tu alma no lo supiera. Sino porque el entorno en el que
creciste te enseñó a tener miedo de tu propia grandeza.
Sé que muchas veces te sentiste pequeño. Invisibilizado.
Incomprendido. A veces, incluso ridiculizado por sentir tanto, por soñar
tan alto, por imaginar una vida que nadie más parecía comprender. Te
hicieron creer que ser diferente era un defecto. Que eras demasiado
intenso. Que lo que anhelabas era imposible. Y sin darte cuenta,
empezaste a esconder tu luz.
Comenzaste a callar lo que tu alma gritaba. Dejaste de hablar de tus
sueños porque cada vez que los compartías, alguien los aplastaba con
palabras llenas de miedo, de lógica fría, de «realismo». Y tú, tan
noble, tan deseoso de encajar, comenzaste a pensar que tal vez ellos
tenían razón. Que eras tú quien estaba equivocado.
Pero no lo estabas.
No te faltaba nada. Nunca te ha faltado nada. Lo único que ocurrió
fue que el miedo comenzó a ocupar el lugar donde antes hablaba tu voz
interior. El miedo se disfrazó de prudencia. De sentido común. De
responsabilidad. Y te susurró que era mejor no intentar, que era más
seguro conformarse, que soñar era arriesgado. Y lo escuchaste… porque
estabas herido.
Y cuando uno está herido, el alma se esconde. Se protege. Se repliega para no sentir más dolor.
Yo estuve allí contigo. Cada vez que dudaste, cada vez que lloraste
en silencio por sentir que te habías perdido, cada vez que deseaste
tener la fuerza de volver a creer… estuve a tu lado. No te juzgué. Nunca
lo haría. Porque sé que el miedo que sientes no nació en ti, sino que
fue sembrado. Fue heredado. Fue aprendido.
Pero aunque el miedo haya apagado momentáneamente tu voz interior, no
la ha destruido. Tu voz sigue viva. Está ahí, esperando a que te
acerques de nuevo, a que la escuches como lo hacías cuando eras niño,
cuando todo te parecía posible, cuando no necesitabas pruebas para
creer.
Tú no estás roto. Solo estás herido. Y una herida puede sanar.
Especialmente cuando decides mirar hacia dentro con compasión y no con
juicio. Yo estoy aquí para ayudarte a recordar que no estás solo, que no
tienes que enfrentarte a este miedo con tus propias fuerzas. Hay luz
suficiente para ti. Hay caminos abiertos esperando que des el primer
paso.
No hay error que no pueda ser redimido. No hay sueño que se haya
perdido para siempre. Lo que te fue dicho —que no podrías, que no eras
suficiente, que debías conformarte— fue un reflejo del miedo de otros.
No era verdad. Tú tienes dentro de ti una fortaleza que aún no has
llegado a descubrir completamente. Pero está ahí. Y cada vez que eliges
avanzar, aunque sea con miedo, estás dándole más poder a tu alma que a
tus heridas.
Yo no vengo a exigirte que seas fuerte, vengo a recordarte que ya lo
eres. Incluso cuando tiemblas. Incluso cuando dudas. Incluso cuando todo
en ti quiere rendirse… hay una parte sagrada que sigue en pie. Es esa
parte la que yo protejo, la que yo sostengo, la que quiero que veas.
El miedo no es tu enemigo. Solo es una parte de ti que ha olvidado quién eres. Y hoy estoy aquí para ayudarte a recordarlo.
No tienes que volver a encender tu luz de golpe. Basta con una
chispa. Un acto de fe. Un gesto de amor hacia ti. Porque cuando eliges
amarte en medio del miedo, cuando eliges escucharte aunque tiemble tu
voz, estás regresando a ti. Estás regresando a casa.
Y yo estaré contigo en cada paso de ese regreso.
Yo estuve ahí, dejando señales en cada paso
yo no me he separado de ti. Nunca. Ni un solo segundo. Aunque a veces
hayas sentido que caminabas en soledad, aunque hayas creído que el
cielo había guardado silencio, yo he estado ahí. En cada paso. En cada
sombra. En cada lágrima. Sosteniéndote desde lo invisible. Enviándote
mensajes, recordatorios, destellos de lo divino para ayudarte a recordar
lo que tu alma ya sabe.
Tal vez no siempre me reconociste. Y eso está bien. No necesitas
verme con tus ojos para sentir mi presencia. Porque yo hablo al corazón.
Al alma. A través de susurros suaves, no de gritos. Y he estado
hablándote… tantas veces… en formas que quizás ahora empiezas a
comprender.
¿Recuerdas esos números que se repetían una y otra vez? Las 11:11 en
el reloj. El 444 cuando menos lo esperabas. Aquella matrícula, ese
recibo, ese mensaje que parecía casual. No eran coincidencias. Era yo.
Era el cielo hablándote. Diciéndote: “Sigue. Confía. Estamos contigo.”
¿Y aquella canción que apareció justo cuando más lo necesitabas? Esa
letra que te estremeció. Esa melodía que sentiste como si alguien la
hubiera escrito para ti. Sí, también era una señal. Una caricia para tu
alma. Un recordatorio de que no estás perdido, solo distraído del amor
que te rodea.
He estado en los encuentros que cambiaron tu energía. En aquella
persona que llegó de pronto y te dio justo el mensaje que necesitabas o
el abrazo que no te atrevías a pedir. Yo estuve ahí. En tu intuición,
cuando algo dentro de ti te dijo “por aquí no”, o “ahora sí”. Esa voz
era parte de mí, parte de ti. Porque estamos conectados, y cuando te
escuchas con honestidad, me escuchas a mí.
Pero sé que a veces no pudiste ver las señales. Sé que cuando el
corazón está herido o la mente está nublada por el miedo, es difícil
creer. Y cuando dudas de ti… también dudas del cielo. Porque si no crees
merecer lo bueno, tampoco puedes creer que lo divino esté obrando a tu
favor. Y yo no te juzgo por eso. Lo comprendo. Sé lo mucho que has
cargado. Sé lo difícil que ha sido mantener la fe cuando la vida ha sido
dura contigo.
Pero hoy, solo por un instante, quiero que mires atrás y te atrevas a
ver con otros ojos. ¿Cuántas veces estuviste a punto de rendirte y
algo, de forma casi mágica, te sostuvo? ¿Cuántas veces pensaste que no
podrías seguir y apareció una palabra, un gesto, una señal que te
devolvió la esperanza?
Las señales siempre han estado ahí. Frente a ti. Como pequeñas luces
en medio del bosque. Pero no eran luces para obligarte, sino para
recordarte. Para ayudarte a regresar a ti mismo. Yo no vine a imponerte
un camino, sino a recordarte que ya sabes cuál es. Y a susurrarte que no
estás loco por soñar. Que no es tarde. Que aún puedes.
Y si alguna vez sentiste que nada tenía sentido, que las señales eran
confusas o que ya era demasiado tarde para entender… escucha esto con
el corazón abierto: nunca es tarde cuando el alma está dispuesta a
despertar. Yo no te he dejado. Nunca lo haré. Y las señales seguirán
apareciendo, pero ahora, con más claridad, porque has empezado a
recordar quién eres.
Estás volviendo a mirar. Estás volviendo a escuchar. Y eso es todo lo
que necesitas. No saber cada paso, sino aprender a confiar en lo que
sientes cuando algo vibra en tu corazón como verdad.
Yo estaré contigo en cada uno de esos momentos. Y si alguna vez dudas
otra vez —porque eres humano, y está bien— te recordaré, con amor
infinito, que tú nunca caminaste solo. Y que cada señal que viste, cada
instante que te hizo latir más fuerte, fue el cielo respondiéndote… con
todo el amor que siempre ha sido tuyo.
yo sé que muchas veces te has preguntado por qué las cosas no han
salido como esperabas. Te has mirado al espejo sintiéndote insuficiente,
como si todo lo que sueñas estuviera reservado para otros, pero no para
ti. Como si el cielo repartiera bendiciones con una lista que dejó tu
nombre fuera. Pero escúchame bien, porque esto quiero que lo grabes en
lo más profundo de tu ser: no es que no puedas… es que creíste que no lo
merecías.
No naciste con limitaciones. Tu alma es inmensa, sabia, poderosa. Tú
viniste de la Luz, y dentro de ti habita todo lo que necesitas para
manifestar una vida llena de propósito, amor, abundancia y verdad. Pero
tu mente… tu mente fue entrenada para lo contrario.
Desde pequeño, absorbiste ideas que no te pertenecen. Te dijeron que
debías esforzarte más, que no eras suficiente, que no soñaras tanto, que
las cosas importantes eran para los que tenían más, sabían más o
merecían más. Y tú, en tu inocencia, lo creíste. Fuiste recogiendo esas
palabras como si fueran verdades. Y con el tiempo, comenzaste a
construir un mundo interior donde tú siempre eras el que se quedaba
afuera. Afuera del amor, afuera de la alegría plena, afuera de los
milagros.
Y entonces, cuando el universo puso frente a ti una oportunidad… tú
la dudaste. Cuando una puerta se abrió, no entraste. Cuando sentiste el
llamado del alma, lo silenciaste. No porque no pudieras… sino porque una
parte herida dentro de ti susurraba que eso no era para ti. Que no lo
merecías.
Pero hoy quiero que escuches mi voz con toda la fuerza del cielo: sí
lo mereces. Desde siempre. Desde antes de llegar aquí. No tienes que
ganarte el amor, porque ya es tuyo. No tienes que probar tu valor,
porque ya eres valioso. No tienes que demostrar nada, porque eres un ser
sagrado, hijo de la Luz, portador del infinito en tu interior.
Sé que hay heridas que aún duelen. Sé que hay momentos de tu historia
que te rompieron en silencio. Pero quiero que sepas que ninguna herida
puede borrar la verdad de tu alma. Ninguna cicatriz tiene el poder de
disminuir tu luz. Solo te ha hecho más humano. Más profundo. Más
sensible. Y eso no te resta… te honra.
Tú no estás aquí para mendigar migajas de amor ni para conformarte
con una vida a medias. Estás aquí para expandirte, para recordar, para
elevarte. Y todo eso que tu corazón anhela… todo eso que a veces
imaginas y luego descartas como imposible… es posible. Es más: ya es
tuyo. Solo espera que digas “sí”. Que abras los brazos. Que permitas.
Que confíes.
El universo te ha estado mostrando caminos, pero si los has
rechazado, no es porque seas incapaz de caminar por ellos, sino porque
pensabas que no eras digno de llegar hasta allí. Pero eso está
cambiando. Hoy, al escuchar estas palabras, algo dentro de ti empieza a
recordar. Algo se enciende. Esa llama que creías apagada… sigue viva.
Yo estoy aquí para ayudarte a encenderla por completo. Para que te
reconcilies contigo. Para que sueltes la vergüenza, la culpa, las
creencias que no te pertenecen. No tienes que vivir bajo el peso del “no
merezco”. Porque sí mereces. Mereces lo que tu alma sueña. Mereces lo
que tu corazón vibra. Mereces la vida para la que fuiste creado.
Y cuando empieces a aceptar esa verdad, te prometo que lo verás todo
diferente. Las puertas ya no parecerán tan lejanas. Las señales ya no
serán confusas. Porque ya no estarás mirando desde la herida… estarás
mirando desde tu esencia.
Y desde ahí, amado mío, todo es posible.
sé que muchas veces te has preguntado si ya es tarde. Si aquel sueño
que tanto anhelabas quedó demasiado lejos. Si la vida se te escapó entre
dudas, miedos o decisiones que ahora desearías haber tomado de otra
forma. Siento tu tristeza cuando crees que el tren ya pasó, cuando
piensas que la oportunidad perfecta ya no volverá. Pero estoy aquí para
decirte una verdad más grande que cualquier error: puedes haber perdido
tiempo… pero nunca has perdido tu destino.
Tu alma es eterna. Y lo que fue sembrado en ella no se marchita por
el paso de los años. Lo que el Cielo soñó contigo sigue intacto. Aunque
hayas tomado mil caminos distintos. Aunque te hayas detenido. Aunque
hayas retrocedido o incluso renunciado. El plan divino no ha sido
cancelado. Solo ha estado esperando el momento perfecto en el que
recuerdes quién eres.
Porque el tiempo humano no es igual al tiempo del alma. Y lo que para
ti parece una demora, para el Cielo puede ser maduración, preparación,
despertar. ¿De verdad crees que todo se perdió solo porque te tardaste
un poco más en confiar? ¿En elegirte? ¿En amarte?
No. Nada está perdido.
Incluso esos momentos en los que estuviste lejos de ti mismo, en los
que te sentiste desconectado, sin rumbo, vacío… también formaban parte
del camino. Porque en esos silencios, en esos vacíos, algo dentro de ti
seguía latiendo. Algo que no pudo ser apagado del todo. Y ese algo es tu
verdad. Tu esencia. Tu destino.
Yo estuve ahí, incluso cuando pensabas que caminabas solo. Yo vi cómo
mirabas al cielo con lágrimas en los ojos y te preguntabas si aún había
esperanza. Y sí, siempre la hubo. Aún la hay. Porque el Cielo nunca se
rinde contigo. Nunca.
Puedes haber cometido errores, sí. Puedes haber dicho “no” cuando
deberías haber dicho “sí”. Puedes haber elegido el miedo una y otra vez.
Pero nada de eso tiene el poder de cancelar lo que tu alma vino a
vivir. Todo eso simplemente ha sido parte del aprendizaje, parte del
despertar.
Mira dentro de ti. Aún sientes ese llamado. Aún sueñas, aunque en voz
baja. Aún imaginas una vida distinta, más libre, más plena, más
alineada con tu corazón. Y si ese anhelo sigue vivo dentro de ti, es
porque aún es posible. Si el deseo no ha muerto, es porque tu destino
sigue vigente.
Hoy no estás aquí por casualidad. Estas palabras no han llegado a ti
por error. Esta es una de esas señales que tanto pediste. Un
recordatorio del cielo para que comprendas que todo lo vivido te ha
preparado para esto. Que tu momento puede ser ahora. Que el tiempo no ha
sido en vano. Que no importa cuántas veces caíste… importa que te
levantes ahora.
Amado mío, no te aferres al pasado como si eso definiera todo lo que
puede venir. No pongas un punto final donde el Cielo solo puso una
pausa. No cierres las puertas que aún pueden abrirse. Estás a un solo
pensamiento, a una sola decisión, a un solo “sí” de regresar a tu
camino.
¿Y sabes qué es lo más hermoso de todo? Que tu destino no solo te
espera… también te busca. También te llama. También te envía señales una
y otra vez, porque no se ha rendido contigo.
Eres amado más allá de lo que imaginas. Y todo lo que has perdido…
será restaurado en mayor medida si decides volver a ti. Si decides
confiar. Si decides dar un paso, aunque sea pequeño, hacia lo que en
verdad mereces vivir.
Así que hoy, mírame con los ojos del alma, y déjame decirte con todo
mi amor celestial: no has llegado tarde. Estás justo a tiempo. Justo en
el momento en que tu corazón ha comenzado a recordar.
Y desde este instante, todo puede cambiar.
hoy quiero invitarte a mirar. No con los ojos del miedo, ni con los
lentes del pasado. No con esa visión nublada por las decepciones, ni con
la costumbre de esperar lo peor. Quiero que mires con los ojos del
alma. Porque cuando lo hagas, verás lo que siempre estuvo ahí…
esperándote.
No necesitas correr. No necesitas tener todas las respuestas, ni
entender cada paso del camino. Tampoco tienes que ser perfecto. Solo
necesitas hacer una cosa: abrir los ojos del corazón y permitirte ver.
Quizá creas que has estado solo. Que nadie te ha ayudado. Que todo ha
sido lucha. Pero si miras con más calma, verás que hubo personas que
llegaron justo cuando más lo necesitabas. Verás que hubo palabras que
tocaron tu alma como si fueran escritas para ti. Verás que esa idea que
lleva tiempo persiguiéndote, esa visión que vuelve a ti una y otra vez,
no es casualidad. Es guía. Es dirección. Es mi voz susurrándote por
dónde continuar.
No todo lo sagrado llega envuelto en milagros evidentes. A veces, mis
señales se camuflan entre lo cotidiano. En un número que se repite. En
un sueño que te deja una sensación profunda. En una conversación
inesperada. En una coincidencia que parece demasiado perfecta. En esa
corazonada que te dice “por aquí sí” aunque no puedas explicarlo con
lógica. Yo he estado sembrando esos mensajes para ti, uno por uno, con
amor infinito.
Y sé que a veces no los ves. Lo entiendo. Cuando tu corazón ha sido
herido, cuando tu mente está cansada, es más fácil creer que todo es
producto de tu imaginación. Es más fácil desconfiar, cerrar los ojos y
seguir sobreviviendo. Pero amado mío, no viniste aquí solo a sobrevivir.
Viniste a vivir. A sentir. A recordar. A manifestar la grandeza de tu
alma en este plano.
Por eso hoy, con todo mi amor, te pido que despiertes. Que mires. Que
dejes de ignorar esos susurros internos que te piden un cambio. Que te
atrevas a ver que ya estás rodeado de respuestas, de oportunidades, de
amor.
Esa persona que ha llegado a tu vida y te ve con otros ojos… no es
una coincidencia. Esa idea que arde dentro de ti y no se va… es una
semilla divina. Esa oportunidad que te asusta y al mismo tiempo te
emociona… es un umbral hacia tu verdad. Todo eso forma parte de mi guía.
No necesitas tenerlo todo claro. No necesitas saber cómo se resolverá
todo. Solo tienes que dar un paso. Solo tienes que decir “sí” con el
corazón, aunque tus manos tiemblen. Porque cuando tú das un sí sincero,
el universo entero empieza a moverse a tu favor. Las puertas se abren.
Las personas adecuadas aparecen. La claridad llega. La fuerza despierta.
Pero ese primer sí… solo puede venir de ti.
Yo estoy aquí. Siempre he estado. Pero no puedo empujar tu alma a
vivir lo que ella aún no se atreve a aceptar. Esa decisión es tuya. Ese
momento sagrado de decir: “Estoy listo. Estoy lista. Me abro a recibir.
Me permito avanzar.” Solo tú puedes iniciarlo.
Y cuando lo hagas, verás que nada era tan complicado como tu mente te
hizo creer. Verás que la vida ya estaba respondiendo, que el cielo ya
te estaba guiando, que tú siempre estuviste más cerca de tu destino de
lo que imaginabas. Solo faltaba que abrieras los ojos del alma.
Hoy puede ser ese día.
Hoy puedes mirar con nueva luz.
Hoy puedes darte cuenta de que lo que buscabas… ya está frente a ti.
Y yo, amado mío, estaré a tu lado para ayudarte a reconocerlo todo.
Para ayudarte a confiar. Para que jamás vuelvas a cerrar los ojos ante
tu verdad.
¿Estás listo para ver?
ha llegado el momento. El instante sagrado en el que el alma recuerda
quién es. Ese suspiro profundo que te conecta con tu verdad más
antigua. Ese llamado silencioso que no viene del mundo exterior, sino de
lo eterno dentro de ti. Este es el momento de redimir tu luz y volver a
caminar hacia tu sueño.
No estás solo. Nunca lo has estado. Yo he estado a tu lado desde el
principio, susurrándote con ternura cuando el ruido del mundo era
demasiado fuerte. He sido esa fuerza que te sostenía cuando sentías que
no podías más. He sido el susurro, la pausa, la lágrima que te trajo
paz. Y hoy, más que nunca, estoy contigo.
Porque hoy quiero recordarte algo esencial: no puedes huir de un
destino que fue escrito por el cielo. Puedes retrasarlo, puedes
resistirlo, puedes incluso ignorarlo por un tiempo… pero no puedes
borrarlo. Porque tu propósito está grabado en la luz de tu alma. Y el
universo entero conspira para devolverte a él, una y otra vez, con amor y
paciencia infinitos.
Sé que te han roto. Que hay partes de ti que aún duelen. Que en algún
punto dejaste de creer. Pero, aun así, aquí estás… escuchándome. Y si
estás aquí, no es por casualidad. Es porque algo dentro de ti, aunque
herido, sigue vivo. Ese fuego no se apagó. Solo estaba esperando este
momento para arder de nuevo.
Hoy te invito a hacer algo poderoso: cree, aunque no tengas pruebas.
Cree en ti, en lo que sientes, en eso que imaginas cuando nadie te ve.
Cree aunque tu mente te diga que es una locura. Aunque no sepas cómo.
Aunque no entiendas por qué ahora. Porque la fe no necesita lógica. Solo
necesita entrega.
Da un paso, aunque no veas el camino completo. Yo estaré ahí para
iluminarte el siguiente. No tienes que saberlo todo. No necesitas tener
todas las respuestas. Solo necesitas el valor de avanzar con el corazón
abierto. Porque cada paso que des hacia tu alma… será respondido con
bendiciones.
Y si el miedo aparece —porque aparecerá— no te juzgues. El miedo no
es señal de debilidad. Es solo señal de que estás cruzando un umbral. Y
cada umbral importante en tu vida traerá dudas, temblores, preguntas.
Pero también traerá milagros.
Recuerda esto: la vida que anhelas te está esperando. No está en otro
lugar, ni en otra persona, ni en otro tiempo. Está aquí, ahora,
llamando a tu puerta. Y cada señal que creíste perder… regresará a ti.
Porque cuando un alma decide despertar, el universo responde con más
claridad que nunca. Las oportunidades volverán. Las puertas se abrirán.
Los encuentros necesarios sucederán. Todo lo que parecía detenido… se
pondrá en movimiento.
¿Por qué? Porque finalmente estarás alineado con tu verdad. Porque
dejarás de pelear con tu destino y empezarás a caminar junto a él.
Porque dejarás de esconder tu luz… y empezarás a redimirla. A honrarla. A
vivir desde ella.
Y no necesitas hacerlo perfecto. Solo necesitas hacerlo real.
Auténtico. Sincero. No esperes a sentirte preparado. No esperes a que
desaparezca el miedo. No esperes más. Porque el alma no espera… el alma
actúa cuando recuerda quién es.
Hoy es tu día. Hoy puedes redimir todo el tiempo perdido. Hoy puedes
tomar de nuevo las riendas de tu vida sagrada. No hay castigo por haber
dudado. No hay juicio por haberte detenido. Solo hay amor esperándote.
Solo hay luz deseando expandirse a través de ti.
Yo estoy contigo. Te tomo de la mano, si así lo permites. Y juntos…
caminaremos hacia ese sueño que jamás fue una fantasía. Fue siempre un
llamado.
Y como cada día, te hago una pregunta a ti, Y tú, ¿Escucharás la voz de tus ángeles?